lunes, 14 de marzo de 2016

ELLA TENIA LA LLAVE DE SU PISO Y DE SU CORAZÓN

Buenas tardes. Ya es lunes, y como tal aquí tenéis un nuevo capitulo de La historia de la ciudad sin árboles. Aprovecho para invitaros a mi página de Facebook y me concedáis un "me gusta" para seguir creciendo. 
Espero que el relato os guste y que compartáis para que llegue a más público. Muchas gracias.


CAPÍTULO 3

Apenas media hora estuvo con el cliente que lo había interrumpido en la cafetería. Aquel que borró de golpe los pensamientos de Isabel y su cuerpo.
Sentados en la pequeña oficina, con la grisácea luz de aquella mañana colándose por la única ventana que había, le mostró las fotografías de su mujer con su amante. Otra mujer, más o menos de la misma edad, alrededor de unos cuarenta, bastante hermosa, quizá incluso más que su propia esposa. Que trabajaba en una revista de moda y que se acostaban en la casa de esta. Una bonita casa baja con jardín delantero muy limpio, un suelo rugoso y gris, y un par de figuras de piedras desperdigadas, enanitos con trajes descoloridos y rostros mortecinos, bastante feos y de aspecto desagradable, aterradores más bien. No le había costado mucho sacar las fotografías. Unas contundentes pruebas que mostraban a las dos mujeres en la cama. Haciendo el amor y disfrutando de sus cuerpos desnudos.
El “cornudo” se desplomó en el sillón, frente a R. Que aguantó el tipo y ofreció unos clínex a su cliente. Estaba habituado a esas escenas, incluso se podría permitir el lujo, pensó, de escribir un libro sobre ello. Pero sentía gran respeto por las personas que eran capaces de sentarse durante horas frente al ordenador y escribir olvidándose del mundo, como para entrometerse él en esa labor tan difícil e incomprendida muchas veces. Al final, el “cornudo”, terminó por pagar la factura y salió de la oficina con las fotografías y un detallado informe por duplicado en un sobre y la mirada clavada en el suelo. Completamente desconsolado. Imaginando como afrontar la vuelta a casa y mirar a su mujer a la cara. En fin, son cosas que pasan, había dicho R estrechándole la mano al despedirse y viendo el cheque sobre su mesa.
Y el resto del día continuó pensando en Isabel. De vuelta a su piso ya por la tarde, mientras paseaba por la acera con una mano en el bolsillo y la otra sujetando el paraguas de color negro, pues hacia el medio día había empezado a llover primero tímidamente y después de manera incesante, pensaba en pedirle que se fuese a vivir con él al piso. Reconocía que no era la primera vez que se lo pedía. Y ella nunca aceptaba. Tampoco le daba un NO definitivo, sencillamente desaparecía durante días, incluso semanas, sin explicación alguna. Entonces se hacía un dibujo mental de cómo podría ser su vida juntos. Cambiarían la tapicería del sofá. Buscarían unos colores un poco más vivos. Cambiarían también las cortinas del salón…en realidad las cortinas de todas las habitaciones del piso. Pondrían alfombras en el salón y en el dormitorio. Le encantaban las alfombras. En realidad a los dos les gustaban los suelos adornados con alfombras. Daban sensación de acogedor, de hogar, de calor. Despertarían por las mañanas de los sábados y los domingos juntos, envueltos en las sabanas y las mantas. A ella le gustaba andar por la casa desnuda, y a él le gustaba contemplarla. Disfrutar en silencio de aquella desnudez, de su juventud, de aquella vitalidad que desprendía.

