martes, 4 de julio de 2017

CAPÍTULO 30 PARTE 4 SOMBRAS EN LA OSCURIDAD

-Está bien- Asintió R. Había que ir paso a paso, sin agobios. Si no había presión podría conseguir más de la mujer. Lo sabía por experiencia. La gente hablaba antes si no se le presionaba. Se acercó a la puerta, que lo esperaba ya abierta. Se puso de nuevo el sombrero, pero justo en el momento de cruzar el umbral de la puerta se detuvo y se giró mirando a la mujer. Sus miradas se cruzaron un segundo. Tenía unos ojos preciosos, pero cansados y algo aterrados en ese preciso instante.

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-¿Está segura? Podría ser la principal sospechosa del crimen- R intentó forzar un poco a la mujer. Solo un poco, sin llegar al agobio. Aunque habló con tranquilidad. Sin levantar la voz.

-Puedo asegurarle que yo no le pegué los dos tiros a ese joven.- Confesó en voz baja Lucia. Mostrando a la vez, una imperiosa necesidad y urgencia de que el detective saliese de su establecimiento y así poder cerrar la puerta. Por su parte, R aguardó unos instantes. Desvió la mirada hacia la noche que rodeaba ya desde hacía casi un par de horas la calle. Después volvió de nuevo a mirar a la mujer.

-Dos tiros- murmuró el detective moviendo la cabeza ligeramente.- No recuerdo haber mencionado la forma en que el joven fue asesinado.

Lucia cerró un instante los ojos. El detective llevaba razón. No lo había mencionado. Pero intentó controlarse.

-Vallase, se lo ruego. No sabe dónde se está metiendo.

R la miró un instante. Del interior del abrigo sacó una tarjeta.

-Este es mi número. Si decide contarme algo más…-

Lucia cogió la tarjeta. Después en completo silencio R terminó de salir de la librería y tiró calle arriba, donde esperaba que continuase aguardando el taxi. A sus espaldas, pudo oír la puerta cerrarse, y casi enseguida a continuación el sonido del cierre interior. Introdujo las manos en el abrigo. Hacía frío. Era hora de recogerse. 




Casi veinte minutos después, el taxi lo dejaba frente al portal de su casa. La oscuridad ya invadía por completo hasta el último rincón de la ciudad. Todos los comercios ya parecían haber cerrado, y apenas se podía ver gente por la calle. Aquello tenía muy mala pinta. Nunca antes los ciudadanos habían tenido tanto miedo. Antes de entrar en el portal levantó la mirada y vio la luz encendida de su piso. Le gustaba aquella sensación, la de saber que Isabel esperaba en casa. Bajó la mirada, hacia el portal. Rebuscó en el bolsillo del pantalón las llaves, pero entonces algo hizo que girase el cuello hacia la izquierda.

No sabría si fue algún ruido…un susurro…o la misma sensación que se tiene cuando se sabe que lo están vigilando a uno. Espiando sería la palabra correcta. Pero algo había notado. A su izquierda la estrecha calle se sumergía entre las sombras de la noche. Las luces de algún coche…algún ladrido perdido de un perro…un bar abierto, sin apenas clientes y a punto de cerrar…y al final de la calle una figura. En medio de la acera, una figura oscura que parecía observarlo detenidamente. R quiso guardar de nuevo las llaves en el bolsillo, y por su mente pasó fugazmente la idea de correr hacia esa figura, hacia esa persona que parecía seguirlo allá donde fuera. Porque recordaba que tras la salida de la librería y de vuelta a casa le había asaltado la sensación de estar siendo vigilado, que alguien lo seguía. Pero desechó la idea. Seguramente encontraría un momento más propicio para acercarse a quien lo estuviese siguiendo. Encontraría la manera de llegar a esa persona. Terminó por entrar en el portal.

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