domingo, 7 de junio de 2015

A ras del suelo

No recuerdo exactamente en que momento de mi vida empezó a ocurrir. Ni qué motivo fue el desencadenante para su aparición. Solo sé que ahora tengo que vivir a ras del suelo.

Soy una persona normal, con un trabajo…una mujer a la que amo y con la que probablemente me case…una casa bonita a las afueras de la ciudad…amigos y amigas normales… ¿Feliz al cien por cien? Quizá no todo el mundo llegue a ser feliz al completo a lo largo de su vida. Pero lo cierto es que no sé por qué una extraña sensación de… ¿querer morir? Si, podría ser esa una buena y curiosa definición, querer morir, me sacude la mente cada vez que mis pies dejan de pisar tierra firme, cuando subo a un piso superior a un primero o segundo de altura. No tengo vértigo, creo, pero un miedo terrible me inunda estando en la terraza de un piso.


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No hace mucho, mi novia y yo estuvimos en el piso de una pareja amiga recién casados. Se trataba de una visita de cortesía, para mostrarnos su nueva vivienda…tomar una copa…incluso cenar. Durante el “tour” por el nuevo piso, mi colega y yo salimos a la terraza. Le apetecía echarse un cigarrillo. Yo he de decir que no fumo. Charlando y oyendo en el interior del piso a su mujer y mi novia, fueron pasando los minutos. Fue entonces cuando él abrió la ventana de la mampara de la terraza, ya que se trataba de una terraza cerrada. Inconscientemente me asomé. Se trataba de un octavo piso. Rápidamente tuve que retirarme, incluso entrar en el salón. Mi colega se asustó, y mi novia se interesó por mí al verme sentado en uno de los sillones, completamente con la piel blanca. No sentía mareo. Lo que sentía era que al ver aquella ventana abierta, y el “vacío” que se abría ante mis ojos un miedo atroz me golpeó con fuerza. 

Un miedo ante la idea de que mi mente deseaba saltar al vacío. Y sentía como mi cuerpo no respondería. No podría controlar mi propio cuerpo, ni a mi propia mente. YO, quedaba en un segundo plano y mi mente se convertía en un ente independiente, en el que obligaba a mi cuerpo a lanzarse al vacío. Y sentía en mi interior que no podría evitarlo, que por más que luchase, el cuerpo no me respondería. Perdería el control de cuerpo y mente, y solo sentiría el golpe al caer en la acera ocho pisos más abajo. 

Al día siguiente, a la hora de comer, no salí de la oficina en la que trabajo de nueve a seis. Subí a la azotea. Un lugar donde algunos compañeros y compañeras de la empresa suelen salir a fumar un ratillo. Al abrir la puerta de acceso y ver ante mis ojos la enorme azotea, no sentí nada. Creí que lo del día anterior en el piso de nuestros amigos había sido algo aislado. Pero a medida que me acercaba al final de la azotea y el “vacío” se abría ante mí, empecé a tener la misma sensación. Las piernas se me doblaron, y sentí que tuve que hacer un gran esfuerzo para retroceder sobre mis pasos y agarrarme a la puerta abierta de acceso al interior. Mi mente volvía a convertirse en un ente. Un ente que obligaba a mi cuerpo a desobedecerme y saltar al vacío. ¿Habitaba alguien en mi mente que desease mi muerte? Agarrado a la puerta y con el cuerpo medio doblado, lloré desconsolado. ¿Quién vivía conmigo? ¿Escondido en mi propio cerebro, en mi propia mente, que solo deseaba que me lanzase al vacío? Y miré al final de la azotea, donde veía el brusco corte de hormigón del edificio y después el vacío. “Salta, salta, salta” Una voz martilleaba mi cerebro. Me arrastré al interior. Caí rodando por las escaleras, unos doce escalones.
Un brazo roto y un tobillo torcido producido por la caída. Me dieron la baja.

 Sentado en el jardín de mi casa, observo como no muy lejos de donde vivo, los edificios se alzan majestuosos. Los miro fijamente. Parece como si ellos me mirasen. Como si me llamasen e invitasen a subir. Porque algo desea mi muerte. No he mencionado nada a mi novia, a la que noto preocupada cuando me sorprende mirando fijamente a los altos bloques de hormigón y cristal. Intento tranquilizarla. Tendré que convencerla de que trasladarnos al centro en cuanto demos el paso de casarnos, tendrá que esperar. O tendrá incluso que cancelarse. No puedo enfrentarme a los edificios, a las alturas. Sé con toda certeza que me vencerían. Que al final, saltaría.
Tendré que vivir toda mi vida a ras de suelo.


A ras del suelo - (c) - Ángel Beltrán

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8 comentarios:

  1. Increíble!!! no debo decir lo que quiero decir pero en algun momento te darás cuenta si echas un vistazo a mi blog concretamente a las poesías. Tengo mucho miedo a las alturas por lo que el sentimiento de tirarse al vacío es casi para mi que moriria de un ataque al corazón más que por la caída. No sé , lo presiento.La presencia de esas voces, hacen más duro el contenido de las letras y quería saber si esto es tan solo una parte de tu libro, porque me he quedado con ganas de más. El rincón de keren.

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    1. Gracias Keren por tu visita al blog y tus palabras. Esto es un relato independiente. No forma parte del libro. Se me ocurrió un día de rodaje que accedí a la terraza de un 8º piso y miré hacia abajo. Fue una sensación angustiosa. Y el relato salió de mi mente al acto. Feliz domingo!

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  2. Alturas y vacíos, qué angustioso...

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    1. Gracias Alicia por tu visita al blog y tus palabras. Feliz lunes!

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  3. Hola Ángel, realmente me parece perturbador tu relato. Esa mezcla de miedo a las alturas y a querer saltar a la vez me ha parecido de lo más desconcertante. A veces la mente nos juega muy malas pasadas, y lo peor es cuando ese control se nos escapa de las manos.
    Me ha encantado, enhorabuena.
    Un abrazo.

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    1. Hola Ziortza. Gracias por tus palabras y por tu visita al blog.

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  4. Hola Angel! Muy buen relato, has sabido transmitir la angustía de alguien que lucha por vencer un instinto que no le conviene.
    Felicidades, un saludo!

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    1. Hola María!! Gracias por tus palabras, por la visita al blog. Me alegro que te haya gustada. Feliz Martes.

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