domingo, 18 de diciembre de 2016

Navidad de 198...

Una pequeña entrada entre los capítulos de mi novela: "La historia de la ciudad sin árboles"

Se trata de un recuerdo de infancia. De esos que nunca se borran, que perduran en la memoria sin saber el porqué.  


No recuerdo que año fue, 198... yo era muy pequeño todavía. Mi madre junto a mi tía, nos llevó a mi hermana, más pequeña que yo, y a mí a ver el Cortylandia de El Corte Inglés de la calle Preciados en Madrid.


Aquellas inmensas escenas y figuras de cartón piedra en la entrada del centro comercial más famoso de España, la aglomeración de familias para verlo: era Navidad.

No recuerdo si aquel año tuve “reyes” o no. Seguramente sí. Pero lo que recuerdo de aquel año fue a mi tía llorar en la puerta de un portal cercano a El Corte Ingles, sentada en el escalón de la entrada, con los ojos rojos por las lágrimas y la rabia. A mi madre intentando consolarla. Y a mi hermana y a mí frente a mi tía en cierto modo sin saber qué hacer, éramos demasiado pequeños.

Pero si supe que mi tía lloraba porque cuando nos acercábamos a ver el espectáculo en la entrada de El Corte Inglés, se percató de que le habían robado el monedero del bolso. Siempre llevaba el dinero en el bolsillo del vaquero precisamente por los robos, pero aquella noche lo había dejado dentro del monedero en el interior del bolso sin más y algún ratero espabilado solo tenía que introducir su mano en el bolso y llevarse el preciado botín. Abrir el bolso y meter la mano no tendría ningún secreto para ese tipo de gente. Y mi tía lloraba porque aquel año había sido duro, y ese dinero lo había estado guardando especialmente para los regalos de sus sobrinos, o sea mi hermana y yo.


Algunas cosas se quedan grabadas en la mente de por vida. Y esta es una de ellas.  

* Imagen extraída de Google.

viernes, 21 de octubre de 2016

SOLDADITOS DE PLÁSTICO

El paso del tiempo trae consigo recuerdos que parecen grabarse a fuego en la memoria.
Uno de esos recuerdos grabados a fuego en mi memoria son aquellos sobres de soldaditos de plástico. Si, aquellos sobres de papel que costaban 10 pesetas, y que después llegaron a costar 15.

Grupo de combate Norteamérica, grupos de combate Japón, Nueva Zelanda…etc.

En cada sobre entraban 20 soldados de plástico de 1 centímetro o centímetro y medio. Hasta 600 soldados llegué a tener cuando era niño.

Tardes enteras en la puerta de mi casa inventando batallas, alineando filas y filas de soldados mezclando nacionalidades. Horas y horas de juego para terminar recogiendo todos y cada uno de los soldaditos de plástico. Contarlos uno a uno para no perder ninguno.


Ahora, andando por las calles de donde vivo, veo que los niños no juegan, no pasan las “horas muertas” como se suele decir con juguetes (soldados por ejemplo). Y recuerdo entonces lo bien que lo pasaba y cómo disfrutaba cuando mis padres, a regañadientes muchas veces porque entonces el dinero escaseaba, me daban 10 pesetas y con el puño cerrado para no perder las dos monedas corría al kiosco a por un nuevo sobre de soldaditos de plástico.

jueves, 20 de octubre de 2016

MI EXPERIENCIA EN LA CÁRCEL

Os presento un relato, entre capítulo y capítulo de mi novela "La historia de la ciudad sin árboles", que está basado en hechos reales. Mi propia experiencia en la cárcel.



Nunca había visto antes tan de cerca una cárcel. Su simple estampa, allí alzada en medio de un descampado, parecía advertir que no era precisamente un lugar agradable.

Vallas metálicas rodeando el recinto, edificio irregular de ladrillo visto y grandes ventanales por un extremo y pequeñas ventanas por otro. Un aspecto frío y desolador.


En algunos puntos, colocados sin duda de manera estratégica, se alzaban varias torretas con guardias armados.
Nos hicieron cruzar por una primera verja metálica. Dos guardias flanqueaban la fría y ancha entrada principal. Tras el cierre metálico a mi espalda no pude evitar que mi estómago se contrajera un instante. Ajusté mi bolsa de deporte que colgaba de mi hombro y avancé con el resto del grupo. Dos puertas más. Apenas eran las diez de la mañana y la fachada de aquel inhóspito edificio ya proyectaba en el liso suelo de tierra unas macabras sombras negras como el mismo corazón del alma de un escarabajo pelotero.

