martes, 25 de abril de 2017

CAPÍTULO 27 PARTE I UNA PESADILLA

Hola. Nuevo capítulo de "La historia de la ciudad sin árboles". 
De nuevo mil gracias a todas las personas que día a día visitan el blog.                                      USA...Alemania...Francia...España...Polonia...Argentina...etc, etc. 
Mil gracias a tod@s.


-A casa- ordenó dejándose caer en el asiento trasero y apoyándose en el respaldo, casi en un hilo de voz cuando subió en el coche, y el chófer re colocándose la gorra del uniforme, volvió a ocupar su puesto frente al volante.

Ya era de noche. El coche oficial cruzó la ciudad, que una noche más soportaba la incesante lluvia, así como el escaso tráfico de ciudadanos en cuanto las primeras sombras de las noches se dejaban adivinar por los rincones. Y él sabía a qué se debía el escaso tráfico por las calles a partir de ciertas horas. Aquello que llevaba unos días “jodiéndole” literalmente la vida.

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Se acomodó, o se removió algo incómodo sería más acertado decir, en el asiento trasero y dejó que los minutos se sucediesen lentamente de regreso a casa. Había resultado un día asqueroso, agotador y estresante. Por eso había requerido de los servicios de aquella joven. Nunca había querido que fuese un día fijo a la semana. Él, personalmente, diría con apenas tres horas de antelación que quería ver a la chica. Tenía muchos enemigos políticos, y lo último que deseaba es que descubriesen aquel “lio”. Porque sabía perfectamente que era una menor, y aquello podría acabar con su vida política y su cargo, así como seguramente con su matrimonio. Era consciente de ello.


Quizá por eso la eligió en su momento. Por ser una menor de edad. Una menor en edad en el carnet de identidad, pero toda una mujer ya adulta en la cama. Estaba harto de “follarse” a mujeres adultas. Mujeres que utilizaban su cargo para acosarlo en los eventos a los que tenía que acudir. Porque se rumoreaba, sobre todo en prensa sensacionalista, que su matrimonio era un calvario tanto para él como para la esposa. Que no eran todo los felices que querían aparentar. Por eso había elegido a una menor, una chica de 17 años. Sabía cómo hacerle disfrutar. Él podía utilizarla como quisiera y hacer cosas que a su mujer le costaba mucho hacer. Porque su mujer era bastante… “puritana” por decirlo de alguna manera. Sus relaciones nunca habían destacado por su imaginación. Y seguramente ya nunca cambiarían. Pero con aquella chica era distinto. Él dejaba disparar su imaginación y ella se dejaba hacer. Cobraba por ello.


Pero en ese momento, entre todos aquellos pensamientos, solo deseaba llegar a su casa y esperar a tener la suerte de encontrar a su hija despierta todavía. La pequeña Ruth, de solo seis años, le contaría su día en el colegio y las aventuras con sus amiguitos. Luego él la arroparía con la manta y le daría un beso en la frente deseándole buenas noches y felices sueños. Quedándose unos minutos sentado en el borde de la cama y viendo como su pequeña se dormía.

Seguramente su esposa estaría en el salón esperándole. Ella trabajaba solo por las mañanas, en una pequeña empresa de antigüedades propiedad de su familia. Un negocio familiar que empezó cuando su abuelo era un joven de apenas treinta años. Que después de su abuelo pasó a su padre y en un futuro no muy lejano pasaría a ella. El resto del día ejercía como madre. Desde el principio de la carrera política de él habían acordado que ella se mantendría al margen. A ella no le gustaba la política y mucho menos querría verse arrastrada por la vida pública de su marido. Cuando no tuviese más remedio que acudir a alguna gala o cena benéfica iría gustosa, pero nada más. Y ella reconocía que la política para su marido era el sueño de su vida. Alguna vez, siendo todavía novios, ella había tanteado el terreno de que se dedicase a otra cosa. Un puesto de trabajo normal, con horario de entrada y salida, un puesto de trabajo que no absorbiera por completo su vida familiar. Pero siempre vio en él a un político, no a un trabajador normal y corriente. La política era su vida, su meta en la vida. La política era para él la única manera efectiva de poder ayudar a su ciudad y a las gentes que en ella habitaban. 



viernes, 21 de abril de 2017

No soy muy dado a publicar reseñas ni sobre libros ni sobre películas. Creo que cada cual saca de un libro o película una visión distinta a la que pueda sacar otra persona.

