miércoles, 26 de julio de 2017

EL POETA





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Y entonces el poeta se desplomó en el suelo. No podría volver a escribir poesía. Toda una vida dedicada a plasmar en la hoja los versos más perfectos que brotasen de su mente, y ahora descubría que nada de aquello tenía valor alguno. Lloró... rió... sintió su corazón lleno de esperanza al ver que la poesía ya nunca más podría ser escrita. Que la misma poesía había tomado forma femenina. Frente a él, aquella mujer a la que tanto había escrito. La poesía convertida en su amada.

sábado, 22 de julio de 2017

Los partidos de chapas

No sé por qué ha sido. No recuerdo nada en absoluto que forzara el regreso de un recuerdo de la niñez tan querido como este, ayer por la tarde mientras caminaba hacia el coche.

Imagen de Google


Las chapas. Los partidos de chapas que echábamos siendo niños. No recuerdo si quiera el equipo de fútbol que solía utilizar. Pero lo que si recuerdo, era cómo colocaba la chapa, casi todas con aquel pastoso olor a cerveza, encima del cromo y marcaba la circunferencia con el bolígrafo. Después escribía el nombre del jugador y recortaba con las tijeras. Colocaba la cara recortada dentro de la chapa y los colocaba en línea, como si fuesen jugadores reales escuchando el himno de su país.

El portero se dejaba, yo al menos siempre lo hacía así, para el final. Bien podía ser el tapón de una botella reforzado con un par de chapas en la parte trasera o cinco o seis chapas juntas, todo unido con cinta aislante bien fuerte, hasta formar una masa, algunas veces deforme, en la que se colocaba la cara del portero. ¿El objetivo de tal masa deforme? Que resistiera los garbanzos.

Si los garbanzos, los mismos del cocido. Esos eran los balones.

Solíamos buscar las aceras o las calles más lisas en donde dibujar con tiza el campo de fútbol. Algunos de mis amigos, yo nunca fui un manitas para esas cosas, llevaban verdaderas “obras de arte” que simulaban las porterías.
De vez en cuando teníamos que salir corriendo tras encontrar una acerca en condiciones para nuestro campo de fútbol, porque la vecina y supuesta dueña de la acera, salía con el palo de la escoba molesta porque pintábamos en “su suelo”.
Que paciencia para construir los equipos…para formar nuestras ligas…eliminatorias…Desconozco si alguna de esas ligas o eliminatorias llegaban al final. Nunca fui muy bueno con las chapas y ganaba pocos partidos. Por eso tenía mis propios equipos y mi propia liga, porque me eliminaban tan pronto que…no quedaba otra que practicar.


Otros tiempos, otros juegos, otros amigos. Parte de la columna vertebral de nuestra vida.

martes, 18 de julio de 2017

CAPÍTULO 32 EL PENDIENTE

¿Cómo había sido posible que se hubiese olvidado de aquel pendiente? ¿Qué tipo de periodista pretendía ser si lo que parecía una pista se quedaba olvidado en el fondo del bolsillo del pantalón?

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Recordaba que el día en el que había encontrado a Marcos en el cuarto de baño, y mientras esperaba a que llegase R después de llamarlo, el joven había dejado caer en el suelo algo que rodó hasta quedar debajo de la mesa. La retiró unos centímetros y cogió lo que se le acababa de caer. Se trataba de un pendiente. Un pendiente no muy bonito a decir verdad. Pero en ese momento lo más importante era la salud de Marcos. Así pues aquel pendiente fue inconscientemente al fondo del bolsillo del pantalón.

De donde salió varios días después, cuando en casa empezó a meter algo de ropa en la lavadora para lavar. Las “faenas” típicas de la casa estaban empezando a acabar con ella. El periódico le había concedido unos días libres, y su padre cada dos por tres junto a Isabel, llamaban o se presentaban en el piso para estar con ella, para salir a pasear, o para llevársela a cenar a cualquier restaurante. Entretenerla a fin de cuentas, todo lo que se pudiese para que no pensase en lo sucedido. Agradecía tanto al periódico como a su padre e Isabel los gestos de atención para con ella. Reconocía que la inesperada muerte de Marcos, como era evidente que no podía ser de otra manera, le había afectado mucho más de lo que esperaba, pero era necesario cuanto antes el reanudar su vida. Ya lo tenía decidido, a la mañana siguiente acudiría al trabajo. Quería, necesitaba, estar entretenida. Si continuaba un día más en casa se volvería loca. Estaba cansada de llevar puesto casi todo el día aquel viejo chándal de color claro. Era increíble cómo aquella prenda, poco a poco, parecía irse acoplando a su cuerpo. Cómo si el chándal pretendiese adueñarse del cuerpo humano: “este cuerpo es mío” “lo quiero para mí” susurraría seguramente el chándal.

Contempló en silencio, agachada, aquel feo objeto. Sin terminar de meter la ropa en el interior de la lavadora, y dejándola en un desordenado montón en el suelo, fue al pequeño despacho que tenía y encendió el portátil. Se acomodó en la silla giratoria con ruedas y buscó por la red la imagen que tenía aquel pendiente. Todo a su alrededor era oscuridad, solo la luz que despedía la pequeña pantalla del equipo sacudía el rostro de la joven, que observaba con detenimiento todas y cada una de las imágenes que iban apareciendo en pantalla, buscando similitud con la del pendiente, que ahora descansaba a su izquierda, junto a uno de los altavoces.