Accedimos al interior. No podíamos evitar, los doce o trece que formábamos aquel grupo, mirar todo a nuestro alrededor. Creo que de todos los que íbamos, esta, era la primera vez que entrabamos en una cárcel. Cruzamos varias puertas bastante sólidas, no sin antes mostrar nuestros carnets de identidad y mostrar el interior de nuestras bolsas (casi todas de deporte). Todo lo metálico se tuvo que quedar fuera, al igual que los carnets. Y tras volver a pasar por un nuevo detector de metales (cruzamos dos o tres) accedimos a un ancho pasillo dividido justo en el centro por una pared metálica. A la derecha de la verja para los que entrabamos, y a la izquierda de la verja para quienes salían hacia la entrada principal u otras partes del complejo.

El pasillo no era muy largo, pero si era algo siniestro. Era como si a medida que avanzásemos la oscuridad nos iba cubriendo, y la luz de la entrada principal iba quedando peligrosamente atrás. Por el “carril” de la izquierda se cruzaron dos presos. No pudimos evitar echarles un fugaz vistazo. Uno de ellos bestia con chándal azul marino, y el otro con un simple vaquero viejo y una camiseta de España`82. Su paso era tranquilo, y el gesto de ambos parecía bastante normal, afable incluso diría yo.

-Eh!!- dijo el del chándal azul cuando nos cruzamos en el pasillo, ellos a un lado de la verja y nosotros al otro lado.- Del Barca!!.- Me señalo esbozando una cordial sonrisa y levantando el brazo como diciendo “el mejor equipo el FC Barcelona”. He de decir que yo en aquella época vestía algunas veces con chándal (una prenda que por cierto hoy en día detesto) y precisamente aquella mañana llevaba un chándal del mencionado equipo de futbol.
Yo levante ligeramente la mano en forma de saludo y el preso en cuestión continuó por su lado del pasillo con su cordial sonrisa y repitiendo a media voz el nombre del equipo de futbol.
-Empiezas a tener colegas aquí dentro- me dijo uno del grupo dándome un ligero golpecillo en el hombro, y sonriendo al final.

Al final del pasillo encontramos una puerta abierta por la que accedimos a una pista cubierta. Sin duda alguna era un gimnasio. Porterías de futbol sala…canastas de baloncesto…una grada justo en frente de la entrada…
-la segunda puerta es la vuestra- Nos dijo el guardia que nos acompañó desde la entrada principal. Su tono era bastante amable.- Si necesitáis algo estaré en el pasillo.

Aquel “Polideportivo” estaba vacío en ese momento. Algunos balones de baloncesto descansaban tirados por la cancha, mientras que la luz de la mañana se colaba y bañaba parte del recinto, por unos ventanales casi a ras del techo y colocados en una de las paredes.
Tras “nuestra puerta” estuvimos no más de media hora. Teníamos nuestros uniformes y sabíamos qué teníamos que hacer. Nos cambiamos en silencio. Aquello era un simple vestuario, con asientos…duchas… Algunos hablaban entre sí y otros salieron a la cancha y dieron algunas patadas a un balón de futbol sala que encontramos en el vestuario. Después, el mismo guardia que nos había acompañado a la entrada nos llevó por un nuevo pasillo. Durante todos nuestros trayectos el paisaje era el mismo, verjas…ladrillo visto de aspecto frio…guardias…ventanas con rejas…

Apenas un minuto después, salíamos a un recinto abierto. Parecía estar situado a un extremo del completo, ya que todos los edificios que conformaban la cárcel quedaron a nuestra espalda y a nuestra izquierda. Pero enfrente y a la derecha continuaban las altas vallas metálicas y un par de torretas con guardias armados. Pero he de reconocer que cuando salí al exterior y pude ver el campo de futbol que se extendía ante nuestra vista pude respirar tranquilo. Una bocanada de aire fresco liberó mis pulmones. El grupo avanzó hacia el terreno de juego. Algunos presos, seguramente los menos peligrosos, se apostaban junto a las bandas para presenciar el partido. Nuestro rival, el equipo de la cárcel, calentaba ya en su parcela del terreno de juego, preparados para empezar el partido. Por nuestra parte, estuvimos calentando unos minutos y recibiendo las últimas instrucciones por parte de nuestro entrenador hasta que apareció el árbitro.

