lunes, 28 de marzo de 2016

CAPITULO 5 EL CASO DE LA MACETA DE PEDRITO


Buenas tardes. Hoy lunes tenéis ya disponible el capítulo nº5 de La historia de la ciudad sin árboles.
Pero en esta ocasión he dividido el capítulo en dos partes. A partir de ahora los capítulos que sean, o que yo entienda, que puedan resultar "largos" los dividiré en dos. 
Gracias por vuestro tiempo.


PARTE 1

Cuando R llamó a la puerta y mientras esperaba a que abriesen, miró algo distraído hacia atrás. Su viejo Ford de color azul aguardaba silencioso junto a la acera, bajo la fuerte lluvia que caía en esos momentos. Seguro que incluso estaba algo recalentado de su viaje desde el centro a las afueras. Aquel coche tenía ya demasiados años, pero su motor era fuerte. Se resistía a sucumbir bajo el paso de los años. Tampoco lo usaba demasiado. Recordaba haberlo comprado en un concesionario del lado norte de la ciudad. Un tal Suarez era el propietario de aquel destartalado concesionario en donde se vendían tanto coches nuevos como de segunda mano. Y su viejo Ford era de segunda mano. Aquel tal Suarez había sido cliente suyo una vez. Hacía ya unos años. Y el tipo le caía bien. Era uno de esos tipos “espabilados” para los negocios, además de buena persona una vez se le conocía bien.
Solía coger el transporte público para ir de su piso a la oficina por las mañanas, y de la oficina al piso por las tardes. Incluso en algunas ocasiones, hacia ese mismo trayecto caminando.  
La puerta se abrió. Un treintañero de pelo rizado y oscuro le miró con gesto desconfiado.
-¿Es usted R?- preguntó en un hilo de voz.
R asintió con un movimiento mecánico, y casi de inmediato se vio arrastrado al interior de la pequeña casa de dos pisos de aquel informático. Pedro, que así fue como se presentó al estrecharle la mano, lo condujo a un pequeño y acogedor salón, donde predominaba una enorme pantalla de Led. Lo primero que R pensó al ver semejante pantalla era lo bien que tenían que verse las películas de acción. Y el sonido tendría que ser…espectacular. Le encantaban las películas de acción. Y cuando Isabel se quedaba a dormir en casa y les apetecía ver alguna película, siempre tenían la misma “discusión”: acción o comedia. Al final terminaban viendo cualquier otra cosa menos una película. Aunque también era cierto que había ocasiones en las que terminaban por ver una película de cada género: romántica y de acción. Pedro le ofreció un té. El detective negó con la cabeza, mientras se despojaba de su Fedora con un movimiento tranquilo. Le gustaba el té, porque negarlo. Pero no le apetecía. Preferiría ir directo al grano. Tenía un par de asuntos más que resolver antes de terminar la jornada. No quería quedarse hasta tarde en la oficina.
-Si fuese tan amable de ir al grano- lo apremió R desde el sillón de cuero marrón en el que se había sentado.- Parecía muy preocupado cuando me llamó por teléfono.
-Oh si claro- respondió Pedro- Espere un momento por favor.
Y Pedro salió del salón. Durante unos segundos R observó en silencio el pequeño pero luminoso salón de aquel joven. Y se dio cuenta de lo oscuro y triste que le resultaba su apartamento en el centro comparado con el que estaba en ese momento. Quizá tenía que haberse comprado una casita a las afueras. Pero lo cierto era que su piso estaba más cerca de su trabajo y de…todo en líneas generales. Conocía a varias personas que habían preferido irse a vivir a las afueras y una de sus habituales quejas desde entonces, era que siempre tenían que coger el coche para cualquier cosa. Siempre tenían que acercarse al centro a por lo que fuese. A por todo. Lamentando a cada momento que cuando compraron las casas los habían convencidos de que compraban calidad y nivel de vida. Algo que evidentemente distaba mucho de ser completamente cierto.
Pero todos aquellos pensamientos se esfumaron de un plumazo. Un plumazo tan brutal y tan contundente que creyó por un instante que incluso lo tiraría al suelo. Lo que tenía frente a sus ojos fue muy superior a sus fuerzas, a sus creencias –si las tenía. Pensó que tampoco serían muy caras de adquirir.- Se levantó casi de un salto del sillón de cuero marrón y se acercó hacia Pedro, aquel treintañero de pelo rizado y oscuro, que esperaba en completo silencio en el umbral de la puerta del salón. Entre sus manos tenía algo que…simplemente resultaba imposible, y en sus ojos se dibujaba una señal de auxilio, de pánico. Ahora entendía el tono de preocupación al llamarle por teléfono. Extendió los brazos y le ofreció a R la maceta con la pequeña planta que en ella crecía. Aquel era un verde intenso, pensó el detective cuando cogió con manos temblorosas la maceta. Un verde cómo nunca había logrado llegar a ver.

-Tenga cuidado, no se le vaya a caer- murmuró el informático.


                                                Continuará