martes, 9 de junio de 2015

DESNUDEZ

Silencio. Se detuvo en medio del salón durante unos segundos y observó todo a su alrededor. Aquel salón no era muy grande, a decir verdad el piso en general no era excesivamente grande, ni siquiera llegaba al adjetivo de grande. Más bien pequeño. Pero ese insignificante detalle no le importaba en exceso. Lo que llamó su atención fue el silencio. Por un instante era como si incluso el ruido de la ciudad, aquella ciudad que se abría paso de manera salvaje al otro lado de la cristalera de la terraza, no existiese. Como si todo se hubiese quedado paralizado. Que placer sentir aquel silencio.
Acababa de quedarse sola, apenas hacía quince minutos. Había comido con una amiga, y esta le había invitado a tomar café, buscar una pequeña cafetería con terraza y tomar un cafecito. Pero ella tenía que trabajar. No se trataba de ninguna triste excusa para no salir. Tenía algunos documentos que había que pasar a Word sin falta de tiempo y enviarlos por correo electrónico. Era de imperiosa necesidad que aquellos documentos estuviesen aquella misma tarde, noche como mucho, en la bandeja de entrada de un señor en Toronto. En fin.
Miró hacia la mesa. Los restos de la comida todavía esperaban. Su amiga se había ofrecido a ayudarla, pero no era necesario. Los quitaría en diez minutos, en cuanto saliese de la ducha. Le apetecía darse un buen duchazo con agua fría si podía ser. Habría que bajar el calentón que le había producido su amiga durante la comida. Se dirigió a su dormitorio, a coger ropa interior limpia para cuando se duchase. Rebuscando en el cajón se maldijo en silencio el no atreverse a decir nada a su amiga. Sabía que su amiga tenía novio. ¿Cómo decirle algo entonces? ¿Por qué cambiaría a su novio por ella? ¿Y si aquello perjudicaba su amistad? ¡¡ Joder !! Se quejó cerrando el cajón de mala ostia. Siempre la puta amistad por medio.