Finalmente encontró una imagen muy parecida, diría que incluso idéntica. Lo cogió y lo comparó con la que resaltaba en pantalla. Decidió imprimir una copia. A continuación accedió al enlace.

-Vampiros- murmuró muy poco sorprendida por el hallazgo entre la oscuridad del despacho cuando accedió a una web claramente relacionada con el mundo vampírico. Y la imagen resaltaba en lo alto, como un logotipo. Fue leyendo… accediendo a enlaces…viendo fotografías…leyendo todas las entradas que iban apareciendo, descubriendo mitos y leyendas del mundo de los vampiros, películas sobre estas criaturas… Demasiada información y ninguna aparentemente útil. Lo único que había visto de interés era el maldito logotipo similar al pendiente, pero no había encontrado en toda la web nada que explicase su procedencia…si era simple merchandising de la web…


Un momento. Su rostro se iluminó de repente, justo cuando durante unos segundos estaba pensando en cerrar la ventana porque no encontraba nada con valor. ¡Claro! Gritó, y descubrió que el pequeño despacho parecía tener eco al oír su propia voz. El blog de Marcos. Él era muy aficionado a los vampiros y todo el misterio que encerraba ese mundo. Volvió a centrarse en el portátil. Sabía de memoria la dirección del blog, y en apenas unos segundos estuvo en la pantalla principal. Pero con la misma rapidez con la que había “despertado” al recordar el blog, volvió a venirse abajo al ver la fotografía del joven, que encabezaba la página principal. Recordaba aquella fotografía. Precisamente se la había hecho ella. Un domingo gris que salieron en busca de edificios viejos y antiguos para fotografiarlos. Entonces estaba preparando un artículo para una revista local. Habían encontrado, en la zona sur de la ciudad, una vieja mansión en la que predominaba una verja de hierro de más de trescientos años rodeando toda la finca. La fotografía mostraba a un radiante Marcos junto a la puerta, sujetando un enorme candado cerrado, con la mansión de fondo. Observó durante unos segundos aquella imagen. Sintió que la vista se le empezaba a nublar por culpa de una lágrima rebelde recordando aquel día. Deslizó suavemente el ratón por la alfombrilla y accedió al contenido. No podía seguir viendo su rostro.

El silencio era absoluto en el pequeño apartamento de la joven. Llevaba casi una hora buscando por el blog, pero no había ni una sola referencia a imágenes como la que buscaba. Desanimada apagó el portátil y salió del pequeño despacho. Ya en el salón, se dejó caer en el sofá. Estaba cansada. Deseaba relajarse unos minutos. El reloj del móvil marcaba las doce y media de la noche. Era la hora a la que más o menos tenia costumbre de irse a dormir. Empezó a pensar en la redacción del periódico, tenía ganas de volver de nuevo a su rutina. El recuerdo de Marcos nunca se borraría, pero quería pasar página cuanto antes. Quizá incluso llamaría a Noelia y Julia para volver a salir con ellas. Ninguna tenía pareja estable. Asomada al ventanal del salón y observando la noche de la ciudad, movió ligeramente la cabeza al pensar que por qué Noelia y Julia no terminaban de salir como pareja. Siempre estaban juntas, nunca se separaban y apenas les duraban los tíos con los que se enrollaban. Sería buena idea volver a salir con ellas, y quizá contarles la idea que acaba de tener: Noelia y Julia siendo pareja.


Resopló corriendo el visillo del ventanal. Estaba bien de vez en cuando distraer la mente en banalidades. Y para eso sus dos amigas eran las mejores. Era increíble el tiempo que hacía que no las veía. Se acostó deseando que el despertador sonase lo antes posible. Se cercioró de que estaba activado. Necesitaba volver al trabajo, a su vida normal. Por la tarde, iría a visitar a R y le hablaría del pendiente. Posiblemente incluso Lucia pudiese saber algo. ¿Qué vínculo habían tenido Lucia y Marcos?



martes, 11 de julio de 2017

CAPÍTULO 31 LA PROMESA

El reloj despertador de la mesilla marcaba las doce menos diez de la noche justo cuando con paso cansado entró en el dormitorio. Encendió la luz y se dirigió hacia el armario. Abrió la puerta de la izquierda y rebuscó en la repisa más alta. Al fondo, tras una vieja manta, encontró una pequeña caja fuerte de color rojo, que depositó sobre la cama. Del fondo del bolsillo del pantalón sacó su habitual llavero. Entre las llaves del piso y la oficina había una más pequeña que el resto. Sin sacarla del llavero se arrodilló junto a la cama y abrió la pequeña caja fuerte. 


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Del interior extrajo su Lot 580 - Taurus - Model 454 Raging Bull. La misma que llevaba algunos años sin utilizar. Sin levantarse la sostuvo entre sus manos. Llevaba todo el día pensando que el caso de Pedro el informático parecía algo más serio de lo que en un principio creyó. Tenía la extraña sensación de que algo grande podría ocurrir. Y no vendría mal desempolvar su viejo revolver. Solo por si acaso. Porque ese “por si acaso” parecía estar observando todos sus movimientos en los últimos días, sobre todo por las noches.

