lunes, 7 de marzo de 2016

CAPITULO 2 PRIMER Y MORTAL ENCUENTRO

Segundo capítulo de La historia de la ciudad sin árboles. El primer capítulo publicado la semana pasada lo podéis leer aquí. Os animo a seguirme en el blog, así como en Facebook. Muchas gracias por pasaros por aquí y espero poder seguir disfrutando de vuestras visitas.


Una fotografía de Marta. Sentada en la fuente de una plaza en el centro de la ciudad, a primeros de septiembre, un septiembre de otro año, un año lejano, cuando todavía el calor reinaba en la ciudad aunque ya no de forma tan agobiante como en pleno mes de julio o incluso agosto. Sonriendo y mirando a la cámara. Siempre con su bonita sonrisa. Con un vestido negro de tirantes, dejando al descubierto sus preciosos hombros y su pelo rubio recogido y escondido bajo un sombrero de paja que se acababa de comprar en uno de los puestos de un mercadillo cercano. Con una pose algo coqueta, cuando quería era bastante coqueta. Con aquella mirada tan intensa, tan deslumbrante.
https://pixabay.com/

Al final era lo único que le quedaba de ella. Cerró lentamente los ojos unos segundos y cuando volvió a abrirlos la foto ya no estaba. Inconscientemente la había desplazado de manera muy sutil, justo debajo del portátil.

Acababa de publicar algunas frases en su blog personal. Nada importante, el final de un relato vampírico. Una pequeña historia con toques de humor negro, que había ido publicando semanalmente y que relataba la historia de una joven vampiresa de trescientos años que se negaba a vivir como lo hacían sus iguales, quienes encerraban un plan secreto para hacerse con el control de la ciudad. Lo cierto era que con aquel relato las visitas a su blog se habían quintuplicado, y los comentarios solían ser todos por regla general bastante buenos. Aquello, le había llevado a pensar en la opción de publicarlo en papel.   

Fuera, en la calle, llovía torrencialmente. Durante unos minutos permaneció asomado a la ventana, viendo llover. Con las manos en los bolsillos. Era algo que a Marta y a él les gustaba hacer juntos. Eran capaces de tirarse horas -lo que durase la tormenta- sentados frente al balcón viendo el agua caer. En completo silencio, observando como la tormenta teñía de gris todo a su alrededor. Durante esos minutos observando la lluvia recordó la tarde en la que se conocieron. También una tarde lluviosa. Tormentosa para ser más exactos. Una de esas tormentas con impresionantes relámpagos y truenos. Una tarde que por desgracia, ya formaba parte del recuerdo. Del pasado.

Bajó lentamente la tapa del portátil. Del otro lado del piso llegó el sonido de la puerta. Unos segundos después volvieron a llamar. Varios golpes más. Cruzó el salón y abrió. Era el casero, el jodido casero. Un tipo rozando los sesenta años de edad, bastante gordo, medio calvo y apestando a colonia barata. Vestido con vaqueros sucios y una camisa de franela a cuadros abierta casi por completo dejando al descubierto una camiseta de color blanco. No le debía ni un maldito mes de la renta, pero se empeñaba en que el recibo de la comunidad si tenía que pagarlo el inquilino.

-Maldita sea - protestó en voz baja. ¿Para qué pagar esa injusta cantidad de dinero todos los meses? Al fin y al cabo el portal siempre estaba sucio, incluso había veces que olía mal, el ascensor estaba más veces estropeado que funcionando. Y así una larga lista que hacía que uno se preguntase dónde iba el puto dinero de la “comunidad”. Probablemente a pagar las prostitutas que aquel desgraciado se llevaba algunas noches a su apartamento. Lo dejó relatando en el descansillo, lanzando amenazas con el puño en alto, mientras empezaba a bajar por las escaleras (el ascensor estaba estropeado) en dirección a la calle.

No tenía nada de cena en el frigorífico y sí un par de pavos en el bolsillo, así pues bajaría al bar de Carlos y se comería un buen bocadillo de tortilla de patatas y un refresco. Era lo único que sabía hacer la mujer de Carlos. La tortilla de patatas. Muchas veces pensaba mientras los observaba trabajar en el bar, que Carlos estaba con ella precisamente por la tortilla de patatas. En fin.
No había casi nadie a esa hora en el bar. Solo un par de viejos echando una partida de cartas en una de las mesas. La televisión encendida, con el volumen más bien bajo, y Carlos ojeando tras la barra un periódico deportivo. No era un local grande, más bien todo lo contrario. Algo sucio…oscuro… pero a él le gustaba aquel sitio. Era tranquilo, nunca se juntaban más de siete u ocho clientes a la vez, y lo hacía perfecto para comer o cenar sin excesivos ruidos y agobios. Que por otro lado era lo que habitualmente solía buscar. Con gesto cansado se acomodó tranquilamente en un taburete al final de la barra, casi en el rincón.

-Un bocadillo de tortilla- Pidió mientras se sentaba en el taburete.

-Maldita lluvia- se quejó Carlos marcando un gesto de desaprobación algunos minutos después.