El partido fue duro, para qué negarlo. Los jugadores que formaban el equipo de la cárcel eran casi todos sudamericanos…africanos… algún que otro rumano y un par de españoles y no eran precisamente muy deportivos que digamos. 
Casi siempre he sido delantero, y aquel día salí del terreno de juego con un fuerte golpe en la pierna…la uña del dedo gordo del pie izquierdo arrancada de cuajo…y sin haber podido marcar un solo gol.

Afortunadamente el partido acabó (con empate) y a eso de la una ya estábamos de vuelta en nuestro pueblo. Es lo que tiene jugar en tercera regional, que si alguna cárcel tiene equipo de fútbol, ellos no pueden salir de la prisión y son los otros equipos quienes tienen que ir a jugar tanto el partido de ida y de vuelta.

Yo regresé a mi casa, cojeando. Había pasado una nueva jornada de la liga regional.




FIN


jueves, 28 de julio de 2016

EL NIÑO

Buenas tardes. Continuamos aguantando el pesado calor del verano. Os dejo aquí un viejo relato de hace un tiempo, que no es otra cosa que un recuerdo de la niñez.
Espero que os guste. Gracias.




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El niño sentado en el suelo con las piernas estiradas y apoyado en la pared de su casa, a la izquierda de la puerta principal. Su camiseta de manga corta y color azul y el pantalón claro que su madre le compró en el mercadillo. Tenía que ser un pantalón corto y barato. Porque su vida útil se limitaba tan solo a ese verano. No porque el niño pudiese crecer de un verano a otro, que también, sino porque seguramente lo rompería antes de que llegase septiembre. Ningún tipo de ropa sobrevive un verano a un niño que solo piensa en jugar y disfrutar del sol.  Sin saber qué día de la semana es. Porque cuando se tienen ocho años y se está en verano, los días de la semana pierden todo significado, todo su sentido. No existen. Todavía tiene una mancha de cola cao en la comisura de sus labios. Como cada mañana su madre le prepara un buen vaso de leche caliente con cola cao, donde el pequeño moja esas galletas que tanto le gustan, y que su madre compra en una pastelería donde los dulces artesanales son conocidos en el barrio entero. La mañana promete pasar lenta y calurosa. Irán al río, porque piscina todavía no tiene el pueblo. El río es mucho más divertido. Podrán pescar pececillos y jugar entre los árboles que rodean toda la zona accesible del río. 
 Pero la tranquilidad de la mañana se rompe de golpe. De manera brutal y desgarradora. Un enorme coche pasa por la calle, las piernas del niño apenas quedan a escasos centímetros de las ruedas del coche, esas mismas que apenas tres metros más adelante atropellan a la gata que el niño llama cariñosamente. Porque la gatita es de ellos. Seguramente ha estado toda la noche por los tejados y es ahora cuando regresa a casa, seguramente para dormir durante todo el día, porque eso es lo que hacen los gatos. Pero las ruedas de aquel coche destrozan la tranquilidad de la mañana, así como la rutina de la gatita. El animalito queda aplastado en medio de la calle. Sus patas traseras se agitan violentamente. Y seguirán agitándose hasta que el cuerpo ya sin vida se quede frío. El niño no puede apartar la mirada de su gatita muerta. Un vecino sale corriendo recriminando al conductor su acto "no puedes correr tanto, desgraciado" Pero el coche no aminora la velocidad. La madre coge en brazos a su hijo y llora al descubrir a su gata en medio de la calle, apenas reconocible en medio de un gran charco de sangre.


domingo, 24 de julio de 2016

RELATO BREVE



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Sintió que no podía más. El mundo marchaba a una velocidad que le era imposible alcanzar. Su mente a punto de explotar, su cuerpo apunto de desaparecer.
No era capaz incluso de acertar a leer la poesía que encerraba el cuerpo de aquella mujer a la que amaba y a la que tristemente veía junto a otro hombre pasear a orillas del mar. 
Cada amanecer una tortura, cada anochecer una esperanza al rogar desesperado que cuando cerrase los ojos no volviese jamas a abrirlos.

sábado, 16 de julio de 2016

RECUERDOS



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"Dudo mucho que algún día logre reconciliarme con la muerte. Ni siquiera cuando una noche venga a por mi, sin avisar. O quizás si avise. Quizás a lo largo de los años vaya enviando pequeños mensajes. "voy a por ti". No corras...no huyas...no grites...no llores...
Y solo entonces la mirare de cara. Asustado. Pero de cara.
Y pensaré en ti. En aquellas noches de invierno tumbados junto a la chimenea. Una copa de vino ligeram
ente retirada del calor que desprenden los troncos al arder. A ti si te gustaba el vino. A mi no.
Reías con la copa medio vacía en la mano. Y la luz del fuego resplandecía en tu cuerpo desnudo. Tragos cortos. Insistías en que te acompañase con el vino"
.

lunes, 4 de julio de 2016

Y LLEGÓ EL VERANO


Llega el verano, y con él nuestra vida cambia queramos o no.

Los días son más largos, las noches...las noches son inolvidables, mágicas, distintas. 

No quiero analizar ni tirarme el "rollo" hablando de lo que hacemos en verano o como esta época del año nos afecta.

Cada cual, bien sea un trabajador, estudiante, parado, sabe demasiado bien qué hacer o puede hacer en verano. Lo que es indudable de que en esta época abrimos el ordenador bastante menos de lo que lo hacemos el resto del año.

No terminamos de estar "desconectados" del todo, pero es cierto que no estamos tanto tiempo frente a la pantalla. 

Por eso es, que aprovecho este momento para anunciar que hasta el 5 de septiembre no volveré a publicar más capítulos de "La historia de la ciudad sin árboles"

Confío en que esta decisión sea entendida para bien. Hay mucha gente que sale de vacaciones, no se conecta tanto (como antes he dicho) y es por eso que tomo la decisión de no publicar más capítulos hasta el 5 de septiembre.

Personalmente no me voy de vacaciones, pero aprovecharé para actualizar un poco el blog, e ir aprendiendo un poquito más para que las visitas al mismo sean más agradables para el lector.

Continuaré publicando todas las semanas, pero nada relacionado con "La historia de la ciudad sin árboles"

Gracias.




Este es un relato breve que también podéis encontrar pinchando aquí


A RAS DEL SUELO

No recuerdo exactamente en que momento de mi vida empezó a ocurrir. Ni qué motivo fue el desencadenante para su aparición. Solo sé que ahora tengo que vivir a ras del suelo.

Soy una persona normal, con un trabajo…una mujer a la que amo y con la que probablemente me case…una casa bonita a las afueras de la ciudad…amigos y amigas normales… ¿Feliz al cien por cien? Quizá no todo el mundo llegue a ser feliz al completo a lo largo de su vida.

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Pero lo cierto es que no sé por qué una extraña sensación de… ¿querer morir? Si, podría ser esa una buena y curiosa definición, querer morir, me sacude la mente cada vez que mis pies dejan de pisar tierra firme, cuando subo a un piso superior a un primero o segundo de altura. No tengo vértigo, creo, pero un miedo terrible me inunda estando en la terraza de un piso.

No hace mucho mi novia y yo estuvimos en el piso de una pareja amiga recién casados. Se trataba de una visita de cortesía, para mostrarnos su nueva vivienda…tomar una copa…incluso cenar. Durante el “tour” por el nuevo piso, mi colega y yo salimos a la terraza. Le apetecía echarse un cigarrillo. Yo he de decir que no fumo. Charlando y oyendo en el interior del piso a su mujer y mi novia, fueron pasando los minutos. 

Fue entonces cuando él abrió la ventana de la mampara de la terraza, ya que se trataba de una terraza cerrada. Inconscientemente me asomé. Se trataba de un octavo piso. Rápidamente tuve que retirarme, incluso entrar en el salón. Mi colega se asustó, y mi novia se interesó por mí al verme sentado en uno de los sillones, completamente con la piel blanca. No sentía mareo. 

Lo que sentía era que al ver aquella ventana abierta, y el “vacío” que se abría ante mis ojos un miedo atroz me golpeó con fuerza. Un miedo ante la idea de que mi mente deseaba saltar al vacío. Y sentía como mi cuerpo no respondería. No podría controlar mi propio cuerpo, ni a mi propia mente. YO, quedaba en un segundo plano y mi mente se convertía en un ente independiente, en el que obligaba a mi cuerpo a lanzarse al vacío. Y sentía en mi interior que no podría evitarlo, que por más que luchase, el cuerpo no me respondería. Perdería el control de cuerpo y mente, y solo sentiría el golpe al caer en la acera ocho pisos más abajo. 