Todo es muy relativo.


Hace poco he vuelto a ver “La Niebla”, basada en la novela de Stephen King.
















Reconozco que la primera vez que vi esta película me dejo algo “frío”. Pero esta segunda vez he podido verla (quizá mi estado de ánimo era distinto) y me ha sorprendido gratamente. He podido descubrir al genial Stephen King en la historia, en el tratamiento de los personajes, en el terror, en el suspense…











Descubrir, como creo que solo Stephen King lo hace y bastante bien, que el verdadero mal está en la mente humana. Como ésta, a la vez, es tan moldeable, tan dócil cuando los acontecimientos sobrepasan a la persona.

Como el ser humano es capaz de seguir al más loco entre los locos, para agarrarse a su triste existencia de ignorancia, buscando siempre un culpable, un sacrificio con el que apaciguar a la bestia, y a la vez el propio miedo de uno mismo.

Llevo un par de años, quizá tres, que no leo a Stephen King, y llevaba algunas semanas intentando sacar tiempo y rescatar de la biblioteca alguno de sus libros. Y esta adaptación de una de sus novelas solo ha incrementado mis ganas de volver a sumergirme en su mundo.

Y cómo no, volver a disfrutar de una de mis actrices favoritas: Lauire Holden.














En fin, que si tenéis un par de horas libres cualquier noche, La Niebla es una buena opción. Palomitas recién sacadas del microondas…una cervecita…refresco…zumo…(cada cual lo que le guste) y disfrutar de la magia del rey del terror.

Por último quisiera recordaros que todas las semanas (martes) tenéis aquí en mi blog, un nuevo capítulo de mi novela "La historia de la ciudad sin árboles"

martes, 18 de abril de 2017

CAPÍTULO 26 PARTE II LOS VICIOS DEL ALCALDE

Entonces se quedaban solos en la habitación. Él mismo se procuraba de cerrar la puerta. En una ocasión el alcalde le había preguntado su nombre. Evidentemente se lo había dicho. Pero estaba más que segura de que si ahora le preguntaba, él ni se acordaría. Ella sabía su nombre, pero no porque se lo hubiese dicho. Sino de verlo en televisión.

Él solo quería sexo. Y era una de las primeras condiciones que expuso. A ella no le faltaría el dinero, pero aquello solo era sexo. Nada de preguntas, nada de promesas. Nada en absoluto. Y cuando cerraba la puerta, al alcalde le gustaba que la joven ya estuviese en el centro de la habitación esperándolo. Se desnudaba tranquilamente, dejando su traje oscuro con cuidado sobre un sillón de aspecto cutre tapizado en terciopelo azul que había junto a la coqueta. 
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Ella mientras, tenía que esperar de pie en medio de la habitación. Tan solo vestida con unas braguitas color vainilla, como él exigía. Y al terminar de desnudarse, se giraba hacia la chica. Ella ya sabía lo que tenía que hacer. Lentamente se arrodillaba frente al alcalde y empezaba a acariciarle su miembro, hasta que estaba preparado. Entonces se lo introducía en la boca. Él la sujetaba la cabeza, acariciándole algunas veces el pelo e incluso marcando el ritmo de la mamada. A continuación la tumbaba en la cama y entraba en ella. Le gustaba follarla por el culo. Le encantaba aquel culito tan pequeño, prieto, y adornado con un bonito y gracioso tatuaje de una fresa en la nalga derecha. Algunas veces se había encontrado en su despacho pensando en aquel culito. Y sintiendo bajo sus pantalones una gran erección. Pero entonces intentaba pensar en otras cosas. No podía, ni quería, ni necesitaba, intimar más con aquella chica. Solo follársela. Disfrutar de aquellos labios cuando le introducía su miembro en la boca y dejarse hacer, porque la chica sabía muy bien lo que se hacía. Era una verdadera experta en el terreno de las mamadas y el sexo en general.

