lunes, 20 de junio de 2016

ANA Y ALGUNAS PISTAS SOBRE LA VIDA DE PEDRO


Capítulo 12 Parte 1ª. Titulado: Ana y algunas pistas sobre la vida de Pedro.

PARTE 1

Habían pasado tres días desde el asesinato de Pedro. Del misterioso asesinato, para ser más concretos, de aquel triste informático. Y a parte de una pequeña reseña en el interior de un periódico local no se había oído nada más.

Ni siquiera en el mismo barrio en donde había estado viviendo los últimos años fue noticia. Había visitado algunos bares, entrevistado a ciertas personas. Pero nadie sabía nada. Ni siquiera conocían o sabían de la existencia de aquel informático. A la noche siguiente, aprovechando que estaba solo en su piso, decidió que tenía que echar un vistazo al interior de la casa de Pedro.

Imagen de https://pixabay.com/

Dejó el coche a un par de calles. Y tranquilamente se acercó andando, como si fuese un vecino más del barrio. Metió las manos en los bolsillos del abrigo, y con el sombrero protegiendo su cabeza de la fina lluvia que caía hacia la medianoche, llegó hasta la casa.

La tranquilidad y el silencio a esas horas resultaba absoluto. Era quizá lo único bueno que tenía el vivir a las afueras, el silencio. En el centro sin embargo, siempre se podían escuchar las sirenas de la policía, de los bomberos, personas que gritaban…algunas que otras peleas…Pero en fin, la cosa era el acostumbrarse a los ruidos del barrio en donde se vive, pensó.

Algunas farolas iluminaban tímidamente las calles. Apenas un par de luces permanecían encendidas en algunas viviendas. Fue todo lo que encontró desde que bajase del coche hasta rodear la casa y entrar por la parte de atrás.

No le resultó difícil forzar la cerradura de la puerta trasera. Entró y volvió a cerrar con cuidado. Avanzó por la cocina. No sabía exactamente qué buscaba. ¿La maceta? Era más que improbable que permaneciese en la casa. Si fue asesinado, sin duda alguna fue por aquella maceta. ¿Algún otro tipo de pistas? Recordaba los dos agujeros en el cuello. Y aquello no tenía (aparentemente) nada que ver con los dos disparos.

Salió de la cocina y entró en el salón. Su pequeña linterna se movía de un lado a otro, buscando cualquier pista por diminuta e insignificante que fuese. Buscó en cada rincón del salón la maceta, pero no estaba. Primero toda la planta baja, sin resultados positivos. Después el segundo piso. Todo estaba en completo silencio. Parecía como si allí todavía viviese gente. Qué extraña sensación se sentía al estar en la casa de alguien que había muerto hacía relativamente poco. 

La policía se había dedicado a recoger el cadáver y poco más. Si habían buscado pistas desde luego que resultaron ser increíblemente “limpios”. 

Por un momento se preguntó qué pasaría con aquella casa. ¿Quién se quedaría con ella? ¿Se pondría a la venta? ¿De alquiler?

Al final terminó por regresar a su piso. Frustrado porque en aquella casa no encontró absolutamente nada. Ni rastro de la maceta, ni rastro de…nada en absoluto. Ni una sola pista por pequeña e insignificante que fuese. Aquel Pedro parecía como el más desgraciado de los seres vivos. Le entregan una maceta y poco después se lo cargan con dos balazos.

Quedaban algunos minutos para las tres de la mañana. Un vaso de zumo de la nevera y se metería en la cama. Le costó dormirse. Aquel tal Pedro ya no era cliente suyo. De hecho, nunca había llegado a serlo. ¿Y si dejase de preocuparse por todo aquello? No era realmente asunto suyo. Pero continuaba recordando los dos agujeritos del cuello. ¿Por qué Eva no los había mencionado? ¿Realmente los habría visto? Sin duda alguna los tenía que haber visto. ¿Ocultaría algo Eva? Quizá fuesen dos pequeñas heridas sin importancia que tenía Pedro anteriores a su muerte, y por eso la forense no había dicho nada. 

Deseó que Isabel estuviese ya acoplada con él en el piso. Se sentía muy a gusto las noches que pasaba a su lado. Abrazado a su joven cuerpo. Haciendo el amor con ella. Hablando. Sintiendo la tranquila respiración de la joven mientras estaban echados en la cama. Finalmente se quedó dormido.


La misma cafetería de todas las mañanas. Un café. Solo un café. Tenía el estómago algo revuelto y de momento el líquido caliente sería más que suficiente. Podrían inventar algo para anular el olor del café, pensó. Quizá a media mañana regresase a la cafetería a tomar algo sólido. El trabajo de ese día era todo papeleo. Unas entrevistas con un par de nuevos clientes, pero nada pesado.

Al salir de la cafetería y dirigirse a su oficina miró un instante al cielo. No parecía que fuese a llover. Pero el sol tendría que regatear a las nubes grisáceas que insistían en mantenerse si quería caldear al menos durante unas horas las húmedas calles de la ciudad.

Subió la persiana de la oficina. Si había un poco de sol le gustaría que calentase lo máximo posible su pequeño espacio de trabajo. El abrigo y el sombrero en el perchero junto a la puerta acristalada de la oficina. El ordenador encendido y alrededor varios documentos. Se recostó en su viejo sillón de cuero. ¿Cuántos años hacía que tenía aquel viejo sillón? Era anterior incluso a la apertura de su oficina. Pero por curioso que resultase, no recordaba cuando lo compró, si es que lo compró. O cuando se lo regalaron, si es que se lo regalaron.


Alguien llamó a la puerta. Un par de golpes suaves. Al otro lado del rugoso cristal se adivinaba una, igualmente rugosa, figura. Se incorporó y colocándose ligeramente la corbata abrió la puerta. 


-Buenos días- Se trataba de una atractiva mujer que rondaría los cuarenta años. Pelo oscuro que rozaba sus hombros. Vestía un bonito vestido de tonos oscuros con zapatos negros de tacón, rematado todo con un abrigo que llevaba medio abrochado. El detective la invitó a pasar y tras cerrar la puerta de la oficina, le ofreció tomar asiento. “Gracias”. La voz de la mujer acarició suavemente la oficina. R se sentó al otro lado de la mesa.

-¿En qué puedo ayudarla?-


-Quiero que averigüe quien mató a Pedro M.- Aquella mujer fue directa al grano mirando intensamente a los ojos del detective.

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