Al día siguiente, a la hora de comer, no salí de la oficina en la que trabajo de nueve a seis. Subí a la azotea. Un lugar donde algunos compañeros y compañeras de la empresa suelen salir a fumar un ratillo. Al abrir la puerta de acceso y ver ante mis ojos la enorme azotea, no sentí nada. Creí que lo del día anterior en el piso de nuestros amigos había sido algo aislado. Pero a medida que me acercaba al final de la azotea y el “vacío” se abría ante mí, empecé a tener la misma sensación. Las piernas se me doblaron, y sentí que tuve que hacer un gran esfuerzo para retroceder sobre mis pasos y agarrarme a la puerta abierta de acceso al interior. Mi mente volvía a convertirse en un ente. Un ente que obligaba a mi cuerpo a desobedecerme y saltar al vacío. ¿Habitaba alguien en mi mente que desease mi muerte? Agarrado a la puerta y con el cuerpo medio doblado, lloré desconsolado. ¿Quién vivía conmigo? ¿Escondido en mi propio cerebro, en mi propia mente, que solo deseaba que me lanzase al vacío? Y miré al final de la azotea, donde veía el brusco corte de hormigón del edificio y después el vacío. “Salta, salta, salta” Una voz martilleaba mi cerebro. Me arrastré al interior. Caí rodando por las escaleras, unos doce escalones.

Un brazo roto y un tobillo torcido producido por la caída. Me dieron la baja.

Sentado en el jardín de mi casa, observo como no muy lejos de donde vivo, los edificios se alzan majestuosos. Los miro fijamente. Parece como si ellos me mirasen. Como si me llamasen e invitasen a subir. Porque algo desea mi muerte. No he mencionado nada a mi novia, a la que noto preocupada cuando me sorprende mirando fijamente a los altos bloques de hormigón y cristal. Intento tranquilizarla.

Tendré que convencerla de que trasladarnos al centro en cuanto demos el paso de casarnos, tendrá que esperar. O tendrá incluso que cancelarse. No puedo enfrentarme a los edificios, a las alturas. Sé con toda certeza que me vencerían. Que al final, saltaría.

Tendré que vivir toda mi vida a ras de suelo.










jueves, 18 de febrero de 2016

EL RÍTMICO SILENCIO DEL VERANO

Se tumbó en el sofá que tenía en el salón de su casa y perdió la mirada hacia la puerta.

La primavera inauguraba su primera semana. La puerta abierta de par en par y la vieja cortina que la cubría se zarandeaba ligeramente por una tímida brisa.

El sol se abrió paso por entre unos nubarrones, y durante unos minutos la luz brillante azotó con inusitada fuerza para esa época del año la cortina. Fuera, el jardín delantero de la casa.

Y de repente, tumbado en el sofá y mirando hacia la cortina y el sol bañando el jardín, sintió lo que le gustaba llamar como “el rítmico silencio del verano”

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Era lo único que echaría de menos cuando llegase el momento de partir. Aquel instante en los calurosos veranos, hacia las cuatro de la tarde, cuando intentaba echar una cabezada.

El calor cayendo de golpe, el silencio reinante, tan solo el sonido de alguna chicharra a lo lejos rompiendo de manera sutil un silencio absoluto.

Silencio. Silencio. Dejándose notar incluso el peso del sofocante calor del verano.

Y por alguna extraño motivo, sintió lo mismo ese mediodía apenas comenzada la primavera. El rítmico silencio del verano parecía querer darle una sorpresa. Sonrió en silencio. Gozando de aquel momento.

Silencio. Silencio.

Una mosca a lo lejos. El sol se resistía a desaparecer entre los nubarrones. Sus ojos se cerraron lentamente. La paz interior que le proporcionaba aquel instante lo acompañaría durante toda la eternidad

miércoles, 17 de febrero de 2016

NO ES UNA DESPEDIDA

Se hace muy duro el continuar caminando.
El camino, de repente parece ensancharse y perdemos los márgenes que creíamos nos guiaban.
                     Alguien querido se queda atrás, por el motivo que sea. Lloramos, lamentamos, incluso maldecimos.
Nuestros pasos empiezan a no ir rectos. Nos consolamos diciendo que la vida es así.
                ¿Pero por qué tiene que ser así?
La presencia física de nuestra pérdida se aleja en el camino. Pero con nosotros viaja su recuerdo.
                        Recuerdos que nos hacen reír. Y sobre todo que nos hacen llorar.
                             Pero al final esos recuerdos empiezan a trazar los nuevos y solidos márgenes del camino. Los que nos tienen que guiar por el resto del camino y de la vida.
           Volveremos a ser sufrir, a llorar, a reír. Porque el camino es largo y porque de nuevo necesitamos a alguien a nuestro lado.
                          Una mujer…un hombre…un perrito…un gato…

