sábado, 17 de marzo de 2018

MI NUEVA NOVELA



Saludos.

Hace unos días salió a la venta mi última novela. La Historia de la Ciudad sin Árboles. Podéis adquirirla en Amazon y leerla completamente gratis con Kindle Unlimited.
Aquí os dejo el primer capítulo. 
          
          



EL JURAMENTO


Sencillamente se llamaba El Juramento. No existía papel ni documento en el que se observase alguna firma de ninguna de las partes comprometidas. Cada uno sabía muy bien qué hacer, qué parte del trato cumplir. Y como hacer que se cumpliese.

Hacía ya muchos años que se había “firmado” ese Juramento. No existió tinta ni estilográfica para sellar ese maldito acuerdo. Porque al final solo era eso: un maldito acuerdo que había condenado sin remedio a todas las gentes que allí vivían. La vida de los habitantes de la ciudad era la firma, aunque al principio las autoridades no lo supiesen. Sus vidas estarían a salvo si El Juramento se cumplía. O eso creían.



La primera reunión se llevó a cabo en el propio ayuntamiento. Por aquel entonces, el viejo Brooks, Jacob Brooks, hombre sencillo que la política corría por su venas, de aspecto bonachón con pelo blanco, barriga prominente, y que llevaba en el cargo desde hacía ya quince años, fue el primer alcalde que sucumbió ante el terror que acechaba su tranquila ciudad.

No dejaba de secarse el sudor de su rostro con un pañuelo que ya estaba bastante empapado. Miraba nervioso a tres colaboradores que en esos momentos le acompañaban en el despacho. Y volvía a pasarse otra vez el pañuelo para luego guardárselo completamente arrugado en el bolsillo derecho del pantalón.

— ¿Alguna noticia?— preguntaba dando cortos paseos desde su mesa hasta el balcón, cerrado en esos momentos y con la cortina descorrida. No se dirigía a nadie en concreto. Miraba unos instantes por el balcón, con las manos en los bolsillos, la imagen de la ciudad sumergida en la noche sin esperar respuesta. ¿Qué podrían saber sus propios colaboradores, que no supiese él?

Miró de nuevo el reloj una vez más en los últimos cinco minutos. Apenas pasaban algunos minutos de la medianoche. De repente, la puerta de roble y de doble hoja del despacho se abrió de par en par. Por un instante pareció entrar una enorme ola de aire frío que se clavaba en los huesos de los allí presentes. Todos se giraron sorprendidos. Nadie había oído unos pasos acercándose al despacho, y eso era algo que nunca ocurría. El viejo ayuntamiento, construido décadas atrás y que había soportado incendios una guerra civil e infinidad de reparaciones tanto interiores como exteriores, dejaba escapar tristes crujidos cuando alguien pisaba sus suelos de madera. Pero en esta ocasión nadie había oído nada.

Darelene tenía extendidos sus brazos, sujetando las dos hojas de la puerta. Su rostro impasible contrarrestaba con el terror que parecía haber invadido al equipo de gobierno de la ciudad, que la observaba en completo silencio. La figura de aquella mujer parecía ocupar todo el ancho de la puerta. El alcalde tragó saliva, quiso avanzar un paso, pero en su lugar apoyó su mano derecha sobre el respaldo de una silla tapizada en cretona que tenía al lado, porque sintió que podría caer al suelo de un momento a otro. La blanca piel de la mujer, resaltaba entre unos ojos enrojecidos y unos finos colmillos que sobresalían de su boca y descendían ligeramente por el labio inferior. Unos labios que parecían del mismo rojo sangre que los ojos.

viernes, 2 de marzo de 2018

CAPÍTULO PROMOCIÓN


Saludos. 

Recién salida a la venta mi primera novela: "Una Historia Más" aquí os dejo un fragmento. Recordad que podréis conseguir la novela completa pinchando AQUÍ,  Y que podéis leerla gratis con Kindle Unlimited.








Pero entonces un grito lo arrancó de golpe de aquellos pensamientos. Durante un segundo o quizás dos no supo de donde procedía el grito, pero al girar la vista hacia su derecha vio como una bicicleta de montaña aparecía por una bocacalle y se le echaba irremediablemente encima. No tuvo tiempo de reaccionar. Tan solo de ver y sentir cómo la bicicleta y el conductor se precipitaban sobre él. Primero fue la rueda delantera la que lo golpeó la pierna, y a continuación el manillar se hundió en la boca del estómago. Más que fuerte, fue un inesperado golpe. Que lo hizo caer. Todo su equipaje rodó por el suelo, y la bicicleta y el conductor cayeron justo encima de él.

