lunes, 17 de junio de 2019

Dueño de las Sombras.


Saludos! Por fin mi nueva novela Dueño de las Sombras I El Despertar ya está a la venta y disponible en Amazon.

Puedes conseguirla pinchando aquí.

La segunda parte de la saga: Dueño de las Sombras II El poder de Alessia ya está en desarrollo, y continúa con las aventuras del grupo guiado por Wyatt.

Si quieres leer gratis el primer capítulo pincha AQUÍ.



SINOPSIS:

Alessia es una joven escritora que decide recorrer el país en bicicleta haciendo cicloturismo. Lo que empieza siendo unas simples vacaciones, se convierte en una verdadera pesadilla cuando conoce a un joven llamado Jacob y queda atrapada en un pequeño pueblo perdido en las montañas. A partir de ese momento se verá envuelta en una fantástica aventura llena de magia y terror, donde descubrirá que es la portadora de un poder único capaz de acabar con el mal que está a punto de conquistar la tierra.

viernes, 24 de agosto de 2018

CYBORG


Buenas tardes. Aquí os dejo un fragmento de mi último relato titulado Cyborg

Podéis adquirir el relato completo pinchando aquí




Había visto el anuncio más de mil veces. Bien por televisión o por la multitud de pantallas gigantes que se encontraba a lo largo y ancho de la ciudad.



En el transcurso de la mañana había estado pensando en la posibilidad de comprarse un cyborg. O al menos acercarse a alguna de las oficinas de C.T. y ver alguno de sus modelos. Sentada en su pequeño cubículo de siete de la mañana a tres de la tarde, pensó en los pros y en los contras. El trabajo que desempeñaba era tan monótono y mecánico que le daba tiempo para evadir la mente durante largos minutos en ese tipo de pensamientos. Pero ¿realmente necesitaba un Cyborg? se preguntó cuándo dieron las tres y tranquilamente se puso la cazadora de cuero negro y abandonó su puesto de trabajo. No terminaba de estar muy convencida. “Hará todas las tareas del hogar que tú no quieras hacer” decía en un momento dado el anuncio. “Esperará por ti en las interminables colas cuando tengas que tramitar cualquier documento” decían a continuación.

Sí, eso estaría bien. Pensó mientras esperaba el ascensor en la quinta planta junto a varios compañeros más de trabajo. La última vez que había acudido a una oficina para solucionar un asunto relacionado con el alquiler del piso, la cola duró horas. Era como si el funcionario que atendía la mesa en la que tenía que solucionar el asunto en cuestión no quisiera trabajar de lo lento que lo hacía. En fin. ¿Y la casa? ¿Solo comprarse un Cyborg para hacer las tareas domésticas? Entró en el ascensor. Compartió un insulso saludo con el compañero del cubículo de al lado. A continuación, en el interior del ascensor cada uno a lo suyo. El compañero a mirar al suelo y a la pantallita roja que indicaba el piso y ella a ojear los mensajes en el móvil.

Ningún mensaje nuevo. Ni siquiera de él. Llevaba varios días sin saber nada de él. ¿Y si le llamaba ella? Después de todo no habían discutido, ni acabado mal. Simplemente estaban en momentos diferentes en sus respectivas vidas. No buscaban ni esperaban lo mismo.
Salió del edificio. Viernes. Por delante tenía dos días y medio de descanso. Quizá esa misma noche saliera a tomar algo. Llamaría a Carla y saldrían a tomar algo, quizá incluso a bailar. Carla no, recordó entonces mientras cruzaba la calle y se dirigía a la boca de metro. De nuevo el anuncio en una pantalla gigante. “Adquiera ya mismo un Cyborg”. Carla. Seguramente no pudieran salir juntas a tomar algo. Desde que salía con ese tal Mario se había vuelto muy rara ¿O la rara era ella? No, definitivamente no. La rara era Carla con aquella estúpida sonrisa ñoña cuando iba de la mano del tal Mario.

