viernes, 2 de octubre de 2015

Cuando los niños eran niños.

Una nueva discusión. En esta ocasión como en otras tantas últimamente, no había un claro motivo que hubiese precipitado tal discusión. Las cosas no funcionaban desde hacía varias semanas. Aunque lo hablaban, y buscaban soluciones, el día a día, la torpe realidad que en esos momentos les rodeaba a ambos, iba lentamente minando la relación. A ella en el trabajo “la puteaban” como decía cuándo por las noches se dejaba caer en la cama.  Entre el cansancio y las ganas de dormir le contaba que ya no tenía horario fijo, que igual las hacían ir por las mañanas que por las tardes. Incluso los fines de semana ya no le pertenecían, parecían de la propiedad de la empresa. “Renuncia al trabajo. Ya encontrarás algo mejor” Él intentaba animarla. Pero ella se encolerizaba más. “¿Cómo leches voy a dejar el puto trabajo? ¿Crees que hoy día se puede elegir? Yo no soy cómo tú ¿lo sabes? Yo necesito salir para poder trabajar, no se trabajar en casa maldita sea”.

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Y así era como empezaban las disputas. Los malos momentos entre ellos. Salió del piso y comenzó a caminar sin rumbo fijo. Los días empezaban a ser más largos, y había ya tardes que apetecía un tranquilo y agradable paseo por el parque. Pero no sólo, sino disfrutando de su compañía. Sintiendo su cuerpo al lado del suyo. Notando cómo le cogía de la mano y acercaba su cabeza a su hombro. Hablando en voz baja, contándose el día a día, dejando escapar de vez en cuando algún beso de manera furtiva. Pero aquello había pasado ya. O ya no ocurría tan habitualmente como antes.

En medio de esos pensamientos se sentó en un banco. Miró distraído a su alrededor. Al otro lado de la enorme cantidad de árboles que rodeaba el parque estaba ella. En el piso, seguramente tomándose un té de hierbas. Tres gritos y cada uno por su lado. Volvería algo más tarde. Solo necesitaba despejar un poco la mente. Dejarla sola unos minutos.

Tres muchachillos pasaron por delante de él. Apenas de once o doce años. Los tres llevaban móvil. Manipulaban sus pantallas táctiles y hablaban entre ellos riendo y mirándose cómplices cuando nombraban a una chica, a una tal Andrea. ¿Así era él cuando tenía su misma edad? Se preguntó repentinamente y en silencio al descubrir la conversación de los chicos. Por un instante no le parecieron niños. Le parecieron adultos en pequeño. Adultos guardados al vacío en un diminuto cuerpo. Con la edad que tenían esos chavales deberían de estar jugando, y no hablando de chicas.

Los chicos se sentaron en un banco que había a poco más de tres metros de él. Continuaban hablando entre ellos y mirando los móviles. Parecía como si estuviesen hablando por chat con la tal Andrea. “mira lo que acaba de decir tío” decía uno de ellos todo revolucionado e inquieto o excitado. “joder colega” repetía. Y riendo y hablando entre ellos en voz alta se arremolinaban frente a uno de los móviles y reían de manera que parecían casi escandalizados. “Dila que…” decía otro de los chicos.
Él jugaba a las chapas cuando tenía la edad de esos chavales. Y casi todas las tardes se reunían detrás de la Iglesia del pueblo, a eso de las cinco y media, después del colegio y jugaban al futbol. ¿Por qué cambiaron la era por la parte de atrás de la iglesia para jugar al futbol? Desde luego en la era los partidos eran bastante más intensos y no tenían que detener el juego cada dos por tres porque pasase alguien por la calle, como ocurría en la parte de atrás de la iglesia. ¿Estos chicos no jugaban al futbol? ¿No jugaban a las chapas? No, a las chapas desde luego no. Era algo que había quedado tan obsoleto como la misma niñez.  

Y sin poder evitarlo seguía escuchando a los chavales. No les miraba, no hacía falta. Su mirada de vez en cuando se clavaba en la tierra, alrededor de sus pies, y otras se perdía por las copas de los árboles que rodeaban el parque. Pero no podía evitar escuchar las conversaciones de los chavales. “Que si el profesor de ciencias era un nazi, que si Andrea estaba buenísima, que si Luisa era una guarra, que si Pedro el capullo tenía ya el último modelo de móvil que había salido a la venta.” En algunos momentos decían palabras que incluso a él le hacían dudar de que si los que estaban hablando eran niños o adultos. ¿Un niño es capaz de decir esas palabras? Se preguntaba. “joder, si ocupa más la palabra que el puto niño”.   Poco después los chavales se levantaron del banco y despreocupadamente se alejaron.

