miércoles, 2 de agosto de 2017

La amante que nunca existió



1

Nos conocimos en una fiesta. No es que yo suela acudir a muchas, pero esa en concreto era…complicada de eludir. Así pues, busqué en el armario mi mejor pantalón vaquero, mi mejor chaqueta, fácil porque solo tengo una, lamenté que Noelia no pudiera acompañarme y bajé al garaje en busca de mi coche para poner rumbo al local o chalet (desconocía cómo era el lugar) donde se celebraba la mencionada fiesta.

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Saliendo del garaje descubrí el colgante que Noelia había estado buscando por el piso la mañana del día antes, después de ducharse y cuando el teléfono móvil le avisaba de que el taxi esperaba ya en la puerta. Pasaría una semana con su hermana en Asturias. ¿Por qué tanto tiempo? Una semana era demasiado tiempo para estar con un familiar, incluso a uno con el que habías vuelto a hablarte después de unos años en blanco por una estúpida discusión familiar. Pero en fin. Yo no era nadie, o casi nadie, para decirle nada a Noelia.

-No te preocupes por el colgante- Intenté tranquilizarla.- Te lo buscaré tranquilamente y cuando regreses lo tendrás en la mesilla.

-Gracias cariño.

Y resulta que estaba en el suelo del coche. Sonreí ligeramente al recordar cómo seguramente llegó al suelo. Cosas que pasan cuando sientes una erección al notar la mano de tu novia por esa zona. Lo cogí y me percaté que mantenía el aroma de su perfume intacto. Añorando su presencia y sobre todo en una noche de viernes como la que me esperaba de falsas risas…copas…y presentaciones de personas que después no volvería a ver, lo guardé en la guantera.

La fiesta no era otra cosa que la presentación de un documental sobre la guerra civil española que había elaborado un colega mío. Uno de esos “creadores” que creen estar por encima del resto de los mortales, que todo lo que hace es “arte” y que no necesitaba el dinero para vivir. Es amigo mío pero…pobre desgraciado la de palos que le puede dar la vida.

El documental en sí era…malo. Para qué andarse con rodeos. Había accedido a una subvención del estado por medio de un colega que conocía a un tipo que era amigo de alguien…En fin, la historia de siempre.

Cuando terminó la proyección las felicitaciones de rigor, unas más sinceras que otras. La mía…prefiero no decir nada. Como digo, cuando la proyección acabó junto a las felicitaciones nos condujeron a un recinto cercano, una especie de jardín privado con una enorme piscina en el centro y todo el suelo cubierto de un cuidadísimo césped. Había una pequeña mesa con equipo musical donde un disc-jockey (ya sospechamos donde fue un “pellizco” de la subvención) estrafalariamente vestido empezó a poner música a medida que fuimos llegando. Colocadas estratégicamente había varias mesas en todo el jardín con bebidas y comidas de sobra para toda la noche. Algunos focos alrededor del jardín se encendieron y alumbraron todo a nuestro alrededor.

La noche, afortunadamente, no era tan calurosa como había sido el día y se podía estar a gusto incluso con la chaqueta puesta. Tras un breve discurso por parte de mi colega, dando las gracias a diestro y siniestro…recordándonos lo bueno que es haciendo documentales…etc etc, dio por iniciada la fiesta que se esperaba acabase casi al amanecer. Por mi parte no tenía intención de apurar tanto la velada. Conocía a muchas de las personas que allí estaban y enseguida, con una copa en la mano, charlaba alegremente con unos colegas.

Un par de chicas ya estaban en bikini tonteando con unos tíos al borde de la piscina.

Ya me había tomado un par de copas, y no tenía nada en el estómago. Disculpándome ante mis colegas y mirando el reloj en el móvil deseando que llegase una hora en la que mi partida fuera aceptada socialmente, me acerqué a una de las mesas a por algo para picar. Había de todo, pero no soy una persona que coma de todo en las fiestas. Miraba sin prisa alguna, con un plato de plástico en la mano. Buscando algo que me llamase la atención.

