lunes, 21 de marzo de 2016

CAPITULO 4


Buenas tardes. Una semana más. Ya podéis leer el capítulo nº4 de "La Historia de la ciudad sin árboles"  



ALGUNOS DETALLES SOBRE LA VIDA DE PEDRITO/PEDRO


Pedrito siempre fue el chico más listo de su clase. Muy repeinado y rostro serio cuando su madre lo llevaba al colegio cada mañana agarrado de la mano. A la hora del recreo no se le conocía ninguna práctica deportiva. Sencillamente solía pasar todo el tiempo sentado en alguno de los escalones de acceso al edificio principal, apoyado contra la pared, dando la sensación de estar esquivando el sol, leyendo algún libro cogido a préstamo en la biblioteca municipal o de la biblioteca del colegio. Hasta que la impertinente sirena avisaba a los alumnos que tenían que regresar a clase. Entonces con cuidado, cerraba el libro y subía al aula y ocupaba su pupitre. Siempre con aprobados no por debajo del notable. Conseguir un notable suponía para Pedrito el equivalente a un suficiente. Y eso no lo aceptaba. Tampoco era de esos chicos que estuviesen deseando terminar la merienda para bajar corriendo al parque a dar unas patadas al balón o ir a la cancha de baloncesto del barrio a echar unas canastas. Resultaba ser un niño algo tímido. Pero aun así tenía amigos. Pocos, pero algunos tenía. Siempre fue una persona muy selectiva a lo que amistades se refería.
Pedrito terminó siendo un buen informático. De los mejores y más valorados del gremio. Trabaja y vivía a las afueras de la ciudad, solo. Un barrio tranquilo, donde la delincuencia era prácticamente nula, por no decir inexistente. En una pequeña y coqueta casita de dos pisos, en un barrio residencial. Se sentaba frente al ordenador a eso de las siete de la mañana, y hacia las dos o las tres de la tarde lo apagaba. Durante la jornada laboral apenas se levantaba. Le gustaba su trabajo, disfrutaba teniendo la pantalla encendida frente a sus ojos, y las horas pasaban rápidamente. Se trataba de una persona que no concebía un día de su vida sin encender ni una sola vez el ordenador.
Nunca le abandonó su timidez. Lo que hizo que nunca llegase a tener una pareja estable. Algunos “rollitos” de una sola noche, nada importantes. Incluso tuvo un encuentro con un transexual. La tal Ana en realidad se había llamado anteriormente Antonio. Y aunque Pedrito –para entonces ya conocido como Pedro- no salió corriendo, se dijo para sus adentros, cuando de madrugada regresaba a casa, tras la primera cita, que no repetiría la experiencia. Aunque reconociese que el que lo hubiesen puesto “a cuatro patas” en la cama y lo hubiesen dado bien duro a la vez que giraba la cabeza y encontraba un par de tetas preciosas y un rostro femenino realmente hermoso, había resultado de lo más excitante. Incluso cuando él la giró en la cama y la penetró a la vez que veía otro miembro masculino completamente excitado. Y aquella Ana/Antonio era muy agradable. Una mujer muy atractiva e inteligente.
Y porque nunca había tenido pareja, había decidido no tener una casa demasiado grande. Apenas ochenta y cinco metros cuadrados entre la planta baja y la planta superior. No necesitaba más. Si en algún momento su vida se veía alterada por el hecho de tener una mujer (mujer desde el momento que nace) a su lado, ya se vería la opción de una nueva casa más grande. Porque uno de sus sueños era el tener una familia numerosa. Y tampoco le gustaban los animales de compañía. No se veía como muchos de sus vecinos sacando a su perro con la correa a que soltase una buena meada en alguna farola o en las ruedas de alguno de los coches estacionados en las aceras. Y mucho menos ser criado de un gato. Ponerle la comida…limpiarle su cajón… No gracias.
Tan solo existía una cosa que sí le gustaba, que sí le llamaba aterradoramente la atención. Las plantas. Ya cuando era un niño había oído fantásticas historias de que sí llegaron a existir, pero que por algún extraño motivo habían desaparecido de la ciudad sin dejar rastro alguno. Hasta que un día, cuando se dirigía a su despacho en la planta baja, a eso de las siete de la mañana con una taza de café recién hecho entre las manos, en pijama, descalzo, y  preparado para no apartar la mirada de la pantalla del ordenador durante siete horas por lo menos, sucedió algo increíble. La taza de café se resbaló de entre sus dedos y se precipitó contra el suelo. La moqueta se manchó inevitablemente de café recién hecho. Por suerte la taza no se rompió. Curioso. A lo largo de la mañana y algo nervioso buscó por internet hasta que encontró alguien que le pudiese ayudar. De todas formas no sabía muy bien a quien acudir. ¿A las autoridades? ¿A los bomberos? ¿A la policía? ¿A la Asociación de vecinos? Pero igualmente otras dos preguntas sacudían violentamente su cabeza: ¿Quién demonios le había dejado aquello en su casa? ¿Y por qué? 

                                               Continuará

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