La boca de metro. Descendió las escaleras y tras pasar su bono por la terminal continuó por un ancho pasillo y después descendió unas escaleras mecánicas hasta que llegó al andén. De nuevo el anuncio. Ahora impreso en enormes carteles pegados en las paredes de la estación. Dos Cyborg, uno femenino y otro masculino, modelos F y M respectivamente, con los uniformes con los que salían de fábrica, se mostraban sonrientes en los carteles. En grandes letras azuladas “Cyborg para compañía o trabajo”.

Por suerte encontró asiento al entrar al vagón. Odiaba esos días en los que tenía que volver a casa después del trabajo de pie sin poderse sentar. Cierto era que las ocho horas del trabajo las hacia sentada, pero no le gustaba ir de pie en el metro. Prefería ir sentada, buscando cualquier cosa en Google y evitando así las miradas perdidas de quienes iban sentados en frente. En esta ocasión se metió en un blog que hablaba precisamente de los Cyborg. Desde el puesto de trabajo hasta su piso tenía ocho paradas de metro. Le daba tiempo más que suficiente como para leer algún artículo de cualquier blog. Al parecer, al propietario del blog la experiencia de adquirir un Cyborg no le había ido también como prometían los de la empresa que los vendía. Señalaba más contras que pros.




sábado, 11 de agosto de 2018

Cita en el Cementerio


Buenas tardes. MI último relato se titula "Cita en el Cementerio".

De muestra, os dejo las primeras lineas. Si os gusta podéis adquirirlo pinchando aqui. Gracias.





CITA EN EL CEMENTERIO

Comienzo este relato en un momento en el que sólo soy la voz de lo que antes llegó a ser una persona. Un joven con un buen puesto de trabajo, una mujer encantadora y lo que parecía un futuro bastante prometedor.

 ¿Ahora? Ahora no sé si estoy vivo o muerto. Si camino entre quienes respiran ríen y sufren o si por el contrario mis huesos yacen en algún nicho de algún triste cementerio pudriéndose desde hace años.
Mi relato comienza una tarde a finales de octubre. Una tarde lluviosa y algo fría en la que el invierno parecía querer ocupar el sitio de un otoño que pasaba inadvertido por la ciudad en la que por aquel entonces vivía.


Aquella tarde me acerqué al cementerio con la intención de hablar un poco con mi abuelo. Llevaba algo más de un año enterrado en uno de los nichos de la parte más nueva del cementerio de la ciudad y casi todas las semanas intentaba sacar un hueco, aunque solo fueran cinco minutos, para hacerle una pequeña visita y contarle como marchaba mi vida sin él. A veces me imaginaba que al otro lado del frío mármol el ataúd en el que descansaba mi abuelo se abría ligeramente y sus manos, ya sin carne y sin músculos, solo los huesos, intentaban salir sin éxito.
Sujetando el paraguas con la mano izquierda, contemplé el nicho. Lo echaba tanto de menos que en esas tardes que acudía al cementerio recordaba en silencio los buenos momentos pasados con él. Las partidas de cartas en su casa, sus chistes graciosos pero a la vez tan malos. Siempre me reía con aquellos chistes.

Apenas veinte minutos después abandoné el cementerio. Un guarda de seguridad paseaba por entre las calles de nichos anunciando a los visitantes, agitando una pequeña campana con la mano derecha, que faltaban diez minutos para cerrar. Crucé la enorme puerta de hierro forjado de dos hojas y me dirigí hacia la parada de autobús que apenas estaba a una veintena de metros. Normalmente hacía mis traslados en mi propio coche, pero en esta ocasión lo tenía en el taller mecánico, por lo que me veía obligado a utilizar el transporte público.

Cuando me situé bajo la marquesina de color rojo, cerré el paraguas. En esos momentos caía una fina lluvia al tiempo que la ciudad, frente a mí, parecía sumergirse en una densa capa de niebla con la silueta de los edificios recortándose en el tono grisáceo de aquella tarde. Durante unos instantes ojee el móvil en busca de mensajes nuevos. Nada.