El agua templada salía majestuosa por el grifo de la ducha. Una catarata de agua fría y caliente que se precipitaba contra su cuerpo. Su media melena rozaba, aplastada por el agua, sus hombros. Todo su cuerpo estaba ya empapado. Sus ojos cerrados dibujaron la imagen de su amiga sentada a la mesa frente a ella, y volvieron esas ganas de estirar la mano por debajo de la mesa y rozar su rodilla. Posar su mano sobre la fina piel de su amiga, justo donde acababa su vestido. Gimió al sentir sus propios dedos tocándose. Se apoyó en la pared y el agua dejó de mojarla. Sintió como dos de sus dedos se deslizaban suavemente por su sexo. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Entraban suavemente y volvían a salir. Volvió a ponerse bajo la catarata de agua templada. Su excitación era máxima. La mano libre acariciaba sus muslos al mismo ritmo que sus dedos entraban y salían de ella.
El teléfono sonó desde el salón. Al principio un sonido lejano, pero que poco a poco fue introduciéndose en su mente. Introduciéndose. “Maldita sea” protestó. Sus dedos abandonaron la faena, y cerró el grifo. El teléfono continuaba sonando. Se puso el albornoz y salió.
“Me cago en la puta madre que te parió” Protestó en voz alta colgando de golpe a la joven que hacía la llamada para ofrecer una nueva tarifa en el fijo y móvil de casa. Megas gratis…llamadas ilimitadas gratis… ¡joder¡ Estaba a punto de tener un orgasmo más que necesario en esos momentos. ¿Qué cojones le importaba los megas gratis? Volvió al cuarto de baño. Se quitó el albornoz y lo colgó en la percha que tenía tras la puerta. Se miró en el espejo. El momento había pasado. Empezó a secarse el pelo. El secador hacía volar su media melena rubia de manera controlada. No era muy aficionada a los secadores. De hecho, siempre solía secarse el pelo con una toalla. Le gustaba dejarse el pelo, sobre todo cuando estaba en casa, a medio secar. Empezó a ponerse las braguitas, aquellas que hacía poco se había comprado. Unas negras de encaje. Un capricho de vez en cuando no venía nada mal. Pero al empezar a subirlas por las piernas se detuvo a la altura de las rodillas. Se las quitó. No las recogió del suelo. Se miró de nuevo en el espejo. No llegaba a verse de cuerpo entero en aquel espejo que descansaba sobre el lavabo, pero si llegaba a verse hasta prácticamente las rodillas. Se miró su sexo. Depilado, casi de aspecto virginal. Amplió su campo visual hasta los pechos. Firmes, bonitos, duros. Giró ligeramente el cuello hacia la derecha, a la vez que lo hacía su cuerpo, como para ver su figura. Sabía que era bastante bonita. No muy activa sexualmente aunque tenía a más de tres amigos del grupo que se morían por follársela. Hacía ya cuatro meses que lo había dejado con su novio. Un compañero de trabajo con el que había estado casi un año, hasta que descubrió que no era la única en la vida de aquel hombre.
Borrando aquellos pensamientos volvió a mirarse en el espejo. Con el pie izquierdo hizo a un lado las braguitas. Salió del cuarto de baño y se detuvo en medio del salón. Recordaba que algunas de sus amigas en el grupo habían propuesto en más de una ocasión ir algún día a una playa de nudistas. Algunas estaban más a favor que otras, pero nunca la propuesta llegó a buen puerto. Ella no había dado una respuesta clara.
Avanzó unos pasos, rodeando la mesa de centro y dirigiéndose a continuación hacia el cuarto de trabajo que tenía en el recibidor. Solo por sentir la agradable sensación que invadía su cuerpo al andar por el piso completamente desnuda. En su rostro se dibujó una ligera sonrisa. Resultaba extremadamente agradable aquella sensación. Aquella liberación que sentía todo su cuerpo sin ropa alguna que la oprimiese. Sus pies descalzos pisando la moqueta, el roce de cualquier mueble: del sofá…de una silla…con su piel desnuda le hacía sentirse bien.
Empezó a quitar la mesa, fregar los cacharros que se habían utilizado para la comida sin ponerse siquiera el delantal que solía utilizar al estar en la cocina. Algunas gotas de agua salpicaron su cuerpo, algunas otras gotas mojaron sus muslos. Sus pies desnudos notaban la diferencia de la moqueta del salón al tibio suelo de la cocina. Incluso cuando estaba guardando los vasos en uno de los muebles de pared de la cocina y se tuvo que empinar como siempre, con la diferencia de que ahora no había vaqueros, ni falda ni nada. La encimera, su borde redondeado rozó su sexo. Resopló al contacto cerrando un instante los ojos.
El teléfono sonó. Salió de la cocina y respondió a la llamada. No podía creer quien estaba al otro lado. Dibujó una sonrisa que iluminó su rostro. Al otro lado de la línea le estaban confesando que había disfrutado mucho de la comida. Al oír la voz de su amiga, con la que acaba de comer, y de la que creía que se estaba enamorando, se sentó en el sofá. Qué extraña pero agradable sensación el tacto de la tela del sofá con su cuerpo. Se tumbó a lo largo de todo el sofá. Por suerte el cable del teléfono llegaba sin problemas. Su amiga le decía que tenía que decirle algo importante. Algo que había sentido mientras comían. Algo que en ese momento no se atrevió a decir, pero que tenía que decírselo sin falta. ¿Puedo acercarme a tu casa ahora? Y ella escuchando y respondiendo tumbada en el sofá. Con el auricular pegado a una oreja y con la mano libre acariciándose el sexo. Movimientos muy lentos, muy suaves, de arriba abajo. Que aquellas caricias no le hiciesen perder el hilo de la conversación. Al final, ella volvería al piso.
Cuando colgó, se mantuvo unos segundos sentada en el sofá. Tenía las piernas juntas, y su reflejo desnudo se mostraba en la pantalla del televisor que tenía justo enfrente. Podía ver sus firmes pechos…sus muslos…
Se incorporó y resopló. La amiga no tardaría mucho en llegar. Se dirigió hacia el dormitorio. Tranquilamente cogió unas nuevas braguitas, que dejó sobre la cama. Abrió la puerta del armario y durante unos minutos se recreó en buscar un vestido bonito. Hacía poco se había comprado uno en tonos verdes claritos y con bastante vuelo. Con un generoso escote y que apenas la llegaba hasta las rodillas. Ese estaría bien. Los tirantes son finos, dejan al descubierto sus hombros que, tímidos, se asoman al corte de la tela que crea el escote. Pechos jóvenes, firmes, sedientos. Se prueba el vestido, frente al espejo de cuerpo entero que tiene en el dormitorio. Un regalo de hace tres años. Le gusta aquel vestido, resalta su sexy figura. Se da cuenta de que todavía no se había puesto las braguitas. Sonríe.

El timbre suena. Que rapidez, piensa al oír la llamada. “Voy” grita desde el dormitorio. Pero entonces se para. ¿Por qué vestirse? ¿Por qué negarse el placer de la desnudez? ¿Por qué no ser libre? El vestido cae silencioso sobre la cama, al lado de las braguitas. Mientras ella cruza su pequeño piso dispuesta a abrir la puerta.
  

domingo, 7 de junio de 2015

A ras del suelo

No recuerdo exactamente en que momento de mi vida empezó a ocurrir. Ni qué motivo fue el desencadenante para su aparición. Solo sé que ahora tengo que vivir a ras del suelo.