Se recostó en el banco. Recordando su ya lejana niñez. Le gustaba recordar aquella niñez con un agradable toque de ingenuidad. Los partidos de futbol, las carreras de chapas, las batallas a pedradas contra los chicos de otros barrios. Y porque no, las primeras sonrisas a escondidas y las primeras miradas a María, a Remedios. Pero no recordaba ser como los chavales que acababa de ver. Cierto que eran otros tiempos, y las mentalidades cambian, incluso más deprisa de lo que se cree la gente. Pero le gustaba recordar su niñez, cuando los niños eran niños y no adultos en pequeño. Donde un cachete de los padres, o un castigo del profesor era algo a tener muy en cuenta, a respetar. Cerró un instante los ojos. Pensó en ella. Con las manos en los bolsillos del pantalón regresó al piso. Estaba sentada en el sofá. La taza de té vacía sobre la mesa de centro, y la televisión encendida a un volumen más bien bajo. Sus miradas se cruzaron. Ella dibujó una ligera sonrisa casi de disculpa en su rostro y suavemente con la mano golpeó el asiento del sofá, invitándole a sentarse junto a ella.


jueves, 1 de octubre de 2015

REGALO DE DESPEDIDA

Últimamente tengo el blog un poco olvidado. He comenzado un curso de post producción para cine y el tiempo es bastante escaso. He recuperado un viejo relato que escribí hace tiempo. 