Alguien llegó y se cobijó bajo la marquesina. Cuando acabé con el móvil, guardándolo de nuevo en el bolsillo de la cazadora, miré hacia mi izquierda y me encontré con una imagen, con la imagen, que desde ese mismo instante cambió mi vida. No sé si para bien o para mal. Si todo lo que me sucedió a raíz de ver aquella imagen que se protegía de la lluvia bajo la marquesina, estuvo en el lado bueno o malo de la vida o de la muerte.

Se trataba de la chica más bonita, dulce y tierna que podría haberme encontrado jamás. El tiempo pareció detenerse. El agua dejó de caer, las gotas parecieron quedarse suspendidas en el aire. Fue cómo si la realidad hiciera un alto en aquel preciso instante en que la vi por primera vez. Todo a mí alrededor se detuvo.

—Hola—Su voz dulce pareció mezclarse con el sutil sonido de la lluvia que había caído en esos momentos, pues ya he dicho que pareció detenerse. A partir de entonces, y sin saberlo todavía, me encontré en un laberinto de incertidumbres. De miedos, de angustias y de deseos.

—Hola—acerté a decir.

Y durante mil eternidades quedé a su merced.


Continúa...



lunes, 23 de julio de 2018

TINIEBLAS (El LORD DE LA OSCURIDAD)


Apenas logro enlazar tres líneas con sentido alguno. Mi cuerpo se convulsiona entre las sabanas de mi vieja cama. La ventana cerrada. No dejo que entre ni un rayo de sol. OH! Señor haz que se detenga este dolor que recorre mi cuerpo y mi alma. Al otro lado de las densas cortinas que impiden que entre la luz del día, está tu recuerdo. Todavía las sabanas mantienen tu olor a mujer. Mi memoria todavía retiene, y lucho porque no se esfume, tu característico sonido al sonreír.
Imagen Pixabay

Me debato entre las tinieblas que antaño fueron días felices. Días repletos de color y amor. Pero las tinieblas avanzan. Lucho contra ellas, como el más fiero de los guerreros ante sus enemigos blandiendo su espada mortal, pero presiento que perderé. Siento que las fuerzas empiezan a no querer obedecerme más. ¿Dónde estás luz? Te busco entre la oscuridad, te oigo en la lejanía, pero no logro alcanzarte. Tu sonido a cada segundo que pasa es más débil, más lejano. Tropiezo. Cómo me hubiera gustado caer entre tus brazos, entre tu piel. Pero caigo en un frio suelo de piedra. Piedras resbaladizas, que me hacen caer sin control al agujero del olvido. Abro mi boca queriendo gritar, pero no logro articular sonido alguno. Tu mano se dibuja tímida y lejana entre la oscuridad. Alargo mi brazo pero no alcanzo a tocarte. OH! Como ansío aferrarme a ti. Desesperación. No quiero dormir siendo las tinieblas las sabanas que me protejan del frío en la eterna noche que me aguarda. Quiero despertar. Abrir esas cortinas y encontrarme de nuevo con tu sonrisa. Perderme en el infinito espacio que encierran tus ojos. Siento dolor. Quiero llorar. Mi alma se estremece mientras de fondo el ruido de la calle se hace eterno. El sonido se confunde con la oscuridad, y eso me desconcierta. ¿Dónde estoy? No logro ver nada apenas a unos centímetros más allá de mis ojos, que se abren ansiosos. Camino con miedo. No recuerdo el sonido de mi voz. Quizá esté hablando, pero logro oír nada de lo que digo.

Percibo mi alma errante entre mundos, para unos imaginarios para otros reales. Para mí son reales. Tan reales como el dolor que siento al caer contra las resbaladizas piedras y a continuación despeñarme por el inmenso agujero de la oscuridad y el olvido.

