sábado, 18 de julio de 2015

Un momento

Cuando la noche agoniza en nuestra cama, cuando el amanecer empieza a exigir su espacio, entro de nuevo en ti. Porque el amanecer no pide permiso, solo exige, siempre exige. Me deslizo por entre tus labios, suaves como la brisa que hace bailar de manera sumisa, casi erótica, el visillo que viste la ventana del dormitorio. Me pierdo mil veces por tus braguitas de color negro, esas que hacen juego con la noche, el amor y tus ojos. Me enredo en tu melena larga, sedosa, rabiosamente excitante.
Nos olvidamos del amanecer. Nos olvidamos de la noche, triste y desvalida noche, que muere en silencio a nuestro alrededor. Besos, sudor y sábanas empapadas en horas eternas de caricias. Me gusta ver como paseas por la casa con tu pícara sonrisa como única ropa que me invita a seguirte, a cazarte. Adoro la salvaje belleza que encierra tu mirada. Caminos de lava ardiente recorren nuestros cuerpos en cualquier rincón de la casa. Fundirnos en un solo ser, fundirme en ti una y otra vez.
Tantas cartas escritas al viento. Palabras que el paso del tiempo hace brotar dulces recuerdos de juventud. Esa juventud que mantienes intacta cuando me miras y dices que me amas. Yo también te amo. ¿Cómo no amarte? ¿Cómo no querer dejar que las noches se sucedan una tras otra junto a ti?

Que no sea un sueño. Que esa realidad no se parta en mil pedazos como el espejo que se precipita, casi de manera rabiosa incluso envidiosa, contra el suelo justo en el momento de reflejar dos cuerpos desnudos amándose al amanecer. Amanecer eterno. Noche eterna. Un momento en ti.



jueves, 16 de julio de 2015

LA DERROTA



¿Podían cuatro viejas paredes ocasionar tan profundo castigo a su mente?

Sentía que ya no tenía armas, valor e incluso vida, para luchar contra aquella casa.

Apenas visitaba los jardines que rodeaban la casa, y que antaño habían brillado con un intenso verde envidiado por todos los vecinos. Ahora, solo un pequeño paseo por los descuidados arbustos, por los olvidados árboles, pisando el mal cuidado césped que se mezclaba con los hierbajos que imparables tomaban todo bajo su control. Y después, solo deseaba estar dentro, en el 
interior. Aunque sabía que aquella casa estaba acabando con su existencia. Que al cerrarse la puerta al entrar, sus ojos empezaban a cerrarse. Un sueño incontrolable invadía su cuerpo. Unas ganas de dormir, de morir, de dejar de vivir apenas le dejaban andar, avanzar por el largo pasillo de la entrada. Su dormitorio…la cocina…el salón…prácticamente toda la casa empezaba a cubrirse de un putrefacto olor a dejadez y suciedad. No había ganas de limpiar, de abrir las cortinas, de cambiar las sabanas, de fregar los cacharros. Algo en aquella casa impedía que lo hiciese. Y quería hacerlo, pero no podía. Sus parpados pesaban como losas de mármol. Dejarse caer en el suelo era todo lo que podía hacer.

Centenares de días, todos iguales, todos diferentes. Un nuevo día una nueva muerte. ¿Cuántas veces había muerto? ¿O había deseado morir? Algunas mujeres, pagadas por adelantado, se adentraban en la casa al atardecer. Intentaba poseer sus cuerpos pero no podía. Las paredes de aquella casa, de aquella prisión que le impedía vivir se encargaban de que fuesen las mujeres quienes se encargasen de satisfacer sus horrendas necesidades. Aunque solo fuese por miedo a que les exigiese la devolución del dinero ya pagado.
Su cuerpo se deformaba, su rostro envejecido iba con el paso de los años en el interior de aquella casa, perdiendo toda forma humana. Por dentro y por fuera. Quizá más por dentro. Empezaba a olvidar lo que era ser un hombre. Un humano.

Recuerdos. Cantos. Llantos. Amantes. Una vida pasada que pareció existir miles de años atrás. Aquella chica de apenas veinte años que conoció en su ciudad natal. Una tarde tormentosa. Siempre con paraguas. La chica le agradeció acompañarla a su casa. Ella siempre sin paraguas. Dos días después él disfrutaba de su desnudez en aquel pequeño apartamento del centro. Fuera llovía. Dentro se amaban.
Ahora nada existía. ¿O quizá sí? Gritaba en medio de la casa, con las manos apretando su cabeza. Su locura se extendía sin control por las viejas paredes de aquella casa. Nunca llevó a la chica del centro a su casa. Posiblemente nada de esto estaría ocurriendo si aquella chica, con sus preciosos ojos verdes, su melena rubia, su sexualidad, rebosantes, hubiesen entrado en la casa. Hubiese funcionado como un truco de magia. Las paredes, la casa hubiesen muerto. Y él, quizá seguiría cuerdo. Y el jardín seguiría cuidado y siendo la envidia del barrio.

Su cuerpo empezaba a desaparecer. Aquella casa lo invitaba susurrante a fundirse con las paredes. Acariciaba el viejo papel que decoraba esas paredes. Un dulzón olor a humedad. No supo por qué pero le recordó el olor de la chica del centro. El olor de su amor, de su sexo, de sus labios, de sus pechos desnudos. Las lágrimas empezaban a nublar su vista. Deseaba morir. ¿Fundirse con la casa sería morir? ¿Dejaría de sufrir al formar parte de la casa? Había sido derrotado. Sus huesos apenas soportaban ya el peso de su cuerpo. Las venas vacías habían dejado años atrás de transportar sangre. En su lugar, desesperación, miedo, locura era lo que entraba en su corazón.


Alguien compraría la casa. El dueño…nadie sabría qué había sido de él. No había herederos. Ni familiares. ¿Habría existido? Solo las viejas paredes de aquella casa lo sabían con certeza. 

Fotografía: ALBA PRIETO PEREZ