-¿Te ocurre algo cariño?- La voz en un evidente tono de preocupación de Isabel acarició el silencio del dormitorio.- Llevas toda la noche bastante preocupado.

R levantó la mirada. Isabel avanzó por el dormitorio hasta sentarse suavemente en el borde de la cama, junto a la caja fuerte. Haciendo que ésta se volcase ligeramente hacia ella al bajar el colchón. Sus miradas se cruzaron un instante. El detective reconocía que la idea de llevar de nuevo el revolver lo había tenido absorto durante la cena. Bajo la mirada de Isabel, dejó el arma sobre la mesilla, y de la caja fuerte sacó la pequeña caja de munición que le quedaba. Si decidía llevar las veinticuatro horas del día el revolver además tendría que comprar un par de cajas más de munición. Y cerciorarse de que su licencia seguía vigente. Seguramente seguiría vigente. La caja de la munición también quedó en la mesilla, junto al revolver. Y la caja fuerte regresó al fondo del armario, el cual cerró con cuidado antes de mirar a Isabel.


-¿Me prometes una cosa?- R se arrodilló frente a Isabel y le cogió con dulzura las manos. Aquello parecía en toda regla una declaración de amor. Pero era algo muy distinto lo que pasaba por la mente del detective en esos momentos. Isabel lo miró sin saber muy bien que decir. Aunque estaba algo asustada.

-Qué quieres que te prometa.

-Si en algún momento en los próximos días, te pido que te vayas una temporada fuera de la ciudad ¿lo harás? ¿Lo harás por mí?

Isabel sabía que algo preocupaba a su detective. Pero nunca por su mente había pasado la opción de dejarlo solo.  Aquellos pensamientos retrasaron unos segundos su respuesta, y R lo interpretó como una duda, como si no le gustase aquella propuesta.

-Por favor. No me gustaría que te ocurriese nada por mi culpa, por mi trabajo.

Isabel lo miró a los ojos. Nunca antes lo había visto tan preocupado por motivos de trabajo. Unos ojos que era evidente que anunciaban preocupación por ella.

-Claro, cariño- respondió pasados unos segundos acariciando suavemente el rostro del hombre- Si eso es lo que quieres…así lo haré.

R sonrió ligeramente. Se abrazó a la mujer, hundiendo su rostro en el pecho de ella, que subía y bajaba con un ritmo lento, tranquilo. Incluso relajante. El detective sintió que se podría quedar en aquella posición durante horas. Sintiendo y gozando de la tranquilidad y el calor que el pecho de aquella mujer le brindaba. Noto como los dedos de ella se enredaban en su pelo, como acariciaba lentamente su flequillo, para terminar dándole un beso en la cabeza. “No pasa nada cariño” oyó que murmuraba Isabel “yo estoy a tu lado”. Las palabras cruzaron la oscuridad de sus ojos cerrados, para fundirse en su corazón, en su cerebro. En su memoria. Realmente se sentía muy afortunado de tener una mujer como Isabel en esos momentos de tranquilidad, de paz. Algo que sin duda alguna tenía el presentimiento de que más bien pronto que tarde terminaría por fracturarse de manera violenta. Porque ese era el presentimiento que lo inundaba. Que no lo dejaba centrarse al cien por cien en la oficina cuando se sentaba frente al ordenador para el papeleo habitual de su agencia. Y por nada en el mundo querría que ella, que Isabel, estuviese en el medio de todo.




sábado, 8 de julio de 2017

SORPRESA


Llegó por sorpresa, como siempre. Y tuvo que reconocer que fue una sorpresa muy agradable. Su, hasta en ese momento, decaído estado de ánimo desapareció al instante nada más abrir la puerta al oír el timbre y ver su preciosa figura. No esperaba su presencia desde luego. Dos besos, y entraron al salón. Tenía la televisión encendida y un refresco sobre la mesa.

-¿quieres una coca cola?-

-Vale. Pero tranquilo, voy yo a por ella-.

Desde luego sabía dónde guardaba la bebida. Conocía aquella casa bastante bien. De hecho hacía unos meses que “se lanzó” como se suele decir y le propuso vivir juntos. No quiso. No dio una respuesta clara. Él no insistió. Llevaban casi dos años en un incómodo “tira y afloja”. Al menos para él. Con lo sencillo que podía ser todo. 

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Cuando regresó al salón se sentó en el sofá, rozándole con sus caderas. Bebió y le preguntó qué estaba viendo.

–Viernes 13-

-Joder, ¿cómo te gustan esas películas? -preguntó.

–Me gusta el terror-

-Eso no da miedo-

-¿Quieres que apague la televisión?-

-No. ¿Puedo fumar aquí? Preguntó.

Sabía que él no soportaba el humo. Siempre le falta el aire cuando alguien fuma a su lado. Se acercó a la ventana y la abrió. El canto de algún grillo de fondo, y el frescor de la noche de primeros de septiembre inundó el pequeño salón. Vio que aquello que empezó a fumar era un “porro”.