Grito en mi cama. Estoy solo. Convulsiones. Mis manos temblorosas apenas logran sujetar la pluma para escribir estas últimas líneas. Como un capricho del destino oigo tu voz, tu sonrisa. Me giro esperanzado de encontrarte frente a mí, pero no te encuentro. Quizá consiga la paz que tanto ansío si me entrego a las tinieblas. Quizá mi alma deje de sufrir, y mi mano deje de temblar y pueda al fin sostener con firmeza la pluma al escribir. Quizá mi destino sea estar perdido en la oscuridad por siempre.


jueves, 19 de julio de 2018

CYBORG


Hace unos años (más de quince para ser sinceros) escribí un guion titulado Cyborg.

No fue hasta el 2012 cuando empecé a estudiar dirección cinematográfica, cuando apareció la oportunidad de llevarlo a imágenes con ciertas garantías.



Hace más o menos un mes, empecé a escribir un relato con el mismo título basado en el cortometraje. 

Un relato, que al igual que en el cortometraje habla sobre la tecnología y su uso. Sobre si somos ya victimas de nuestros propios inventos. 


Ahora, puedes adquirir el relato por tan solo 0,99€ pinchando aqui










miércoles, 20 de junio de 2018

Dueños de las Sombras


Buenas tardes. 

Aquí os dejo un fragmento de mi nueva novela Dueño de las Sombras I El Despertar que ya podéis adquirir en Amazon pinchando aquí. 



Berlín, mayo de 1945.