Y la sujetaba con cuidado con sus manos por las caderas cuando la penetraba con fuerza. Oía sus gemidos, y eso a él le gustaba, le ponía más cachondo. Hacía que arremetiese con más fuerza. Ella agarraba la almohada con ambas manos y apoyaba en ella la cabeza. Y él continuaba empujando hasta que finalmente se vaciaba dentro de ella. Nunca intercambiaban palabra alguna. Ni siquiera unos minutos en la cama mientras sus cuerpos se relajaban después del acto sexual. Ella sí se quedaba tumbada en la cama, algunas veces boca arriba y otras veces boca abajo. Él se iba directo al cuarto de baño. Desde la cama, la chica oía el sonido de la ducha. Después el alcalde salía del cuarto de baño se vestía y salía de la habitación. Nunca se despedía, nunca la miraba. Aunque desease quedarse un rato más, tumbados los dos en la cama. Hablando. ¿Sobre qué? De nada en particular. Solo por estar con ella un rato. Su mente le jugaba malas pasadas, creando en ocasiones contradictorios sentimientos que estaban predestinados desde el primer momento al más absoluto fracaso.

La chica vio cerrarse la puerta de la habitación del hotel. Sabía que apenas tardarían un par de minutos en entrar para llevarla a su apartamento. Siempre de manera furtiva. Esa tarde le había sentido diferente. Cierto era que aquel hombre en ocasiones parecía grotesco. Estaba convencida de que le gustaba hacerla daño. Pero…
La puerta de la habitación se abrió. Apenas tenía quince minutos para ducharse y volverse a vestir le anunció uno de los encargados de organizar aquellos encuentros. Que de pie, en completo silencio junto a la puerta y con las manos en los bolsillos del pantalón, esperaría a la joven prostituta.




martes, 11 de abril de 2017

CAPÍTULO 26 LOS VICIOS DEL ALCALDE



Era su décimo octavo cumpleaños. No lo había celebrado, nadie lo sabía. Ni siquiera su compañera de piso, con la que llevaba conviviendo casi un año. Se había levantado pronto, a eso de las seis de la mañana y había salido a correr un poco. Le gustaba mantenerse en forma. Siempre, desde niña, había sido buena deportista. Incluso guardaba en casa de sus padres algunos trofeos obtenidos en competiciones escolares. Recuerdos sin duda alguna de la niñez, de cuando soñaba en convertirse en una gran atleta de nivel internacional. Pero quizá, pensaba con amargura algunas veces, el soñar solo era aceptable en los niños. Cuando todavía no se tiene consciencia del mundo real. Y a veces, a los dieciocho años ya se tiene demasiada consciencia del jodido mundo real.

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A pesar de los rumores sobre que había una “bestia” o un asesino en serie suelto por la ciudad, a ella no le preocupaba demasiado salir cuando la oscuridad todavía abrigaba en sus oscuras garras prácticamente a toda la ciudad. Cierto era que ya empezaban a verse coches circular de un lado a otro, pero por donde ella solía correr estaba bastante desierto. No le importaba en exceso. Algún día habría que morir pensó con amargura, aunque solo tuviese dieciocho años recién cumplidos. Algunas veces había pensado en la muerte, y tenía la sospecha de que no le daría miedo enfrentarse a ella. Y cierto era que había visto las noticias, e igualmente había visto las imágenes de los cuerpos mutilados de los días anteriores, y por supuesto había oído a la gente hablar. Pero no le importaba. ¿Qué era morir?