-Lo malo es que cuando fumo esto, después me follaría un árbol- Dijo clavando sus ojos marrones en el joven.

Él la quería, ella seguramente a él no. Pero siempre rondaba su casa, coqueteaba con él. Nunca se habían acostado. Se levantó entonces del sofá y se acercó a ella. De manera juguetona le lanzó una bocanada de humo a la cara. Tosió. Ella sonrió y aplastó lo que quedaba de su “porro” en el alféizar de la ventana. La besó en los labios. Notó su sabor, aquel sabor que llevaba demasiado tiempo deseando solo para él. La joven aceptó aquel beso, incluso lo alargó algunos segundos más. La ventana se quedó abierta. Arriba, la luna llena dejaba una noche muy clara. Había sido un día bastante caluroso y en cuanto se escondió el sol, había regado el jardín lo que hacía que en esos momentos todavía pudiesen sentir el aroma de la tierra mojada entrando por la ventana.

-¿Por qué has hecho eso?-  preguntó con un claro tono de voz que rozaba el nerviosismo.

Toda esa tranquilidad, control de la situación al echarle el humo en la cara, era como si hubiese sido una simple fachada. ¿Acaso no esperaba que finalmente la besase? Sus rostros estaban a escasos centímetros el uno del otro. Le resultaba agradable sentir el aliento de ella tan cerca de él. Ver como sus ojos se movían nerviosos entre su boca y sus ojos.

 –Porque te quiero, y estoy harto de que me vaciles como lo haces- Al escuchar esas palabras, que no era otra cosa que la más absoluta verdad respecto a lo que sentía por ella, le miró unos segundos en completo silencio y sonrió. Sus labios se arquearon tímidamente por la sonrisa. Cogiendo las manos de él acercó sus labios y le volvió a besar.

–Mañana hablamos-

Y mientras ella salía de la casa, él pensó si no estaría perdiendo el tiempo. No bastaba con quererla como nunca había querido a nadie si ella no sentía lo mismo. O al menos no con la misma fuerza.

La puerta de la casa se cerró. Lentamente volvió a sentarse en el sofá sintiendo que el sabor de ella tardaría en desaparecer de sus labios.

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martes, 4 de julio de 2017

CAPÍTULO 30 PARTE 4 SOMBRAS EN LA OSCURIDAD

-Está bien- Asintió R. Había que ir paso a paso, sin agobios. Si no había presión podría conseguir más de la mujer. Lo sabía por experiencia. La gente hablaba antes si no se le presionaba. Se acercó a la puerta, que lo esperaba ya abierta. Se puso de nuevo el sombrero, pero justo en el momento de cruzar el umbral de la puerta se detuvo y se giró mirando a la mujer. Sus miradas se cruzaron un segundo. Tenía unos ojos preciosos, pero cansados y algo aterrados en ese preciso instante.

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-¿Está segura? Podría ser la principal sospechosa del crimen- R intentó forzar un poco a la mujer. Solo un poco, sin llegar al agobio. Aunque habló con tranquilidad. Sin levantar la voz.

-Puedo asegurarle que yo no le pegué los dos tiros a ese joven.- Confesó en voz baja Lucia. Mostrando a la vez, una imperiosa necesidad y urgencia de que el detective saliese de su establecimiento y así poder cerrar la puerta. Por su parte, R aguardó unos instantes. Desvió la mirada hacia la noche que rodeaba ya desde hacía casi un par de horas la calle. Después volvió de nuevo a mirar a la mujer.

-Dos tiros- murmuró el detective moviendo la cabeza ligeramente.- No recuerdo haber mencionado la forma en que el joven fue asesinado.

Lucia cerró un instante los ojos. El detective llevaba razón. No lo había mencionado. Pero intentó controlarse.

-Vallase, se lo ruego. No sabe dónde se está metiendo.

R la miró un instante. Del interior del abrigo sacó una tarjeta.

-Este es mi número. Si decide contarme algo más…-

Lucia cogió la tarjeta. Después en completo silencio R terminó de salir de la librería y tiró calle arriba, donde esperaba que continuase aguardando el taxi. A sus espaldas, pudo oír la puerta cerrarse, y casi enseguida a continuación el sonido del cierre interior. Introdujo las manos en el abrigo. Hacía frío. Era hora de recogerse. 




Casi veinte minutos después, el taxi lo dejaba frente al portal de su casa. La oscuridad ya invadía por completo hasta el último rincón de la ciudad. Todos los comercios ya parecían haber cerrado, y apenas se podía ver gente por la calle. Aquello tenía muy mala pinta. Nunca antes los ciudadanos habían tenido tanto miedo. Antes de entrar en el portal levantó la mirada y vio la luz encendida de su piso. Le gustaba aquella sensación, la de saber que Isabel esperaba en casa. Bajó la mirada, hacia el portal. Rebuscó en el bolsillo del pantalón las llaves, pero entonces algo hizo que girase el cuello hacia la izquierda.