El joven, cenaba ya tranquilamente su delicioso bocadillo de tortilla de patatas.

-Dicen en la tele que no es normal. Que algo malo está ocurriendo.- Levantó ligeramente la mirada sin demasiadas ganas.

-¿Y te crees todo lo que dicen en la tele?

-El mundo se está yendo al garete, a la mierda, por el retrete.

Sonrió ligeramente un instante en silencio, sin duda alguna por la paranoia que parecía invadir al camarero y propietario del bar. Su bocadillo se acababa. Si no fuese porque la mujer de Carlos era terriblemente fea y tenía que afeitarse el bigote prácticamente todos los días, se enrollaría con ella solo para tener asegurada una tortilla de patatas gratis al día en perfectas condiciones.

-Pero no es el mundo. Somos nosotros. Se nos acabó el tiempo, amigo.- sentenció el propietario del bar, continuando con sus quejas. Y soltó un ligero gruñido.

De repente la puerta del local se abrió. Lentamente. Algo hizo que todos mirasen, incluso los viejos que parecían no tener ojos nada más que para las cartas. Una baraja, por otro lado, tan usada y tan desgastada que incluso se podían adivinar las cartas que eran aun mirándolas por la parte de atrás.

Una figura que parecía bastante alta, entró lentamente en el establecimiento. La puerta se cerró tras aquella figura. Llevaba un abrigo negro que cubría desde los pies, donde asomaban unos zapatos también negros de tacón, hasta la cabeza, la cual llevaba cubierta por una capucha. Parecieron unos segundos interminables. Todo quedó en completo silencio. Lentamente y con ambas manos, se despojó de la capucha. Era una mujer, joven. Quizás no superase los cuarenta. Su larga melena rubia resaltaba frente al color negro del abrigo.

“El casero volvió a golpear la puerta del apartamento. Todavía no sabía por qué lo hizo, pero empuñó con fuerza la pistola que tenía guardada en un cajón del armario del dormitorio y abriendo la puerta del piso le “soltó” un tiro en la frente. No entendía de pistolas, no sabía qué calibre tendría, lo que sí supo es que la cabeza del casero se partió en dos y la pared del rellano se inundó de sangre y sesos. A punto estuvo de vomitar al presenciar semejante espectáculo”.

No entendió por qué, pero cuando aquella mujer se despojó de la capucha del abrigo que llevaba puesto y aquellos preciosos ojos se clavaron en los suyos, lo primero que le vino a la mente fue la imagen del casero y como le volaba su puta cabeza. La sangre lo inundaba todo. El color rojo incluso llegó hasta la mano con la que empuñaba el arma. Sus ojos, su intensa mirada. A continuación la sangre, desparramada junto a los sesos por todos lados, solo era un desagradable recuerdo. El azul de aquellos ojos terminó atenazando su desconcertada mirada después de recorrer lentamente todo el bar.
“Veo tus deseos Marcos”. Pudo oír la voz de la mujer. Aquellas palabras que sin duda alguna le dirigía a él. Una voz dulce y sensual. Era como si el tiempo se hubiese detenido allí mismo. Miró a su alrededor y todo se desarrollaba a cámara lenta. Como si el tiempo se ralentizase de tal manera que un solo segundo pudiese llegar a durar largos minutos. Incluso el ruido, el monótono bullicio del bar había desaparecido. Aquella mujer le brindó una bonita sonrisa. Después, sus ojos se desviaron de la mirada del joven, a la vez que se volvía hacia el camarero y todo a su alrededor volvía a su ritmo, a su velocidad habitual. De nuevo la televisión con su cansino sonido, los viejos de la partida volviendo a lo suyo, como dando a entender que les interesaba infinitamente más la partida con las viejas cartas que aquella extraña que acababa de entrar en el bar.

La mujer se dirigió a Carlos, quien parecía no haber visto lo que acababa de suceder. Era como si solo Marcos, el joven bloguero que había cenado tortilla de patatas, se hubiese percatado de esa extraña ralentización del tiempo. Le preguntó algo, algo que no llegó a oír bien desde su banqueta, y Carlos negó con la cabeza, sujetando entre sus manos el periódico deportivo. La mujer, con movimientos lentos pero precisos, volvió a ponerse la capucha del abrigo y ahora sin mirar a nadie, salió del bar. Como si para ella ya no existiese el joven. La puerta se cerró con un ligero y seco “clock”. Un sonido que curiosamente, nunca había hecho pensó Marcos.

-¿Qué te ha preguntado? –quiso saber. Descubriendo una gran necesidad de saber que le había preguntado.

Carlos parecía distraído ahora cambiando de canal.

-¿Qué te ha preguntado?- Insistió levantando ligeramente la voz.

Carlos lo miró algo molesto, dejando el mando sobre la barra.

-¿Quién?

-¿Qué quién? La mujer coño, la mujer que acaba de irse.

-Ah- reaccionó sin apenas inmutarse y sin darle más importancia- Ha preguntado si conocía un hotel alemán o algo así. No estoy seguro.