Ahora, mientras sentía el peso de aquel “gilipollas” sobre ella, y hasta sus oídos llegaba el jadeo acompasado del hombre con los movimientos mientras la penetraba, si hacía un sincero ejercicio de memoria no sabría ni decir como había llegado hasta allí. Como había terminado en esa habitación de un hotel de tres estrellas a las afueras de la ciudad para ser follada por aquél hombre que luego en los informativos veía cómo su equipo de “asesores lameculos” vendían como un honrado padre de familia y un buen alcalde. Pero nada era lo que parecía en realidad. Nunca lo era. Llevaba algo más de un año dejándose follar por aquél hombre. Y desde entonces no había tenido problemas económicos. Eso era lo único bueno que sacaba en claro: el dinero.


Una vez a la semana, dos veces como mucho, eso solo había ocurrido una vez y no se volvió a repetir, la recogían en su apartamento y la trasladaban al hotel. A una habitación de la que nunca dejaban que saliese hasta haber terminado su trabajo. Menos mal, pensaba con irónica sonrisa cuando la metían en la habitación, que al menos el servicio era bastante bueno y la comida era de calidad y no escaseaba. Le ordenaban que se duchase, y que se preparase. Apenas una hora después, el alcalde hacía acto de presencia. Siempre con un traje oscuro y el pelo engominado hacia atrás, y con aquella cara de chulería y prepotencia que daba el poder, el ganar las elecciones con mayorías absolutas. Porque no era feo, pensó cuando lo conoció. Quizá tuviese algunos kilos de más, pero aquellas canas que adornaban su pelo corto junto a las orejas, sus ojos oscuros, y su casi uno ochenta y cinco de estatura hacían que resultase en cierto modo atractivo. Aunque a veces pensase que era un “gilipollas”. 

Evidentemente nunca intentaría nada más con él. De vuelta una noche a su apartamento, mientras caminaba por la solitaria calle donde estaba su edificio, salpicada por las luces de las farolas, pensó en la posibilidad del chantaje. Hacer público aquellos encuentros. Pero casi enseguida lo desechó. ¿A dónde le llevaría aquello? Era un hombre con bastante poder, y ella era…solo una putilla a la que se follaba. Porque aunque utilizase el dinero para seguir estudiando, la sensación de que solo era una putita más no se iba de su mente. Le invadía cierto temor al imaginar lo que podían hacer con ella si notaban o descubrían cualquier cosa extraña. 

Además, ahora tenía dinero. No mucho, pero bastante más de lo que ganaría trabajando ocho horas al día. Y solo tenía que abrirse de piernas durante algo más de una hora a la semana. Bueno, abrirse de piernas…ponerse a cuatro patas…y chupársela cuando el alcalde se lo pedía. 


martes, 4 de abril de 2017

CAPÍTULO 25 PARTE IV LA VENGANZA

Saludos. Una semana más, y un nuevo capítulo de "La historia de la ciudad sin árboles

Muchas gracias a tod@s que día a día se pasan por el blog, leen...comentan...incluso comparten. Mil gracias a tod@s.



-joder-murmuró el policía más joven mirando un instante a su compañero dibujando en su cara un claro gesto de terror.

Pero no les dio tiempo para nada más. Un nuevo ruido. Ahora no fue un batir de alas, sino un ligero gruñido. Ambos agentes dirigieron sus puntos de luz y sus miradas hacia el techo, justo encima de sus cabezas. Cuando las luces de las linternas llegaron a lo alto, un aterrador rostro no humano los miraba intensamente. 