Hacía algo más de diez años que había visitado Berlín por última vez. Entonces fue en un fugaz viaje de novios. Llevaba casado ya casi un año con Alanis, pero no fue hasta pasados unos meses de la boda, cuando pudieron hacer aquel viaje que tanto deseaban y tenían que haber hecho nada más casarse, tal y como le decía su padre.
Ahora, pisando de nuevo las calles berlinesas, su corazón luchaba contra sentimientos encontrados. Tuvo que hacer un tremendo esfuerzo por no llorar, por evitar que las lágrimas recorriesen su sudoroso y sucio rostro al contemplar aquel infierno, aquel devastador espectáculo que brindaba al mundo entero una de las ciudades más hermosas que hubiese conocido de la vieja Europa.
Nunca se imaginó ver tal nivel de destrucción. Apenas uno o dos edificios en cien metros a la redonda se encontraban todavía en pie y enteros. Hacia su derecha, a escasos doscientos metros, entre toneladas de escombros y muerte, se encontraba el búnker del Führer. Seguramente no llegaría a entrar y ver aquel sitio. Durante días se decía que había sido víctima de saqueos, incendios… explosiones. Si las noticias eran ciertas, el responsable de arrastrar a ese bello país a la más absoluta miseria y hacerlo retroceder casi a la Edad Media llevaba muerto varios días.
Pero nada de eso le interesaba, pensó mientras resoplaba y se sentaba en lo que antes había sido un precioso banco de hierro fundido y que ahora no era más que un amasijo de hierros entre escombros. Se despojó del casco y se pasó la mano por el pelo empapado en sudor. Parecía un mes de mayo especialmente caluroso. Sintió colarse en sus pulmones el asqueroso olor a muerte que inundaba la capital alemana en los últimos meses. Encendió su último cigarrillo y, perdiendo la mirada en unos escombros que cubrían la entrada a una callejuela justo enfrente, se abandonó a unos minutos de paz y silencio. Un jeep cruzó en dirección contraria al búnker. Lo miró de reojo, era de los suyos. Podía incluso haber sido de los rusos, pero era norteamericano. Se encogió de hombros; la guerra ya había acabado, si no oficialmente sí extraoficialmente, o eso al menos creía. Durante aquellos días, circulaban muchos y variados rumores. Pero en su mente solo rondaba la idea de entregar aquel uniforme manchado de sangre y polvo, las armas, y regresar a su casa junto a su esposa y su hija. Había sido un año muy duro.
Algunos minutos después, cuando su bota izquierda pisaba la colilla del cigarro con pesada desgana, escuchó un ruido justo en frente, al otro lado de la desolada calle. Sabía que muchos de los civiles supervivientes recorrían durante aquellos días las ruinas de lo que meses atrás fue su ciudad, su hogar. Buscaban, todavía, a familiares desaparecidos, amigos, vecinos, algo que comer...
Pero cuando alzó la mirada, no encontró a primera vista nada ni a nadie. Cogió el fusil y colocándose de nuevo el casco miró hacia el frente. Entonces le pareció ver algo intentando esconderse, moverse, deslizarse incluso, entre los escombros. Con paso lento y empuñando el rifle con mano firme, cruzó hasta el otro lado de la calle. Cascotes enormes, paredes derruidas, vigas de madera partidas algunas y quemadas la mayoría. Miró a su alrededor. Sobre su cabeza, a la izquierda, pudo ver el interior del primer piso del edificio más cercano. Prácticamente solo quedaba en pie la estructura principal; las paredes que delimitaban unas habitaciones con las otras y las paredes que daban al exterior habían desaparecido en su mayor parte. Todo en el interior estaba igualmente destruido y quemado. Los restos de lo que antes había sido un hogar no eran ahora nada más que un espacio desolado y muerto. El edificio por completo amenazaba con derrumbarse de un momento a otro.
Pero de nuevo, volvió su atención hacia los escombros que cubrían la calle. A pocos metros pareció moverse algo entre unas puertas viejas y un pequeño carro de madera sin ruedas. Avanzó lentamente apuntando con el rifle.
—Seas quien seas sal de ahí ahora mismo —ordenó alzando la voz y sin dejar de avanzar con pasos muy cortos y lentos—. Sal ahora mismo—, insistió, con su pobre acento alemán que había aprendido para el viaje de novios. Era un idioma que le gustaba, le agradaba escuchar, por lo que nunca había consentido que sus pocos conocimientos sobre este se le olvidaran.
De nuevo un pequeño ruido, como si algo se arrastrase por el suelo y moviese restos de escombros con su propio cuerpo.
—No voy hacerte nada —insistió sin dejar de apuntar—. Será mejor que salgas.
Avanzó un par de pasos más; entonces, sus pies se clavaron en el desgastado asfalto de la calle. Estaba completamente rodeado de escombros y restos de muebles de las viviendas cercanas, así como de algún que otro carro que en algún momento fue tirado por caballos y un par de vehículos calcinados. En ese momento, su mirada se clavó en el frente, casi en el centro de la calle, a poco más de dos metros de donde se encontraba en ese momento. Durante unos instantes apuntó con el rifle, aunque no sabía muy bien porqué lo hacía, pero no bajó el arma.
Tragó saliva. Sintió cómo el sudor frío resbalaba por su rostro cuando, de pronto, una figura que no parecía humana apareció de detrás de unas maderas medio calcinadas y le miró con ojos grandes, negruzcos y brillantes desde el suelo. Su boca parecía más bien un agujero deforme y oscuro que dominaba toda la parte inferior de una cabeza grisácea y de aspecto resbaladizo, incluso gelatinoso, sin pelo y sin orejas. Cada dos segundos, la boca se abría en un gesto similar a la de un pez cuando se encuentra fuera del agua. Y al abrirse, salía una especie de sonido cavernoso, como si le costase respirar o como si estuviera gruñendo.
El dedo del soldado se movió suavemente por el gatillo del rifle, pero no llegó a disparar. A pesar de su aspecto débil y repugnante a la vez, sintió algo de pena por aquella cosa que, tras mirarlo unos segundos con aquellos negruzcos y grandes ojos, se arrastró torpemente hasta una alcantarilla cercana y por entre una rendija de algunos centímetros que dejaba al descubierto la metálica y pesada tapadera, deslizó su cuerpo como si fuese mantequilla derritiéndose. No parpadeó ni un solo instante por miedo a dejar de verlo. Hasta que finalmente aquella «cosa» desapareció por la alcantarilla.
Durante su participación en la Segunda Guerra Mundial, desde junio de 1944 en el que desembarcó en Normandía, había presenciado cosas terribles, horrendas, incomprensibles, había sido testigo directo del año más sangriento de la guerra y presenciado hasta dónde puede llegar el ser humano en situaciones tan extremas, pero aquello parecía sobrepasar todo lo visto hasta el momento. Quiso acercarse al borde de la alcantarilla, intentar ver si aquello había desaparecido del todo o solo estaba escondido. Pero sus pies no reaccionaron, y su cerebro tampoco hizo nada por mover las piernas. Volvió a tragar saliva, el nudo en la garganta parecía no querer abandonarlo.
—Soldado. —Una voz autoritaria le sacó bruscamente de aquel extraño momento.
Reconociendo al instante aquella voz, se giró. Se trataba de Curtis, el sargento de su grupo, un hombre de mediana estatura y anchos brazos, con el pelo rapado al cero. Eran amigos desde hacía varios años, ya que vivían en el mismo pueblo y coincidían muchas veces para tomar unas cervezas después del trabajo. Se volvió hacia su sargento. Un nuevo jeep se había detenido en medio de la calle y el sargento de pie junto al asiento del copiloto le miraba con gesto serio.
La alcantarilla quedó atrás. Varios días después, regresó a casa con su familia y, durante algunos años, aquel pequeño detalle mientras hacía guardia quedó en el olvido.  