Y nuestros pasos volverán a caminar rectos. Aun sabiendo que volveremos a llorar.

domingo, 14 de febrero de 2016

NOTICIAS

Como anuncié esta semana en mi página de Facebook (que por cierto os animo a que me regaléis en "me gusta"), en poco tiempo habrá noticias importantes en el blog.
Una de ellas es que en breve se pondrá a la venta una nueva versión actualizada de la primera parte de LA HISTORIA DE LA CIUDAD SIN ÁRBOLES y que además podréis encontrar aquí en el blog un capitulo publicado cada semana.

La segunda noticia importante es que también se irán publicando todos los capítulos de OWNERS OF SHADOWS.  Pinchando en este enlace podréis ver el Teaser que dos productoras amigas y yo, realizamos hace unos meses para una web serie. La web serie no salió adelante por falta de fondos, pero tuve la suerte de poder "colocar" el guión original de la primera parte de la trilogía en una productora de cine en Los Angeles (USA)
Ahora, el guión pasa a novela. Y dentro de poco podréis empezar a disfrutar de un relato épico. 

lunes, 8 de febrero de 2016

LA NOCHE MÁS LARGA

La noticia corrió como un reguero de pólvora. Algo grande y gordo estaba ocurriendo.

El Land Rover de la Guardia Civil cruzó el pueblo a gran velocidad y “voló” hacia Toledo. Algunos de los vecinos decían que en el cuartel solo había quedado un cabo. Y que la puerta del mismo cuartel se había cerrado a cal y canto.


Imagen Google

A medida que avanzaba la tarde, casi todos los establecimientos se cerraron. A excepción de los bares, en donde muchas de las personas que vivían en el pueblo se amontonaban para ver las últimas noticias en la Televisión.

“Un golpe de estado”. Era lo único que se repetía sin cesar. “Dios mío” se lamentaban algunos en voz baja. “Joder” protestaba otro ordenando al camarero que le sirviese otra cerveza.

Algunos se envalentonaban y proclamaban a pecho descubierto “que ya era hora de que alguien pusiera orden en este país de mierda”. Pero el miedo les hacía a la mayoría ser precavidos, no entrar en discusiones con nadie. “Se veía venir” decían en un grupo en uno de los bares. “La democracia era muy débil” decían otros. Muchos se iban a sus casas. Había miedo de que hubiese “líos” por el pueblo. Y no querían la mayoría estar en medio de esos “líos”.

La casa de un profesor fue apedreada por varios con la cara cubierta mientras gritaban insultos. Las luces de la casa estaban apagadas, pero sospechaban de qué los propietarios estaban dentro. El cierre de una pequeña tienda fue reventado con algunas mazas de hierro. Las noticias que llegaban por la televisión no eran muy exactas respecto a lo que estaba ocurriendo en realidad. Y nadie sabía exactamente a qué atenerse.

Casi a medianoche un grupo de personas fueron en busca del herrero. Golpearon la puerta de su casa. La mujer del herrero se quedó con los niños en la habitación de estos, mientras su marido bajaba y abría la puerta.

“Nos vamos a la sierra” le dijo uno en cuanto el herrero abrió. “No hay muchas noticias de lo que está ocurriendo, pero estaremos más seguros si nos escondemos en la sierra”
El herrero miró al grupo que le apremiaba. Casi todos conocidos. Rostros intentando mostrar valentía. Cuando en realidad solo proyectaban miedo. “Yo soy herrero, nunca me he metido en política. Me quedo en casa con mi familia”

Afortunadamente las noticias empezaron a mostrarse claras. El golpe de estado no amenazaba la democracia, no había salido como los golpistas tenían planeado. Algunos bares en el pueblo no cerraron hasta altas horas de la noche. La mayoría de los rostros se calmaron, se relajaron. La cerveza empezó a inundar las barras de los bares y las jarras llenas fueron y vinieron entre risas y alivios. Otros regresaron a sus casas. Había sido un día y una noche muy largos. Muchos revivieron en sus mentes tristes recuerdos y miedos que creían haber dejado atrás y que no querían volver a vivir.  