Sonó el timbre. Ya era de noche. Fuera continuaba lloviendo, y seguramente ya no pararía en toda la noche. Cómo le gustaban esas noches que tumbado en la cama, hasta sus oídos llegaba el sonido de la lluvia.
-¿No tenías llave?- Preguntó extrañado al abrir la puerta y ver a Isabel.
-Creí que las llevaba en el bolso. Pero no.
Entró en el piso. Se besaron. Llevaba los labios fríos. R sintió ese extraño olor y sabor del frío, y que no le disgustaba en absoluto. Atrás habían quedado los besos en la mejilla, como si de dos amigos se tratase. En realidad casi nunca se habían besado en la mejilla al saludarse o al despedirse. Ni siquiera cuando se conocieron. Llevaba el pelo ligeramente mojado.
-¿No llevas paraguas?
-Olvidado en el trabajo.- Isabel cruzó el estrecho pasillo que tenía el piso y en el salón dejó sobre el sofá su bolso y el abrigo. Desde la cocina, R pidió que sirviese dos vinos mientras él terminaba de preparar la cena. Y mientras servía los vinos, ella miró un instante hacia la cocina. No llegaba a ver el interior, pero sí veía el reflejo de la luz encendida, bañando de manera sutil el pequeño recibidor del piso. Su mirada perdida durante un instante. ¿Qué le hacía no estar con él? Lo quería, de eso estaba segura, completamente segura. ¿Quizá un miedo absurdo a perder su libertad? ¿Su independencia? Vivir con él era lo que más deseaba. Pero eso significaría ser pareja las veinticuatro horas del día, vivir como un… ¿matrimonio? ¿Y si R deseaba tener hijos? El detective nunca había hablado de volver a tener hijos. Movió la cabeza y borró de su mente aquellos tontos pensamientos o aquellos quebraderos de cabeza. Sin duda alguna terminaría viviendo con él. Y lo sabía seguramente desde hacía mucho tiempo. Llenó dos copas de vino y fue a la cocina, junto a su detective.
Después de la cena, R parecía estar impaciente, deseoso de tenerla entre sus brazos y entre sus sabanas. Fueron hasta el dormitorio y la desnudó sin prisa, disfrutando de su desnudez, de su sexualidad. A la vez que ella lo despojaba de su ropa. Hicieron el amor intensamente. Fuera seguía lloviendo, ahora de manera torrencial. La luz del dormitorio estaba apagada y tan solo gozaban del tímido reflejo de algún luminoso cercano que se colaba sin permiso por la ventana. Sus cuerpos se relajaban tras haberse entregado sin limitaciones el uno al otro, como hacían siempre. Isabel tenía su cabeza sobre el pecho de R, y su mano izquierda acariciaba suavemente el miembro del hombre. Por su parte R le acariciaba mansamente su pelo. Continuaba en su mente revolviéndose el “momento pareja”. Un momento de silencio, donde solo oían el ruido del agua en la ciudad sin árboles.
-Podrías mudarte aquí conmigo- dijo R mientras sus dedos se entrelazaban suavemente entre el cabello de la chica.

No tenía que haber formulado aquella frase. Se lamentó. Isabel no se cabreó ni nada por el estilo. Tan solo lo miró dulcemente y se levantó de la cama para ir a la cocina a por un vaso de agua. Tenía sed. Y la vio salir del dormitorio, completamente desnuda. Miró por la ventana de su pequeño despacho y no cesaba de llover. Maldita lluvia. Isabel había dormido en su casa aquella noche y había salido temprano. Al amanecer habían vuelto hacer el amor. Pero no habían hablado del tema de mudarse al piso. Tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Al otro lado del cristal la gente iba y venía de un lado para otro, resguardadas bajo los paraguas, pisando charcos y quejándose en silencio. El teléfono sonó. Dos veces, hasta que rodeando la mesa respondió la llamada.
-¿Si? R al habla.
Escuchó atentamente la voz que lo hablaba al otro lado. Una voz asustada, que temblaba ligeramente. Se notaba que aquella persona intentaba controlarse pero que apenas lo lograba. Asintió con la cabeza a la vez que contestaba que esa misma mañana se pasaría sin falta. Colgó lentamente el auricular y se sentó en su cómodo sillón de cuero negro. El posible caso que tenía ante sus narices, por el que lo acababan de llamar no tenía nada que ver con infidelidades matrimoniales…timos a seguros…ni nada parecido. Se trataba de algo mucho más gordo. Más peligroso, intuía. Y sería posible que la misma ciudad estuviese a punto de cambiar radicalmente. Una extraña sensación de peligro y muerte hizo que el estómago le rugiese. Siempre que lo invadía un mal presentimiento, el estómago le rugía. 


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