martes, 4 de abril de 2017

CAPÍTULO 25 PARTE IV LA VENGANZA

Saludos. Una semana más, y un nuevo capítulo de "La historia de la ciudad sin árboles

Muchas gracias a tod@s que día a día se pasan por el blog, leen...comentan...incluso comparten. Mil gracias a tod@s.



-joder-murmuró el policía más joven mirando un instante a su compañero dibujando en su cara un claro gesto de terror.

Pero no les dio tiempo para nada más. Un nuevo ruido. Ahora no fue un batir de alas, sino un ligero gruñido. Ambos agentes dirigieron sus puntos de luz y sus miradas hacia el techo, justo encima de sus cabezas. Cuando las luces de las linternas llegaron a lo alto, un aterrador rostro no humano los miraba intensamente. 

https://pixabay.com/

Algo, parecido en forma a un cuerpo humano parecía estar sujeto de pies y manos al techo del túnel. Pero apenas tuvieron tiempo de ver algo más. En cuanto sus luces descubrieron ese rostro con grandes colmillos superiores cruzando de arriba a abajo unos labios rojos como la sangre, piel color ceniza, ojos negros y brillantes, de gran tamaño pero escasos de vida, en cuanto las linternas lo alumbraron, apenas tuvieron tiempo de nada más. Aquella bestia, ser o lo que fuese se abalanzó sobre ellos. Un movimiento sencillo, rápido, letal. Como un águila que se lanza desde las alturas a más de cien kilómetros por hora a por su presa en el suelo. Al caer sobre ellos extendió los brazos y unas fuertes garras cogieron a los policías como si apenas pesasen. Un policía con cada mano. Los cogió del cuello. Las linternas y las pistolas cayeron al suelo. Aquel cuerpo volvió a volar casi a media altura, con los policías colgando cada uno de una mano, dando incluso en algunos momentos con las piernas en las vías. Y las garras clavándose en la piel de los agentes, hundiéndose esas garras en el cuello. 

Aquella cosa gritó victoriosa mientras volaba por el interior del túnel. Sin dirección y sin orden. De un lado a otro, en círculos, subiendo y bajando. Hundiendo sus garras en los cuellos de aquellas dos personas, que se revolvían inútilmente luchando y chillando por sus vidas. Al final, en pleno vuelo, aquella cosa lanzó con extrema rabia y bastante fuerza a los agentes contra la pared. Ambos cuerpos se estrellaron de manera violenta contra el cableado y el hormigón, antes de caer en el suelo, ya sin vida.



En medio de la oscuridad, la mujer vampiro abandonó por un instante su aspecto salvaje y aterrizando junto a las vías y recuperando su aspecto humano se acercó a los cadáveres. No le importaba la oscuridad que rodeaba toda la escena. Sus pupilas le facilitaban con claridad todo lo que quisiera ver. Sus pies descalzos pisaron la grava sucia del túnel. El vestido ya no estaba mojado, y su pelo tampoco. Tranquilamente se acercó a los cadáveres de los agentes de policía. Se agachó a su lado y los observó detenidamente durante unos segundos. Sin vacilar alargó su mano izquierda. 

Sus dedos volvieron a transformarse en enormes y mortíferas garras, que sin piedad sacaron los ojos de los dos policías. Dejándolos después encima de sus frentes. Sonrió satisfecha. Ningún triste humano se atrevería más a contradecir sus deseos. Volvió a ponerse en pie. Miró a ambos lados del túnel. Sería una noche que los humanos no olvidarían con facilidad. 
       
Se miraron entre ellos asustados. Los tres vagabundos que intentaban dormir sus respectivas borracheras aquella noche despertaron sobre saltados al oír unos gritos que venían sin duda alguna del fondo del túnel. Quizá de la estación norte pensaron. Fue como si la oscuridad escupiese aquellos gritos desgarradores. Los vagabundos se incorporaron y miraron hacia la oscuridad del túnel. Tanto a su izquierda como su derecha tenían los andenes de una nueva estación, ya que estaban durmiendo en unos cartones al inicio del túnel, en unos huecos debajo de los andenes. Avanzaron un par de pasos, dejando atrás el hueco con los cartones y las mantas descolocados. Todo era silencio. Después de los gritos, silencio. Un silencio que parecía flotar en el ambiente, atrayendo hacia ellos el macabro olor de la muerte.

Fueron las tres siguientes víctimas, y las ultimas, de aquella sangrienta noche, como después la clasificó la prensa. Apenas habían dado un par de pasos y colocándose en medio de las vías, cuando de entre la oscuridad surgió algo parecido a un ser humano, pero que sin duda alguna no lo era. Apareció volando, con los brazos extendidos y los colmillos de la boca llenos de sangre, al igual que los labios y parte del cuello. A poco menos de tres metros de los vagabundos aquel ser se posó en el suelo. Se irguió silenciosamente, clavando los ojos negros sin vida en los rostros de los vagabundos. Los brazos extendidos terminaban en poderosas garras que se movían silenciosamente, como exigiendo más carne humana. Los vagabundos no se podían mover por la mezcla de estupefacción y terror al observar aquella cosa delante de ellos. La mujer vampiro, de un ágil y calculado salto, se plantó junto a los tres humanos. Sus brazos se movieron con una velocidad extrema. Sus garras reventaron y mutilaron los cuerpos, sus colmillos destrozaron los cuellos de aquellos pobres desgraciados que no pudieron tener ni la opción de salir corriendo. Ni siquiera de gritar, ni de defenderse. En apenas cinco segundos, las vías quedaron encharcadas de sangre y de restos humanos.

La mujer vampiro abandonó la silenciosa estación de metro.


   

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