sábado, 18 de julio de 2015

Un momento

Cuando la noche agoniza en nuestra cama, cuando el amanecer empieza a exigir su espacio, entro de nuevo en ti. Porque el amanecer no pide permiso, solo exige, siempre exige. Me deslizo por entre tus labios, suaves como la brisa que hace bailar de manera sumisa, casi erótica, el visillo que viste la ventana del dormitorio. Me pierdo mil veces por tus braguitas de color negro, esas que hacen juego con la noche, el amor y tus ojos. Me enredo en tu melena larga, sedosa, rabiosamente excitante.
Nos olvidamos del amanecer. Nos olvidamos de la noche, triste y desvalida noche, que muere en silencio a nuestro alrededor. Besos, sudor y sábanas empapadas en horas eternas de caricias. Me gusta ver como paseas por la casa con tu pícara sonrisa como única ropa que me invita a seguirte, a cazarte. Adoro la salvaje belleza que encierra tu mirada. Caminos de lava ardiente recorren nuestros cuerpos en cualquier rincón de la casa. Fundirnos en un solo ser, fundirme en ti una y otra vez.
Tantas cartas escritas al viento. Palabras que el paso del tiempo hace brotar dulces recuerdos de juventud. Esa juventud que mantienes intacta cuando me miras y dices que me amas. Yo también te amo. ¿Cómo no amarte? ¿Cómo no querer dejar que las noches se sucedan una tras otra junto a ti?

Que no sea un sueño. Que esa realidad no se parta en mil pedazos como el espejo que se precipita, casi de manera rabiosa incluso envidiosa, contra el suelo justo en el momento de reflejar dos cuerpos desnudos amándose al amanecer. Amanecer eterno. Noche eterna. Un momento en ti.



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