jueves, 2 de julio de 2015

La hija del protagonista



No quería enamorarse de la hija del protagonista de su novela. No entraba en sus planes. Reconocía incluso que al principio iba destinado a ser un personaje secundario, de dos capítulos como mucho. Pero al final, poco a poco, había ido cogiendo protagonismo. Su columna vertebral como personaje se iba afianzando a medida que las páginas iban siendo escritas. Era como si ella misma le susurrase a él lo que tenía que escribir. ¿Era por ello un mal escritor? No lo sabía. No tenía respuesta para esa pregunta. Solo estaba enamorado. Aunque la hija del protagonista de su novela viviese en un apartamento cutre y viejo del centro, aunque no fuese muy guapa, aunque fuese una chica que no saliese mucho.
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Pero al escribir, sus dedos se deslizaban no solo por el teclado, sino por ella misma. Por su piel, por su sonrisa, por sus sueños. Deseoso estaba te acabar con un capitulo en el que ella no aparecía para iniciar uno en el que sí estaba. O retomar uno inacabado en el que la protagonista absoluta era ella. Incluso sintió celos cuando la chica conoció a su vecino. Un joven pintor de ojos marrones que la enamoró esa misma tarde, en las escaleras del edificio. Que se atrevió a dibujarla desnuda en la cama, después de que sus cuerpos se enredasen llenos de amor en las sabanas. Tentado estuvo de hacerle caer por las escaleras. Tenía poder para eso. “Fue un extraño accidente” diría la policía al acudir a la llamada de socorro de quien encontrase el cadáver. Pero no pudo. No podía hacerle eso a la hija del protagonista de su novela. Se daba cuenta de que la quería demasiado como para verla pasar por ese desagradable momento. La única opción era hacerla feliz con las palabras. El pintor nunca abandonaría a la chica. Ese sería el sacrificio del escritor. Hacerla feliz, pero con otro. Uno que perteneciese a su mundo. Al infinito mundo de la tinta y el papel.