martes, 20 de junio de 2017

CAPÍTULO 30 PARTE 2 SOMBRAS EN LA OSCURIDAD


R vio alejarse el coche de la forense. Tranquilamente sostuvo el sombrero con ambas manos, y miró a su alrededor. El edificio anatómico forense se alzaba imponente a lo largo y alto de cinco pisos de altura justo a su izquierda. Algunas luces, seguramente de oficinas, estaban encendidas. Todavía había personal trabajando. No todos tenían los mismos horarios de entrada y salida. ¿Qué había insinuado Eva? ¿Qué podrían estar relacionados todos esos crímenes? ¿Qué algo que no era humano estaba asesinando en la ciudad?  Volvió hacia el taxi. Tenía ganas de llegar a casa. Estar con Isabel. Menos mal que el trayecto era corto.

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Cuando llegó al taxi, subió al interior resoplando y acomodándose en el asiento. La temperatura descendía considerablemente. Resultaría un invierno bastante duro.

-Calle 57- dijo colocándose el abrigo tras cerrar la puerta.-No espere.- R mantuvo un instante el silencio, como pensativo. Aunque le apetecía regresar junto a Isabel, algo lo azotó la mente. Un toque sutil, pero que fue suficiente para cambiar de idea tan rápidamente.- Vayamos antes a la 24.

El taxista activó el contador a la vez que contestaba con un simple y monótono “Ok, el señor manda”. El coche giró en la misma calle y se dirigió hacia la 24.

Fue un viaje corto. Poco antes de llegar ordenó al taxista que parase justo antes de girar a la calle 24. Y que lo esperase, que no tardaría mucho. Descendió, abrochándose de nuevo el abrigo y subiéndose el cuello para protegerse del frío, avanzó hacia la esquina de la calle 24 donde estaba la librería de Lucia. Todavía era hora de comercio por lo que seguramente todavía la encontraría abierta, en caso de que ella si respetase el horario y no hiciese como muchos comerciantes. Avanzó por la acera, con las manos en los bolsillos y mirando un instante hacia el taxi para cerciorarse de que lo esperaría. No había demasiada gente por la calle. Caminó algo rápido, hasta detenerse a una veintena de metros de la librería. Se acercó a la puerta de un edificio y se ocultó en el hueco del portal, sin perder de vista el ventanal y la puerta del establecimiento. Todavía estaba abierta la librería y la luz del interior teñía suavemente la acera. 



Tuvo que cruzar la calle y situarse tras una furgoneta para poder ver mejor el interior. Aguardó unos segundos en silencio y con las manos en los bolsillos. Al otro lado del cristal, el mostrador estaba desierto. Tampoco había ni rastro de Lucia, al igual que de ningún cliente en ese momento. Movió la mirada e intento ver algo más de la tienda, pero entre el escaparate y la puerta había pared, por lo que era imposible ver algo justo en esa parte. Pero la propietaria de la librería apareció. R se centró en ella. No quería ni pestañear, no perderse nada de lo que pudiese hacer, por banal e intrascendente que fuera. Lucia rodeó el mostrador. Llevaba una especie de cuaderno. Lo abrió y empezó a ojearlo. R movió la cabeza. Tenía que hablar con ella. Observarla desde la lejanía no le llevaría seguramente a buen puerto.

Lucia miró su reloj de pulsera. Apenas veinte minutos para las ocho de la noche. Había sido una jornada bastante tranquila, sobre todo la tarde. Últimamente las tardes eran demasiado tranquilas. En su mente rondaba la idea de irse directamente a casa y darse un baño relajante. Sumergirse en la bañera llena de agua y cerrar los ojos. Relajarse, dejar que el agua caliente le transportase durante unos minutos a otro mundo. A un mundo sin…

La puerta se abrió. Sus pensamientos volaron, esfumándose de golpe. Cerró el cuaderno que durante unos minutos había estado ojeando, pero que al final solo miraba, sin llegar a ver, mientras su mente se relajaba en la bañera llena de agua caliente y espuma. Levantó la vista y vio a un hombre que quizá llegase al uno ochenta. Con un abrigo de color negro con el cuello subido y un sombrero. El hombre avanzó hasta el mostrador, quitándose el sombrero a la vez que avanzaba. R se detuvo frente a la propietaria del establecimiento.

Él la recordaba perfectamente, pero quizá ella no le recordarse.


-Buenas noches- dijo tranquilamente.





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