martes, 7 de febrero de 2017

CAPÍTULO 22 AMANTES Y FUTURA REINA

La brillante luz blanquecina que aquella noche brindaba la luna se filtraba sin resistencia alguna por el ventanal del salón del ático. La gruesa y ancha cortina de color granate que lo mantenía a oscuras durante las horas centrales del día estaba ahora descorrida, dejando al descubierto aquel enorme ventanal de gruesos y fuertes cristales. 

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Y tras el cristal, la ciudad que creía dominar. Observaba en silencio desde el que probablemente podía ser el edificio más alto de la ciudad. Nada vivía por encima de ella, y aquella sensación le gustaba, le excitaba. Necesitaba tener, saber, que todo ser vivo estaba por debajo de ella. Su mirada se perdía, silenciosa, en la gran cantidad de edificios siempre más bajos, que se dibujaban y parecían ocultarse entre la oscuridad de la noche frente a sus ojos. Centenares de brillantes puntitos de luz desde un rincón a otro salpicaban de manera casi incoherente y absurda aquella su ciudad. Porque efectivamente era “su” ciudad.

Consciente como era en esos momentos, que un único pensar azotaba las tristes mentes de todos los ciudadanos de aquella ciudad: el miedo, sonrió en silencio. Sintió de nuevo la moqueta bajo sus pies descalzos. Una cálida mano se posó suavemente sobre su hombro izquierdo. No le era necesario mirar. El perfume de aquella humana con la que compartía sabanas sudor y besos, rodeó a las dos mujeres como si de una plácida y ardiente nube se tratase. Sintió aquel cuerpo junto al suyo. Siempre más cálido que el de ella misma. Y los labios de la humana al besar su hombro con suavidad, con extrema, delicada y exquisita sensualidad. Sintiendo, disfrutando y aborreciendo a partes iguales el maldito calor humano.

-¿En qué piensas?- La suave voz de la humana rompió el silencio en el ático.

-Presiento algo malo, algo terrorífico. La sangre ha empezado a verterse y ya no parará.- La mujer vampiro miró a la propietaria de la librería, que estaba a su lado, completamente desnuda, como ella. Dejando que la luz de la luna bañase sus excitados y hermosos cuerpos. 

Quizá aquella humana fuese incluso más hermosa que ella misma, pensaba algunas veces el vampiro. Pero no le molestaba. La humana terminaría envejeciendo y ella seguiría exactamente igual. De hecho, aquel cuerpo humano ya empezaba a mostrar evidentes signos del aterrador paso del tiempo, cosa que a cada día que pasaba le resultaba más asqueroso y perturbador. 

No tenía intención de convertirla. No la quería tanto como para dar ese paso. Disfrutaba con ella en la cama, eso sí. Y le resultaba útil en otros aspectos del día a día. Pero eso era todo. Disimulaba al hablar con Lucia. No le importaba fingir que la amaba. Cuando se cansase de la humana le desgarraría el cuello de un mordisco y la abandonaría en algún callejón, o a orillas del río. A la policía no le importaría encontrar un nuevo cadáver. No era nada nuevo para los agentes el descubrir un cuerpo mutilado a orillas del río. 

Le acarició el pelo lentamente. Su rostro se contrajo en una sutil mueca de excitación cuando Lucia recorrió sus firmes pechos con sus labios ardientes de humana. Sin dejar de contemplar “su” ciudad, dejó que aquella mujer fuese descendiendo suavemente por su piel hasta llegar a su sexo y hundir sus labios en él. Recordaba, en ese preciso instante, la de hombres y mujeres que habían hecho exactamente lo mismo, pero con la diferencia de que la mayoría de esas personas, luego fueron brutalmente asesinadas y arrojadas a un contenedor como simples bolsas de basura.  

-¿No quieres saber porque deseo convertir al bloguero ese?- preguntó sintiendo excitada los labios de la humana dentro de ella.


-Eres muy caprichosa- Lucia se retiró un instante y contestó levantando la mirada hacia la mujer vampiro. Después, sin esperar contestación alguna, volvió a hundir sus labios en el sexo de su “ama”. Ésta sonrió en silencio, sintiendo la lengua y los labios de la humana dentro de ella. Sin dejar de contemplar su ciudad. Sintiendo el placer que aquella mujer le brindaba con la lengua y los dedos. 

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