lunes, 30 de mayo de 2016

EL FINAL DE PEDRO PARTE 2


Segunda parte del capítulo 10: El final de Pedro.

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PARTE 2

R empujó la puerta y casi enseguida se encontró en una amplia sala y rodeado de frías mesas metálicas con cadáveres cubiertos por sabanas. 

A su encuentro salió Eva. Una reputada forense que llevaba más de quince años trabajando para la policía. Vestía con elegante estilo la bata blanca con su correspondiente chapa identificativa en la solapa, en la que relucía su nombre y una diminuta fotografía: Eva G. 

Llevaba su melena rubia sujeta en una coleta en la parte de atrás. Gafas negras de pasta sobre sus azules ojos, rostro vivo…de persona inteligente (que lo era). Figura esbelta y siempre con tacones y vestido de color oscuro hasta las rodillas.

-¿Algunos de mis clientes estafaban al seguro?- Preguntó mostrando una perversa sonrisa en su bonito rostro cuando R se acercó a ella.

-Muy graciosa Eva. ¿Qué tal te va todo?

-Bueno, mis clientes- Y señaló las frías camas metálicas- no son de mucho hablar que digamos.


R soltó una ligera sonrisa. Para Eva rara vez había personas. Solo clientes. Era una mujer muy fría y calculadora. El dinero que entraba en su cuenta bancaria a final de mes era una de las cosas que más le importaban. Si no, la que más.

-No insistas con ese chiste, es bastante malo.

Eva sujetaba en las manos una pequeña carpeta de color azul.

No hubo ni un beso, ni estrechamiento de manos, nada en absoluto a la hora del saludo. En realidad porque no sabían muy bien cual podría ser el protocolo a seguir en los saludos entre ellos dos. Hacía ya unos años, cuando ella ya trabajaba para la policía de la ciudad, tuvieron una especie de “aventura o relación”. Ninguno de los dos hubiese sabido decir cuál de las dos definiciones se acercaba más.

Algunas cenas, unas cuantas noches de sexo… Pero ella buscaba un compromiso que R no supo o no quiso ofrecer en ese momento. Al final, cada uno tiró por su lado. Con la amarga sensación en sus labios y en sus corazones de que se habían encontrado en tiempos muy diferentes el uno del otro. Y al final, Eva encontró el compromiso que buscaba. Un hombre que nada tenía que ver ni con su oficio, ni con la policía. Pero con el que vivía confortablemente en un piso en una buena zona de la ciudad y con el que era feliz.

Alguna vez, aunque nunca se lo llegase a confesar, se había imaginado como hubiese sido su vida con R. Aquel detective de aspecto bonachón y bastante inteligente. Que vestía siempre con trajes oscuros, corbata, abrigo y sombrero. Aquel hombre que llevaba en la frente el cartel de solitario, aunque luego no supiese estar solo. Pero al final la vida da muchos giros. Y las personas terminan por acoplarse como pueden en algunos de esos giros.

-Hacia las tres o las cuatro habéis recibido a un chico joven. Pelo rizado…

-Si –Respondió casi enseguida Eva sin demasiado interés.- Un informático de treinta y pocos años.

-Podría ser, si.- R sostenía su sombrero entre las manos.

Caminaron unos metros hasta detenerse junto a una de las mesas. Con la frialdad que le daba el hacer ese gesto a diario, la forense descubrió el rostro del informático durante unos segundos. Justo encima de la cama, un fluorescente brillaba de manera impertinente. R observó el rostro blanquecino de la muerte un segundo. Relajación. Era lo que reflejaba aquel rostro vacío de vida. Y recordó el momento en el que aquel pobre le abrió la puerta de su casa y lo hizo entrar asustado, para luego mostrarle la planta. El mismo rostro, vida contra muerte. Pero hubo algo que llamó su atención. Posiblemente no fuese nada importante. En el cuello tenía dos pequeños puntos oscuros.

Apenas perceptibles si no se era un buen ojeador. Lo observó de manera furtiva. Preguntándose en silencio si Eva los había visto. La sábana volvió a cubrir el rostro del cadáver. La tela blanca cubrió la vida, dejando la sensación de que la muerte nunca abandonaba, nunca se iba de ningún sitio. Por más telas que intentasen cubrirla.

-Dos disparos en el pecho – sentenció Eva y sin decir nada de aquellos dos agujeritos, notó el detective.- ¿Era cliente tuyo?

-Posible cliente –R intentó no reflejar nada en sus palabras. No sabía muy bien en esos momentos qué pensar sobre el asunto. Todo parecía muy extraño. En realidad todos los casos parecían extraños al principio, hasta que poco a poco las piezas iban encajando.

-¿Sabes algo más del tema?- Quiso saber R mientras salían del edificio.

Pasaban algunos minutos de las seis y media de la tarde. Hora de salida de Eva. En la entrada se despidieron de Ramón, que ojeaba una mala revista de coches, mientras cruzaban tranquilamente el parking del edificio en dirección al coche de la forense.

-No tiene familiares conocidos. O por lo menos de momento nadie ha reclamado el cuerpo. Ni pareja…ni amigos.- Eva llevaba su bolso de color negro colgado de su hombro izquierdo. Del que sacó las llaves al llegar junto al coche.- Tendrá un funeral muy triste. ¿Puedo acercarte a alguna parte?

R negó con la cabeza. Quiso darla un beso en la mejilla. Pero de nuevo el maldito protocolo. No sabían muy bien como saludarse o como despedirse.

-¿Por qué sabías que era informático?-Preguntó el detective.

-¿Perdón?

-El cadá… el joven. ¿Por qué sabias que era informático?

-Comentaron algo al traerlo.-Respondió despreocupadamente Eva. 

Con bastante estilo R se colocó el sombrero.

-Es increíble como la muerte no te hace sentir nada- Dijo el detective mirándola a los ojos.

-Solo es trabajo R- murmuro la mujer devolviéndole la mirada- Solo eso.


Finalmente una sonrisa por parte de ambos y ella alejándose en su coche de color rojo. El detective volvió a su oficina. Había quedado con Isabel para cenar, pero antes tenía que pasar por la oficina para recoger unos documentos.