lunes, 4 de abril de 2016

CAPÍTULO 5 PARTE II


Buenas tardes. Primero, antes de nada, quisiera agradecer a quienes  

día a día se pasan por este blog. No soy muy dado a discursos, pero 

solo quiero decir que gracias de corazón. 


Aquí tenéis ya la segunda parte del capítulo nº 5. 



EL CASO DE LA MACETA DE PEDRITO

R lo miró, como si ni siquiera lo hubiese oído. Como si solo hubiese visto moverse sus labios sin soltar ni un solo ruido, porque toda su atención se centraba en aquella planta. Se movió lentamente por el salón, sujetando la maceta de color marrón claro. Intentando aguantar la respiración. Observando en completo silencio aquellas diminutas hojas y ramas color verde que brotaban hacia los lados, desde un tronco oscuro tan gordo como el dedo meñique de un niño de seis años. Dio algunos pasos por el salón, con la maceta entre las manos. Mirando de vez en cuando a Pedro, que aguardaba en el umbral de la puerta esperando algunas palabras. No se atrevió a acercarse al ventanal. ¿Y si lo veían los vecinos? ¿Qué reacción tendrían ante semejante imagen? Terminó por dejarla sobre la mesa de centro, junto al Fedora y volvió a sentarse en el sillón de cuero marrón. No podía apartar la mirada de aquel verde intenso. Aquel verde tan… vivo. Tan prohibido en aquella ciudad.

-¿Quién se la ha dado?- preguntó en un hilo de voz.
Pedro se sentó en el sofá que hacía juego con el sillón. En realidad era un sofá y dos sillones. Con la mesa de centro en medio y una alfombra granate en el suelo. Miró al detective negando con la cabeza.

-No lo sé. – Hizo una pequeña pausa. Era difícil, pensó R, averiguar algo por el tono de voz del informático. No desprendía nada en absoluto. Su rostro sí, pero su tono de voz…era como si su voz estuviese muerta. - Simplemente cuando desperté… estaba ahí.   
-¿Tuvo visita anoche? ¿Alguien que se la pudiese haber dejado?- Volvió a preguntar el detective.

Pero el informático negó con la cabeza.


El resto del día no pudo pensar en otra cosa que no fuese aquella maldita maceta. ¿De dónde habría salido? ¿Con que fin? ¿Qué relación tenía Pedro con la planta?


Comió en la misma cafetería de todos los días. No tenía mucha hambre: un sándwich y una cerveza. Tenía que haber pedido algo sin alcohol, se dijo cuándo la camarera se alejó con el pedido anotado en la vieja libreta de pastas azules. Tranquilamente, disfrutando de cada bocado y de cada sorbo, sentado en un rincón junto a uno de los ventanales que daban a la calle. Sin poder apartar de su mente la maceta. Con gesto distraído miró por el cristal. Llovía de manera tímida en esos momentos. El agua parecía brillar en el suelo, y en los pequeños charcos en las aceras y en los bordillos se apreciaba el golpeteo de las gotas de agua al caer.

Al terminar la jornada caminó lentamente hacia su piso. En su visita a la casa de aquel tal Pedro, le había aconsejado que escondiese la planta. Que no dijese nada a nadie. Y que actuase como si todo fuese normal. Aquella planta había aparecido por algún motivo. Con algún propósito. Haría algunas preguntas a “ciertas” personas. Investigaría un poco. Alguien tenía que haber oído algo. Aquello era demasiado “gordo” como para que nadie no hubiese oído nada. Volvería a visitarle lo más pronto posible. Y esa misma tarde antes de encerrarse en su piso y telefonear a Isabel, se desvió algunas calles hasta llegar a “Tu sitio”. Un asqueroso antro cuyo propietario era un antiguo boxeador de mediana estatura y con un solo ojo, el izquierdo. Perdido, según se rumoreaba, en una pelea cuando pertenecía a la mafia local y ya se encontraba retirado oficialmente del boxeo. Un antro donde algunas personas se dejaban caer al anochecer en busca de una copa, de una mujer o de un hombre para hacerles compañía por unos cuantos pavos. Sería un buen lugar por el que comenzar la extraña búsqueda. Alguna conversación privada… algo en torno a la extraña presencia de una planta en la ciudad. En aquella ciudad sin árboles.

Pero hacia la media noche regresó al piso, ligeramente borracho y sin sacar nada en claro. Ni una sola palabra…comentario… al respecto de la maceta, aunque en ningún momento nombrase esa palabra ni nada por el estilo que hiciese sospechar. Ni siquiera murmullos. Y eso resultaba más extraño todavía. Si algo “se cocía” en la ciudad, en antros como “tu sitio” siempre se oían cosas. Siempre había alguien que se iba de la lengua. Siempre alguien sabía algo. Pero al final nada. Algunas cervezas de más, y de vuelta a su piso. Pensando mientras subía en el ascensor, en aquella enorme pantalla de Led que tenía el informático. ¿Por qué a él nunca le había dado por comprarse una televisión grande? No iba mal de dinero. Nunca sería rico, pero la agencia lo hacía llegar bien a fin de mes. La falta de dinero no era precisamente la excusa. Quizá su propia dejadez. Se dejó caer en la cama. Ya sonaría el despertador.