jueves, 28 de julio de 2016

EL NIÑO

Buenas tardes. Continuamos aguantando el pesado calor del verano. Os dejo aquí un viejo relato de hace un tiempo, que no es otra cosa que un recuerdo de la niñez.
Espero que os guste. Gracias.




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El niño sentado en el suelo con las piernas estiradas y apoyado en la pared de su casa, a la izquierda de la puerta principal. Su camiseta de manga corta y color azul y el pantalón claro que su madre le compró en el mercadillo. Tenía que ser un pantalón corto y barato. Porque su vida útil se limitaba tan solo a ese verano. No porque el niño pudiese crecer de un verano a otro, que también, sino porque seguramente lo rompería antes de que llegase septiembre. Ningún tipo de ropa sobrevive un verano a un niño que solo piensa en jugar y disfrutar del sol.  Sin saber qué día de la semana es. Porque cuando se tienen ocho años y se está en verano, los días de la semana pierden todo significado, todo su sentido. No existen. Todavía tiene una mancha de cola cao en la comisura de sus labios. Como cada mañana su madre le prepara un buen vaso de leche caliente con cola cao, donde el pequeño moja esas galletas que tanto le gustan, y que su madre compra en una pastelería donde los dulces artesanales son conocidos en el barrio entero. La mañana promete pasar lenta y calurosa. Irán al río, porque piscina todavía no tiene el pueblo. El río es mucho más divertido. Podrán pescar pececillos y jugar entre los árboles que rodean toda la zona accesible del río. 
 Pero la tranquilidad de la mañana se rompe de golpe. De manera brutal y desgarradora. Un enorme coche pasa por la calle, las piernas del niño apenas quedan a escasos centímetros de las ruedas del coche, esas mismas que apenas tres metros más adelante atropellan a la gata que el niño llama cariñosamente. Porque la gatita es de ellos. Seguramente ha estado toda la noche por los tejados y es ahora cuando regresa a casa, seguramente para dormir durante todo el día, porque eso es lo que hacen los gatos. Pero las ruedas de aquel coche destrozan la tranquilidad de la mañana, así como la rutina de la gatita. El animalito queda aplastado en medio de la calle. Sus patas traseras se agitan violentamente. Y seguirán agitándose hasta que el cuerpo ya sin vida se quede frío. El niño no puede apartar la mirada de su gatita muerta. Un vecino sale corriendo recriminando al conductor su acto "no puedes correr tanto, desgraciado" Pero el coche no aminora la velocidad. La madre coge en brazos a su hijo y llora al descubrir a su gata en medio de la calle, apenas reconocible en medio de un gran charco de sangre.


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