Durante un instante, sintió una quemazón en el codo izquierdo, al igual que el peso de la bicicleta y el del conductor. Pero esto último empezó a disminuir apenas unos tres o cuatro segundos después. Continuaba en el suelo, sintiendo la quemazón del codo y con la cabeza hacia un lado, mostrándose ante sus ojos las bolsas de deporte esparcidas en medio de la calle. Retiraron la bicicleta de encima de él y a continuación una sombra se implantó justo encima, acompañándole una voz femenina, joven y bonita, pero muy preocupada.

—Oh que tonta he sido, cuanto lo siento de verdad.

Liberado del peso, giró la cabeza hacia dónde provenía la voz y entonces se encontró, a semi contra luz, con un rostro...con el rostro de mujer más bonito que jamás hubiese visto. La chica se inclinó con la intención de ayudarle a incorporarse. Pero durante un instante se quedó inmóvil, como si hubiera visto un fantasma. Sin saber qué hacer, donde mirar. Finalmente reaccionó.

—¿Estas bien? ¿Estás bien?  No sé cómo ha podido suceder, lo siento.

—No ha pasado nada, tranquila—. Contestó en voz baja intentando tranquilizar a la joven.

—Pero ¿de verdad estás bien? No tienes nada roto ¿verdad?— la joven estaba realmente preocupada y algo nerviosa.

—No, de verdad. Tranquila—, intentó calmarla— ¿Y tú estás bien?

Pero la chica no respondió. Lo ayudó a incorporarse. El aceptó la ayuda, y una vez puesto en pie se sacudió ligeramente los vaqueros. Entonces la joven descubrió la herida que tenía en el codo.

—Valla— dijo volviendo a notarse en su voz el tono de preocupación—. Lo sabía, sabía que algo te habría hecho.

Se miró el codo y vio la herida. La verdad era que al caer si había notado un raspón, y ahora veía el resultado: la piel raspada y un poco de sangre.

—Espera—, la chica volvió a acercarse a él. Del bolsillo trasero sacó un pañuelo blanco cuidadosamente doblado—. Está limpio—. Le confesó cuando creyó que el joven lo miraba con recelo. O por lo menos eso le pareció a ella, que con sumo cuidado cubrió la leve herida y lo sujetó con un ligero nudo. Mientras tapaba la herida, Dani miraba en completo silencio a la joven. Aunque sin llegar a ver su rostro, solo su flequillo. Que quedaba a la altura de sus ojos. Con facilidad llegaba el olor del perfume que ella llevaba. Estaban bastante cerca el uno del otro, en unos segundos que se hicieron muy intensos y en los cuales ninguno de los dos dijo nada. Porque aunque la chica intentó disimular mientras cubría la herida, se le notaba algo tensa.

—Espero que no se caiga— terminó por decir retirándose ligeramente.

—Es increíble que seas tú—. Hizo una pequeña pausa—. No me reconoces ¿verdad?—, preguntó finalmente Dani mirando de frente los preciosos ojos verdes de ella. Y allí estaba. Con unos ajustados y viejos vaqueros y una camiseta negra de manga corta.

Durante unos largos segundos hubo un nuevo silencio entre ambos. Ella distrajo la mirada un instante sin fijarla en ningún sitio en concreto, hasta que finalmente también le miró por primera vez, desde el atropello, fijamente a los ojos.

—Claro que te he reconocido Daniel—. Ahora el tono de voz era mucho más serio, bajo y algo preocupado. Y descubrió que estaba realmente guapo. Algo delgado, como siempre había sido él. Con una ligera barba, quizás de dos o tres días. Con aquella mirada tan reconfortante y su eterno gesto juvenil. Aunque en el fondo se podía notar una ligera alegría, que fuese por el motivo que fuese no terminaba de salir, notó Dani al mirarla detenidamente a la cara.

—¿Qué tal estás?

—Bien—. La chica tardó algunos segundos en contestar. Y cuando lo hizo fue con un movimiento de la cabeza algo nerviosa—. ¿Y tú?

Dani movió ligeramente la cabeza.

—Como si me hubiesen atropellado con una bici—. Su tono fue más bien bajo y de broma esbozando una ligera sonrisa sin otra intención que la de hacer reír a la chica. Y entonces descubrió lo que había echado de menos aquella sonrisa tan preciosa. Pero apenas consiguió verla. En los finos labios de ella se dibujó una diminuta sombra de la que él esperaba volver a ver. De la que recordaba. Sus miradas se cruzaron. Durante un par de segundos fue como si ninguno de los dos supiesen que decir. 

