martes, 7 de marzo de 2017

CAPÍTULO 24 PARTE 3 EL TERROR Y LA MUERTE

Buenas tardes. 3ª y última parte del capítulo nº24 de La historia de la ciudad sin árboles.

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Riguroso luto para el funeral de Marcos. Aferrada al brazo de su padre, Marta no podía apartar la mirada del nicho en el que el joven bloguero descansaba para los restos de los tiempos. Desde hacía ya cinco minutos, quizá más, todos los presentes, los pocos que acudieron a dar el último adiós al joven, se habían marchado uno a uno. Incluso los padres de este, que al abandonar el recinto, se abrazaron llorando a ella y confesando que su hijo había tenido suerte de conocerla, que el tiempo que habían estado juntos era cuando mejor había estado su pequeño, como le llamaba la madre.

La mañana tampoco acompañaba demasiado. En ningún momento dejó de caer agua. Una lluvia fina, sutil, mustia como el estado de ánimo de todos los presentes.

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Marta ni pestañeaba. La imagen del nicho cerrado ya, se mezclaba con la brutal y aterradora estampa del chico subido a la ventana y saltando. Incluso, aunque no llegó a verlo, su mente le jugaba una mala pasada y le dibujaba el momento exacto en el que el cuerpo se precipitaba contra la acera. Huesos rotos, cráneo partido, globo ocular reventado, un enorme charco de sangre alrededor diluyéndose con el agua de la lluvia. Y después, el mármol del nicho y el propio ataúd se volvían transparentes y el cuerpo sin vida de Marcos, tumbado, inmóvil. Con las manos sobre el pecho. Con los ojos cerrados y gesto de paz infinita, como si nada hubiese ocurrido nunca.

-Será mejor que nos vayamos- El detective bajó la mirada en busca de los ojos de su hija.

Con su mano izquierda sujetaba el paraguas que los protegía de la lluvia tanto a él como a la chica en esos momentos. Isabel estaba a su lado, y llevaba su propio paraguas.

-Ves a por el coche- sugirió Isabel casi en un murmullo dirigiéndose a su detective. Y la mano de Marta cambió de brazo, del de su padre al de Isabel, sin que la chica se percatase de aquel sutil movimiento, quedando a continuación bajo la protección del paraguas de Isabel y aferrada a su brazo. Una fugaz mirada de Isabel para comprobar que R se alejaba por una de las calles del cementerio, rodeado por las altas filas de los nichos al parking que el cementerio tenía.- Vamos pequeña es hora de irnos- dijo en voz baja volviendo su atención a la hija de su detective.

Pero Marta no parecía reaccionar. Parecía encontrarse exactamente igual, en el mismo estado en el que su padre se la encontró en el piso cuando la chica solo logró marcar el número sin llegar a poder decir a continuación ni una sola palabra. Al contestar R a la llamada temió lo peor. Gritó el nombre de su hija, pero al otro lado no se oía nada. Tan solo una especie de sonido bastante confuso, y que más tarde asociaría al aire y la lluvia que se colaba por la ventana abierta.

-¡Joder!- exclamó al ver el cuerpo sin vida de Marcos en la acera. 

Empapado por la lluvia, que diluía la sangre que salía de su cabeza y lo rodeaba, salpicado por la luz de una farola cercana, y quedando entre penumbras, como un fantasma que no se atreve a mostrarse. Corriendo escaleras arriba, saltando de dos en dos los escalones, llamó a urgencias por el móvil. Y apenas había dado la dirección, colgó. Golpeó la puerta del piso con el puño. 

Pero no espero a que lo abriesen. Arremetiendo con fuerza con su hombro la puerta cedió. “Marta, Marta” La puerta golpeó violentamente contra un mueble al abrirse, a la vez que llamaba a su hija. Pero el salón no era excesivamente grande, y apenas había avanzado tres pasos, la encontró tirada en el suelo, llorando en silencio. Casi en estado vegetativo. –Tranquila pequeña- dijo. Rápidamente se quitó el abrigo y cubrió a su hija con él, a la vez que la cogía en vilo y la trasladaba al dormitorio.

Las luces de la ambulancia iluminaron la calle, rompiendo el monótono silencio de la noche con su estridente sonido y ocasionando que algunos vecinos se asomasen por las ventanas y terrazas de los bloques adyacentes. Incluso algunos bajaron, protegidos con paraguas, y se arremolinaron cerca de la ambulancia y el coche patrulla que llegó casi a la misma vez.

-Regresen a sus casas, aquí no hay nada que ver- Un agente de policía, protegido con un chubasquero de color grisáceo intentaba que nadie de los allí congregados se acercasen demasiado a donde se hallaba el cadáver. Y les animaba a regresar a sus domicilios.

R atendió a la policía en el salón del piso. La puerta estaba abierta de par en par y algunos vecinos se asomaban curiosos a ver qué había sucedido en el interior. El casero con cara de sueño, pantalón de chándal y camiseta blanca de tirantes con algunas manchas de ketchup reseco, hablaba con otro policía en el pasillo. Mientras, R hablaba con un segundo policía en el salón, junto al sofá. Respondía tranquilamente y sin problemas a las preguntas del agente, quien en cuanto supo que era detective y que ejercía en la ciudad, cambió su actitud de torpe y cutre superioridad hacia una más cordial, casi de colegas. Mientras, en el dormitorio un médico examinaba a Marta. Finalmente salió y aconsejó a R no dejarla sola. Solo tenía un fuerte “shock” que pasaría solo, durmiendo mucho y cerca de su familia. Aunque si quería estar más tranquilo podía llevarla al hospital, pero que tampoco era necesario. Le había dado un fuerte calmante que la tendría durmiendo unas cuantas horas.

-Gracias- respondió al médico.- En cuanto pueda sacarla de aquí me la llevo a mi casa.


El limpia parabrisas del coche se balanceaba triste y pesadamente de un lado a otro de la luna apartando el agua de la lluvia. R había acercado el coche a la entrada del cementerio, justo a la vez que al fondo, al otro lado de la enorme puerta de hierro por la que se accedía al recinto, vio acercarse a Isabel llevando a Marta agarrada del brazo. Bajó del coche y salió a su encuentro. Con cuidado la ayudaron a entrar y sentarse en el asiento trasero y abandonaron el lugar camino de la ciudad, ya que el cementerio, ese en concreto ya que había dos, se encontraba en el lado oeste, casi a las afueras. 

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