martes, 8 de noviembre de 2016

CAPÍTULO 16 LOS PRIMEROS MUERTOS

La noticia de la mañana fue sin duda alguna la aparición de dos cuerpos en un callejón brutalmente asesinados. La prensa tuvo especial cuidado a la hora de dar la noticia, y la policía desde el momento mismo que hicieron acto de presencia en la escena del horrendo crimen igualmente tuvieron cuidado de que ningún ciudadano se acercase a esa zona al menos a cincuenta metros a la redonda. 

Pero fue prácticamente imposible evitar que algunas fotografías o incluso imágenes en vídeo (tomadas de manera furtiva por vecinos escondidos) se subiesen a internet, o incluso se emitieran en algunas cadenas de tv sin escrúpulos, y los ciudadanos de la ciudad sin árboles pudieron ver aquellos cuerpos mutilados, con los brazos arrancados, trozos de carne tirados por el suelo, paredes llenas de sangre, cabezas arrancadas. 


https://pixabay.com/


La policía acordonó toda la zona. A lo largo de la mañana y cuando los forenses y policías pudieron hacer su trabajo, fue solo entonces cuando varias ambulancias se llevaron los restos mortales. No había ni un solo cuerpo entero. Aquella escena resultaba dantesca.

A lo largo del día los informativos de televisión intentaron hacer memoria de los crímenes más brutales cometidos en la ciudad durante los últimos años, pero resultó imposible encontrar uno solo que se acercase lo más mínimo al de esa mañana. Cierta alarma social se instaló en los ciudadanos de la singular ciudad, cuando a lo largo del día noticias no oficiales salían a la luz por diversos medios y apuntaban a que la policía estaba completamente desconcertada por aquellas brutales muertes. 

Incluso llegado el atardecer y cuando las primeras sombras empezaban a cubrir en silencio las calles, el tráfico tanto de vehículos como de transeúntes descendió considerablemente.  Tanto en cafeterías como en los puestos de trabajo, incluso en paradas de autobuses y en las mismas calles, las gentes hablaban de los asesinatos. “Dicen que lo ha hecho una bestia que no es humana” comentaban algunos. “Se trata de un asesino fugado de una prisión” decían otros. “Los rajaron y se comieron los intestinos, incluso los ojos” aventuraban algunos, los más osados.

La rumorología hacia su trabajo a la perfección sin perder tiempo alguno, pero algo en común si tenían todos aquellos comentarios de los ciudadanos: y era el miedo. El miedo se había acoplado en sus cerebros casi al instante. Se había agarrado con fuerza sin intención de abandonar. En cuanto vieron que la propia policía no desmentía los rumores que se propagaban en televisión de que no tenían ni una sola pista sobre el caso. 

En cuanto vieron que el propio alcalde mostró su desconcierto y temor ante hechos tan graves como los que habían sucedido en aquel callejón. Y así, las gentes intentaban estar en sus hogares apenas se iba la luz del día. Todas las familias reunidas en los salones de sus viviendas. Incluso cuando iban a acostarse se acompañaban unos a otros. Porque el miedo se había infiltrado incluso en sus propios hogares.

El miedo reinaba en la ciudad sin árboles.

Y con más fuerza todavía cuando a la mañana siguiente, apenas veinticuatro horas después de encontrar los primeros cuerpos mutilados, una pareja fue brutalmente asesinada en su propio apartamento. En el lado oeste de la ciudad. Una zona de edificios de apenas seis pisos de altura y de color crema. Con bonitas terrazas y espaciosos parkings. 

Según comentaron los vecinos que encontraron los cadáveres, la sangre salía por debajo de la puerta principal de la vivienda. La policía tuvo que echar abajo la puerta cuando llegaron a la escena de lo que parecía un nuevo crimen, apenas quince minutos después de que les avisaran. Encontrando un panorama tan desgarrador, que hizo que un par de esos policías vomitasen allí mismo.

Se produjeron algunas manifestaciones en torno al ayuntamiento y las comisarías de policías. La gente exigía explicaciones. Exigían seguir con sus aburridas y simples vidas en aquella ciudad que hacía años había desaparecido toda la vida vegetal y en la que casi nadie se había preguntado el motivo. Hubo incluso detenciones en los transcursos de esas manifestaciones, pero al final les soltaban porque no existían motivos para su detención. Solo querían vivir tranquilos. Sin que ninguna bestia o asesino pudiese matarlos una noche cualquiera en un sucio y triste callejón. 

CAPÍTULO 15 (ANTERIOR)

No hay comentarios:

Publicar un comentario