—Ha sido un milagro que no ocurriese nada grave—. Fue lo único que Noelia acertó a decir. Lo dijo en voz baja, como esperando una respuesta similar o incluso una aprobación del joven sobre lo que acababa de decir.

Pero justo en ese momento, alguien saludó a la chica. Esta se giró y vio que pasaba justo por detrás de ellos, protegida con la poca sombra que a esa hora de la tarde ofrecían las fachadas de las viviendas, una mujer que bordeaba los cincuenta. Noelia respondió al saludo, pues conocía a la mujer. El joven se volvió con la intención de empezar a recoger sus bolsas esparcidas por el suelo.

—Sí. Ha sido un milagro— murmuró de manera distraída.

—¿Cómo dices?—. Noelia se giró rápidamente hacia él. Apenas abrió la boca para responder cuando volvió a preguntarle—. ¿Qué has querido decir?

Notó un gran enfado en la voz de la joven, y no entendía muy bien a qué se debía. Incluso la mujer a la que Noelia acababa de saludar se giró un momento sin dejar de andar, mirando un poco alertada a la chica.

—Que has querido decir con “Si ha sido un milagro”—. Intentó imitarlo en la voz, incluso movió exageradamente las manos. Era como si aquella frase fuese la excusa o el pretexto que necesitaba para soltar el nerviosismo que le invadía. La chispa que hizo saltar todo por los aires.

Aquello le hizo gracia. Sonrió en silencio, aunque no pudo evitar que su rostro lo reflejase. Pero no lo hizo ni mucho menos con intención de reírse de ella.

—No he querido decir nada, solo que…

—¿Acaso crees o insinúas que ha sido culpa mía?—. La chica parecía realmente molesta. Pero era evidente que aquella reacción lo producía el propio nerviosismo que le invadía en esos momentos.

—No, claro que no— respondió él en un marcado tono de sarcasmo—. Me gusta ir por ahí lanzándome contra las bicicletas en marcha.

Noelia no supo que responder. Deseaba salir inmediatamente de aquella tonta situación en la que se había metido ella solita. Su rostro se enrojecía por momentos a causa de la angustia y el nerviosismo. Su cuerpo se movía torpemente y de manera graciosa.

—Y por cierto— continuó, que sin quererlo mostrar, le hacía gracia aquel repentino enfado de ella—, no regalan vales descuentos por ir atropellando a peatones ¿lo sabías?

viernes, 16 de febrero de 2018

UNA HISTORIA MÁS


Finalmente hoy ya está disponible para su descarga la edición ampliada y revisada de "Una historia Más"

Un relato con tintes de romanticismo que se adentra en el mundo de la violencia de genero, la corrupción política, la amistad y el amor.


Daniel, un joven de unos treinta años, regresa al pueblo donde pasó su niñez y adolescencia con la intención de empezar una nueva vida tras una mala experiencia en la ciudad. 
Una vez en el pueblo, se reencontrará con Noelia, su amor adolescente. Poco a poco, con el paso de los días, ambos descubrirán que nada ha cambiado entre ellos aun transcurridos algunos años. 
Pero aquel reencuentro no será un camino un rosas para la pareja. El alcalde del pequeño pueblo está obsesionado con Noelia y no dudará en utilizar todo su poder y su fuerza para que la joven sea suya. Mientras, el pasado más reciente de Daniel también hará acto de presencia en el pueblo exigiendo venganza. 
Ambos jóvenes se encontraran entonces luchando por salvar sus vidas.





Aquí podéis encontrar el enlace para su compra o bien su descarga gratuita con Kindleunlimited


viernes, 8 de diciembre de 2017

DE REPENTE


DE REPENTE

¿Por qué de repente todas las canciones que escucho en la radio parecen hablar de ti?

¿Por qué de repente lo único que anhelo es el roce de tu piel, la dulce locura de tu sonrisa y la magia de tu mirada?

¿Por qué de repente siento los más profundos celos de esa almohada que abrazas cada noche al dormir?

¿Por qué de repente, tu voz es la sangre que recorre mis venas y da vida a mi corazón?

¿Por qué de repente siento que eres lo único que da sentido a mi existencia? ¿Que si faltas no seré nadie?

¿Por qué de repente, tu cuerpo se me antoja el único camino a seguir cada noche?

