domingo, 8 de noviembre de 2015

CONTRATO DE PERMANENCIA

Me dolía la cabeza. Era un molesto dolor que no cesaba desde hacía ya una hora larga. Como un martillo golpeando sin cesar la parte trasera del cráneo: pun pun pun.

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No es la primera vez que este tipo de dolor irrumpe de manera insolente. La última vez, de eso hacía ocho días, curiosamente se pasó con una simple aspirina. Pero por desgracia para mí era la última que quedaba en mi piso y se me olvido comprar más. No tenía muchas ganas de bajar a la farmacia. Me acerqué al ventanal del salón y ojeé con los ojos entrecerrados (por el intenso dolor de cabeza) la imagen que a esa hora de la tarde me ofrecía la ciudad. De nuevo calor. Un agobiante e intenso calor que aplastaba al país desde hacía casi un mes. Ola de calor, decían en los informativos. ¿Pero qué valor tenían ya las olas de calor? Afectaba sin duda a los campos, a los animales, pero ya no a las personas. Al menos no…
Llamaron a la puerta. Era Silvia.

-Menuda cara cariño. ¿Dolor de cabeza otra vez? – Me dio un beso en los labios y fue directa al salón. Cerré la puerta con cuidado y cuando llegué a su lado ya se había quitado el abrigo, y dejaba la bufanda y el gorro sobre la mesa. –Me encanta el invierno. Quizá actualice.

No dije nada sobre esa idea. Recogí sus cosas y las llevé al dormitorio. Cenaríamos juntos y pasaríamos un agradable y tranquilo fin de semana en casa. Nos sentamos en el sofá. De nuevo el anuncio en prácticamente todas las cadenas.

-¿Te arrepientes cariño?- Me preguntó al ver que hacia un gesto de contradicción. Negué con la cabeza. Yo también lo tenía contratado. De hecho fuimos a la oficina juntos y conseguimos un precio especial por ser pareja y vivir juntos (de hecho no vivimos juntos, pero aquello fue solo una pequeña mentirijilla). Pero…empezaba a tener mis dudas. Claro que te lo vendían como algo único y especial. Porque realmente lo era. Pero como digo, empezaba a tener mis dudas. No solo era el dolor de cabeza, que avisaron que podría suceder aunque no era peligroso ni grave, sino que también había pequeños detalles mucho más alarmantes, y que afectaban directamente al trato con el resto de los humanos a diario. Afortunadamente trabajo en casa (soy escritor) y mi trato con más seres humanos es cuando Silvia y yo salimos o vienen amigos y amigas a casa a comer o cenar.
Silvia me cogió de la mano y cruzó su pierna izquierda por encima de las mías. Sentí sus labios rozar los míos. Y en la televisión de nuevo el anuncio. Era como si lo hubiesen emitido dos veces seguidas. “Que el clima no interceda en tu vida normal” proclamaba un feliz agente de la compañía de telefonía en medio de un desierto y vestido con un abrigo. “Personaliza el clima a tu gusto. Vive un eterno verano, o un invierno de once meses. Con nuestro nuevo producto ahora puedes conseguirlo”.

Y aquello que ofrecían no era nada más que un microchip diminuto con acceso a internet que la compañía de telefonía te insertaba en la sangre, como una simple vacuna. Un pinchazo en el hombro y el microchip recorría las venas mezclándose en la sangre hasta llegar al cerebro. Una vez había llegado, el microchip reconocía la zona y se “pegaba” literalmente al lóbulo occipital y desde allí se conectaba a internet y accedía al resto del cerebro afectando a la sensibilidad humana. Eso hacía que la persona, mediante banda ancha, tuviese frio…calor…o la sensación que quisiera elegir desde una app (cortesía de la empresa) en el móvil.

Y resultaba más que curioso ver en la calle como la gente que lo tenía contratado, elegía su propio clima antes de salir y se vestían para la ocasión. Gente abrigada como en pleno invierno, gente con pantalón corto y sin camiseta se cruzaban en la misma calle independientemente del tiempo real. La sensación de estar en invierno o verano, o primavera la programaban en la app del móvil.

