martes, 14 de febrero de 2017

CAPÍTULO 23 ESPERANDO A MARTA


Hacía mucho frío. La temperatura había descendido de un día para otro al menos diez grados. Si el invierno estuviese más adelantado se podría pensar incluso que existía la posibilidad de que llegase a nevar. Lo cual no era del todo una idea descabellada. 
Cierto era que los inviernos pasaban últimamente sin que los ciudadanos de la ciudad sin árboles tuviesen la oportunidad de disfrutar de la nieve tanto como les gustaría. 

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Hacía más de diez años que no caía prácticamente ni un solo copo de nieve en las frías y tristes calles de la ciudad. Recordaban que la última gran nevada causó graves problemas de tráfico, así como cierres de colegios…problemas en los servicios básicos…pero la gente, en líneas generales, adoraba la nieve. El relajante tono blanco que cubría los tejados, los bancos en las calles, los techos y capós de los coches durante un par de días, a lo sumo tres, otorgaban a la ciudad un color distinto al habitual gris mortecino. Aquel color blanco, de aspecto virginal, parecía incluso afectar de manera positiva en el estado de ánimo de los ciudadanos, concediéndoles durante ese breve espacio de tiempo una agradable sonrisa en sus rostros. Pero como se ha dicho anteriormente, eso no ocurría desde hacía ya diez largos años.

R aguardaba tranquila y pacientemente en la puerta de la librería desde hacía unos cinco minutos. Cubría su cuello una bufanda de color negro, que caía a continuación por el pecho y se perdía por dentro del abrigo, del mismo color, completamente abrochado. Su inseparable sombrero Fedora, las manos guardadas en los bolsillos, y su mirada perdida. Pensaba en Marta, y en todo lo que había ocurrido en los últimos días, y por todo lo que la joven había pasado. Se movió ligeramente unos pasos, quedando de espaldas a más o menos tres metros de la puerta principal de la librería.

Al final, la firma de libros no se realizó el día que Ana le dijo, sino que por motivos ajenos a la propia escritora, el acto se había retrasado varios días. La escritora no le llamó por teléfono, sino que le comunicó la noticia personalmente, acercándose ella misma a la oficina el mismo lunes por la mañana. Tomaron café en la cafetería a la que R acudía cada mañana. La escritora no estaba excesivamente molesta por el aplazamiento. Aunque reconocía que ese tipo de desplantes no le gustaba demasiado al público. En la misma cafetería, el detective explicó más o menos por donde y como dirigía la investigación sobre la muerte de Pedro. La mujer asintió con la cabeza y escuchó lo que R le contaba, y al salir de la cafetería, justo cuando se despedían le dijo que confiaba en él. Qué se había informado y había descubierto que lo precedía cierta fama de cumplidor y de persona seria y honrada. Se despidieron con un estrechamiento de manos. R creyó que en aquel saludo (despedida en aquel caso) sentiría la fuerza, disimulada seguramente, del hombre que antaño fue la escritora. Sin embargo, se encontró con una piel delicada, suave, y tan solo una femenina presión al juntar las manos.

Levantó la mirada y encontró a Marta al otro lado de la calle, acercándose al paso de peatones para cruzar. Dejó a un lado de la memoria la reunión con la escritora, y se centró en su hija. La observó en silencio desde la lejanía y el ancho de la calle. Observando su caminar. Aquel caminar lento, pesado, con la mirada clavada, cómo perdida, en el suelo. Las manos en los bolsillos del abrigo, el cuerpo ligeramente encogido y la cabeza protegida con un gracioso sombrero azul de lana. 

Un caminar adoptado sin duda alguna tras los acontecimientos acaecidos en los últimos días. Pero que R, como padre, esperaba que desapareciese gradualmente, y que el habitual y jovial paso de su pequeña volviese de nuevo. Avanzó un par de pasos, y poco después la joven se abrazó a él. Un abrazo cálido, sincero, algo infantil. Él aguantó el abrazo todo el tiempo que ella necesitó. Era consciente de lo duro que había resultado para la joven todo lo que acababa de pasar en su vida. Y él llevaba un tiempo queriendo ser su padre, más padre todavía. Deseaba que no pasasen tantos meses entre una visita y otra de su hija o de él mismo. Porque siendo sinceros: ¿Qué motivos existían para esas temporadas tan largas sin verse?

-¿Qué tal estás?- Preguntó el detective cuando el abrazo cesó. Marta llevaba de manera graciosa su pequeña nariz algo roja por el frío. Pero no contestó con palabras. Se limitó a encogerse ligeramente de hombros como dando a entender: “intento llevarlo R”.

-Todavía no ha empezado- dijo él señalando con la mirada hacia la librería.- ¿Te apetece un chocolate caliente?- Mostró una ligera sonrisa de ánimo hacia su hija, quien de nuevo no volvió a utilizar las palabras para responder, sino que asintió con la cabeza. A continuación se aferró al brazo de su padre y se dirigieron hacia una cafetería cercana.- Isabel quiere que vengas hoy a cenar. Está preparando tu plato favorito.

Marta miró con una ligera sonrisa a su padre.

-¿Y cómo sabe ella cual es mi plato favorito?- preguntó al final en un hilo de voz y apoyando su cabeza en el brazo izquierdo de su padre rompiendo así el silencio. Agradecía, en silencio, a su padre el esfuerzo que estaba realizando. Como se lo agradecía igualmente a Isabel.

-Ella no lo sabía.-Respondió este.- Pero yo sí.


Continuaron andando algunos metros más hasta llegar a una cafetería que ambos conocían. Entraron.


2 comentarios:

  1. complicado esto para mi, pero fantástica novela seguro
    un abrazo

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    1. Gracias Carmen por pasarte por mi blog. Un saludo.

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