martes, 2 de mayo de 2017

CAPÍTULO 27 PARTE II UNA PESADILLA

Nuevo capítulo de "La historia de la ciudad sin árboles".
El final de esta primera parte se acerca. Miles de gracias a quienes día a día pasan por el blog para seguir la primera gran aventura del detective R.


Cuando llegó a su casa, el coche se detuvo justo en la misma puerta. El chofer le abrió la puerta.

-Hasta mañana señor- se despidió amablemente y cerrando la puerta a continuación.

-Hasta mañana Luis- El alcalde subió los escalones de acceso a su casa a la vez que el coche se alejaba calle abajo.

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La residencia del alcalde estaba en una de las calles en una zona residencial en la zona norte de la ciudad. Se trataba de una vivienda de dos pisos, una variante de las casas victorianas llamadas “Reina Ana”, que pertenecía al matrimonio antes de llegar a ser él alcalde. Por decisión de ambos no habían querido mudarse a la residencia que tenía en propiedad la ciudad para sus alcaldes electos. Ellos querían seguir siendo lo más “normales” que pudiesen ser, dentro de lo lógico y lo que “acarreaba” el cargo. Era una de las normas que también le había impuesto su mujer, y que él aceptó gustoso. Quería, al igual que ella, que su hija creciese en un ambiente de lo más normal. Que la pequeña no se dejase engañar por los lujos y la estrambótica vida que la política les pudiese brindar durante unos pocos años.

La luz del porche estaba encendida. Cuando entró, encontró a su esposa en el salón, sentada en un sofá y la luz de la lámpara que colgaba del techo encendida, leyendo un libro que él mismo le había regalado no hacía mucho. La chaqueta descansaba ya en el perchero del recibidor. Se dejó caer en el sofá, resoplando, apoyando la cabeza en el respaldo, junto a su esposa.



-Llegas pronto hoy- murmuró ella sin apartar la mirada del libro.

-Me he podido “escapar” un poco antes.- Mintió. Y odiaba mentir. Era una de tantas contradicciones que últimamente lo asaltaban cada dos por tres.- ¿Y Ruth?

-Acostada hace casi media hora- Su esposa levantó por primera vez la mirada de las hojas del libro. El alcalde la miró, lamentándose en silencio no poder disfrutar de su hija despierta durante un par de minutos. Le quitó de las manos el libro dejándolo sobre el sofá. Miró a su esposa en silencio unos segundos. Era bastante atractiva. A las pocas galas que habían acudido juntos, había causado mucho revuelo entre las demás invitadas, incluso entre los hombres. Sin poder evitar que al día siguiente su atractiva imagen apareciese en portada de todas las revistas de prensa del corazón de la ciudad. Se trataba de una belleza natural. Como si el paso de los años se le notase menos que al resto de los seres humanos. La besó en los labios. Con delicadeza retiró el flequillo de su frente, dejando al descubierto aquellos ojos de un verde intenso.

-¿A qué viene esto Julio?- preguntó ella mostrando en su rostro una ligera sonrisa y un gesto de desconcierto, pero aceptando el beso.

-¿No puede un hombre besar a su esposa al regresar del trabajo? – Y lentamente se acercó más aún a ella hasta tumbarla lentamente en aquel sofá tapizado en Corduroy granate y comprado por el matrimonio apenas hacía un par de años en una tienda del centro. Sus labios volvieron a juntarse. En ese momento se acordó de la chica, y con la facilidad con la que hacía que ella se sometiese a sus deseos. Y deseaba que su mujer fuese igual. Que se dejase desnudar allí mismo, en el sofá. Y que lo hiciesen sobre la tapicería nueva. Porque haciendo un fugaz ejercicio de memoria, no recordaba haber hecho el amor en ninguna otra parte de la casa que no fuese la cama. Y así sucedió en ese mismo momento. La mano del alcalde se deslizó suavemente por debajo del vestido de su mujer, acariciando sus tersos muslos y subiendo. Pero en ese preciso instante ella le rogó que parase. Él obedeció a regañadientes y sus miradas se juntaron un instante.


-Dame cinco minutos por favor- murmuro ella. Le besó en los labios, se recreó un instante en los de él, en donde incluso se atrevió a morderle su labio inferior, para después incorporarse y cruzar el salón en dirección al dormitorio.



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