No sabría si fue algún ruido…un susurro…o la misma sensación que se tiene cuando se sabe que lo están vigilando a uno. Espiando sería la palabra correcta. Pero algo había notado. A su izquierda la estrecha calle se sumergía entre las sombras de la noche. Las luces de algún coche…algún ladrido perdido de un perro…un bar abierto, sin apenas clientes y a punto de cerrar…y al final de la calle una figura. En medio de la acera, una figura oscura que parecía observarlo detenidamente. R quiso guardar de nuevo las llaves en el bolsillo, y por su mente pasó fugazmente la idea de correr hacia esa figura, hacia esa persona que parecía seguirlo allá donde fuera. Porque recordaba que tras la salida de la librería y de vuelta a casa le había asaltado la sensación de estar siendo vigilado, que alguien lo seguía. Pero desechó la idea. Seguramente encontraría un momento más propicio para acercarse a quien lo estuviese siguiendo. Encontraría la manera de llegar a esa persona. Terminó por entrar en el portal.

sábado, 1 de julio de 2017

LA NOCHE MÁS TERRORÍFICA

¿Motivo de la fiesta? No era necesario ningún motivo. Además tampoco era una fiesta en sí. Más bien podía tratarse de una reunión como lo llamaban nuestros padres cuando eran jóvenes. ¿Guateque? No, mejor reunión.

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Se trataba de un sábado normal y corriente, a finales de octubre. Es cierto que pocos días antes había sido el cumpleaños de Jaime, y que esta reunión bien podía ser en su honor, celebrando su vigésimo octavo cumpleaños, pero Jaime era una persona muy reacia a celebrar sus cumpleaños. Siempre, desde que nos conocimos, y de eso hacía ya ocho años, nunca había aceptado celebrar tal fecha. Aunque a lo largo de los años le preguntamos el motivo, nunca quiso confesarlo. 

Era algo relacionado con la mala relación con su padre o algo así. Y nosotros, como amigos suyos aceptamos su decisión.

La reunión se celebraba en el piso de Marta, pareja de Jaime desde principios de verano. La relación no duraría más allá de navidades, eso lo sabíamos todos. Jaime no lograba mantener una relación que durase más de seis meses. Y eso que Marta era un encanto de chica. Una informática de 26 años que en cuanto se decidiese a entrar en el mercado laboral seguro que se la rifarían las mejores empresas del sector.

También estaba en la reunión Lucia, amiga nuestra desde hacía cinco años. Por motivos familiares se había visto obligada a dejar la universidad, y trabajaba en una floristería a jornada completa. No es que la situación económica del país fuese muy boyante en la actualidad, pero por alguna extraña razón lograba mantener su puesto de trabajo. Y eso que en la empresa habían echado a dos chicas que trabajaban a tiempo parcial.

Pedro no había llegado todavía. Habíamos quedado a las siete de la tarde y pasaban ya algunos minutos de las ocho. Fuera, la ciudad se veía ya cubierta por el agradable manto de una noche otoñal bastante agradable en lo que a temperatura se refería. Había sido un verano tardío y todos los partes meteorológicos que veíamos en los informativos nos anunciaban un otoño igualmente tardío y a la vez tranquilo. Las luces de la calle semejantes a pequeños puntos blanquecinos salpicaban la oscuridad de manera completamente arbitraria e incoherente. Belén y yo estábamos en ese momento en la terraza. Dentro del piso no se podía fumar pues Marta era alérgica a algo del tabaco, pero dejaba que se fumase en la terraza. No hablábamos. El silencio se mezclaba de manera caprichosa entre las bocanadas de humo que salían de su boca. Yo tampoco fumaba, y no me importaba que ella lo hiciese. Eran sus pulmones, no los míos. Esa misma mañana habíamos tenido una pequeña discusión que aún todavía arrastrábamos. Pero seguramente que en pocas horas pasaría, pues ni yo me acordaba muy bien del motivo de la discusión y ella, a juzgar por su forma de mirarme, tampoco se acordaba. Pero era algo que nos pasaba en momentos puntuales. Discutíamos, pasaban unas horas sin hablarnos y al final nos mirábamos sonreíamos y toda ya había pasado.

Cuando regresamos al interior, Marta y Lucia estaban sentadas en unas sillas alrededor de la mesa redonda que tenían a un lado, junto a la puerta de la cocina. Jaime preparaba unas bebidas. Hacía poco compró una pequeña barra de bar, algo que a mi juicio, estaba desfasado en la decoración del hogar actual, pero que a él le fascinaba. Por suerte, aunque el salón no era muy grande había convencido a Marta para ponerla en un rincón, ya que en su casa no podía por falta de espacio, y también porque vivía con su abuela materna y no quería alterar la vida y la decoración de su pequeño piso.

El enfado entre Belén y yo empezaba a desaparecer. Nuestras manos se separaron lentamente cuando ella se quedó con las chicas y yo me dirigí hacia la pequeña barra de bar. Belén me mostró una sonrisa tan dulce como el primer beso que nos dimos la noche que nos conocimos.

La música no estaba muy alta. El piso de Marta estaba en un edificio de estrictas reglas y aunque fuese una hora normal, en caso de haber mucho ruido enseguida podría llamar el portero para avisarnos de la queja de algún vecino. Y tampoco nosotros éramos de tener la música muy alta. Los tiempos del ruido atronador había pasado ya para nosotros.