-Deberíamos anular el contrato- murmuré sintiendo los labios de Silvia por mi cuello.- Creo que no es bueno.

-Sabes que no podemos. Existe el contrato de permanencia, dieciocho meses. Y solo llevamos cuatro.- Me miró a los ojos. Estaba sentada sobre mí. -¿Quieres que paseemos un rato? Te ayudará con el dolor de cabeza.

Estaba preciosa con aquel abrigo oscuro, los guantes la bufanda y el gorro. Adoraba los inviernos, por eso quería actualizar el contrato, para tener todavía los inviernos más duros y largos. Por mi parte, también me gustaban los inviernos pero también me gustaba pasear cuando llovía. Llevaba mi gabardina abrochada al máximo y el paraguas cubriéndonos a los dos. A ella no le hacía falta, pero iba agarrada a mi brazo y pegada a mí.
Paseábamos calle abajo, tranquilamente. Gente vestida de verano, de invierno, de primavera, se cruzaban ante nosotros haciendo sus habituales vidas bajo el clima que elegían para ese momento. Pocos metros delante de nosotros, un bullicio de gente empezó a concentrarse junto a un bloque de viviendas. Continuamos paseando, pero enseguida nos vimos casi en medio de aquel revuelo.

-¿Qué ocurre? – Pregunté a un hombre que parecía salir del bullicio. Decenas de personas formaban un círculo frente a la fachada del bloque.

-Un chaval. Un chaval se ha tirado desde el octavo.- Contestó mientras se alejaba.

Y entonces pudimos oírlo. Las voces empezaban a llegarnos con abrumadora claridad. “Es la app” decían unos. “El tiempo personalizable” decían otros muy asustados. “Están volviendo locos a la gente” “Nos derrite el cerebro” gritaban. “Es un asesinato en masa” vociferó un hombre que salió del grupo y nos miró un instante con los ojos fuera de sí, antes de salir corriendo con las manos en la cabeza y gritando “está ocurriendo, está ocurriendo, ya ha empezado”

Silvia y yo nos miramos con gesto de preocupación y desconcierto. La gente tiende a exagerar, a culpar siempre a alguien o algo de sus propios males. ¿Pero llevarían razón? Cierto era que siempre habían existido sospechas sobre ese producto. Centenares de webs y vídeos que alertaban sobre los peligros de ese producto. Pero también era cierto que nunca había sucedido nada. ¿O sí? Volvimos a casa. El dolor de cabeza no cesaba. ¿Serían los dolores de cabeza los primeros síntomas? ¿Terminaría haciendo una locura, como por ejemplo tirarme desde la terraza, por culpa del microchip? Solo nos quedaba esperar. No podíamos anular el contrato de permanencia.

10 comentarios:

  1. Muy inquietante, Ángel. La verdad es que los avances científicos y tecnológicos ayudan a la sociedad a que viva mejor, pero también parecen esconder una cara oculta. Enhorabuena.

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    1. Gracias M Carmen. Es un placer y un verdadero lujo tenerte como lectora en mi blog. Un saludo.

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    2. Implacable final ... El principio . A releer !

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  2. Me encanta tu estilo en este tipo de relatos. Eres único.

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    1. Muchas gracias Maria José. Me alegra que te guste, e igualmente me alegra verte de nuevo por este mi blog. Muchas gracias.

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  3. Hola Ángel, me ha parecido excelente a la par que aterrador. Del suspense pasamos a una historia de ciencia ficción (o no tanto, quizá más real de lo que creemos), con un final brutal. Enhorabuena.

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    1. Gracias Ziortza por tus palabras. Un honor tu visita al blog.

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  4. Estupendo uso de las nuevas tecnologías como disparador creativo. Como decía Einstein, solo existen dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana, y de lo primero no estoy seguro.
    Saludos!

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    1. Gracias David. La historia ya está en guión. En cuanto pueda...lo grabo. Un saludo.

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