sábado, 14 de marzo de 2015

Asesina

Sumergida, abandonada al suave sonido de su melodía favorita. Sus finos y femeninos dedos se deslizaban con extrema suavidad por aquellas teclas mil veces tocadas, mil veces deseadas y acariciadas. Su mente solo para la música, al igual que su cuerpo solo para el amor. No, solo para... el sexo. Con eso engatusaba a sus víctimas. Con su exquisita y exclusiva sexualidad. Cada noche, vestida tan solo con la brillante y cegadora luz de la luna, saltaba de azotea en azotea de manera ágil y vertiginosa mientras sus ojos acechaban incansables en busca de un nuevo cuerpo que poseer. Ya fuese de hombre o de mujer. Aquello resultaba indiferente. De fondo, aquella melodía. Siempre la misma melodía. ¿Sería una victima de aquella canción? ¿De aquella melodía? ¿Serían aquellas notas las que le arrastrasen a esa locura de sexo y destrucción? se había preguntado miles de veces, cuando después de devorar entre las sábanas de su cama a la nueva victima, se sentaba frente a su piano y dejaba que la noche y la sangre recién tomada revitalizasen su piel.
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Pequeñas historias - (c) - Angel Beltran