viernes, 21 de octubre de 2016

SOLDADITOS DE PLÁSTICO

El paso del tiempo trae consigo recuerdos que parecen grabarse a fuego en la memoria.
Uno de esos recuerdos grabados a fuego en mi memoria son aquellos sobres de soldaditos de plástico. Si, aquellos sobres de papel que costaban 10 pesetas, y que después llegaron a costar 15.

Grupo de combate Norteamérica, grupos de combate Japón, Nueva Zelanda…etc.

En cada sobre entraban 20 soldados de plástico de 1 centímetro o centímetro y medio. Hasta 600 soldados llegué a tener cuando era niño.

Tardes enteras en la puerta de mi casa inventando batallas, alineando filas y filas de soldados mezclando nacionalidades. Horas y horas de juego para terminar recogiendo todos y cada uno de los soldaditos de plástico. Contarlos uno a uno para no perder ninguno.


Ahora, andando por las calles de donde vivo, veo que los niños no juegan, no pasan las “horas muertas” como se suele decir con juguetes (soldados por ejemplo). Y recuerdo entonces lo bien que lo pasaba y cómo disfrutaba cuando mis padres, a regañadientes muchas veces porque entonces el dinero escaseaba, me daban 10 pesetas y con el puño cerrado para no perder las dos monedas corría al kiosco a por un nuevo sobre de soldaditos de plástico.

jueves, 20 de octubre de 2016

MI EXPERIENCIA EN LA CÁRCEL

Os presento un relato, entre capítulo y capítulo de mi novela "La historia de la ciudad sin árboles", que está basado en hechos reales. Mi propia experiencia en la cárcel.



Nunca había visto antes tan de cerca una cárcel. Su simple estampa, allí alzada en medio de un descampado, parecía advertir que no era precisamente un lugar agradable.

Vallas metálicas rodeando el recinto, edificio irregular de ladrillo visto y grandes ventanales por un extremo y pequeñas ventanas por otro. Un aspecto frío y desolador.

En algunos puntos, colocados sin duda de manera estratégica, se alzaban varias torretas con guardias armados.
Nos hicieron cruzar por una primera verja metálica. Dos guardias flanqueaban la fría y ancha entrada principal. Tras el cierre metálico a mi espalda no pude evitar que mi estómago se contrajera un instante. Ajusté mi bolsa de deporte que colgaba de mi hombro y avancé con el resto del grupo. Dos puertas más. Apenas eran las diez de la mañana y la fachada de aquel inhóspito edificio ya proyectaba en el liso suelo de tierra unas macabras sombras negras como el mismo corazón del alma de un escarabajo pelotero.

Accedimos al interior. No podíamos evitar, los doce o trece que formábamos aquel grupo, mirar todo a nuestro alrededor. Creo que de todos los que íbamos, esta, era la primera vez que entrabamos en una cárcel. Cruzamos varias puertas bastante sólidas, no sin antes mostrar nuestros carnets de identidad y mostrar el interior de nuestras bolsas (casi todas de deporte). Todo lo metálico se tuvo que quedar fuera, al igual que los carnets. Y tras volver a pasar por un nuevo detector de metales (cruzamos dos o tres) accedimos a un ancho pasillo dividido justo en el centro por una pared metálica. A la derecha de la verja para los que entrabamos, y a la izquierda de la verja para quienes salían hacia la entrada principal u otras partes del complejo.

El pasillo no era muy largo, pero si era algo siniestro. Era como si a medida que avanzásemos la oscuridad nos iba cubriendo, y la luz de la entrada principal iba quedando peligrosamente atrás. Por el “carril” de la izquierda se cruzaron dos presos. No pudimos evitar echarles un fugaz vistazo. Uno de ellos bestia con chándal azul marino, y el otro con un simple vaquero viejo y una camiseta de España`82. Su paso era tranquilo, y el gesto de ambos parecía bastante normal, afable incluso diría yo.

-Eh!!- dijo el del chándal azul cuando nos cruzamos en el pasillo, ellos a un lado de la verja y nosotros al otro lado.- Del Barca!!.- Me señalo esbozando una cordial sonrisa y levantando el brazo como diciendo “el mejor equipo el FC Barcelona”. He de decir que yo en aquella época vestía algunas veces con chándal (una prenda que por cierto hoy en día detesto) y precisamente aquella mañana llevaba un chándal del mencionado equipo de futbol.
Yo levante ligeramente la mano en forma de saludo y el preso en cuestión continuó por su lado del pasillo con su cordial sonrisa y repitiendo a media voz el nombre del equipo de futbol.
-Empiezas a tener colegas aquí dentro- me dijo uno del grupo dándome un ligero golpecillo en el hombro, y sonriendo al final.

Al final del pasillo encontramos una puerta abierta por la que accedimos a una pista cubierta. Sin duda alguna era un gimnasio. Porterías de futbol sala…canastas de baloncesto…una grada justo en frente de la entrada…
-la segunda puerta es la vuestra- Nos dijo el guardia que nos acompañó desde la entrada principal. Su tono era bastante amable.- Si necesitáis algo estaré en el pasillo.

Aquel “Polideportivo” estaba vacío en ese momento. Algunos balones de baloncesto descansaban tirados por la cancha, mientras que la luz de la mañana se colaba y bañaba parte del recinto, por unos ventanales casi a ras del techo y colocados en una de las paredes.
Tras “nuestra puerta” estuvimos no más de media hora. Teníamos nuestros uniformes y sabíamos qué teníamos que hacer. Nos cambiamos en silencio. Aquello era un simple vestuario, con asientos…duchas… Algunos hablaban entre sí y otros salieron a la cancha y dieron algunas patadas a un balón de futbol sala que encontramos en el vestuario. Después, el mismo guardia que nos había acompañado a la entrada nos llevó por un nuevo pasillo. Durante todos nuestros trayectos el paisaje era el mismo, verjas…ladrillo visto de aspecto frio…guardias…ventanas con rejas…

Apenas un minuto después, salíamos a un recinto abierto. Parecía estar situado a un extremo del completo, ya que todos los edificios que conformaban la cárcel quedaron a nuestra espalda y a nuestra izquierda. Pero enfrente y a la derecha continuaban las altas vallas metálicas y un par de torretas con guardias armados. Pero he de reconocer que cuando salí al exterior y pude ver el campo de futbol que se extendía ante nuestra vista pude respirar tranquilo. Una bocanada de aire fresco liberó mis pulmones. El grupo avanzó hacia el terreno de juego. Algunos presos, seguramente los menos peligrosos, se apostaban junto a las bandas para presenciar el partido. Nuestro rival, el equipo de la cárcel, calentaba ya en su parcela del terreno de juego, preparados para empezar el partido. Por nuestra parte, estuvimos calentando unos minutos y recibiendo las últimas instrucciones por parte de nuestro entrenador hasta que apareció el árbitro.

El partido fue duro, para qué negarlo. Los jugadores que formaban el equipo de la cárcel eran casi todos sudamericanos…africanos… algún que otro rumano y un par de españoles y no eran precisamente muy deportivos que digamos. 
Casi siempre he sido delantero, y aquel día salí del terreno de juego con un fuerte golpe en la pierna…la uña del dedo gordo del pie izquierdo arrancada de cuajo…y sin haber podido marcar un solo gol.

Afortunadamente el partido acabó (con empate) y a eso de la una ya estábamos de vuelta en nuestro pueblo. Es lo que tiene jugar en tercera regional, que si alguna cárcel tiene equipo de fútbol, ellos no pueden salir de la prisión y son los otros equipos quienes tienen que ir a jugar tanto el partido de ida y de vuelta.

Yo regresé a mi casa, cojeando. Había pasado una nueva jornada de la liga regional.




FIN


lunes, 17 de octubre de 2016

CAPÍTULO 14 PARTE 3 EXTRAÑOS ACONTECIMIENTOS


Parte 3ª del capítulo nº14 de La historia de la ciudad sin árboles


Despertó sobresaltado. El aire entró de golpe en sus pulmones justo al despertar, y su rostro se contrajo en una mueca de dolor con la boca abierta y la mano en el pecho. 

