viernes, 13 de febrero de 2015

LAS HISTORIAS DE PAPÁ



Buenas tardes.

¿Calor? Mucho!!

Este verano personalmente está resultando ser algo más largo que los anteriores.  ¿Será la edad? Espero que no.

Os dejo un relato escrito hace aproximadamente año y medio. Incluido en el libro "Relatos y

microrrelatos" que podéis encontrar pinchando AQUÍ.



   
                       LAS HISTORIAS DE PAPÁ

Lo más gracioso de todo era que se creía sus propias palabras. Aquellas estrambóticas historias que contaba tanto a mayores como a niños en las que completamente convencido, juraba y perjuraba haber participado de una manera u otra.
 Recuerdo dos de esas historias. Se las contó a sus hijos, tres creo que tenía. Dos niñas y un niño. Entre diez años la mayor y cuatro el menor, si la memoria no me falla. Tres adorables e inocentes criaturitas que el único pecado que habían cometido en sus cortas vidas era el tener un padre tan desgraciado e inútil como aquel hombre. ¿Existe Dios? Lo dudo, porque si realmente existiese creo que no permitiría que gente como ese hombre vagasen por el mundo.


https://pixabay.com/

Tres adorables seres que sentados a los pies de su padre, escuchaban aquellas historias con la boca abierta y sin pestañear. La estufa de leña calentaba el pequeño salón en el que también tenían la cocina. Había una televisión, en blanco y negro bastante vieja, sobre un mueblecito metálico bastante…hortera. Feo no, hortera. Un sofá de tres plazas en tela oscura cubierto parcialmente por un par de mantas, y algunas alfombras viejas dispersas por el suelo. Los olores de la cocina se mezclaban con el de la leña ardiendo junto a un ligero y desconcertante olor a podrido que tenían las alfombras. Eran lo suficientemente pobres como para no poder comprar ni una alfombra. Simplemente un día el hombre apareció con ellas, arrastrándolas por el suelo y enrolladas en un canuto de cartón y sin limpiarlas ni nada las arrojó al suelo de aquello que se atrevía a llamar salón.

Pero a los niños les daba igual. Jugaban tirados por las alfombras, al igual que se sentaban a escuchar las historias de su padre. Mientras, su madre de pie en la cocina preparando la cena. No se sabía si consciente o no de que aquellas historias eran una burda mentira de aquel hombre con el que se había casado hacía ya unos cuantos años. La mujer sonreía en silencio mientras atendía el puchero con judías. Miraba aquella escena, feliz por sus hijos. Feliz porque llevaban una semana comiendo y cenando platos calientes. Comiendo y cenando a fin de cuentas. Incluso tenían la suerte de poder comer postre. Manzanas, naranjas. Incluso algunos flanes de vainilla.


Porque aquel hombre que apostado en el sofá y que se afanaba en hacer creíbles sus historias, en realidad era un completo inútil incapaz de procurar una comida en condiciones a sus hijos. Apenas duraba en los trabajos. Siempre salía a la luz algún insulso motivo por el que tenía que dejar el trabajo o era despedido. Los empresarios del pueblo empezaban a no llamarle. Y por eso ella tenía que recurrir a sus padres. Y los abuelos de las criaturitas movían la cabeza y se sacrificaban por sus nietecillos. No por su hija, ella había decidido casarse con aquel inútil y tenía que acarrear con las consecuencias. Porque no quería dejarle. En casa de sus padres, decía que todo lo que ellos le pudiesen reprochar, ella lo sabía de sobra. Sabía que era un vago, borracho en algunas ocasiones. Un ser inútil que mejor sería que un camión se lo llevase por delante cualquier mañana. Pero lo quería. Era el padre de sus hijos.

Pero los abuelos no le daban dinero, le hacían una buena compra en el supermercado del barrio para que los nietos pudiesen llevarse algo caliente al estómago. Que por las mañanas pudiesen desayunar un vaso de leche caliente con galletas o cereales como cualquier niño normal y en cualquier casa normal. Que no fuesen al colegio y en el recreo se quedasen mirando a los demás niños como devoraban sus bocadillos o incluso bollos de chocolate. Porque eso lo había llegado a ver la abuela entre lágrimas. 


Se acomodaba en el sofá. Los tres pequeños se arremolinaban a sus pies y levantando la mirada se dejaban arrastrar hacia las fantasías de su padre.
-Recuerdo cuando subí al barco- decía mirando a sus hijos- Se trataba de uno de los barcos más grandes en los que había viajado. Y he viajado en muchos barcos. Tener en cuenta, que antes de conocer a vuestra madre estuve durante muchos años por todo el mundo.