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Algo, parecido en forma a un cuerpo humano parecía estar sujeto de pies y manos al techo del túnel. Pero apenas tuvieron tiempo de ver algo más. En cuanto sus luces descubrieron ese rostro con grandes colmillos superiores cruzando de arriba a abajo unos labios rojos como la sangre, piel color ceniza, ojos negros y brillantes, de gran tamaño pero escasos de vida, en cuanto las linternas lo alumbraron, apenas tuvieron tiempo de nada más. Aquella bestia, ser o lo que fuese se abalanzó sobre ellos. Un movimiento sencillo, rápido, letal. Como un águila que se lanza desde las alturas a más de cien kilómetros por hora a por su presa en el suelo. Al caer sobre ellos extendió los brazos y unas fuertes garras cogieron a los policías como si apenas pesasen. Un policía con cada mano. Los cogió del cuello. Las linternas y las pistolas cayeron al suelo. Aquel cuerpo volvió a volar casi a media altura, con los policías colgando cada uno de una mano, dando incluso en algunos momentos con las piernas en las vías. Y las garras clavándose en la piel de los agentes, hundiéndose esas garras en el cuello. 

Aquella cosa gritó victoriosa mientras volaba por el interior del túnel. Sin dirección y sin orden. De un lado a otro, en círculos, subiendo y bajando. Hundiendo sus garras en los cuellos de aquellas dos personas, que se revolvían inútilmente luchando y chillando por sus vidas. Al final, en pleno vuelo, aquella cosa lanzó con extrema rabia y bastante fuerza a los agentes contra la pared. Ambos cuerpos se estrellaron de manera violenta contra el cableado y el hormigón, antes de caer en el suelo, ya sin vida.



En medio de la oscuridad, la mujer vampiro abandonó por un instante su aspecto salvaje y aterrizando junto a las vías y recuperando su aspecto humano se acercó a los cadáveres. No le importaba la oscuridad que rodeaba toda la escena. Sus pupilas le facilitaban con claridad todo lo que quisiera ver. Sus pies descalzos pisaron la grava sucia del túnel. El vestido ya no estaba mojado, y su pelo tampoco. Tranquilamente se acercó a los cadáveres de los agentes de policía. Se agachó a su lado y los observó detenidamente durante unos segundos. Sin vacilar alargó su mano izquierda. 

Sus dedos volvieron a transformarse en enormes y mortíferas garras, que sin piedad sacaron los ojos de los dos policías. Dejándolos después encima de sus frentes. Sonrió satisfecha. Ningún triste humano se atrevería más a contradecir sus deseos. Volvió a ponerse en pie. Miró a ambos lados del túnel. Sería una noche que los humanos no olvidarían con facilidad. 
       
Se miraron entre ellos asustados. Los tres vagabundos que intentaban dormir sus respectivas borracheras aquella noche despertaron sobre saltados al oír unos gritos que venían sin duda alguna del fondo del túnel. Quizá de la estación norte pensaron. Fue como si la oscuridad escupiese aquellos gritos desgarradores. Los vagabundos se incorporaron y miraron hacia la oscuridad del túnel. Tanto a su izquierda como su derecha tenían los andenes de una nueva estación, ya que estaban durmiendo en unos cartones al inicio del túnel, en unos huecos debajo de los andenes. Avanzaron un par de pasos, dejando atrás el hueco con los cartones y las mantas descolocados. Todo era silencio. Después de los gritos, silencio. Un silencio que parecía flotar en el ambiente, atrayendo hacia ellos el macabro olor de la muerte.

Fueron las tres siguientes víctimas, y las ultimas, de aquella sangrienta noche, como después la clasificó la prensa. Apenas habían dado un par de pasos y colocándose en medio de las vías, cuando de entre la oscuridad surgió algo parecido a un ser humano, pero que sin duda alguna no lo era. Apareció volando, con los brazos extendidos y los colmillos de la boca llenos de sangre, al igual que los labios y parte del cuello. A poco menos de tres metros de los vagabundos aquel ser se posó en el suelo. Se irguió silenciosamente, clavando los ojos negros sin vida en los rostros de los vagabundos. Los brazos extendidos terminaban en poderosas garras que se movían silenciosamente, como exigiendo más carne humana. Los vagabundos no se podían mover por la mezcla de estupefacción y terror al observar aquella cosa delante de ellos. La mujer vampiro, de un ágil y calculado salto, se plantó junto a los tres humanos. Sus brazos se movieron con una velocidad extrema. Sus garras reventaron y mutilaron los cuerpos, sus colmillos destrozaron los cuellos de aquellos pobres desgraciados que no pudieron tener ni la opción de salir corriendo. Ni siquiera de gritar, ni de defenderse. En apenas cinco segundos, las vías quedaron encharcadas de sangre y de restos humanos.