-Los higaditos están muy bien hechos. Cosa curiosa por otro lado para este tipo de eventos.- dijo de repente una voz femenina a mi lado.

No me había percatado de ninguna presencia, estaba tan absorto en la búsqueda de algo para picar que…

Miré hacia mi izquierda. Era una mujer un poco más alta que yo, con melena rubia rozando sus hombros y una agradable sonrisa en un rostro salpicado por algunas pecas que resultaban excitantes. Vestía un traje negro de tirantes hasta un poco más por debajo de las rodillas, y zapatos de tacón igualmente negros.

-¿Quién demonios prepara higaditos en una fiesta? –Pregunté sonriendo ligeramente y mirando a los ojos de la mujer. Algunas arrugas aparecían junto a sus ojos, sin duda era algo más mayor que yo, pero tenía una mirada preciosa (aquellas arrugas le hacían de alguna manera más guapa) y el escote del vestido dejaba al descubierto una piel bañada por los rayos del sol, y un poco más abajo unos firmes pechos de tamaño medio bastante firmes.

-Me llamo Aitana.- Me extendió la mano, mostrando en aquel precioso rostro de ojos azules su mano derecha.

-Luis- Sentí la suave piel de su mano al estrecharla. -¿Conoces al protagonista de la fiesta?

-No mucho. Lo suficiente para que me invite, creo que por obligación, para probar estos higaditos.

Mostró una ligera sonrisa, y curiosamente hizo que yo igualmente sonriera. Sentí que me parecía agradable, y que en cierto modo me atraía. Calculé que al menos me sacaba veinte años, pero sentía que eso me daba en cierto modo igual. Con una copa en la mano y unos higaditos camino del estómago empezamos a pasear por el enorme jardín. Me comentó que trabajaba en una oficina de Hacienda hasta las tres de la tarde, y que por las tardes algunas veces ayudaba a una ONG local. Y las tardes que no acudía a la sede de la ONG, ejercía de ama de casa.

-Así es- dijo haciendo un gracioso y sutil gesto de resignación con las manos,- una ama de casa más, con mis lavadoras…mis comidas…

-¿No te gustan las tareas de la casa?

-Cuando se vive sola no queda más remedio ¿no crees?

-¿Estas separada?

-Vivo sola. Dejémoslo ahí si no te importa.

-Claro, perdona. No quise…

-No pasa nada.

Hablamos durante largo rato. Como era obvio salió el nombre de Noelia. ¿Por qué iba a negar que tenía pareja? Quiero decir que aunque sentía que aquella mujer me atraía, yo estaba con Noelia y no cometería ninguna tontería que pusiera mi relación en peligro, o eso esperaba. A Aitana no le importó que tuviera pareja. También le conté que intentaba ganarme la vida como escritor, y que Noelia al respecto tenía demasiada paciencia conmigo. Tomamos un par de copas más, continuamos charlando de todo un poco. Y al final ella se excusó diciendo que tenía que marcharse ya. Estábamos en ese momento con el “protagonista” de la fiesta y director del cutre documental. Parecía alegrarse mucho de ver a Aitana en la fiesta, y le agradecía su presencia. La tenía rodeada por la cintura con su brazo izquierdo, todo muy inocente, y en un momento en que acercó su rostro al de la mujer, esta hizo un sutil gesto con la cara y me lanzó una furtiva mirada de complicidad. Si, yo también me había dado cuenta que el colega iba ya “saturado” de alcohol. Como alguien se le ocurriese encender una cerilla a su lado aquello sería…

-Tengo que irme ya- Me dijo cuándo nos volvimos a quedar solos.

Yo miré el reloj, y vi que también era una hora perfecta para decir “adiós” y regresar a casa. No sé por qué pero en ese momento me invadían unas enormes ganas de sentarme frente al ordenador y escribir.

-Puedo acompañarte si quieres al coche.- Sabía, porque ella lo había comentado a lo largo de la noche, que había venido en coche pero que lo tenía un poco alejado. Problemas de aparcamiento.