Y los niños miraban durante un fugaz instante a su madre, sonriendo, cómplices. Y ella, devolviendo la sonrisa. Una sonrisa dulce para sus pequeños, pero amarga en su interior.
-El capitán de aquel barco tan grande- continuaba el padre, que ni siquiera había caído en las miradas infantiles hacia la madre- era un gran amigo mío. Al saber que yo iba en el barco…


Y se extendía ridículamente en frases perdidas, de todo significado, pero que los pequeños escuchaban con gran atención. Entre medias, la madre avisando a la hija mayor de que la ayudase a poner la mesa para la comida. “Ahora mamá, un minuto” contestaba la pequeña sin perder detalle de la historia que papá les contaba.
-Pero lo peor fue…- aquí el padre cambió el tono de voz. Buscaba dar más dramatismo a su historia.- lo peor fue cuando el barco chocó contra aquel Iceberg.- Los niños abrieron la boca expectantes. Y el dramatismo del padre aumentaba. Viendo cómo aquel hombre se creía sus propias palabras. Palabras imposibles. - A cada lado del barco flotaban grandes superficies de hielo. Un enorme iceberg partido en varios pedazos.

-¿Y que es un ice…iceberg papá?- preguntó el más pequeño.
-Hielo hijo, hielo que flota en la superficie del mar.- y continuaba con su historia.- La gente gritaba y saltaba del barco. Sus cuerpos se estrellaban contra el hielo. Muchos morían.
-¿Tú saltaste papá?
-Claro que si hijo. Salté, y me rompí una pierna. El hielo estaba muy frío, busqué…

Alguien llamó a la puerta. Un par de veces. El padre tuvo que dejar la historia, prometiendo a sus hijos que por la noche continuaría contándoles aquella historia.


Y cuando no era aquella historia imposible de su aventura en el Titanic, porque él mismo decía en la continuación de su relato que aquel barco se llamaba así, era la no menos increíble historia de aquel trabajo que tuvo que hacer años atrás. El solo. Con una carretilla, un pico y una pala.
Este relato era conocido en el pueblo entero. Cuando las cervezas se acumulaban en su cuerpo, y la vista se le enturbiaba peligrosamente, era muy normal encontrarle en cualquiera de los bares abiertos en el pueblo contando como él solo había construido todos los montes que rodeaban al pueblo.
-Yo solo- decía con un vocabulario trabado por la bebida- Me entregaron una carretilla un pico y una pala. Yo solo construí todos estos montes.

Algunos clientes asiduos del bar en cuestión, se burlaban de aquel borracho iluso. Aquel hombre que no vacilaba en gastarse todo el sueldo de un día en cervezas, mientras sus propios hijos si no era por los abuelos, no tenían nada que llevarse a la boca. Y se burlaban de él preguntándole, como si le estuviesen creyendo, que como se apañó para dejar los montes tan bien hechos. Con sus árboles …sus piedras…

Había carcajadas generalizadas en el bar. Aquel hombre hacía ya muchos años que había dejado de dar pena. Ya no había nadie que no sonriese ante semejante espectáculo. Que prefiriesen salir del bar para dejar de presenciar aquello. Y apenas le quedaba unas gotas de cerveza en la jarra, siempre había alguien que se la quitaba de la mano para ponerla otra llena, alegando que querían saber cómo él "solito" había construido aquellos montes, tan solo con una carretilla un pico y una pala.

Y no faltaba quien aprovechando aquellos momentos en los que ese hombre en medio de alguno de los bares, daba explicaciones de sus paranoias “constructoras de montes”, fuese a la búsqueda de su mujer. Porque se trataba de una mujer atractiva. Que los años de penurias y mal vivir terminarían indudablemente pasando factura. Pero de momento se conservaba bien.
Mandaba a sus hijos a dormir. Quienes, dirigiéndose a su cuarto, miraban a ese extraño que esperaba en medio del salón, junto a la puerta principal. La mujer siempre decía que quería a su marido, al padre de sus hijos.
-¿A ese borracho?- Se burlaba el extraño recién llegado comiéndose con la mirada el cuerpo de la mujer.


Pero al final la mujer cedía. Le entregaban unos billetes y ella entonces solo tenía que dejarse hacer. En el salón mismo, tirados en la alfombra. Agarrando fuertemente aquellos billetes que servirían para que sus hijos pudiesen comer una semana. Porque la mujer solo pensaba en sus pequeños. 





HISTORIAS CRUELES - (c) - Angel Beltran