¿Por qué de repente imagino noches eternas bajo las estrellas perdido entre tus brazos?

¿Por qué de repente sueño con mil besos y mil caricias entre tus sabanas?

¿Por qué de repente si no te veo siento que me falta algo, el aire, la luz para continuar por este camino?

¿Por qué de repente tú?


  Felicidades 31! mi alíen favorita! Te quiero!!










domingo, 10 de septiembre de 2017

LA MALDICIÓN

Regresó a la vieja mansión familiar a caballo, no en el carruaje que había ido a buscarlo, y que con gesto perdido ordenó que regresase vacío.

Después, sentado en su pequeño cuarto de trabajo, la pluma parecía trabajar a destajo. Estaba inspirado, las palabras brotaban de su mente precipitándose contra las hojas. Cayendo y colocándose en el orden preciso. Pero la angustia lo atormentaba. Sentía cómo los fantasmas de la soledad regresaban una vez más.
Imagen Ángel Beltrán

Una nube oscura de dudas invadía de nuevo su espíritu, causándole un agonizante dolor.

Estaba acostumbrado a perder, había aprendido, a base de golpes en la vida, a vivir con ello.

O eso creía.

¿Tendría derecho al amor? ¿A sentirse amado?

Todo el cuerpo le temblaba. Tanto, que la pluma se precipitó al suelo resbalando de sus temblorosos dedos. Y de repente todo a su alrededor se volvió oscuro. Amenazador. Las paredes, tapizadas con hermosos papeles de color, de pronto se tiñeron de terror, de angustia. De ellas crecieron oscuros y aterradores brazos que intentaban arrancarle el corazón de cuajo. Cayó al suelo, aterrado, llorando. Solo la fotografía de Miss Claire, aquella joven de fino pelo color oro y sonrisa viva, lo mantenía en este mundo. Intentaba aferrarse a la vida, pero las fuerzas fallaban a cada segundo que pasaba.

Tosco en sus palabras, brillante en sus textos, era la única manera de comunicarse con ella. De declararle su amor más sincero.

El amanecer no llegaba, la noche se alargaba de manera misteriosa a su alrededor.
La sonrisa de Miss Claire a un joven pretendiente multimillonario y dueño de varias empresas, azotaba de manera cruel su mente aumentando los fantasmas del miedo y la soledad. Se arrastró por el cuarto buscando aquel último poema que había escrito esa misma noche y que dedicó a la joven. En su mano, la hoja arrugada, la hoja que contenía su última declaración de amor. Temía perderla, y solo confiaba en sus escritos. Nunca en su palabra.

El sirviente partió a caballo para entregar aquella hoja guardada en un sobre dirigido a Miss Claire. Desde la terraza, podía ver como jinete y caballo se alejaban por el camino a gran velocidad.

Nunca aprendería a conquistar a su amada con su mera presencia. Hablándola. Nunca había sabido. Dios no le había otorgado ese “don”. Pero si le enviaba sus fantasmas. Aquellos seres oscuros que atormentaban su existencia y que le recordaban lo ridículo que podía parecer ante los ojos de las mujeres. Que solo llegaría al corazón de ellas por medio de sus escritos. Que él era un simple apéndice, algo horrendo que en cualquier momento se podría extirpar y arrojar al cubo de la basura. Porque lo único que valía la pena eran sus escritos.

Aquella era su maldición. De lo que no podría escapar nunca. La que al final lo mataría.  De eso estaba convencido. Porque lo que no quería era vivir solo.


En el bolsillo de su chaqueta, su mano temblorosa acariciaba la foto de Miss Claire.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

NECESITO

Sin saber muy bien cómo, he descubierto que necesito tu aire para respirar.

Necesito que el anochecer sea sólo el inicio. Necesito deshacer tu cama, enredarme contigo en cada pliegue de las sabanas.

Necesito perderme en tu sonrisa. Necesito que el amanecer rabie de envidia al descubrirnos desnudos ante él. Amándonos.

https://pixabay.com/

Necesito sentir el tacto de tu piel. Necesito ese infinito instante cuando tu piel roza la mía. Un gesto furtivo, provocado, inconsciente. Deseado.

Sin saber muy bien cómo, he descubierto que te necesito.

Te necesito cada día, cada hora, cada minuto.

Cada instante del día necesito respirar el mismo aire que tú respiras.

Necesito escribirte, imaginarte, dibujarte, amarte.  

No quiero sucumbir en esta cruel y solitaria travesía en la que se convirtió hace años mi vida, y a la que mi mente hace frente con tu recuerdo.


