lunes, 18 de abril de 2016

CAPÍTULO 7 UN DÍA LIBRE

Saludos, buenas tardes. Un nuevo capítulo de La historia de la ciudad sin árboles. 

En esta ocasión con la calma que precede a la tempestad. Un poco sobre la vida privada 

del detectiveR y su pareja Isabel.

Mil gracias a todos por seguir semana a semana el relato.



Algo le hizo despertar. Su rostro hundido en la almohada y todavía vestido, con la ropa del día anterior. Intentó agudizar el oído, y adivinar qué era aquel ruido que le había despertado. Pero la cabeza le dolía sobre manera. Llevaba un tiempo sin beber y estaba empezando a perder la costumbre de tomarse tres o cuatro cervezas seguidas. Con movimientos torpes se incorporó, y casi arrastrando los pies avanzó por el piso hasta llegar a la cocina.

-Pero bueno- Isabel le miró detenidamente de arriba abajo y movió la cabeza de izquierda a derecha, en un claro gesto de negación. En el fuego, la cafetera.
-No preguntes- rogó R levantando un poco la mano.
-Dúchate y cámbiate por favor, apestas a alcohol y... no sé a qué más. Tomaremos café. He traído churros.
-¿Quieres ducharte conmigo?- la voz de R sonaba pastosa, como si costase salir del fondo de su garganta.
-¿En esa situación? Ni lo sueñes- Isabel dibujó una bonita sonrisa en su cara.

El plato de churros descansaba en medio de la mesa, entre las dos tazas, la cafetera y el azucarero. Era un feo plato de cristal verde oscuro. R lo guardaba con bastante cariño, aun reconociendo que era “algo” feo, pues había pertenecido a sus abuelos y le traía agradables recuerdos de cuando era niño y los visitaba junto a su madre. Isabel sujetaba su taza todavía caliente entre las manos y miraba en silencio a R. Este, recién duchado y con ropa limpia mordisqueaba sin muchas ganas su segundo churro. El olor del café recién hecho inundaba el salón del apartamento. A R le gustaba el café, pero curiosamente detestaba el aroma que desprendía. Sin embargo para Isabel era el momento del día en el que más disfrutaba, el primer café. Sentir como todo a su alrededor era inundado por el aroma de aquel líquido negruzco. Por ese motivo había decidido pasarse aquella mañana por el piso de R. Le apetecía tomar el primer café con el detective, con su detective. Además, en las últimas horas su mente no había dejado de pensar en la nueva petición de R de que se fuese a vivir con él. Y una pequeña vocecita en su corazón le decía que ahora sí había llegado el momento de dar ese significativo paso.

-¿No me vas a explicar que hiciste anoche para amanecer así?- Preguntó Isabel. Pero en su tono de voz no existía el reproche ni nada por el estilo. Curiosidad, eso sí.

-Trabajo- murmuró R dejando sobre el plato en el que descansaba la taza, ya vacía de café, un trocito de churro. Estaban buenos, muy buenos. Seguramente los hubiese comprado en el bar que había tres puertas calle arriba. En el barrio era famoso ese bar simplemente por los churros que hacían. Sobre todo los domingos por las mañanas, llegaban a ser escandalosas las colas que se formaban en la calle frente al bar para comprar los tan famosos churros. Pero ya no podía comer más. Sentía el estómago bastante revuelto.

-Porque no te tomas el día libre- sugirió la chica con delicadeza, descubriendo que aquella seca respuesta significaba en realidad que no la diría qué había estado haciendo la noche anterior. Y tampoco era asunto suyo. Lo que R hiciese cuando no estuviesen juntos no le importaba. ¿O sí?- Hoy no trabajo, podríamos pasear…comer por ahí…y pasar la tarde…en la cama.

No estaría nada mal tomarse un día libre. Pensó el detective. No esperar a que fuese domingo. Algunos fines de semana Isabel trabajaba y no podía disfrutar de ella. En caso de que le cogiese las llamadas y se viesen, claro. Y él, muchos fines de semana los empleaba en hacer informes y pasarlos al ordenador para archivarlos. 

Gran parte de su trabajo entraba sin dificultad en un Paindrive de 32 Gb. Pero se acordó de Pedro el informático. Le preocupaba el oscuro motivo que hubiese podido tener alguien para dejarle aquella cosa en su propia casa. ¿En que podría estar metido el informático? Primero tenía que investigar un poco más quien era en realidad ese tal Pedro. ¿Por qué no se le habría ocurrido antes esa idea? El papeleo constante y los aburridos casos de “cuernos” empezaban a oxidar su cerebro. Seguramente se hubiese ahorrado la resaca.

Pero finalmente decidió pasar el día con Isabel. Tomando café miraba sus bonitos ojos y notaba en ellos un brillo especial. Incluso se percató de que el pelo lo tenía distinto.

-¿Has ido a la peluquería?- Preguntó mientras comían en un restaurante que visitaban por primera vez. Durante la mañana se habían acercado al museo de historia local. El edificio, cuya construcción era de claro corte moderno, tenía dos pisos y en su interior se podía hacer un detallado recorrido por la historia local. Desde su inicio hacía ya casi cuatrocientos años, hasta la actualidad. Pintura…literatura…Todos los artistas que habían nacido, vivido o fallecido en la ciudad tenían su hueco, grande o pequeño, en aquel edificio. También habían dado un largo paseo bajo el paraguas por algunas de las calles más antiguas y con más solera de la ciudad. El casco antiguo. Un reclamo para el turismo. Que extrañamente llevaba un par de años en crisis. Para finalmente acabar en un restaurante del que nunca habían oído hablar, pero en el que se comía bastante bien y a un módico precio. R anotó el nombre y la dirección en una pequeña libreta que solía llevar en la chaqueta. No quería olvidarse del nombre y la dirección de aquel restaurante. A ambos les había gustado y querían volver más a menudo.

-¿Te has dado cuenta ahora?- Isabel se llevaba a la boca una cucharilla llena de nata. Nueces con nata era el postre. R no había querido postre y ya estaba con el café.
-Esta mañana, en el desayuno- confesó R.- Estás muy guapa.
-Gracias.
-No, en serio.- Insistió en voz baja el detective.- Hoy te encuentro…distinta, especialmente guapa.

Y terminaron de regreso al piso. Directos al dormitorio. Desnudándose mutuamente mientras sus labios se buscaban y se unían sin descanso, encontrándose y reconociéndose al instante. Sus manos acariciaban, sus lenguas lamian. R la cogía de la cintura y la dejaba suavemente sobre la cama. Dejando que ella se retorciese y buscase su miembro. Y él se dejaba caer en la cama mientras sentía los labios de ella deslizarse por su miembro erecto. A continuación la colocaba y entraba en ella con delicadeza. Como a ella le gustaba. Primero lenta y suavemente para acabar con gran fuerza e ímpetu, hasta vaciarse en ella. Al final, dormían un poco. La cabeza de Isabel descansaba sobre el pecho de R, que subía y bajaba sutilmente por el ritmo de la respiración. Al otro lado de la ventana continuaba lloviendo. El tono grisáceo nunca abandonaría la ciudad sin árboles, al mismo tiempo que la noche se adueñaba de cada rincón de la ciudad. Ignorante en todo momento de la gran catástrofe que se avecinaba. De los importantes acontecimientos que estaban a punto de desencadenarse. Todo iba a cambiar. Ya nada sería igual en aquella ciudad.