lunes, 25 de abril de 2016

CAPITULO 8 DE VAMPIROS Y OTRAS BESTIAS NOCTURNAS


Buenas tardes/noches. Capítulo 8 de La historia de la ciudad sin árboles.

Dividido en dos partes dado que es algo más largo de lo que habitualmente me gusta publicar.





CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 5 PARTE 2
CAPÍTULO 5 PARTE 1
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 1

PARTE 1

A media mañana bajó a la calle. El dolor de cabeza había disminuido ligeramente, pero todavía resultaba ser demasiado molesto. Entró en el bar de Carlos. Su mujer, con un sucio delantal verde sujeto a su cintura, fregaba el suelo. Algunas sillas descansaban sobre las mesas. Un par de clientes tomaban café apoyados en la barra y comentaban el resultado de algún partido de fútbol de la noche anterior. Menos mal que el ciudadano de a pie tenía el “tranquilizante” del fútbol. Sería bastante malo y preocupante, que sin ninguna droga destruyendo sus limitadas mentes, a los ciudadanos los diese por preguntarse porque en la ciudad no había plantas, o porqué llovía más de lo normal. O porqué existían los vampiros.

-¿Qué tal anoche? Bien supongo a juzgar por ese careto ¿no?  –preguntó en voz baja y una sonrisa de complicidad Carlos cuando Marcos se sentó en un taburete y pidió un café.

-No lo recuerdo- Mintió el joven. No tenía muchas ganas de hablar, y poco después tuvo que salir corriendo con la mano cubriéndose la boca al cuarto de baño a vomitar cuando dio el primer sorbo de café.

“No están tan mal mis cafés, joder” pudo oír que protestaba Carlos bastante ofendido desde su puesto detrás de la barra. Entró en el recién fregado y pequeño lavabo, y tras cerrar la puerta vomitó como nunca antes lo había hecho. El estómago quedó completamente vacío.

No tenía ganas de aguantar las quejas de Carlos, quien creía que su café era el culpable de aquella reacción. Y podría ser que efectivamente lo fuese. Pero no tenía ganas de aguantar su desagradable voz aquella mañana, así pues, dijo que ya se lo pagaría, que en esos momentos no llevaba dinero y abandonó el bar. Al fondo, la mujer de Carlos se lamentaba a voces y gesticulando con los brazos de manera exagerada porque le tocaba de nuevo fregar por completo el baño. La puerta del bar se cerró lentamente y tiró calle abajo, sin destino fijo. Sin saber dónde iba. Solo andar por andar. Lo necesitaba. Solo quería que el aire de la mañana le sacudiese el rostro. Pero el dolor de cabeza cedía muy poco a poco y una sensación general de mal estar inundaba todo su cuerpo. Como esa sensación que se tiene cuando se está apunto de coger la gripe. Que parece que incluso duelen todos los huesos.

Tiró calle abajo con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora. No tuvo más remedio que ponerse el gorro de la sudadera que llevaba puesta debajo de la cazadora, pues llovía aunque no de manera torrencial. Sino una lluvia fina que cuando uno se da cuenta ya está calado hasta los huesos. Continuó caminando sin rumbo fijo durante casi media hora. 

Aunque tampoco tenía una clara noción del tiempo. Podían haber transcurrido treinta minutos como diez horas. No se hubiese dado cuenta de la diferencia. De lo que sí se percató fue que sin querer se detuvo frente al escaparate de una vieja librería. La librería en la que precisamente había trabajado Marta cuando la conoció tiempo atrás. ¿Por qué se habría parado allí? Se acercó un poco más al ancho escaparate acristalado que poseía el establecimiento. Decenas de libros se apiñaban unos contra otros. Perfectamente colocados en un aparente descontrol. Pero en el que no se perdía detalle alguno de cada libro. Los clientes, desde la calle, podrían ver con claridad el título de la obra, así como el nombre del autor y la editorial a la que pertenecía. Al fondo de la maraña de libros, descubrió a Lucia, la propietaria de la librería.

Una atractiva viuda de algo más de cuarenta años, que conocía a la perfección su oficio y que además le gustaba. Era un verdadero placer entrar en esa librería porque Lucia se conocía al detalle todos y cada uno de los libros que vendía. Era como si se los hubiese leído todos. Si el cliente dudaba sobre un título en concreto solo bastaba que le contase a la propietaria algo relacionado con la historia y ella enseguida deducía el libro del que se trataba. Y pocas veces, por no decir ninguna, se equivocaba.

Vestida siempre con sencillez pero con bastante estilo, era conocida en casi toda la ciudad. Su librería era la mejor de la ciudad y probablemente la mejor de la región.
Nunca vestía de negro. Ni siquiera el mismo día del entierro, donde se esperaba que vistiese con el habitual y riguroso negro del luto.

Su marido había fallecido de manera misteriosa nada más llegar a la ciudad. Y decían algunas voces que ni siquiera entonces vistió de negro, vecinas y vecinos que poco a poco la fueron conociendo. También es cierto que al funeral de su marido apenas acudió nadie. 

Se había celebrado solo dos días después de su llegada a la ciudad, y por aquel entonces solo conocían a la familia del portero del edificio, quienes acudieron por educación al ver que el joven matrimonio estaba completamente solo. 

Tampoco le llamaban la atención los colores vivos. Siempre tonos medios, suaves. Su pelirroja melena y sus increíbles ojos negros hacían de ella una de las viudas más solicitadas de la ciudad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario