martes, 20 de diciembre de 2016

CAPÍTU LO 20 UN POCO DE HISTORIA

Buenas tardes. Capítulo nº20 de La historia de la ciudad sin árboles. 

Y el título lo dice todo: Un poco de historia. Un pequeño repaso a la reciente historia de esta peculiar ciudad.

Recordaron también que si queréis recordar la historia desde el primer capítulo, pinchando AQUÍ, podréis leer el primer capítulo.

Solo me queda agradecer a tod@s los que semana a semana sacáis un par de minutos de vuestro tiempo para visitar mi blog. Muchas gracias.



Nadie sabría decir con exactitud ni cómo ni cuándo cambió todo. ¿Un cambio lento? ¿Sutil? ¿Brusco? Los habitantes de esta ciudad eran como las gentes de otras tantas ciudades en el resto del mundo: iban a lo suyo, vivían sus vidas, les daba igual su vecino. Llenaban sus casas de pertenencias, con artículos comprados en los comercios que la ciudad les brindaba en todas y cada una de sus calles. 

Fuera de sus casas, el camino al trabajo parecía estar marcado a fuego en el asfalto. Ni siquiera les haría falta levantar la mirada del suelo. Coger el autobús, el coche, el metro, ir andando, todo formaba parte de un acto mecánico, aprendido de memoria. Carente de todo sentido.

https://pixabay.com/


Nadie se percató años atrás, no se sabe exactamente cuándo, en qué momento, que los árboles empezaron a desaparecer. Las floristerías fueron cerradas. Se decía que el ayuntamiento había puesto un bando por el que las floristerías en particular, y los negocios relacionados con plantas en general, quedaban completamente prohibidos.

En su lugar, los propietarios/as de dichos establecimientos fueron generosamente recompensados, a la vez que se les facilitó la apertura de nuevos y diferentes comercios. Nada que ver con plantas. ¿Y los árboles de las calles? ¿De los jardines? ¿Macetas y tiestos en los hogares? Simplemente desaparecieron.

Todo el mundo estaba demasiado ocupado con sus vidas, tanto que no se detuvieron a mirar qué ocurría a su alrededor. Con el paso de los años la ciudad fue cogiendo un triste color grisáceo, del que parecieron contagiarse todas las personas.

Dejaron de escucharse los cantos de los pájaros. Dejaron igualmente de verse en el cielo y en las calles, el vuelo de esos mismos pájaros. El paso de una estación del año a otra cada vez era más difícil de apreciar. Siempre parecía estar lloviendo. Lluvia fina, ligera, algo sucia. 

Pero nadie decía nada, nadie preguntaba ¿Por qué? Los niños crecieron sin parques, ni uno solo de esos niños parecía echar de menos su presencia. Muchos ni siquiera llegaron a conocer esos parques. Los años fueron pasando. Y el recuerdo de la vegetación se fue extinguiendo. 



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domingo, 18 de diciembre de 2016

Navidad de 198...

Una pequeña entrada entre los capítulos de mi novela: "La historia de la ciudad sin árboles"

Se trata de un recuerdo de infancia. De esos que nunca se borran, que perduran en la memoria sin saber el porqué.  


No recuerdo que año fue, 198... yo era muy pequeño todavía. Mi madre junto a mi tía, nos llevó a mi hermana, más pequeña que yo, y a mí a ver el Cortylandia de El Corte Inglés de la calle Preciados en Madrid.


Aquellas inmensas escenas y figuras de cartón piedra en la entrada del centro comercial más famoso de España, la aglomeración de familias para verlo: era Navidad.

No recuerdo si aquel año tuve “reyes” o no. Seguramente sí. Pero lo que recuerdo de aquel año fue a mi tía llorar en la puerta de un portal cercano a El Corte Ingles, sentada en el escalón de la entrada, con los ojos rojos por las lágrimas y la rabia. A mi madre intentando consolarla. Y a mi hermana y a mí frente a mi tía en cierto modo sin saber qué hacer, éramos demasiado pequeños.

Pero si supe que mi tía lloraba porque cuando nos acercábamos a ver el espectáculo en la entrada de El Corte Inglés, se percató de que le habían robado el monedero del bolso. Siempre llevaba el dinero en el bolsillo del vaquero precisamente por los robos, pero aquella noche lo había dejado dentro del monedero en el interior del bolso sin más y algún ratero espabilado solo tenía que introducir su mano en el bolso y llevarse el preciado botín. Abrir el bolso y meter la mano no tendría ningún secreto para ese tipo de gente. Y mi tía lloraba porque aquel año había sido duro, y ese dinero lo había estado guardando especialmente para los regalos de sus sobrinos, o sea mi hermana y yo.


Algunas cosas se quedan grabadas en la mente de por vida. Y esta es una de ellas.  

* Imagen extraída de Google.