Me despedí de algunos de mis colegas, entre ellos el director del cutre documental (que por cierto estaba ya tan borracho que ni se acordaba de quien era yo), y acompañé a Aitana hasta su coche. El trayecto fueron apenas cinco minutos, y juro que se hicieron mucho más cortos de lo que me hubiera gustado. Descubrí la intensidad que mantenía su perfume, muy similar a la vainilla. Aunque he de reconocer que soy bastante malo para eso de los perfumes.

Durante el trayecto pasamos por al lado de una terraza. En esos momentos todas sus mesas estaban ocupadas. En el interior, el bar estaba prácticamente vacío. Seguimos avanzando. A pesar de la hora, nos cruzábamos con bastante gente, que aprovechaban el frescor de la noche para pasear, para huir del sofocante calor del día. Al final llegamos donde tenía estacionado su vehículo. Se trataba de un coche pequeño, de apenas dos años.

-¿Te apetece venir a casa?- Me preguntó entonces, girándose hacia mí y mirándome fijamente a los ojos.

Debo de reconocer que me pilló algo desprevenido, quiero entender, porque enseguida volvió a hablar.

-No te estoy pidiendo matrimonio, solo quiero follar contigo esta noche. Después te puedes ir.

Me miró un instante, asintiendo con la cabeza de manera muy sutil.

-Está bien- murmuró en un ligero tono de decepción al ver que yo tardaba en responder, y se giró hacia el coche con las llaves en las manos para abrir la puerta.

No sé qué se me pudo pasar por la cabeza. Llegamos a su piso en apenas veinte minutos. Vivía a las afueras de la ciudad, en una zona residencial. Había una hilera de edificios no muy altos, rodeados de bastantes zonas verdes, e incluso con una piscina comunitaria. Del coche al edificio nos cruzamos con algunas personas paseando, pero en general el ambiente de la zona era muy silencioso. Dentro del recinto donde se encontraba la piscina había una terraza que permanecía abierta más o menos hasta las tres de la mañana, según me dijo Aitana cuando entrabamos en el portal del edificio.

-¿Una copa?- Me preguntó cuándo accedimos al salón del piso.

-Creo que sobrepasé un poco el límite en la fiesta- confesé.

-Ahora vuelvo, ponte cómodo.

Y acto seguido salió del salón por un pasillo no muy largo con al menos cuatro puertas, todas cerradas, como pude ver durante un instante mientras ella lo cruzaba. El salón no era muy amplio, quizá esos pisos no sobrepasasen los noventa o cien metros cuadrados. Pero estaba decorado con bastante buen gusto. En una de las paredes destacaba una enorme estantería desde el suelo al techo toda llena de libros. Me acerqué a dicha estantería y comprobé que poseía lectura de todo tipo. Ojeé algunos ejemplares; Lorca, Hemingway, Boyne… y noté que ya habían sido leídos pero que aun así estaban impecables, como nuevos, como si nunca se hubieran leído. Como si se hubiesen comprado y colocado directamente en las estanterías. Incluso mantenían en su mayor parte el olor a nuevos.

-Ya estoy.

La voz de Aitana sonó suave a mi espalda. Me giré. No la había oído acercarse. Estaba justo en medio del salón descalza, con un picardías de color negro que dejaba al descubierto un escote bastante pronunciado, con unos pechos firmes. Así como unas piernas en donde resaltaba, junto al resto del cuerpo, varias sesiones de sol en la piscina. Me acerqué lentamente a ella. Estaba fascinado por aquella imagen tan sensual y excitante que tenía justo frente a mí. Retiré un poco su flequillo, y mis dedos se escurrieron por su pelo largo y suave. Cuando probé sus labios sentí cómo mi miembro despertaba y topaba contra el bóxer y el vaquero.

Mientras nos besábamos, ella me despojó que la camisa que fue a parar al suelo o sobre el respaldo del sofá que teníamos a nuestra izquierda, no estoy seguro. Después, sentí cómo su mano derecha acariciaba mi miembro por encima del pantalón. A continuación bajó la otra mano y desabrocho los botones del pantalón. Introdujo su mano por debajo del bóxer y sentí sus dedos acariciarme muy despacio.

