martes, 28 de marzo de 2017

CAPÍTULO 25 PARTE III LA VENGANZA

Buenas tardes.

Gracias de corazón por visitar a diario mi blog y seguir todas las semanas la primera gran aventura del detective R en "La historia de la ciudad sin árboles"

Esta semana la tercera parte del capítulo 25.
Gracias.


-¿Qué coño te crees que estás haciendo?- le recriminó su colega cuando lo vio avanzar hacia el túnel, iluminando hacia la densa oscuridad del túnel.

-El ruido ha venido del interior del túnel- El policía, el más joven de los dos, estaba decidido a investigar qué había sido aquel ruido. Reanudó el paso hacia el interior.

-Joder- se quejó su colega en voz baja, que moviendo la cabeza cogió su linterna y fue tras saltar a las vías, con su compañero.

-Este no es nuestro trabajo- se quejó en voz baja e iluminando hacia delante cuando llegó a la altura de su compañero.- Para esto están los seguratas de la estación.

-Lo sé- confesó tranquilamente el otro policía sin dejar de andar- Pero ¿dónde coño están esos “seguratas”?

Al decir esto último lanzó una corta mirada a su colega y compañero, el cual arrugó el gesto de la cara no muy convencido. Continuaron caminando por el centro de las vías, adentrándose en el túnel con la única luz de sus linternas. Un macabro silencio los rodeaba. Ni siquiera se oían a las típicas ratas e incluso murciélagos que durante las noches hacían suyas las vías y marchaban libres de un sitio a otro.

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Se colocaron cada uno en uno de los carriles. Completamente en silencio, iluminando hacia el frente y de vez en cuando hacia las paredes curvadas que tenían alrededor, y por donde cruzaba todo el sistema de cableado del metro. Avanzaron casi un centenar de metros, sin encontrar nada más que silencio y oscuridad. Se iluminaron el uno al otro, en un gesto de no haber encontrado nada que hubiese producido aquel ruido. Sus radios dejaron de chisporrotear frases que apenas se entendían a medida que se adentraban en el túnel. De repente un ruido les volvió a alertar. Sus linternas se movieron nerviosas por la oscuridad. Paredes… parte superior…

-Que ha sido eso- dijo alarmado el segundo policía. Que solo pensaba en abandonar aquella estación de metro y continuar su trabajo cómodamente sentado en la tranquilidad y seguridad que le otorgaba el coche patrulla.

Algo parecía haber pasado sobre sus cabezas. Veloz, muy silencioso. Un tímido ruido, como el batir de unas alas, era lo que habían sentido sobre sus cabezas. Buscaron con el punto blanco de sus linternas pero no vieron nada. Miraron hacia su izquierda donde tras una curva estaba la estación de metro. Apenas un punto de luz, un triste reflejo, llegaba hasta ellos proveniente de las luces de emergencia de la estación. Segundos de silencio. De tenso silencio. Se apuntaron de nuevo con las linternas y el policía más joven le dijo con gestos que guardase silencio. Ambos agentes tenían sus pistolas amartilladas. Sus brazos extendidos dispuestos a disparar a lo primero que se moviese o lo primero que apareciese en medio de la oscuridad. Las luces de las linternas volvieron a recorrer la oscuridad del túnel.


De nuevo, sobre sus cabezas, el mismo ruido, el mismo batir de alas. Era como si “algo” estuviese pasando de un lado a otro por encima de ellos. El policía más veterano levantó el brazo con el que sujetaba la pistola y un par de disparos retumbaron en el interior del túnel. Acto seguido, el mismo ruido paso por sus espaldas, de un lado a otro. Primero por detrás de un policía y a continuación del otro. Casi a la misma vez. O había más de uno de esos “algos” o era extremadamente rápido aquello. Los policías se giraron en círculos alrededor de ellos mismos, muy nerviosos. Notando como aquello, que se movía a una velocidad increíble, pasaba por detrás de ellos, a escasos centímetros sin que llegasen a iluminarlo claramente con las linternas, como si jugase con ellos. 

Sin apenas dar tiempo a reaccionar un golpe seco sonó justo en medio de las vías, entre ellos dos. Las linternas volaron hacia el ruido. Un segundo después las luces les mostraron los cadáveres de los dos guardas de seguridad. Entre las vías, los cuerpos ensangrentados, sin vida. Los cadáveres seguían sangrando, manchando el suelo de grava. Era como si los acabasen de asesinar. Los policías recorrieron los apenas seis metros que les separaban del centro del túnel hasta quedar junto a los cadáveres. En ningún momento dejaron de iluminar con las linternas. Irreconocibles. No conocían personalmente a los “seguratas” pero en caso contrario no los hubiesen podido reconocer por el lamentable estado en el que estaban los rostros y los cuerpos en general. 

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