I   
En la actualidad 
                            
Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer de manera tímida y casi como pidiendo permiso. Desde primeras horas, la ciudad amaneció sumergida entre grisáceos nubarrones que amenazaban con descargar en cualquier momento. Cuando Sara miró durante un fugaz instante por la puerta de cristal, vio que más allá del viejo tejado metálico que cubría los tres surtidores, el suelo empezaba a mojarse gota a gota, dejándolo en un tono gris oscuro. Pero no le dio importancia alguna, solo eran unas simples gotas de agua. El peso del revólver que sujetaba con la mano derecha la devolvió a la realidad de la que aparentemente aquellas gotas de lluvia la habían alejado. El brazo derecho parecía haber bajado ligeramente, pero enseguida lo volvió a subir. Su rostro también parecía haberse relajado, y el gesto amenazante con el que había entrado hacía apenas un par de minutos volvió a dibujarse al tiempo que el cañón de su revólver apuntaba a la chica que, aterrada, no se atrevía a moverse tras el mostrador en el que se encontraba.
—Mete todo el dinero en la bolsa —ordenó, intentando transmitir en su tono de voz el toque de autoridad que necesitaba. La bolsa de deporte de color negro que sujetaba con la mano izquierda voló ligera cruzando el poco más de metro y medio de distancia que separaba a Sara del mostrador principal.
La dependienta, una joven de alrededor de veinticinco años, pelo moreno, estatura mediana, quizá algo delgada, y que parecía estar a punto de descubrir en su rostro un nuevo tono de blanco causado sin duda alguna por el miedo del momento, estiró el brazo derecho y logró parar la bolsa de deporte junto a la caja registradora. Durante un instante, sintió cómo el terror paralizaba su cuerpo por completo, y su mirada se dirigió a la joven del revólver. Sara, sin dejar de encañonarla a la cabeza, le señaló la caja registradora con la mirada y un gesto autoritario de la cara. La chica empezó a meter de manera muy nerviosa el dinero en la bolsa.
—Acabaremos enseguida y nos largaremos —sentenció Marco convencido de ello.
Marco se encontraba justo en medio del pequeño establecimiento, de espaldas a la puerta principal. A su izquierda, se ubicaba el mostrador y junto a la puerta, Sara. Frente a él, un segundo dependiente de la gasolinera: un chico de treinta años con uniforme rojo y blanco, similar al que llevaba su compañera, que guardaba en esos momentos en completo silencio el dinero en la bolsa de deporte. El chico dejaba escapar enormes gotas de sudor frío desde el momento en que Marco irrumpió en el interior del local colocándole el cañón de su revólver a pocos centímetros de los ojos. Ninguno de los dos empleados había tenido tiempo de activar la alarma silenciosa que tenía la gasolinera para casos como el que estaban viviendo en esos instantes.   