Podéis adquirir este relato y muchos más en "Relatos y microrrelatos"

domingo, 7 de febrero de 2016

PRIMER AMOR


¿Quien no recuerda a su primer amor? ¿Aquella chica o chico que se sentaba en el pupitre de al lado o dos filas por delante?


Sin darse cuenta ni cómo ni porqué, sintió que cada vez que veía a esa chica se le creaba un nudo en el estómago que apenas lo dejaba respirar.
Fue en aquella excursión del colegio, una tarde de viernes cuando la primavera mostraba su enorme poderío y esplendor. Mientras la chica bailaba bajo la sombra de aquel enorme árbol junto a sus amigas una canción de moda. Un cruce de miradas inesperado y sintió que le faltaba el aire. Una sonrisa furtiva de la chica en uno de sus giros en el baile, la música a todo volumen. Él sentado con sus compañeros de clase, disimulando, haciendo entender que no miraban a las chicas.
Desde aquella tarde quería correr… saltar… más que sus compañeros, quería marcar más goles en los partidos del recreo. Simplemente porque ella sonreía tímidamente cuando sus miradas se cruzaban. De repente todo eran notitas, mensajes de ella que le hacían llegar sus amigas. Los recreos se consumían al ritmo que marcaban los jóvenes e inexpertos corazones. Se aprendió el nombre de todas y cada una de las amigas de la chica. La buscaba sutilmente a la salida de clase. Se buscaban.

Sin darse cuenta ni cómo ni porqué había encontrado su primer amor.  

domingo, 31 de enero de 2016

Erase una vez un pueblo

Ha despertado un domingo con un cielo bastante despejado. Algunas nubes salpican el azul, y la temperatura aun siendo todavía invierno es más propia de primavera.
Las campanas de la iglesia suenan al fondo, con su habitual tono cansino y caduco llamando a misa de mediodía a quienes todavía respetan ese ritual.
Imagen libre Internet

A mí, la agradable temperatura de la mañana me hace salir a dar un paseo por el pequeño y singular pueblo por el que vivo. ¿Pueblo imaginario? ¿Real? Que cada uno piense lo que quiera.
No me gusta en absoluto, pero es donde vivo. Fue un error, de esos errores que se cometen en la vida. El pueblo es feo, bastante feo. Y sus gentes…
Madre mía, busco y busco algún adjetivo que defina a estas gentes y me resulta complicado. Algunos son falsos. Te dan la mano y esbozan una sonrisa mientras por dentro se mueren de ganas por rajarte vivo. Otros simplemente malos. Mala gente, que solo buscan hacer mal a otras personas simplemente por el placer que pueda producir esa acción. Está el típico cacique, que no se corta ni un pelo a la hora de amenazar a una vieja en la sala de espera del médico simplemente porque le sale de los cojo…
Está ese adolescente que fue detenido por jugar al futbol con un gato pequeño. Efectivamente, el gato era el balón. Luego hay otros adolescentes, que sus pasatiempos preferidos son destrozar los viernes por las noches unos espejos que hay en la travesía para poder ver los coches que vienen por una de las calles. ¿Multa? ¿Sanción? No, para nada. Algunos padres no quieren saber nada de lo que hagan sus hijos, otros padres preguntan el precio del espejo en cuestión. “¿Cien euros?” Preguntan orgullosos. “Toma doscientos porque mi hijo hace lo que le sale de la polla”
Al final de una de las calles veo a una mujer en concreto. Poco más de cuarenta tiene. Seguramente va de camino a misa. De la mano lleva a sus dos hijas. El marido algo rezagado, hablando con un vecino. La pequeña se desprende de su madre y corre junto a su padre. Bueno…junto a su padre…es mucho decir. Sería más exacto decir el hombre que la da de comer. Sin comentarios.
Seguimos con nuestro paseo. Hace mucho que supe con certeza que el clima era lo mejor del pueblo. Alguien pasa por mi lado me saluda. Devuelvo el saludo. Me importa una mierda quien podría ser. Continúo paseando.
 Es difícil caminar veinte metros sin encontrar a algún otro ejemplar más de los que habitan este pueblo. Me cruzo con alguien con quien coincidí en un trabajo durante unos meses. Me saluda como por obligación. Ya va borracho otra vez, y solo es mediodía. Quien si entra en misa es un antiguo alcalde. Todavía es alguien que tiene mucho poder en el pueblo. Todavía hay quienes se la chupan porque sus hijos o maridos consigan un puesto de trabajo aunque solo sea durante tres meses. A parte de la mamada, también existe aquí otra forma de conseguir un puesto de trabajo: votando a la persona correcta. Ha quedado más que demostrado que esa es una de las dos opciones para tener trabajo.
De fondo vuelven a sonar las campanas. Veo al final de la calle la iglesia. Y no puedo evitar el imaginarme un centro comercial o un par de bloques de viviendas en ese desaprovechado terreno. Que nadie piense mal. Aunque no sea católico practicante, respeto a quienes sí lo son. Es más, algunas veces si he creído en algo “superior”. De hecho hace poco en mi vida ocurrió algo inexplicable que si no llega a ser por la iglesia quien sabe si eso no hubiese podido ir a peor. De todas formas, no puedo evitar ver ese terreno e imaginarme en su lugar un par de edificios de viviendas.