La mujer vampiro abandonó la silenciosa estación de metro.


   

sábado, 1 de abril de 2017

Día de limpieza

Hoy sábado, he decidido empezar a limpiar el jardín de mi casa después de un invierno bastante duro y largo.

Aprovechando que el tiempo empieza a mejorar, y que la alergia todavía respeta mis vías respiratorias, he cogido mi pala…tijeras de podar…azadón…y me he metido en la limpieza anual del jardín, con el único objetivo de que todo esté preparado y bonito para los amigos y parejas gorrones que aprovechando el veranito se “apalancan” en casa fines de semana enteros. Menos mal que no me he decidido a construir una piscina.


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El césped había crecido un poco más de lo habitual, y algunas malas hierbas habían crecido aquí y allá a lo largo y ancho del jardín.

Apenas llevaba una hora de trabajo, cuando una sorpresa ha revolucionado ésta tranquila mañana de sábado: entre las hierbas he encontrado a una amiga que no veía desde hacía casi un año. Vino una tarde a finales de primavera a tomar café, a las pocas horas la acompañé a la puerta de mi propiedad le di un beso (en la mejilla) y regresé a casa. Desde entonces no la había vuelto a ver. Pensé que por algún motivo, que yo desconocía, se había enfadado conmigo, pues no volví a saber de ella.

Ahora, al encontrarla entre las hierbas de mi jardín, he comprobado que estaba en un preocupante estado semisalvaje y algo desnutrida (aparte de caracoles y hormigas…poco más puede haber en mi jardín de alimento). Sus ropas roídas…sucias…

En ese momento tenía la puerta abierta, y mirándome fijándome a los ojos y en completo silencio (exceptuando algún que otro gruñido) ha salido corriendo y abandonado mi propiedad.

He deducido que tras despedirnos, aquella última vez, y después de que yo regresase al interior de mi casa, ella tuvo que regresar bien porque…se olvidaría el móvil…las braguitas…yo que sé, y fue entonces (tuvo que ser entonces) cuando se perdió en el jardín.

Mis padres (vecinos míos) me dicen que descuido demasiado el jardín, que debería de cortar el césped más a menudo.


En mi defensa he de decir que mi amiga no es que sea muy alta (estará alrededor del 1,50 de altura). Pero sí, confieso que de vez en cuando dejo que el césped o que alguna que otra hierba crezca…un poco más de lo normal.




Si lo deseas, puedes leer mi última novela "La historia de la ciudad sin árboles" aquí en mi blog. Solo pincha aquí para acceder.

martes, 28 de marzo de 2017

CAPÍTULO 25 PARTE III LA VENGANZA

Buenas tardes.

Gracias de corazón por visitar a diario mi blog y seguir todas las semanas la primera gran aventura del detective R en "La historia de la ciudad sin árboles"

Esta semana la tercera parte del capítulo 25.
Gracias.


-¿Qué coño te crees que estás haciendo?- le recriminó su colega cuando lo vio avanzar hacia el túnel, iluminando hacia la densa oscuridad del túnel.

-El ruido ha venido del interior del túnel- El policía, el más joven de los dos, estaba decidido a investigar qué había sido aquel ruido. Reanudó el paso hacia el interior.

-Joder- se quejó su colega en voz baja, que moviendo la cabeza cogió su linterna y fue tras saltar a las vías, con su compañero.

