martes, 11 de abril de 2017

CAPÍTULO 26 LOS VICIOS DEL ALCALDE



Era su décimo octavo cumpleaños. No lo había celebrado, nadie lo sabía. Ni siquiera su compañera de piso, con la que llevaba conviviendo casi un año. Se había levantado pronto, a eso de las seis de la mañana y había salido a correr un poco. Le gustaba mantenerse en forma. Siempre, desde niña, había sido buena deportista. Incluso guardaba en casa de sus padres algunos trofeos obtenidos en competiciones escolares. Recuerdos sin duda alguna de la niñez, de cuando soñaba en convertirse en una gran atleta de nivel internacional. Pero quizá, pensaba con amargura algunas veces, el soñar solo era aceptable en los niños. Cuando todavía no se tiene consciencia del mundo real. Y a veces, a los dieciocho años ya se tiene demasiada consciencia del jodido mundo real.

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A pesar de los rumores sobre que había una “bestia” o un asesino en serie suelto por la ciudad, a ella no le preocupaba demasiado salir cuando la oscuridad todavía abrigaba en sus oscuras garras prácticamente a toda la ciudad. Cierto era que ya empezaban a verse coches circular de un lado a otro, pero por donde ella solía correr estaba bastante desierto. No le importaba en exceso. Algún día habría que morir pensó con amargura, aunque solo tuviese dieciocho años recién cumplidos. Algunas veces había pensado en la muerte, y tenía la sospecha de que no le daría miedo enfrentarse a ella. Y cierto era que había visto las noticias, e igualmente había visto las imágenes de los cuerpos mutilados de los días anteriores, y por supuesto había oído a la gente hablar. Pero no le importaba. ¿Qué era morir?

Ahora, mientras sentía el peso de aquel “gilipollas” sobre ella, y hasta sus oídos llegaba el jadeo acompasado del hombre con los movimientos mientras la penetraba, si hacía un sincero ejercicio de memoria no sabría ni decir como había llegado hasta allí. Como había terminado en esa habitación de un hotel de tres estrellas a las afueras de la ciudad para ser follada por aquél hombre que luego en los informativos veía cómo su equipo de “asesores lameculos” vendían como un honrado padre de familia y un buen alcalde. Pero nada era lo que parecía en realidad. Nunca lo era. Llevaba algo más de un año dejándose follar por aquél hombre. Y desde entonces no había tenido problemas económicos. Eso era lo único bueno que sacaba en claro: el dinero.


Una vez a la semana, dos veces como mucho, eso solo había ocurrido una vez y no se volvió a repetir, la recogían en su apartamento y la trasladaban al hotel. A una habitación de la que nunca dejaban que saliese hasta haber terminado su trabajo. Menos mal, pensaba con irónica sonrisa cuando la metían en la habitación, que al menos el servicio era bastante bueno y la comida era de calidad y no escaseaba. Le ordenaban que se duchase, y que se preparase. Apenas una hora después, el alcalde hacía acto de presencia. Siempre con un traje oscuro y el pelo engominado hacia atrás, y con aquella cara de chulería y prepotencia que daba el poder, el ganar las elecciones con mayorías absolutas. Porque no era feo, pensó cuando lo conoció. Quizá tuviese algunos kilos de más, pero aquellas canas que adornaban su pelo corto junto a las orejas, sus ojos oscuros, y su casi uno ochenta y cinco de estatura hacían que resultase en cierto modo atractivo. Aunque a veces pensase que era un “gilipollas”. 

Evidentemente nunca intentaría nada más con él. De vuelta una noche a su apartamento, mientras caminaba por la solitaria calle donde estaba su edificio, salpicada por las luces de las farolas, pensó en la posibilidad del chantaje. Hacer público aquellos encuentros. Pero casi enseguida lo desechó. ¿A dónde le llevaría aquello? Era un hombre con bastante poder, y ella era…solo una putilla a la que se follaba. Porque aunque utilizase el dinero para seguir estudiando, la sensación de que solo era una putita más no se iba de su mente. Le invadía cierto temor al imaginar lo que podían hacer con ella si notaban o descubrían cualquier cosa extraña. 

Además, ahora tenía dinero. No mucho, pero bastante más de lo que ganaría trabajando ocho horas al día. Y solo tenía que abrirse de piernas durante algo más de una hora a la semana. Bueno, abrirse de piernas…ponerse a cuatro patas…y chupársela cuando el alcalde se lo pedía. 


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