Necesito amarte. Necesito que tú me ames.


lunes, 4 de septiembre de 2017

LA LADRONA DE TIEMPO

—Soy la ladrona de tiempo— le susurró al oído justo en el momento en que la noche agonizaba sumisa entre el sudor perdido en los pliegues de las sabanas que cubría sus cuerpos desnudos.

De fondo, el sonido del mar. El ir y venir del agua salada que acariciaba la fina arena de la playa de manera incesante, como anunciando un nuevo amanecer, y que de manera inconsciente escocía en los cuerpos y en los corazones de quienes a través de la ventana oían el monótono ruido de las olas. Había sido una noche. Una sola y única noche en la que por unas horas dejaron aparcadas sus vidas y a las personas que en ellas habitaban, para entregarse el uno al otro como nunca antes lo habían hecho con nadie.

Fotografía Ángel Beltrán

Los labios de ella rozaron la piel de su oreja cuando le susurró aquellas palabras. Y la voz se le clavó en el alma. Sabía que el amanecer era el final. Ella tendría que regresar a su vida, y él…bueno, él…no sabía muy bien qué haría. Se preguntaba si ella se acordaría de él. Si recordaría aquella noche.

Se levantó de la cama y con paso lento se asomó por la pequeña ventana que había junto a la puerta. No miraba hacia ninguna parte en concreto. No le interesaba nada más allá de aquella mujer que lo observaba en silencio, y a la que tanto deseaba. Sentía todavía el sabor de sus besos en sus labios, el tacto de sus caricias en su piel, los murmullos y gemidos de ella mientras se amaban perdidos entre la noche y la locura de saber que solo sería una vez.

Lentamente se giró para observarla en silencio, como le gustaba. Como había hecho cuando se conocieron, descubriendo que ya no estaba allí, tumbada, dejando que la sabana cubriese únicamente parte de su pierna izquierda, y dejando al descubierto el resto de un cuerpo hecho para amar. Ni siquiera estaba la cama, ni la habitación. En su lugar la fría decoración de su despacho se fue acoplando a su vista. La tosca habitación de la playa se iba convirtiendo en aquel despacho impersonal en el centro. Y la ventana por la que se podía ver la playa era ahora un ancho ventanal con vistas a un paisaje gris y triste, donde edificios altísimos muy similares unos a otros se alzaban desde el suelo queriendo tocar el cielo con sus antenas en lo más alto. Sintió que la corbata le agobiaba un poco, como si el aire se resistiera a entrar en sus pulmones.  Cruzó el despacho hasta llegar a un pequeño mueble bar, donde también había una nevera. Sacó una botella de agua y dio un larguísimo trago. El aire lo perdonó y entró en los pulmones. Dejando la botella sobre la barra de bar, se sentó en un sillón de cuero negro, junto a una mesa de centro de cristal que tenía como parte de la decoración del despacho. Quiso apoyarse en el respaldo, pero algo sobre la mesa llamó poderosamente su atención. Se inclinó hacia adelante y con la punta de los dedos tocó aquello que descansaba sobre la mesa: una pequeña porción de arena de playa, que entraba en la palma de una mano, de una mano pequeña, femenina, como si alguien lo hubiera depositado allí con sumo cuidado. Lo rozó con la punta de sus dedos. Una ligera brisa azotó su rostro, y de nuevo aquellas palabras: “Soy la ladrona de tiempo”.

Y de nuevo el olor a mar, a agua salada, a sexo de mujer. Volvió a incorporarse y al instante percibió cómo la arena de la playa se filtraba por entre los dedos de sus pies, y estos a su vez se hundían ligeramente. Volvía a estar en la playa, aquel atardecer, el momento en el que la conoció. “Soy la ladrona de tiempo” Avanzó unos pasos. Su mesa había desaparecido, en su puesto una vieja barca descolorida y agujereada recordaba en silencio momentos mejores, cuando se hacía a la mar todos los días al amanecer para no regresar hasta cuando el día agonizaba entre penumbras. Y el resto de la oficina era de nuevo aquella playa sin nombre.

Mostrando una ligera sonrisa en sus labios comprendió al instante. Nunca saldría de la playa, de aquel momento irrepetible. Un fugaz regreso a su antigua vida y de nuevo allí. Como si fuera un prisionero de lujo en un bucle del tiempo. Para recrear y disfrutar una y otra vez aquella noche con la mujer que conoció de manera accidental. Con la mujer que le enseñó que amar en tan solo una noche. Una noche para toda la eternidad.