martes, 27 de diciembre de 2016

CAPÍTULO 21 EL PASADO DE LUCIA PARTE 1

Un nuevo relámpago iluminó por completo el pequeño y viejo establo en el que acababan de entrar. Una luz blanquecina, un instante, en medio de la oscuridad. Dos vacas lecheras a un extremo en el fondo, y un viejo caballo algo delgado y de color marrón en otro. Multitud de aperos de labranza apoyados aquí y allá, y algunos más colgados de manera arbitraria por las paredes, así como un viejo carro de madera de dos ruedas que descansaba al lado de la puerta principal. 

El suelo cubierto de paja y tierra a partes iguales junto a un denso y pastoso olor mezcla de excrementos y pienso para animales de granja inundaba todo alrededor. Tras el relámpago, le sucedió el brutal estruendo del trueno. Pareció retumbar en todo el establo, incluso hizo que sus aparentemente fuertes paredes y tejado de madera vibrasen de tal manera que pareciera que iban a desmoronarse como un vulgar y débil castillo de naipes.

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Avanzaron hasta situarse en el centro del establo. Lucia agarraba fuertemente su machete, que lo blandía de manera amenazadora de un lado a otro a la vez que su mirada recorría vigilante y nerviosa cada rincón de aquel viejo y desangelado lugar. Sus manos frías y mojadas temblaban sin control, y tenía que hacer grandes esfuerzos para que el machete no se le resbalase y cayese al suelo. Sus ropas estaban igualmente empapadas. Y su melena pelirroja, sujeta atrás en una simple coleta, también se encontraba empapada por la lluvia. Al igual que la pequeña mochila que colgaba de su espalda.

-¿Te encuentras bien?- La firme mano izquierda de Pierre se posó en su hombro derecho, y aquellos ojos marrones de los que llevaba años enamorada, la miraron fijamente.

-Muy asustada cariño- Y se dejó abrazar por su marido. Las ropas mojadas se unieron, y durante un instante se pegaron todavía más los tejidos a sus cuerpos igualmente empapados y helados. Pero necesitaba, ansiaba, aquel abrazo tranquilizador. La situación en aquellos momentos era extraordinariamente excepcional. Aun así, cuando Pierre le acarició el rostro e intentó tranquilizarla en medio de aquel establo perdido en ninguna parte conocida, Lucia no pudo evitar olvidarse de donde se hallaban y recrearse en la dulzura de la caricia del hombre al que amaba y con el que llevaba casada cinco maravillosos años. Dejar que la mano de Pierre cubriese casi toda su cara. Hundió su rostro en el pecho del hombre. 

Murmurando una y otra vez que lo quería con locura. Y preguntándose cómo demonios se habían metido en aquel lío. Cómo habían acabado armados hasta los dientes y luchando por salvar sus sencillas y tranquilas vidas. Huyendo desesperadamente de una bestia que no podía ser de este mundo.

-Saldremos de ésta cariño- Prometió Pierre en un tono tranquilizador, y cerrando un instante los ojos sin que ella pudiese ver su gesto. Porque ni él mismo estaba muy seguro de poder cumplir aquella promesa, la de salir vivos de aquello. El terror invadía su corazón en aquellos oscuros momentos. Pero no terror por lo que les acechaba, sino por la posibilidad de perder a su mujer aquella noche a manos de la bestia.

Un fuerte y seco golpe en el tejado del establo les devolvió a la realidad. Sus músculos se tensaron, sus corazones se aceleraron, la adrenalina corría sin control por sus venas. Durante unos segundos se habían olvidado de la peligrosa realidad en la que vivían desde hacía varias semanas, y sus abatidas mentes se habían abandonado involuntariamente a la tranquilidad y al cariño de un abrazo del que llevaban tiempo sin poder disfrutar. Porque sus vidas desde hacía semanas ya no eran unas vidas normales. Pierre volvió a empuñar su CZ 75B a la vez que los dos levantaban al unísono la mirada hacia el techo. Fuera, mezclado con el sonido de la tormenta, pudieron adivinar los pasos, carreras en algunos momentos, de algo que parecía ir a cuatro patas.

-Está aquí- murmuró Lucia aterrada y acercándose un poco más a su marido.

Arriba, la bestia parecía recorrer el tejado de un lado a otro a gran velocidad. Las pisadas de sus cuatro patas se marcaban notablemente en la madera, dejando caer algo de polvo y tierra al interior, y el sonido de los pasos sobresalía de manera terrorífica por encima del de la lluvia. Pierre extendió su brazo, apuntando con la pistola, y siguiendo la dirección de las amenazantes pisadas.

Durante unos segundos aquellas pisadas cesaron. Pierre no dejaba de mirar hacia el techo con el brazo extendido y apuntando con el arma, mientras que con el otro brazo intentaba mantener protegida a su esposa tras él. Con movimientos lentos y calculados Lucia y Pierre se movían en pequeños círculos en medio de aquel granero. Sus pies se arrastraban y se movían torpemente revolviendo la pajilla tirada por el suelo, esperando que la bestia apareciese desde cualquier punto.

Pero no fue la bestia lo que surgió de la oscuridad, saltando sobre ellos y desgarrándoles el cuello con sus poderosas garras, sino el sonido de una vieja furgoneta que se acercaba a gran velocidad al establo. La puerta principal empezó a iluminarse cada vez más, adquiriendo un cegador brillo blanquecino a cada segundo que pasaba, a la vez que el rugir del motor se aproximaba. Pierre hizo retroceder a Lucia hacia un extremo en el preciso instante en que la puerta del establo se iluminaba de manera cegadora y un segundo después saltaba en pedazos ante el brutal encontronazo contra la parte delantera de una furgoneta. Las maderas saltaron en multitud de trozos hacia todas partes. La vieja furgoneta se precipitó al interior y poco después frenó bruscamente. Pegados en la pared, justo enfrente, estaban Pierre y Lucia.

Donde hacía unos segundos estaba la puerta, ahora había un enorme boquete por donde se veía la densa noche y por donde se filtraba sin permiso alguno el agua de la tormenta. Pero no miraron hacia la entrada, sino hacia la vieja furgoneta de color blanco. Pierre apuntaba con la pistola hacia el vehículo. Estaban solos, nadie sabía que se encontraban allí. Nadie más los acompañaba, a nadie esperaban que fuesen en su ayuda.

-No te muevas- susurró Pierre a su mujer reteniéndola tras de sí y sin dejar de apuntar hacia la furgoneta.


Continuará.




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