-¿Qué tal con Belén?- Me preguntó Jaime ofreciéndome una de sus bebidas preparadas. Por mi parte nunca preguntaba que llevaban esas bebidas. Era un “loco” de la barra y le gustaba experimentar en las mezclas. Mejor no preguntar.

-Solucionado- murmuré desviando ligeramente la cabeza y descubrir que mi Belén me miraba de manera furtiva a la vez que hablaba con las chicas.

-Me alegro tío.

-Marta es una chica fantástica.

-Lo sé. Y te puedo asegurar que esta vez me portaré como un puto adulto y no la cagaré.

-Me alegra oír eso tío.- Miré a mi colega con orgullo y cariño. Lo que más deseaba en ese momento era que no le hiciera daño a Marta y…

La puerta del piso sonó bruscamente. Varios golpes seguramente con el puño cerrado. Luego, de manera insistente, el timbre. Todos nos miramos desconcertados. Los golpes continuaban.

Crucé el pasillo y abrí la puerta. Pedro entró casi a la carrera, golpeándome en el hombro. Me miró fugazmente, pero continuó corriendo al salón. Cerré la puerta del piso, y cuando regresé al salón Pedro estaba de cuclillas frente al televisor. Lo había encendido y parecía buscar precipitadamente y de manera casi ansiosa un canal en concreto.

-Quitar la música joder- protestó sin dejar de buscar con el mando.- ¿Ostias no funciona ningún canal?

Casi al instante, había logrado captar toda nuestra atención. Marta quitó la música, y el resto nos agolpamos en el tresillo mirando a Pedro.

-Han dado un golpe de estado- dijo Pedro que finalmente encontró un canal que funcionaba. Pero en el que no emitían nada. Solo una especie de letrero en pantalla anunciando avería técnica, y de fondo música militar.

-¿Cómo que han dado un golpe militar?- pregunté de manera calmada intentando conseguir una explicación de Pedro.

-He venido en taxi y lo he visto todo- Dijo Pedro que se incorporó y pasándose la mano por la cabeza como intentando tranquilizarse.- Las calles del centro están repletas de tanques y hay muchos soldados por todas partes.

-¿Y cómo sabes que es un golpe de estado?-preguntó Marta que dejó escapar en su tono de voz algo de miedo.

-Si- salió enseguida al quite Jaime, más que nada como buscando tranquilizar a la chica.- ¿Cómo sabes que es un golpe? Podrían ser maniobras militares.

-¿Maniobras? Joder tío- Pedro negó con la cabeza.

-Podía tratarse de un ataque terrorista- dijo Lucia casi en un hilo de voz.

-Lucia, vengo de la calle ¿vale?-dijo Pedro-Lo he visto todo. Incluso he visto a militares detener a civiles. Creedme, no se trata ni de malditas maniobras ni de un ataque terrorista.

Durante unos instantes se adueñó de todos nosotros un terrorífico silencio. Nuestras miradas parecían buscarse de manera nerviosa unas a otras, como buscando una explicación o algún tipo de ayuda.

-Habrán sido los putos republicanos- Dijo Belén cruzándose de brazos. Yo sabía que Belén venía de una familia más bien conservadora, y que ella misma pensaba prácticamente igual que sus padres y abuelos.

-¿Y por qué los “putos republicanos”?- Jaime respondió levantando la voz claramente molesto.- Es a los malditos fachas a los que parece que les pone cachondos todo eso de los golpes de estado y las…

-Ya vale joder- corté dando un paso adelante y lanzando duras miradas tanto a Belén como a Jaime.- No vamos a discutir entre nosotros por algo que no sabemos a ciencia cierta ¿vale?

Jaime asintió con la cabeza.

-Lo siento-dijo mirando a Belén. Después me miró a mí.- ¿Y qué haremos ahora?

En ese momento todos me miraron a mí, esperando una respuesta.

Todo parecía muy tranquilo. Desde la terraza del piso no daba la impresión de que fuera se estuviera llevando a cabo un golpe de estado. Todos habíamos nacido en la democracia, y tan solo las historias de nuestros padres cuando eran jóvenes eran nuestras referencias respecto a tiempos más oscuros. Habíamos logrado encontrar algunos canales. En todos se proyectaban películas, y en otros solo música militar. Sin duda alguna estábamos muy asustados, y no nos daba ninguna vergüenza en mostrarlo a las claras. Era la misma vida.

Belén estaba apoyada en la barandilla de la terraza. Me acerqué a ella y la intenté abrazar buscando que se tranquilizase.

-¿Estás bien?-pregunté murmurando. Sentía que su cuerpo temblaba ligeramente bajo mis brazos, pero el temblor parecía ir cediendo muy poco a poco.

-Mi padre es concejal de un pueblo- dijo mirando al infinito de esa terrorífica noche.

-Lo sé. ¿Y?

-Si es verdad que es un golpe de estado…no sé qué le podrá pasar.

La giré hacia mí. Nuestros rostros quedaron a escasos centímetros. Tenía los ojos algo vidriosos, seguro que intentaba controlar el llanto. Afortunadamente mis padres vivían en un pequeño pueblo del sur de Francia y no temía por ellos, pero era consciente de la preocupación de Belén.

-Te llevaré a casa de tus padres. Seguramente allí no pase nada.-Dije quitando de su cara un revoltoso flequillo rubio que acababa de caer delante de sus ojos.