Miró a su alrededor, con los ojos abiertos e inspeccionando bien el lugar, aunque durante los primeros segundos su vista estaba ligeramente nublada hasta que poco a poco fue normalizándose. Era su apartamento, de eso estaba seguro. Pero su mente parecía bullir de manera sorprendente. 



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Las imágenes de la mujer vampiro desnuda sobre él, los labios de Lucia besándolo, las patadas y puñetazos por todo su cuerpo en lo que parecía un callejón, todo se mezclaba sin orden y sin sentido alguno. Recordaba haber ido a la librería a devolver el libro y luego… ¿había ido a la casa de Lucia? A partir de ese momento todo se volvía muy turbio, era como una imagen débil y frágil en su memoria, que se balanceaba de un lado a otro amenazando con caer y desaparecer. Incluso como si los días se mezclasen unos con otros.


Se percató de que estaba en el sofá. Intentó incorporarse, sintiendo como el interior de su cuerpo parecía crujir al más mínimo movimiento. Y cuando logró que su cuerpo lo obedeciese mínimamente, se echó hacia delante para incorporarse, cuando de repente algo que descansaba sobre su pecho y que no se había dado cuenta de su presencia se deslizó al suelo. Escuchó el sutil ruido que hizo al caer contra. Se terminó de incorporar y cuando quedó sentado en el sofá miró hacia abajo, hacia el ruido.

-Pero que…- murmuró sin entender muy bien que era lo que estaba viendo. Sabía qué era lo que había en el suelo, pero no llegaba a comprender por qué estaba en el suelo y no en su sitio, en la librería, que era donde creía haberlo llevado.

Alargó el brazo y lo cogió. Era el libro de J. Carrier, abierto por la mitad y boca abajo. Lo cerró y lo dejó con cuidado sobre la mesa, junto a la caja de pizza vacía y los botes de refresco. Tenía que buscar alguna pastilla o algo que le ayudase a despejar la mente. Estaba completamente convencido de que ya había devuelto aquel maldito libro. Que había estado en la casa de Lucia. Y era a partir justo de ese momento cuando empezaba a tener dudas, cuando todo se volvía turbio, borroso.

Entró en el cuarto de baño. Buscó en el mueble sobre el lavabo esas pastillas, pero solo había un pequeño frasco y estaba vacío. Cruzó el pasillo y entró en el dormitorio. El cuerpo continuaba no pareciendo suyo, como si no quisiera obedecer las órdenes del cerebro, andando con movimientos torpes y balanceándose ligeramente de un lado a otro. Rebuscó en los cajones de la mesilla pero tampoco encontró nada que tomar para que lo aliviase de aquella extraña sensación. Y fue al girarse, con la intención de regresar al cuarto de baño para intentarlo con un duchazo, cuando su pie descalzo, vestido tan solo con los calcetines, pisó algo que le hizo un poco de daño.

En el suelo, junto a las patas de la cama, encontró lo que parecía un pendiente. Lo cogió y lo observó detenidamente.  Casi al instante una imagen golpeó violentamente su cerebro. La imagen de la mujer vampiro en aquella misma cama con él, aquella primera noche. Besándose, haciendo el amor. Y aquel pendiente colgando de la oreja izquierda de ella. Y la imagen lo golpeó tan violentamente que se sentó en el borde de la cama, con la palma de su mano abierta y observando el pendiente. No parecía caro. Tampoco era demasiado bonito o elegante. Resaltaba una especie de demonio o bestia rodeada por una serpiente o por látigos que intentaban oprimir el cuerpo.

Cerró el puño y con paso decidido se dirigió al salón, hacia el ordenador. Sin duda alguna aquel pendiente se le había caído a la mujer vampiro aquella noche, y por algún extraño motivo no se había percatado de ello. Pero entonces una extraña y angustiosa sensación inundó su cuerpo. Su cara se contrajo en una mueca de terror y cayó al suelo bruscamente. Durante unos instantes su cuerpo se convulsionó de manera violenta, golpeándose con los muebles más cercanos. Finalmente perdió el conocimiento. En su mano cerrada guardaba el extraño pendiente.

Enlace capítulo 14 parte 2: 
http://deliriosdeunnaufrago.blogspot.com/2016/10/capitulo-14-parte-2-extranos.html