lunes, 6 de junio de 2016

CAPÍTULO 11 UN REENCUENTRO INESPERADO


Buenas tardes/noches.

Primera parte del capítulo 11 de La historia de la ciudad sin árboles.



PARTE 1ª

Pero al final no pudo organizarse como esperaba y no le dio tiempo hacer esa visita sorpresa a su padre. En realidad, y para ser sincera con ella misma, si se había organizado bien la tarde. Pero aquella vieja gloria del fútbol local, retrasó sin dar una explicación lógica, la entrevista un par de horas lo que hizo imposible a la joven organizarse como lo tenía pensado el resto de la tarde.

Imagen de https://pixabay.com/

Y cuando por fin la entrevista concluyó y hábilmente pudo despedirse de aquella vieja y triste gloria, miró un instante al grisáceo cielo que cubría la ciudad y contempló como las primeras sombras de la noche empezaban a inundarlo todo. La oficina de su padre le pillaba algo retirado. Desgraciadamente lo tendría que dejar para otra tarde.

Todavía estaba en el portal del edificio donde vivía el entrevistado. Un viejo edificio con una fachada de aspecto abandonado y bastante cutre en el que reinaba un sutil aroma a rancio, tanto en el portal como en las escaleras, en el mismo ascensor, y que incluso parecía querer inundar el interior de los pisos. De su hombro colgaba el bolso negro en el que en su interior guardaba la entrevista taquigrafiada en un pequeño cuaderno. Un cuaderno lleno de escritos que luego tenía que pasar a limpio en el ordenador. 

Abrió el paraguas y cobijándose debajo, descendió los pocos escalones hasta llegar a la calle misma donde giró hacia la izquierda y empezó a caminar lentamente, fijándose durante unos segundos cómo sus botas pisaban el mojado suelo de la acera.

La lluvia que caía era una de esas lluvias finas, ligeras, como incluso había oído llamarlas no sabía muy bien dónde. O si incluso lo había leído. Necesitaba entrar en una cafetería y tomarse un café. Aquel sexagenario al que durante hora y media había estado entrevistando vivía solo, y el piso no estaba en muy buenas condiciones higiénicas. Ni siquiera el mismo hombre, que la recibió con un viejo chándal bastante sucio y unas zapatillas que hacía años tenían que estar mejor en la basura que en los pies de cualquier persona. 

Afortunadamente toda esa “dejadez” voluntaria o involuntaria que mostraba en su vestimenta y en su higiene personal, lo compensaba con amabilidad. Insistió en invitarla a un vaso de leche con galletas. Era lo único que tenía en el piso. Ni el café ni el alcohol podía tomarlo, órdenes del médico. ¿Y un zumo? Los zumos (de importación) fuesen de lo que fuesen si podía tomarlos. Pero la chica se lo agradeció amablemente y prefirió centrarse en la entrevista. Conocer sus inicios… su carrera… su vida privada…

“He de volver luego a la redacción” le dijo, como excusa, para poder centrarse en la entrevista. Y en cierto modo durante unos instantes sintió mentir a ese pobre viejo. Odiaba mentir a la gente. Era evidente que aquel anciano no recibía muchas visitas. ¿No tenía parientes? ¿Hijos? ¿Nietos? Después de la entrevista supo que sí, que efectivamente tenía parientes, pero…

Un taxi sería la manera más rápida de llegar a casa, sobre todo en un día en el que llegar lo antes posible resultaba una prioridad, como era aquella tarde. Aunque en un principio quisiera tomar un café en una cafetería. Pero se decidió por el autobús. Continuaba lloviendo. Las sombras del atardecer cubrían sigilosamente cada palmo de la ciudad, cada rincón.

Los coches circulaban de un lado a otro con sus luces encendidas, salpicando brillantemente el asfalto mojado de las calles. Los comercios mantenían iluminados sus escaparates, y los edificios que lo rodeaban todo, salpicaban las alturas con blanquecinos puntos de luz a través de las ventanas y balcones. 

Esperó bajo una marquesina, junto a más viajeros. El paraguas cerrado y entre las manos. Sintiendo como el frío pedía su sitio a gritos en los cuerpos de quienes aguardaban. El autobús era la forma que más le gustaba para desplazarse por la ciudad. El taxi era quizá más rápido, pero el autobús tenía un especial encanto para ella y que el taxi no le ofrecía. Sobre todo en tardes lluviosas y con la ciudad sometiéndose sumisa a la excitante noche de finales de otoño.

Si tenía suerte y lograba sentarse junto a la ventanilla, entonces disfrutaba plenamente del trayecto. Mirando por el cristal, viendo cómo resbalaba el agua de la lluvia al otro lado. Contemplando las luces distorsionadas de vehículos y escaparates. Observando a la gente caminar con paso firme a su destino bajo los paraguas, con la mirada clavada en el suelo.

El autobús deteniéndose en cada parada. Viajeros que bajaban y viajeros que subían. La blanquecina y pastosa luz del interior del autobús. Viendo las luces de los pisos e imaginándose a sus ocupantes sentados en sus sofás o preparando la cena. Haciendo sus normales vidas. A salvo de la lluvia y el frío.


No pudiendo evitar que el recuerdo de aquel anciano “abandonado” a su suerte por su propia familia, se colase en sus pensamientos aunque solo fuese durante unos segundos. ¿Cómo era posible que sus propios hijos no le quisieran? Que importaba lo que ese hombre hubiese podido hacer años atrás. Estaba segura que aquella vieja gloria habría “exagerado” un poco al relatar su vida, que habría ocultado capítulos desagradables ¿pero que importaba eso? 

En una de las paradas, alguien se sentó a su lado, dándola sin querer al sentarse un pequeño golpe en el hombro y “sacándola” por completo de aquellos pensamientos. Tras aceptar la disculpa de aquella persona, volvió su atención a la ciudad tras el cristal del ventanal.

Y disfrutó del viaje sentada junto a la ventanilla hasta que después de casi treinta minutos de trayecto con detenciones en las paradas…semáforos…atascos… bajó en la parada que más cerca estaba de su casa. Continuaba lloviendo. Cobijándose de nuevo bajo el paraguas vio que la oscuridad ya era prácticamente plena en toda la ciudad.

Ya había menos trasiego de personas de un lado para otro. Pero su piso no estaba lejos, y por suerte tampoco se trataba de un barrio peligroso. Se trataba de un barrio obrero, de altos y oscuros bloques con pequeños comercios y antiguos parques reconvertidos a plazas de hormigón con columpios muchos años atrás. Porque nadie recordaba incluso si en algún momento habían llegado a ser parques.

-Hola Marta- Una voz conocida salió de entre unos coches estacionados en batería junto la acera, frente al portal. Llevaba la cabeza cubierta por el gorro de una sudadera oscura, y sobre esa sudadera llevaba una cazadora de cuero.

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