Cuando regresamos al interior vimos que Lucia, quizá era la que más asustada estaba de todos nosotros, se estaba poniendo su chaqueta vaquera. Pedro se buscaba algo en el bolsillo de la suya.

-Me voy a casa- dijo Lucia casi llorando por el miedo.-Quiero estar con mis padres y mi hermana.

-Sería mejor que nos mantuviéramos todos juntos- Dijo Jaime dejando caer el mando a distancia sobre la mesa. Acababa de apagar la televisión, molesto ya de no saber nada exacto.

-Yo acompañaré a Lucia a su casa- murmuro Pedro.- Creo que lo mejor es que cada uno esté con los suyos.

-joder, quizá mañana se haya calmado todo ¿vale?- protestó Jaime.

-Sé que es arriesgado- dije mirando a todos, intentando tranquilizar al grupo.- Pero yo también creo que cada uno debería de estar con los suyos…por lo que pueda pasar. Yo voy a llevar a Belén al pueblo, con sus padres.

Belén se pegó más a mí, como buscando un apoyo y una tranquilidad que en esos momentos no parecía abundar mucho a nuestro alrededor. De nuevo el silencio y la pesadez de una situación incierta se adueñó de todos nosotros.

-La puta crisis es la culpable- murmuró entonces Lucia, que continuaba de pie en medio del salón y que apenas se atrevía a levantar la mirada del suelo.- Tanta corrupción…tanta intolerancia en las calles…tanta impunidad…Era normal que alguien hiciera algo así, que no se quedara al margen de…

-Creo que protestar no va a servir de mucho ahora- dijo Jaime bastante molesto. Le conocía bastante bien, y sabía que su miedo se manifestaba en él en forma de querer discutir con todos, y de molestarse con todos los comentarios.

-Vale, está decidido- Dije de manera autoritaria. No quería que mis amigos volvieran a discutir entre ellos.- Todos queremos estar con nuestras familias. Lucia quiere irse, Pedro seguro que también y Belén quiere estar con sus padres. Aquí no nos podemos quedar. Marta…Jaime…casi siempre estáis juntos aquí de manera que…

Pedro nos hizo callar a todos de repente. Su dedo en la boca y el gesto con la otra mano de que guardáramos silencio hizo que nuestros corazones se acelerasen casi a la vez.

-Creo que fuera pasa algo- murmuró.

Nuestras respiraciones se aceleraron vertiginosamente. Sentí la presión de la mano de Belén cogiendo la mía. Intenté tranquilizarla con la mirada.

En silencio cruzamos el pasillo hasta detenernos en la puerta principal del piso. Jaime fue a mirar por la mirilla pero no se atrevió en el último momento. Todos agolpados contra la puerta pudimos oír varios gritos de los vecinos, así como las brutales y aterradoras pisadas de botas militares.

-Oh Dios- murmuró casi llorando Lucia.

Al menos una veintena, corriendo de un lado a otro. La luz del recibidor del piso apagada, y tras la puerta violentas carreras de un lado a otro…puertas que se abrían a la fuerza…gritos…golpes…y una voz autoritaria que parecían mandar en los soldados.

Miré intensamente a los ojos a Belén, en medio de la oscuridad a la que nos fuimos acostumbrando. El miedo era palpable en todos nosotros. Sentí de nuevo la presión de su mano en la mía.

Estábamos atrapados. Era cuestión de segundos que golpeasen nuestra puerta.




martes, 27 de junio de 2017

CAPÍTULO 30 PARTE 3 SOMBRAS EN LA OSCURIDAD

Una semana más, un nuevo capítulo de "La historia de la ciudad sin árboles"

Miles de gracias por visitar el blog cada día. Me alegra ver que la novela por entregas está teniendo una muy buena acogida entre el público.




-Buenas noches- dijo tranquilamente.

-El padre de Marta- dijo en un hilo de voz, clavando su cansada mirada en el detective y mirándolo de abajo arriba, como si analizase un libro nuevo que acabase de comprar o de recibir para su futura venta.

-Veo que llego en un momento tranquilo- El detective acompañó a sus amables palabras el gesto de mirar a su alrededor sutilmente, solo con un gesto de los ojos. -¿Podría hacerle unas preguntas?

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¿Una? En realidad tenía bastantes preguntas que hacer a la propietaria de la librería. En su corto trayecto en taxi había recordado las palabras de Marcos cuando se encontraba sumergido en las fiebres y penumbras de sus últimas horas de vida, haciendo alusión a la propia Lucia y su librería. Pero ¿Qué querría decir el chico al nombrar a esa mujer? ¿Qué relación existía entre Lucia, Marcos, la planta y Pedro el informático? ¿Fue todo casualidad? ¿Fue todo resultado de la altísima fiebre?

-Por supuesto- Lucia mostró una bonita sonrisa tras unos segundos de silencio al escuchar la voz del detective. Unos segundos en los cuales, R sospechó que le pondría alguna excusa para evitar preguntas incomodas. En cierto modo podría recibirlas, ya que guardaba en el sótano de su establecimiento la única planta que con toda seguridad existía en la ciudad desde hacía muchísimos años. Pero la mujer no solo no puso ninguna excusa, sino que incluso a R le pareció notar un toque incluso de…

-¿Qué tal Marta? Me contó lo de Marcos. Fue…algo terrible.

