lunes, 23 de mayo de 2016

CAPÍTULO 10 EL FINAL DE PEDRO PARTE 1


Capítulo 10 parte 1.

Continuamos una semana más con La historia de la ciudad sin árboles.

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PARTE 1

A primera hora de la tarde se pasó por la casa de Pedro. No podía evitar el que su mente no estuviese pendiente del tráfico de la ciudad mientras se dirigía a la zona residencial en la que vivía el informático. Tampoco, cuando había entrado en el garaje del edificio para coger su coche y un vecino estuvo a punto de atropellarle porque no veía muy bien por donde iba.

Todavía sonaba en el interior de su cabeza la voz de Isabel la noche anterior. Cuando ella le despertó casi a las tres de la mañana en voz baja. Casi en un susurro. El visillo de la ventana echado dejaba colarse tímidamente la luz de algún luminoso cercano, que bañaba de manera sutil la cama, pero sin llegar a molestar al dormir. La manta y la sabana cubriéndoles.


Imagen de https://pixabay.com/


-He decidido que si- Susurró mirándole a los ojos y con una bonita sonrisa en la cara.- Sí a lo de vivir juntos.- Y después quiso hace el amor. En completo silencio. Lenta y suavemente. Dejando que su detective se colocase sobre ella y la penetrase en silencio, mientras sus labios se besaban sin descanso, mientras que los dedos sudorosos de sus manos jugueteaban entre ellos sobre las sabanas.


Incluso cuando detuvo el coche en la acera, frente a la casa del informático y no se percató de todo lo que bullía en ese momento a su alrededor, junto a la casa. Se sentía como un patético adolescente que acabase de besar por primera vez a la chica más popular y guapa del instituto. “vivir juntos, vivir juntos” “He decidido que sí”. La voz de Isabel ronroneaba en el interior de su mente y de su corazón.

-Disculpe, no puede parar el coche aquí- Alguien golpeó con los nudillos el cristal de la ventanilla de su viejo Ford.

-¿Qué? –Todos aquellos recuerdos y sensaciones de hacía unas cuantas horas, se borraron de un plumazo nada más oír el ruido de los nudillos en el cristal.

-Que retire su vehículo de esta zona caballero- Repitió el agente de policía con voz autoritaria e intentando parecer amable. Aunque no lo consiguiese.

Asintió con la cabeza y miró hacia la casa de Pedro el informático, que era donde se concentraba todo el bullicio que hasta ese momento no había logrado ver.

-Joder- murmuró cuando vio todo aquel jaleo. Retiró algunos metros su coche y con paso decidido se acercó a la casa. Cruzó por entre una maraña de curiosos, que intentaban ver qué había ocurrido en aquella casa. Algunos agentes de uniforme habían precintado el grisáceo suelo del “jardín” delantero para evitar que los curiosos se acercasen, y con los brazos cruzados se mantenían firmes al otro lado de la cinta. Una ambulancia con las puertas abiertas y las luces encendidas se mezclaba con tres coches patrullas

La puerta principal de la casa de Pedro estaba abierta y no dejaban de entrar y salir agentes de uniforme y de paisano. R observó todo en completo silencio, pegado a la cinta de la policía que lo acordonaba todo, y sintiendo de vez en cuando algún que otro empujón por alguno de los vecinos que se aglutinaban alrededor. Sin duda aquello no tenía buena pinta. Y la maceta, sin duda alguna, tenía bastante que ver con lo que allí podría haber ocurrido.

Entonces vio como un par de enfermeros sacaban una camilla con ruedas y con un cuerpo metido en una bolsa negra y con cremallera de arriba abajo. Lo que significaba sin duda alguna que fuese quien fuese el que iba en la camilla estaba muerto. Y existían muchas “papeletas”, por no decir todas, de que fuese el mismísimo Pedro. Sin perder de vista la entrada de la casa fue rodeando la cinta policial. Buscaba un rostro conocido entre la policía, entre los agentes de paisano. Alguien que lo ayudase a entrar en la casa y ver de primera mano qué había ocurrido realmente. Pero después de dar un par de vueltas y fijarse bien en toda la gente que entraba y salía, no encontró a nadie conocido. Tendría que buscar otra manera de averiguar qué había ocurrido.

-Dos disparos R- Confesó sin demasiado entusiasmo su viejo amigo Ramón, el policía que se encargaba de vigilar la entrada al depósito municipal de cadáveres. Un tipo regordete y calvo que se acercaba a la edad de jubilación, y que no escondía en absoluto sus enormes ganas que llegase el día en que dejaría el trabajo definitivamente para pasarse el resto de su vida tumbado en el sofá viendo fútbol inglés. Aunque a su mujer no le apeteciese demasiado esa idea. Aunque la mujer estuviese buscando un buen crucero para unas merecidas vacaciones para cuando su marido firmase la jubilación. Porque apenas le quedaban a Ramón cinco semanas, y quería darle una sorpresa.

Caminaban por un frío y largo pasillo por el que se accedía a la sala donde tenían los cadáveres guardados. Ramón con su habitual cojera en su pierna izquierda, causado por un disparo hacía ya cinco largos años, mantenía las manos en los bolsillos del pantalón del uniforme. Era un trabajo tranquilo. Sobre todo el turno de tarde. Por las mañanas había más movimiento, pero por la tarde descendía notablemente. Parecía extraño, decía moviendo la cabeza sin llegar a entenderlo realmente bien, pero era como si los cadáveres prefiriesen las mañanas a las tardes.

Lo acompañó hasta una puerta metálica. R estrechó su mano y agradeció que le acompañase. Le debía una copa. Ramón regresó a su puesto.