miércoles, 19 de agosto de 2015

EL INVIERNO

Decididamente los días son ya más cortos. El ambiente empieza a tener ese olor a invierno que a muchos nos devuelve la vida después de los duros e impersonales días del verano.
Fotografía cedida por Alba Prieto Pérez
El otoño no deja ser una mera e insignificante transición del calor al frío. Una fina y transparente sabana que con el paso del tiempo solo ha ido a peor. Ha perdido todo su cuerpo, su colorido, su razón de ser. No ha podido evitar que sus dos hermanos mayores más egoístas, el verano y el invierno, acaben con él. Veo en mi jardín como a cada año que pasa los árboles se desnudan de sus secos ropajes cada vez más tarde. Como si les costase desprenderse de ellos.
Pero sí. El invierno llega. Sobre las viviendas que diviso desde el jardín empiezan a verse los reconfortantes hilos de humo saliendo de las chimeneas. El purificador frío limpia nuestros jardines. A la vez que nuestros corazones. Arranca de manera sutil los vacíos amores del verano, para dejarnos con el amor que realmente importa, el amor que calentará el hogar y el cuerpo en las frías noches nevadas del invierno.
Siento el olor del invierno. Hace semanas que las golondrinas abandonaron el garaje, donde cada verano y sin fallar ni uno solo tienen a sus crías, en esos nidos de barro pegados en la pared junto al techo.

La leñera está preparada. Será un invierno duro, pero bonito. Los inviernos siempre son más bonitos que el angustioso verano, más románticos que la desaparecida primavera. Nos volveremos a sentar frente a la ventana. Mientras nieva, escribiré. Las letras, al igual que los copos de nieve, se irán amontonando a mí alrededor. Unas en el procesador de texto, los otros en el jardín. Y tú, sentada en el sofá, esperándome. Con tu sonrisa, tu voz, tus besos, tu cuerpo. Tu amor.