martes, 25 de abril de 2017

CAPÍTULO 27 PARTE I UNA PESADILLA

Hola. Nuevo capítulo de "La historia de la ciudad sin árboles". 
De nuevo mil gracias a todas las personas que día a día visitan el blog.                                      USA...Alemania...Francia...España...Polonia...Argentina...etc, etc. 
Mil gracias a tod@s.


-A casa- ordenó dejándose caer en el asiento trasero y apoyándose en el respaldo, casi en un hilo de voz cuando subió en el coche, y el chófer re colocándose la gorra del uniforme, volvió a ocupar su puesto frente al volante.

Ya era de noche. El coche oficial cruzó la ciudad, que una noche más soportaba la incesante lluvia, así como el escaso tráfico de ciudadanos en cuanto las primeras sombras de las noches se dejaban adivinar por los rincones. Y él sabía a qué se debía el escaso tráfico por las calles a partir de ciertas horas. Aquello que llevaba unos días “jodiéndole” literalmente la vida.

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Se acomodó, o se removió algo incómodo sería más acertado decir, en el asiento trasero y dejó que los minutos se sucediesen lentamente de regreso a casa. Había resultado un día asqueroso, agotador y estresante. Por eso había requerido de los servicios de aquella joven. Nunca había querido que fuese un día fijo a la semana. Él, personalmente, diría con apenas tres horas de antelación que quería ver a la chica. Tenía muchos enemigos políticos, y lo último que deseaba es que descubriesen aquel “lio”. Porque sabía perfectamente que era una menor, y aquello podría acabar con su vida política y su cargo, así como seguramente con su matrimonio. Era consciente de ello.


Quizá por eso la eligió en su momento. Por ser una menor de edad. Una menor en edad en el carnet de identidad, pero toda una mujer ya adulta en la cama. Estaba harto de “follarse” a mujeres adultas. Mujeres que utilizaban su cargo para acosarlo en los eventos a los que tenía que acudir. Porque se rumoreaba, sobre todo en prensa sensacionalista, que su matrimonio era un calvario tanto para él como para la esposa. Que no eran todo los felices que querían aparentar. Por eso había elegido a una menor, una chica de 17 años. Sabía cómo hacerle disfrutar. Él podía utilizarla como quisiera y hacer cosas que a su mujer le costaba mucho hacer. Porque su mujer era bastante… “puritana” por decirlo de alguna manera. Sus relaciones nunca habían destacado por su imaginación. Y seguramente ya nunca cambiarían. Pero con aquella chica era distinto. Él dejaba disparar su imaginación y ella se dejaba hacer. Cobraba por ello.


Pero en ese momento, entre todos aquellos pensamientos, solo deseaba llegar a su casa y esperar a tener la suerte de encontrar a su hija despierta todavía. La pequeña Ruth, de solo seis años, le contaría su día en el colegio y las aventuras con sus amiguitos. Luego él la arroparía con la manta y le daría un beso en la frente deseándole buenas noches y felices sueños. Quedándose unos minutos sentado en el borde de la cama y viendo como su pequeña se dormía.

Seguramente su esposa estaría en el salón esperándole. Ella trabajaba solo por las mañanas, en una pequeña empresa de antigüedades propiedad de su familia. Un negocio familiar que empezó cuando su abuelo era un joven de apenas treinta años. Que después de su abuelo pasó a su padre y en un futuro no muy lejano pasaría a ella. El resto del día ejercía como madre. Desde el principio de la carrera política de él habían acordado que ella se mantendría al margen. A ella no le gustaba la política y mucho menos querría verse arrastrada por la vida pública de su marido. Cuando no tuviese más remedio que acudir a alguna gala o cena benéfica iría gustosa, pero nada más. Y ella reconocía que la política para su marido era el sueño de su vida. Alguna vez, siendo todavía novios, ella había tanteado el terreno de que se dedicase a otra cosa. Un puesto de trabajo normal, con horario de entrada y salida, un puesto de trabajo que no absorbiera por completo su vida familiar. Pero siempre vio en él a un político, no a un trabajador normal y corriente. La política era su vida, su meta en la vida. La política era para él la única manera efectiva de poder ayudar a su ciudad y a las gentes que en ella habitaban. 



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