-Este no es nuestro trabajo- se quejó en voz baja e iluminando hacia delante cuando llegó a la altura de su compañero.- Para esto están los seguratas de la estación.

-Lo sé- confesó tranquilamente el otro policía sin dejar de andar- Pero ¿dónde coño están esos “seguratas”?

Al decir esto último lanzó una corta mirada a su colega y compañero, el cual arrugó el gesto de la cara no muy convencido. Continuaron caminando por el centro de las vías, adentrándose en el túnel con la única luz de sus linternas. Un macabro silencio los rodeaba. Ni siquiera se oían a las típicas ratas e incluso murciélagos que durante las noches hacían suyas las vías y marchaban libres de un sitio a otro.

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Se colocaron cada uno en uno de los carriles. Completamente en silencio, iluminando hacia el frente y de vez en cuando hacia las paredes curvadas que tenían alrededor, y por donde cruzaba todo el sistema de cableado del metro. Avanzaron casi un centenar de metros, sin encontrar nada más que silencio y oscuridad. Se iluminaron el uno al otro, en un gesto de no haber encontrado nada que hubiese producido aquel ruido. Sus radios dejaron de chisporrotear frases que apenas se entendían a medida que se adentraban en el túnel. De repente un ruido les volvió a alertar. Sus linternas se movieron nerviosas por la oscuridad. Paredes… parte superior…

-Que ha sido eso- dijo alarmado el segundo policía. Que solo pensaba en abandonar aquella estación de metro y continuar su trabajo cómodamente sentado en la tranquilidad y seguridad que le otorgaba el coche patrulla.

Algo parecía haber pasado sobre sus cabezas. Veloz, muy silencioso. Un tímido ruido, como el batir de unas alas, era lo que habían sentido sobre sus cabezas. Buscaron con el punto blanco de sus linternas pero no vieron nada. Miraron hacia su izquierda donde tras una curva estaba la estación de metro. Apenas un punto de luz, un triste reflejo, llegaba hasta ellos proveniente de las luces de emergencia de la estación. Segundos de silencio. De tenso silencio. Se apuntaron de nuevo con las linternas y el policía más joven le dijo con gestos que guardase silencio. Ambos agentes tenían sus pistolas amartilladas. Sus brazos extendidos dispuestos a disparar a lo primero que se moviese o lo primero que apareciese en medio de la oscuridad. Las luces de las linternas volvieron a recorrer la oscuridad del túnel.


De nuevo, sobre sus cabezas, el mismo ruido, el mismo batir de alas. Era como si “algo” estuviese pasando de un lado a otro por encima de ellos. El policía más veterano levantó el brazo con el que sujetaba la pistola y un par de disparos retumbaron en el interior del túnel. Acto seguido, el mismo ruido paso por sus espaldas, de un lado a otro. Primero por detrás de un policía y a continuación del otro. Casi a la misma vez. O había más de uno de esos “algos” o era extremadamente rápido aquello. Los policías se giraron en círculos alrededor de ellos mismos, muy nerviosos. Notando como aquello, que se movía a una velocidad increíble, pasaba por detrás de ellos, a escasos centímetros sin que llegasen a iluminarlo claramente con las linternas, como si jugase con ellos. 

Sin apenas dar tiempo a reaccionar un golpe seco sonó justo en medio de las vías, entre ellos dos. Las linternas volaron hacia el ruido. Un segundo después las luces les mostraron los cadáveres de los dos guardas de seguridad. Entre las vías, los cuerpos ensangrentados, sin vida. Los cadáveres seguían sangrando, manchando el suelo de grava. Era como si los acabasen de asesinar. Los policías recorrieron los apenas seis metros que les separaban del centro del túnel hasta quedar junto a los cadáveres. En ningún momento dejaron de iluminar con las linternas. Irreconocibles. No conocían personalmente a los “seguratas” pero en caso contrario no los hubiesen podido reconocer por el lamentable estado en el que estaban los rostros y los cuerpos en general.