martes, 28 de junio de 2016

ANA Y ALGUNAS PISTAS SOBRE LA VIDA DE PEDRO-PARTE2

Segunda parte del capítulo "Ana y algunas pistas sobre la vida de Pedro"

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PARTE 2

-¿Pedro M.?- El detective se sorprendió ligeramente de su propia incertidumbre en ese momento. No asesinaban a diario a personas en esa ciudad. Y mucho menos a dos seguidas que llevasen el mismo nombre.

-No se haga el tonto ¿quiere, por favor?- respondió la mujer mostrando una ligera sonrisa, pero de manera muy sutil- Pedro el informático, así es como le conocía ¿no? anoche estuvo en su casa. Y anteriormente había estado hablando con él.

R la miró detenidamente. Una mujer muy atractiva. ¿Cómo era posible que aquel triste o incluso patético informático pudiese tener una mujer semejante?

-¿Es usted su…?

-¿Mujer? ¿Novia? ¿Amiga?- La mujer le cortó con delicadeza negando ligeramente con la cabeza- Él no quería, o… no terminaba de decidirse.

-No lo entiendo. ¿Por qué?

La mujer desvió un instante la mirada hacia la ventana. Por la que se podía ver el tímido sol que intentaba secar y hacer entrar en calor a la mojada ciudad sin árboles. R la observó en silencio. Tenía un precioso perfil. Cuando algunos segundos después la mujer volvió su mirada hacia él, vio en los ojos un enorme esfuerzo por no llorar.

-Mi nombre actual es Ana- murmuró finalmente- Pero antes me llamaba… Antonio.




“Coño!!!”. El detective no supo en ese momento qué pensar. Nunca lo hubiese imaginado. Que aquella mujer tan… hubiese sido antes un…tío. Pero él intentaba ser un hombre de mente abierta, en la medida de lo posible. Cada uno era muy libre de hacer lo que quisiera con su cuerpo, con su vida. Al fin y al cabo solo tenemos una vida, y solo nos pertenece a nosotros. A nadie más. Nosotros decidimos como vivir.

-Nos vimos algunas veces.- Empezó a relatar Ana.- La primera noche sentí que no estaba muy a gusto. Nos acostamos sí, pero… cuando por la mañana se fue pensé que nunca más volvería a verle. Varios días después me llamó. Quería que cenásemos y poder hablar.

Durante unos segundos Ana enmudeció. Controló que las lágrimas no brotasen de sus ojos. No era una mujer de lágrima fácil. Pero se sentía sobre pasada.

-Le quería ¿sabe usted?- terminó por confesar en voz baja.- Era una persona muy dulce, muy atento. Y no le importaba mi…pasado.

-Entiendo- respondió R unos instantes después. Enseguida le vino a la mente la maceta. Y si se acostaba con aquella…mujer quizá existiese la posibilidad de que ella supiese algo.- ¿Sabía usted si Pedro estaba metido en algo?

-¿A qué se refiere?

-Algún…tipo de “lio” ya me entiende.- R intentó ser lo más diplomático que pudo.

Ana negó con la cabeza.

-Llevaba unos días sin verle. La mañana de su muerte me llamó y me dijo que tenía algo importante que contarme.- Hizo una pausa, de nuevo intentando controlar las lágrimas- Dos días después me enteré de su muerte por la noticia en el periódico.

-¿Y cómo sabe usted que yo estuve en su casa?

-Me contó que quería contratar a un detective. Me dijo su nombre. Yo me asuste y…le pregunté si era grave el tema. Me dijo que no.

-¿Y anoche?-Insistió R.

-Un último adiós- respondió casi en un hilo de voz la mujer.- Quería despedirme en privado, solos él y yo. Y lo vi, husmeando en la casa de Pedro.

La conversación se alargó casi una hora más. Ana le contó cómo se habían conocido y lo enamorada que estaba de él. R le preguntó por sus amistades, por las de ella. Antiguos novios, novias, amigos y amigas, familiares… Alguien que tuviese un motivo para hacer algo al informático. Sobre todo por celos. Pero todo lo que la mujer contó era muy normal. Nada raro. Sus vidas eran de lo más normales. 

Ella se ganaba la vida como escritora de novelas románticas. Una vida nada glamurosa. Nada comparado con las grandes escritoras a nivel nacional o internacional. Pero le daba para pagar su piso y vivir cómodamente aunque sin “tirar cohetes” como le gustaba decir. Pedro se había convertido en su primer lector, su primer y mejor crítico.


-¿Dónde puedo encontrar algún libro suyo?- quiso saber R cuando la mujer se disponía a abandonar la oficina.- Quisiera regalar algo a mi pareja. Y un libro estaría bien.

-¿Antes del lunes?

R movió la cabeza ligeramente. No tenía fecha límite para el regalo. Regalaría el libro a Isabel un lunes…un jueves… o el día que fuese. Un regalo porque sí.

-Precisamente el lunes por la tarde firmo ejemplares en una librería- Del bolso extrajo una pequeña tarjeta de color azul claro, que le entregó con una bonita sonrisa.


El detective cogió la tarjeta y la ojeó un instante. La mujer abandonó la oficina. R observó cómo se alejaba durante unos segundos, y finalmente cerró la puerta. Tranquilamente se sentó en su sillón con la tarjeta en la mano. Volvió a ojearla un par de segundos y después la dejó suavemente y pillada por la mitad con el teclado del ordenador.