“Tengo un regalo para ti” Le confesó mientras entraban al trabajo poco antes de las ocho de la mañana. Cruzaban una ancha puerta metálica, mezclados entre más compañeros de trabajo. Se había acercado a él y le habló con voz baja. Sujetando unos instantes con su mano, el brazo izquierdo de él.
 Una nave de tamaño medio, en una zona industrializada a las afueras de la ciudad. Algunas veces coincidían en el autobús que les dejaba a unos doscientos metros del puesto de trabajo, otras, como esa mañana, en la misma puerta de la nave.
Terminada la jornada laboral, volvieron a coincidir en la puerta. Él se abrochó hasta arriba la cazadora cuando escuchó la voz de ella justo detrás, a su espalda. Ella, le rodeó y le miró a los ojos. “¿Quieres que vayamos al cine esta noche?” “Claro” respondió algo sorprendido. Habían hablado muchas veces durante los horarios de trabajo, de comida, incluso algunas veces habían coincidido en fiestas en las que los compañeros de trabajo tomaban algunas cervezas juntos festejando algo. Pero nunca había pasado de eso.  Por supuesto era una chica atractiva, rubia, de su misma estatura, cosa que le gustaba bastante, alegre… inteligente… y no tenía pareja o eso le parecía a él.
Ya era de noche cuando bajaron del autobús y accedieron al recinto comercial. Para ser mediados de semana había bastante público. Apenas pasaban algunos minutos de las siete de la tarde y los comercios evidentemente continuaban abiertos: cafeterías, pajarerías, tiendas de moda, papelería…y un largo listado de comercios ocupaban el interior del complejo. Y prácticamente en el centro, como presidiendo aquel lugar que apenas llevaba un año abierto desde que el alcalde de turno lo inauguró a bombo y platillo rodeado de sus concejales y otras “personalidades”.
Después de echar un vistazo las películas que proyectaban en las cuatro salas que tenía el cine, y de comprar las entradas, tomaron una cerveza en una de las cafeterías cercanas. Después la película. Algunos minutos pasaban de las once y media de la noche cuando salieron por una de las puertas del centro comercial. Hacía bastante frio. Estaba resultando un otoño más duro de lo normal. Por suerte no estaba lloviendo, como había estado sucediendo hasta dos días antes. Ahora solo hacia frio. El cielo estrellado y la ciudad mostrándose desnuda, sin complejos, ante ellos en esa fría noche. “Vamos paseando, ¿te parece?”  “Prefiero pasear si, si no te importa” Le gustaba más el invierno que el verano, y viendo cómo se presentaba la noche prefería caminar y sentir la noche y su temperatura.
Cruzaron la calle y empezaron a alejarse lentamente del centro comercial. A medida que avanzaban el silencio se adueñaba de las calles por las que paseaban. Las farolas parecían mostrarles el camino. Vivian muy cerca el uno del otro, apenas un par de calles les separaban. De vez en cuando se cruzaban con algún coche, incluso con algunas personas, pero casi desde que perdieron de vista el centro comercial, iban solos por la calle.
“Sé que te quedas sin trabajo la semana que viene” Dijo ella mientras cruzaban un paso de peatones. El semáforo estaba en verde, pero no pasaba ni un solo coche en esos momentos por la calle. “Si. La mili. Me tengo que incorporar a primeros de mes” Eso de perder el puesto de trabajo por una cosa tan completamente absurda seguía pareciéndole estúpido. Aunque llevaba algunos días que ya se había hecho a la idea. Por más que le doliese. “Lo siento” Ella dibujó en su rostro un gesto precisamente de…eso de “lo siento”. Y sin decir nada más se detuvo en medio de la calle y cogiéndole de la mano le obligó a que también se detuviese. Acto seguido se acercó a él y le besó en los labios.  Su sabor, la sensación del frio en los labios de aquella mujer, que rozaba los veinticinco (el diecinueve) le hicieron olvidarse por completo que era la primera vez que realmente besaba a una mujer. “Vamos a mi casa, quiero darte tu regalo” dijo ella mostrando una bonita sonrisa cuando sus labios se separaron.
Entraron en el piso de ella. Un tercero con una amplia terraza que daba a un parque en el que los niños solían jugar, los ancianos pasear y algunos vecinos sacar a sus perros a que disfrutasen durante unos minutos en las horas del día. Ahora sin embargo, el parque estaba mudo, solitario. Algunas farolas alumbraban pequeñas zonas de tierra y algún que otro árbol. Él miró un instante el parque por el cristal de la corredera del salón. Desde su casa, bueno en realidad desde el piso de sus padres pues todavía vivía con ellos, también veía una parte del parque, no tanto pero un poco. Y pensó que cómo siendo compañeros de trabajo, y viviendo tan cerca, nunca se había atrevido a decirle nada. Era bastante “cortado” eso era tan obvio que ni siquiera él lo podía negar. Pero lo mismo que ella le había propuesto ir al cine por la noche, lo mismo, lo podía haber hecho él. En medio de aquellos pensamientos, escuchó los pasos de ella. Se giró lentamente. Y allí estaba ella. A escasos centímetros de él. Vio que se había quitado la cazadora que había llevado durante toda la noche, y la melena rubia le colgaba ahora por encima de los hombros.
“¿No tendrás horario de llegada a casa verdad?
Él sabía que lo preguntaba en broma, ya que en el rostro de ella se dibujaba una sensual sonrisa a la vez que se acercó y lo besó en los labios. Y el resto fue puro sexo. Caricias, sudor, besos. Él nunca había estado con una mujer, y ella le llevaba unos años de ventaja. Desnudos llegaron al dormitorio, la oscuridad de la noche dejó paso a la imaginación de las sabanas, a la excitación y las prisas de su primera vez. Cuando regresó a su casa, y se tumbó en la cama todavía sentía el sabor de ella en sus labios. Sus dedos todavía notaban la suavidad de su piel, el tacto de sus pechos, de sus muslos, de sus caderas.

Dos meses después regresó a casa con su primer permiso de tres días. Cruzó el parque con las manos guardadas en los bolsillos de la cazadora. Sentía la cabeza fría. No entendía muy bien porqué les tenían que rapar el pelo casi al cero en el cuartel. Miró hacia la terraza del piso. La luz estaba apagada, y la persiana a medias. Rodeo el edificio, cuando vio a la chica salir del portal. Su primera intención fue acercarse a saludar. Pero se retuvo. Con la chica salió del portal otro hombre. Iban cogidos de la mano y sonreían en silencio. Él se escondió tras una columna, a pocos metros del portal. Vio en silencio cómo se alejaba la pareja. Lentamente regresó a su casa. Disfrutaría del permiso antes de volver al cuartel. La vida como militar tampoco estaba muy mal. Los domingos, para desayunar, daban chocolate con churros. Y tenía que reconocer que estaban bastante bien.