El joven movió la cabeza y dejando sobre la barra las dos monedas que le quedaban, saltó del taburete y salió a la calle.

La puerta del bar se cerró a sus espaldas y miró a ambos lados de la calle. Seguía lloviendo torrencialmente. En ese momento no se percató pero aquella reacción era como si su vida dependiese en ese momento de encontrar a la mujer, aunque no supiese muy bien el motivo que lo conducía a comportarse así. En el sonido de la noche pudo oír sus tacones, mezclado con el del agua al chocar contra el suelo. A la izquierda, casi a una veintena de metros. Corrió hacia ella. Sus tacones cada vez más cerca.

Y cuando apenas le quedaban un par de metros para alcanzarla, ella se detuvo. Primero un pie y después otro. Aquello le hizo frenar en seco, quedándose inmóvil, asustado o desconcertado. ¿Le habría oído correr hacia ella? Seguramente sí. Sin embargo no dijo nada. Fueron unos segundos intensos. No se atrevió a mover un solo músculo. Miraba fijamente su capucha, deseando que volviese la cabeza. Avanzó unos pasos y rodeo a la mujer. Ella lo siguió con la mirada, en completo silencio, hasta que finalmente quedó justo enfrente. No llegaba a ver completo su rostro, pero sabía que estaba al fondo de la oscuridad que brindaba el interior de la capucha.
Silencio.

-¿Tú eres el que quieres matar al casero?- Su dulce voz emergió de la oscuridad. Haciéndose sitio entre el sonido de la lluvia. Una voz perfecta, impecable en todos los sentidos. Muy difícil o casi imposible de describir incluso para el escritor más experimentado. 

-Me conformo con que tenga una diarrea tan fuerte que no pueda levantarse de la taza durante tres semanas- Habló hacia el fondo de la capucha, hacia la oscuridad. Intentó ser gracioso. “Romper el hielo” con aquella mujer. Pero lo cierto era que nunca había pensado en matar al cabrón de su casero. ¡Dios! Que locura. Bueno, una vez si lo había pensado. Se imaginó una invasión zombi, y pensó que sería la excusa perfecta para pegarle un tiro. En su defensa diría que lo confundió con uno de los zombis. Joder. Su mente de aprendiz de escritor no daba tregua. Hubo unos segundos de silencio.
-Estoy buscando un hotel que se llama Alejandría.- Dijo sin quitarse todavía la capucha.

“Un hotel alemán” pero ¿qué coño de mierda tenía Carlos en el cerebro?

-En esta zona no hay ningún hotel que se llame Alejandría.
Silencio durante unos segundos. A continuación lentamente la mujer se despojó con delicadeza de la capucha.
 
La luz de la mañana lo golpeó tan fuertemente que despertó sobresaltado. Tenía la ventana justo enfrente de la cama y en un acto reflejo se tuvo que proteger de la luz con las manos. Tenía un tremendo dolor de cabeza que hacía que apenas pudiese abrir los ojos. Con movimientos lentos y pesados se incorporó de la cama y descubriendo que estaba completamente desnudo, se dirigió al cuarto de baño. Tuvo que apoyar ambas manos en el lavabo, porque a punto estuvo de caer al suelo por el mareo y el dolor de cabeza. Lentamente fue abriendo de nuevo los ojos y fue descubriendo su desastrosa imagen en el espejo. Una imagen que parecía extrañamente diluirse por momentos. Juntó las manos y hundió el rostro en agua. No sentía nada. No sabría decir si el agua estaba fría o caliente. Volvió a levantar el rostro hacia el espejo. Su mirada se quedó fijamente clavada en algo que descubrió en ese preciso momento. No se trataba de su pelo desordenado, de su frente arrugada por el fuerte dolor de cabeza, de la piel extrañamente pálida, sino de un par de “agujeritos” que tenía en el cuello, en el lado derecho. Sus dedos rozaron con cuidado aquellos “agujeritos”, que sangraban ligeramente. Dos gotas de sangre. 
    
Una imagen azotó su cerebro. Aquella extraña mujer de la noche anterior. En el dormitorio. Ambos desnudos sobre la cama, de rodillas el uno frente al otro. La luz de la luna colándose por la ventana, bañando tímidamente las sabanas. Sus manos acariciando todo su perfecto y hermoso cuerpo y sus labios besando hasta el último rincón de aquella suave y resbaladiza piel.

Después… un punzante dolor en el cuello. Aquella tranquilizadora y sensual voz asegurándole que se volverían a encontrar. A pesar de que notaba la sangre resbalar por su cuello no podía apartar la mirada de aquel rostro sin vida a la vez que tremendamente bello, y sus labios manchados de sangre. Sus afilados colmillos asomaban salvajes por entre aquellos labios cuando sonreía. Las fuerzas lo abandonaban, notaba que la vista se le nublaba y que podía perder el sentido en cualquier momento.

-Eres mío- susurraba la mujer- por siempre serás mío.

A punto de perder el sentido pudo ver como salía por la ventana del dormitorio en plena noche, pareciendo saltar al vacío. Después, todo se convirtió en silencio y oscuridad.