Los segundos parecían pasar como si de siglos se tratasen. La dependienta llenaba de manera nerviosa la bolsa con el dinero, mientras que Sara no dejaba de apuntarle con el arma. Y Marco, curiosamente situado en el centro del local y apuntando con el revólver al chico, parecía mantener un rictus tranquilo, como si el atracar gasolineras fuera algo muy habitual en él. 

                                                                                                                                




sábado, 17 de marzo de 2018

MI NUEVA NOVELA



Saludos.

Hace unos días salió a la venta mi última novela. La Historia de la Ciudad sin Árboles. Podéis adquirirla en Amazon y leerla completamente gratis con Kindle Unlimited.
Aquí os dejo el primer capítulo. 
          
          



EL JURAMENTO


Sencillamente se llamaba El Juramento. No existía papel ni documento en el que se observase alguna firma de ninguna de las partes comprometidas. Cada uno sabía muy bien qué hacer, qué parte del trato cumplir. Y como hacer que se cumpliese.

Hacía ya muchos años que se había “firmado” ese Juramento. No existió tinta ni estilográfica para sellar ese maldito acuerdo. Porque al final solo era eso: un maldito acuerdo que había condenado sin remedio a todas las gentes que allí vivían. La vida de los habitantes de la ciudad era la firma, aunque al principio las autoridades no lo supiesen. Sus vidas estarían a salvo si El Juramento se cumplía. O eso creían.



La primera reunión se llevó a cabo en el propio ayuntamiento. Por aquel entonces, el viejo Brooks, Jacob Brooks, hombre sencillo que la política corría por su venas, de aspecto bonachón con pelo blanco, barriga prominente, y que llevaba en el cargo desde hacía ya quince años, fue el primer alcalde que sucumbió ante el terror que acechaba su tranquila ciudad.

No dejaba de secarse el sudor de su rostro con un pañuelo que ya estaba bastante empapado. Miraba nervioso a tres colaboradores que en esos momentos le acompañaban en el despacho. Y volvía a pasarse otra vez el pañuelo para luego guardárselo completamente arrugado en el bolsillo derecho del pantalón.

— ¿Alguna noticia?— preguntaba dando cortos paseos desde su mesa hasta el balcón, cerrado en esos momentos y con la cortina descorrida. No se dirigía a nadie en concreto. Miraba unos instantes por el balcón, con las manos en los bolsillos, la imagen de la ciudad sumergida en la noche sin esperar respuesta. ¿Qué podrían saber sus propios colaboradores, que no supiese él?

Miró de nuevo el reloj una vez más en los últimos cinco minutos. Apenas pasaban algunos minutos de la medianoche. De repente, la puerta de roble y de doble hoja del despacho se abrió de par en par. Por un instante pareció entrar una enorme ola de aire frío que se clavaba en los huesos de los allí presentes. Todos se giraron sorprendidos. Nadie había oído unos pasos acercándose al despacho, y eso era algo que nunca ocurría. El viejo ayuntamiento, construido décadas atrás y que había soportado incendios una guerra civil e infinidad de reparaciones tanto interiores como exteriores, dejaba escapar tristes crujidos cuando alguien pisaba sus suelos de madera. Pero en esta ocasión nadie había oído nada.

Darelene tenía extendidos sus brazos, sujetando las dos hojas de la puerta. Su rostro impasible contrarrestaba con el terror que parecía haber invadido al equipo de gobierno de la ciudad, que la observaba en completo silencio. La figura de aquella mujer parecía ocupar todo el ancho de la puerta. El alcalde tragó saliva, quiso avanzar un paso, pero en su lugar apoyó su mano derecha sobre el respaldo de una silla tapizada en cretona que tenía al lado, porque sintió que podría caer al suelo de un momento a otro. La blanca piel de la mujer, resaltaba entre unos ojos enrojecidos y unos finos colmillos que sobresalían de su boca y descendían ligeramente por el labio inferior. Unos labios que parecían del mismo rojo sangre que los ojos.