En fin. Decido regresar a casa. Tomaré otro camino para la vuelta. Es más que seguro que me cruce con más “personajillos”; algún yonki…algún constructor corrupto…la solterona que se folla a todo aquel que se cruza en su camino…el analfabeto casado con la putilla del pueblo…En fin, una serie de “personajillos” muy dignos todos ellos, no se me mal interprete. Y que de momento no me apetece describir. Quizá lo deje para otro día. Vendrán días primaverales. Tardes que después de comer apetecerá coger la cámara de fotos y salir al campo a pasear. Y que inevitablemente encontraremos a más vecinos.  

viernes, 1 de enero de 2016

¿Qué es Dios?

¿Qué es Dios? ¿Una burda mentira como el fascismo? ¿Cómo el comunismo? ¿Cómo el nacional socialismo? ¿Una ingente cantidad de grotescas imágenes de escayola y madera vestidas con carísimas prendas cubiertas de oro y plata?
¿Existe por tanto, Dios?
Son oscuros momentos los que atraviesa mi corazón y mi vida. Un dolor físico en el pecho y un temblor en las manos al escribir dejan ver a las claras mi sufrimiento por la terrible pérdida que acabo de padecer. Al igual que el modo en el que se ha producido.
Vivo en un pequeño pueblo, San Martin de Pusa (Toledo) donde el mal, la envidia, el rencor, y el odio forma parte del ADN de las gentes que en él habitan. Los forasteros, que así nos llaman a quienes no somos nacidos en el pueblo, que llegan buscando un sitio pequeño y agradable para vivir terminan largándose, huyendo sería la palabra correcta. Yo, por varios motivos que no vienen al caso, me encuentro encerrado sin salida posible (al menos de momento). Por eso, creo que mi perrito dominguillo murió. Nada bueno puede vivir en esta tierra indeseable. Y mi dominguillo era en sus apenas tres años de vida un ser noble, bueno, mimoso. Algo que sin duda alguna no encaja en esta tierra de culebras y sapos. Un inocente accidente, un roce con una maceta, le produjo a mi dominguillo una fisura interna que a los tres días le causó la muerte. ¿Por qué tuvo que suceder tal cosa? Algo tan nimio, tan insignificante, y que sin embargo le causó la muerte. Por eso mi pregunta: ¿Qué es Dios? ¿Existe Dios? Por qué en esta tierra infame donde la maldad el odio el rencor la envidia reinan a sus anchas, donde a diario suceden decenas de insignificantes accidentes, ¿Por qué le ha tenido que pasar a mi dominguillo? Tanto hijo de puta suelto en esta tierra maldita, que no hace otra cosa que odiar, insultar, maldecir, agredir…
La rabia me nubla la mente. No paro de llorar. No encuentro una explicación razonable a lo sucedido. Mi dominguillo no se merecía terminar así. ¿Le ha matado esta tierra execrable? Solo quiero salir de aquí.
He tenido la “suerte” si se puede catalogar de esta manera, de vivir en muchos pueblos y ciudades de varias comunidades autónomas, pero nunca he visto, como en este sitio, tanta maldad.


Quizá, la perspectiva que puede dar la lejanía, alguien catalogue estas frases como una rabieta infantil. Puede ser, no lo voy a negar. Pero el dolor me destruye por dentro, recorre mi cuerpo como lava ardiente que va consumiendo todo a su paso. Repito una mil veces que mi dominguillo no se merecía un final así. Solo fue un ligero golpecito con una maceta de plástico, solo eso. Es increíble como una cosa tan insignificante pueda desatar tanto sufrimiento y dolor. No es justo, no es justo. JODER!!!!!