domingo, 31 de enero de 2016

Erase una vez un pueblo

Ha despertado un domingo con un cielo bastante despejado. Algunas nubes salpican el azul, y la temperatura aun siendo todavía invierno es más propia de primavera.
Las campanas de la iglesia suenan al fondo, con su habitual tono cansino y caduco llamando a misa de mediodía a quienes todavía respetan ese ritual.
Imagen libre Internet

A mí, la agradable temperatura de la mañana me hace salir a dar un paseo por el pequeño y singular pueblo por el que vivo. ¿Pueblo imaginario? ¿Real? Que cada uno piense lo que quiera.
No me gusta en absoluto, pero es donde vivo. Fue un error, de esos errores que se cometen en la vida. El pueblo es feo, bastante feo. Y sus gentes…
Madre mía, busco y busco algún adjetivo que defina a estas gentes y me resulta complicado. Algunos son falsos. Te dan la mano y esbozan una sonrisa mientras por dentro se mueren de ganas por rajarte vivo. Otros simplemente malos. Mala gente, que solo buscan hacer mal a otras personas simplemente por el placer que pueda producir esa acción. Está el típico cacique, que no se corta ni un pelo a la hora de amenazar a una vieja en la sala de espera del médico simplemente porque le sale de los cojo…
Está ese adolescente que fue detenido por jugar al futbol con un gato pequeño. Efectivamente, el gato era el balón. Luego hay otros adolescentes, que sus pasatiempos preferidos son destrozar los viernes por las noches unos espejos que hay en la travesía para poder ver los coches que vienen por una de las calles. ¿Multa? ¿Sanción? No, para nada. Algunos padres no quieren saber nada de lo que hagan sus hijos, otros padres preguntan el precio del espejo en cuestión. “¿Cien euros?” Preguntan orgullosos. “Toma doscientos porque mi hijo hace lo que le sale de la polla”
Al final de una de las calles veo a una mujer en concreto. Poco más de cuarenta tiene. Seguramente va de camino a misa. De la mano lleva a sus dos hijas. El marido algo rezagado, hablando con un vecino. La pequeña se desprende de su madre y corre junto a su padre. Bueno…junto a su padre…es mucho decir. Sería más exacto decir el hombre que la da de comer. Sin comentarios.
Seguimos con nuestro paseo. Hace mucho que supe con certeza que el clima era lo mejor del pueblo. Alguien pasa por mi lado me saluda. Devuelvo el saludo. Me importa una mierda quien podría ser. Continúo paseando.
 Es difícil caminar veinte metros sin encontrar a algún otro ejemplar más de los que habitan este pueblo. Me cruzo con alguien con quien coincidí en un trabajo durante unos meses. Me saluda como por obligación. Ya va borracho otra vez, y solo es mediodía. Quien si entra en misa es un antiguo alcalde. Todavía es alguien que tiene mucho poder en el pueblo. Todavía hay quienes se la chupan porque sus hijos o maridos consigan un puesto de trabajo aunque solo sea durante tres meses. A parte de la mamada, también existe aquí otra forma de conseguir un puesto de trabajo: votando a la persona correcta. Ha quedado más que demostrado que esa es una de las dos opciones para tener trabajo.
De fondo vuelven a sonar las campanas. Veo al final de la calle la iglesia. Y no puedo evitar el imaginarme un centro comercial o un par de bloques de viviendas en ese desaprovechado terreno. Que nadie piense mal. Aunque no sea católico practicante, respeto a quienes sí lo son. Es más, algunas veces si he creído en algo “superior”. De hecho hace poco en mi vida ocurrió algo inexplicable que si no llega a ser por la iglesia quien sabe si eso no hubiese podido ir a peor. De todas formas, no puedo evitar ver ese terreno e imaginarme en su lugar un par de edificios de viviendas.

En fin. Decido regresar a casa. Tomaré otro camino para la vuelta. Es más que seguro que me cruce con más “personajillos”; algún yonki…algún constructor corrupto…la solterona que se folla a todo aquel que se cruza en su camino…el analfabeto casado con la putilla del pueblo…En fin, una serie de “personajillos” muy dignos todos ellos, no se me mal interprete. Y que de momento no me apetece describir. Quizá lo deje para otro día. Vendrán días primaverales. Tardes que después de comer apetecerá coger la cámara de fotos y salir al campo a pasear. Y que inevitablemente encontraremos a más vecinos.