Soy una persona normal, con un trabajo…una mujer a la que amo y con la que probablemente me case…una casa bonita a las afueras de la ciudad…amigos y amigas normales… ¿Feliz al cien por cien? Quizá no todo el mundo llegue a ser feliz al completo a lo largo de su vida. Pero lo cierto es que no sé por qué una extraña sensación de… ¿querer morir? Si, podría ser esa una buena y curiosa definición, querer morir, me sacude la mente cada vez que mis pies dejan de pisar tierra firme, cuando subo a un piso superior a un primero o segundo de altura. No tengo vértigo, creo, pero un miedo terrible me inunda estando en la terraza de un piso.


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No hace mucho, mi novia y yo estuvimos en el piso de una pareja amiga recién casados. Se trataba de una visita de cortesía, para mostrarnos su nueva vivienda…tomar una copa…incluso cenar. Durante el “tour” por el nuevo piso, mi colega y yo salimos a la terraza. Le apetecía echarse un cigarrillo. Yo he de decir que no fumo. Charlando y oyendo en el interior del piso a su mujer y mi novia, fueron pasando los minutos. Fue entonces cuando él abrió la ventana de la mampara de la terraza, ya que se trataba de una terraza cerrada. Inconscientemente me asomé. Se trataba de un octavo piso. Rápidamente tuve que retirarme, incluso entrar en el salón. Mi colega se asustó, y mi novia se interesó por mí al verme sentado en uno de los sillones, completamente con la piel blanca. No sentía mareo. Lo que sentía era que al ver aquella ventana abierta, y el “vacío” que se abría ante mis ojos un miedo atroz me golpeó con fuerza. 

Un miedo ante la idea de que mi mente deseaba saltar al vacío. Y sentía como mi cuerpo no respondería. No podría controlar mi propio cuerpo, ni a mi propia mente. YO, quedaba en un segundo plano y mi mente se convertía en un ente independiente, en el que obligaba a mi cuerpo a lanzarse al vacío. Y sentía en mi interior que no podría evitarlo, que por más que luchase, el cuerpo no me respondería. Perdería el control de cuerpo y mente, y solo sentiría el golpe al caer en la acera ocho pisos más abajo. 

Al día siguiente, a la hora de comer, no salí de la oficina en la que trabajo de nueve a seis. Subí a la azotea. Un lugar donde algunos compañeros y compañeras de la empresa suelen salir a fumar un ratillo. Al abrir la puerta de acceso y ver ante mis ojos la enorme azotea, no sentí nada. Creí que lo del día anterior en el piso de nuestros amigos había sido algo aislado. Pero a medida que me acercaba al final de la azotea y el “vacío” se abría ante mí, empecé a tener la misma sensación. Las piernas se me doblaron, y sentí que tuve que hacer un gran esfuerzo para retroceder sobre mis pasos y agarrarme a la puerta abierta de acceso al interior. Mi mente volvía a convertirse en un ente. Un ente que obligaba a mi cuerpo a desobedecerme y saltar al vacío. ¿Habitaba alguien en mi mente que desease mi muerte? Agarrado a la puerta y con el cuerpo medio doblado, lloré desconsolado. ¿Quién vivía conmigo? ¿Escondido en mi propio cerebro, en mi propia mente, que solo deseaba que me lanzase al vacío? Y miré al final de la azotea, donde veía el brusco corte de hormigón del edificio y después el vacío. “Salta, salta, salta” Una voz martilleaba mi cerebro. Me arrastré al interior. Caí rodando por las escaleras, unos doce escalones.
Un brazo roto y un tobillo torcido producido por la caída. Me dieron la baja.

 Sentado en el jardín de mi casa, observo como no muy lejos de donde vivo, los edificios se alzan majestuosos. Los miro fijamente. Parece como si ellos me mirasen. Como si me llamasen e invitasen a subir. Porque algo desea mi muerte. No he mencionado nada a mi novia, a la que noto preocupada cuando me sorprende mirando fijamente a los altos bloques de hormigón y cristal. Intento tranquilizarla. Tendré que convencerla de que trasladarnos al centro en cuanto demos el paso de casarnos, tendrá que esperar. O tendrá incluso que cancelarse. No puedo enfrentarme a los edificios, a las alturas. Sé con toda certeza que me vencerían. Que al final, saltaría.
Tendré que vivir toda mi vida a ras de suelo.


A ras del suelo - (c) - Ángel Beltrán

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