martes, 6 de diciembre de 2016

CAPÍTULO 18 PARTE 3 REVELACIONES

R guardó silencio unos instantes. Bajo la atenta mirada de su hija se incorporó de la mesa y dio cortos paseos por el destartalado y destemplado salón. Miró un instante sin dejar de andar a Marcos, que continuaba dormido en el sofá. 

Miró igualmente a Marta. Intentó imaginarse a la pareja. No conocía al chico así pues tampoco podía juzgar. Pero le costaba bastante esfuerzo imaginárselos como pareja. Ahora llevaba metidas las manos en los bolsillos del pantalón. Tenía que reconocer que la chica sabía ya bastante más que él. Se había encargado de hacer entrevistas a personas cercanas a Ana, la amante, novia o lo que fuese del informático, incluso había ido a la empresa para la que trabajaba Pedro, pero no terminaba de tener o sacar nada en claro. Y ahora descubría que por algún extraño motivo Eva no le había dicho la verdad. Si es que ella tampoco… no, esa idea la desechó enseguida molesto consigo mismo. Ella era la forense. Tenía que saber el verdadero motivo de la muerte. Se sintió algo tonto.

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-¿Quién te ha dicho lo de los mordiscos? ¿Y lo de que no murió por los disparos?- R volvió a sentarse a la mesa frente a su hija.

-Tengo mis fuentes. Lo siento.- La chica era realmente inteligente. R se sintió muy orgulloso de la inteligencia que mostraba.

-De acuerdo- asintió el detective- ¿Motivo? Tendría que existir un motivo.

-No lo sé.- Marta se encogió de hombros, mirando de manera seria al detective. 

El cual, guardando silencio durante unos instantes, decidió que era el momento de que la chica conociese el motivo por el que el informático lo llamó. Pero antes se incorporó de la mesa y pidió a su hija que le siguiese. Se acercaron al sofá donde dormía Marcos. R se agachó. En silencio buscó el cuello del joven. Marta lo ayudó y movió con cuidado el cuerpo. 

En el cuello, vieron dos pequeños pinchazos muy parecidos a los que R había descubierto en el cuello de Pedro. Solo que estos tenían un aspecto como de estar desapareciendo. Como dos pequeñas heridas que empiezan a curar. El detective lo observó sin llegar a tocarlo. Notó como el cuerpo del chico desprendía un ligero olor a podrido. Finalmente regresaron a la mesa.

-El motivo es una maceta. Una planta, con un intenso color verde muy vivo.- R asintió con la cabeza, descubriendo entonces como los ojos de su hija se abrían como platos ante él. Mostrando a partes iguales asombro y perplejidad como ingenuidad.

-¿Qué?

-Pedro el informático acudió a mí un día antes de su muerte- Empezó a explicar R- Alguien, al que nunca llegó a ver, le dejó en su casa una maceta. Una planta. El pobre desgraciado estaba asustado, y acudió a mí.

R no podía continuar sentado. Su mente intentaba asimilar todo aquel embrollo que parecía rodear la muerte de aquel informático y ahora también la extraña situación del ex de su hija. Marcos gimoteó desde el sofá. R no le miró. Daba pequeños paseos de apenas tres pasos, para luego girar y volver a repetir la acción. 

Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y la mirada clavada en sus propios zapatos. Pero Marta se acercó a su ex. Sudaba en exceso. Le limpió la frente con un nuevo paño húmedo. En la mesa de centro, había dejado un pequeño barreño con agua limpia y varios paños, igualmente limpios. El chico temblaba, exactamente igual que lo había hecho desde que ella lo encontrase en el cuarto de baño. Mantenía los ojos cerrados, por culpa de unos parpados que pesaban como losas de mármol. Entonces, con bastante dificultad, murmuró algo que Marta apenas llegó a entender. Pasando una vez más un paño húmedo por la frente, y acercando su rostro al del joven le pidió en voz baja que lo repitiese. Marcos, entre temblores y sudores dijo dos palabras que tanto a Marta como a su padre que en ese momento se había acercado al sofá no les eran desconocidas.

-Lucia…librería…- Fueron las palabras del joven.


A Marta porque conocía personalmente a Lucia. Y a R porque recordaba el nombre que aparecía en la tarjeta que Ana le había entregado. Era la librería en la que la escritora realizaría la firma de libros. Tanto padre como hija se miraron un instante. Marcos volvió a perder el conocimiento.



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