Lucia guardó el cuaderno bajo el mostrador y a continuación lo rodeó acercándose al detective. Pero pasó de largo, con un paso lento, seguro. Dio la vuelta al cartel que colgaba de la puerta con el letrero de CERRADO Y ABIERTO, dejando CERRADO hacia la parte de fuera y bajó la persiana. Todo bajo la atenta mirada de R, que sostenía en silencio el sombrero con ambas manos.

-¿Podría decirme que relación tenía con Marcos?- El detective hizo la pregunta pasados unos segundos y avanzando un par de pasos para detenerse después en medio del establecimiento.

-¿Relación?- Lucia lo miró un instante mostrando una ligera sonrisa. Por un instante se filtró en su mente la imagen de ella misma abierta de piernas completamente desnuda y encima del joven, de su rostro. Sintiendo un placer extremo.- Era un buen cliente. Aunque llevaba un tiempo sin venir. Yo era seguidora de su blog. Me gustaba lo que escribía.

El detective memorizó lo del blog de Marcos.

-¿Sobre qué escribía?- Preguntó por mera curiosidad el detective.

-Le gustaba el terror, el mundo vampírico…ya sabe.

-Entiendo- murmuró mirando un instante su sombrero. Levantó de nuevo la mirada hacia la propietaria de la librería. -¿Puede explicarme lo de la planta en el sótano?- Hizo la pregunta a la vez que movía la cabeza hacia la entrada a la trastienda justo en el momento que decía la palabra “sótano”. Y vio como le cambió el tono de la piel a la mujer. Por un instante estuvo tentado de acudir en su ayuda, ya que parecía que la mujer podría perder el sentido y el equilibrio a la vez.

-Investigo la muerte de Pedro, un informático que vivía a las fueras de la ciudad- R continuó con su trabajo. Para eso le pagaba Ana Moore. Claro que, si la propietaria del establecimiento no conocía ese detalle él no le diría que el tal Pedro era la pareja sentimental de la escritora.- Fue asesinado hace unos días. Posiblemente por tener la misma maceta que usted tiene ahora en su sótano.

Lucia se removió un poco nerviosa. Miró al detective a los ojos a la vez que parecía no saber muy bien qué hacer con sus brazos, si cruzarlos sobre el pecho, si esconderlos en su espalda…


-Voy a tenerle que pedir que abandone mi local- Fue la nerviosa respuesta de Lucia, que volvió junto a la puerta y la abrió, con algo de dificultad como pudo comprobar R al ver el ligero temblor de sus dedos. –Vallase por favor.- En esta segunda frase, el tono no fue tan contundente, tan exigente. En esta ocasión dejó escapar un tono de ruego, con voz baja, a la vez que su intensa pero asustada mirada se clavaba en el hombre.


lunes, 26 de junio de 2017

Hap and Leonard

Hoy en día estamos saturados absolutamente de todo. Lo cual creo que no es bueno.

¿Y por qué digo esto?




Pues muy sencillo. Me gustan las series de tv. No sigo fielmente muchas, pero me gusta sentarme en el sofá y buscar algún capítulo de alguna serie.


Cada día nos bombardean con estrenos de nuevas series…nuevas temporadas…

Yo no sé vosotros, pero a mí me cuesta seguir el ritmo. Tampoco voy a estar horas y horas sentado frente a la tv, ni voy a llenar el disco duro del Iplus porque según algunos “críticos” tal o cual serie no me la puedo perder.

Y todo ese bombardeo de estrenos y más estrenos hacen que de manera inevitable se nos cuelen o pasen desapercibidas para la mayoría del público algunas series que por unos motivos u otros no gozan de la atención que realmente se merecen.


Y hablo de una serie que acabo de ver la primera temporada (solo 6 capítulos) y que me ha sorprendido para bien.

La serie la emiten en el canal Sundace Tv y se llama: Hap and Leonard. Y sencillamente es magistral.

Una serie que habla sobre todo de la amistad entre dos colegas (Hap y Leonard) que se conocen desde la niñez.


Una historia que empieza con el regreso de la ex de Hap para proponerle un trabajo: tiene que buscar en el río un coche que años atrás se hundió con mucho dinero en su interior.

En ese momento de la historia, los dos colegas han sido despedidos del trabajo y Hap acepta el trabajo con la condición de que también entre Leonard. A partir de ahí la historia se irá complicando y pasando literalmente por encima de todos los personajes que componen la serie, hasta terminar en un penúltimo episodio que es realmente un baño de sangre.



Aquí tenéis el enlace de la página de AMC, que es la cadena que produce la serie. La primera temporada tiene como he dicho antes 6 capítulos, de apenas 45 minutos cada uno. Realmente se pasan rápidos los minutos, pues la serie mantiene desde el minuto 1 un ritmo aceptable, sin saber ni lento ni rápido. Las interpretaciones son de lo mejor que he visto en tv, la dirección y el montaje no tienen nada que envidiar a las grandes series del momento que copan la atención del gran público.

Cuando veo series como esta, entonces sé porque me gusta escribir guiones.