-Esta polla es toda mía esta noche- Murmuró mostrándome una lasciva sonrisa. Y sin decir nada más la vi descender lentamente, pasando su lengua por todo mi pecho hasta llegar a los bóxer, donde los hizo caer al suelo con el vaquero junto a mis pies. Noté sus dedos acariciar mi miembro, que parecía que iba a explotar de un momento a otro. Sus manos subían y bajaban con extrema delicadeza. Sus manos me masturbaban como si no hubiera un mañana. Quizá fuera así, al menos entre ella y yo. Mi cuerpo se estremeció de tal manera que tuve que alargar un brazo para apoyarme en el respaldo del sofá cuando sus labios rozaron la piel de mi miembro. Gemí apretando con mi mano el respaldo del sofá. Su rostro me miró entonces un segundo. Me apoyé en el respaldo y su boca volvió al encuentro mío. Sentí que se la metía entera en la boca, que sus labios bañaban mi piel de arriba abajo, que sus manos se aferraban a mis nalgas clavando incluso sus uñas.

Poco después la incorporé. Ella se dejó arrastrar por mis brazos al levantarla.

-Vamos- dije, y la conduje hasta el sofá. Mi ropa quedó en el camino, a la vez que mis labios volvían a encontrarse con los suyos. 

La tumbé con cuidado en el sofá. Antes, algunos cojines de decoración habían ido a parar al suelo. La Cretona con la que estaba tapizado el sofá acarició nuestros cuerpos, como el agua de la playa acaricia la fina arena en sus idas y venidas. Los tirantes de su picardías descendieron por sus hombros, y sus firmes pechos quedaron a mi disposición, desnudos, entregados a mi sed. Mi boca paseó por sus pechos libremente, la brújula de su piel había dejado de marcar el norte. Mi lengua ascendía y descendía por su fina piel así como iba de un lado a otro sin control, como perdida. Pero ni mi lengua y yo mucho menos, estábamos perdidos. El cuerpo de Aitana se arqueaba sin control alguno en el sofá, a la vez que mis manos descendían por debajo de la tela del picardías, acariciando su piel, en busca de sus caderas. La tela descendió un poco más, hasta que sus pechos quedaron definitivamente desprotegidos.

-Quiero que me folles querido- Murmuró Aitana acariciando mi pelo y con su espalda arqueada cuando mis manos llegaron a sus bragas por debajo de la tela del picardías.

Mis dedos se enredaron en la tela de sus braguitas, para después empezar a bajarlas por las piernas que Aitana juntó para que pudieran descender mejor. Recorrieron todas sus piernas, hasta que acabaron en mis manos. Aitana dibujó una ligera sonrisa, y yo dejé la prenda sobre el respaldo del sofá.  Mi miembro, como consciente de aquella acción, buscó ansioso su sexo y en cuanto separé un poco las piernas de la mujer, entré en ella con fuerza. Con bastante fuerza. Mis manos se aferraron a sus caderas, y sus piernas se abrieron para después rodearme y atraparme con ellas, juntando sus pies a mi espalda. 

-Oh querido, me duelen hasta los ovarios- Estábamos tumbados en el sofá. La luz de una pequeña lámpara en un rincón era lo único que en ese momento nos alumbraba. Aún permanecíamos desnudos. Yo disfrutaba de su desnudez, de su precioso cuerpo rozando el mío. Aquello parecía una maldita obsesión, solo quería verla desnuda. Que nada, ningún tejido artificial ni natural se interpusiera entre su cuerpo y el mío. Que estuviera siempre desnuda, siempre dispuesta para follarla sin descanso. Y ella lo sabía. Y disfrutaba, como yo, de aquel momento. Sirvió, desnuda, dos copas. Desde el sofá observé su culo, sus pechos, cuando se inclinó en la mesa y sirvió el whisky en dos vasos de cristal.

- ¿Hielo?- Preguntó. Y hundió sus dedos en la cubitera cuando asentí en silencio. Después mirándome fijamente a los ojos restregó su cuerpo con un cubito de hielo que descendió desde su boca hasta su sexo y qué a continuación metió en mi vaso con cuidado.

Bebimos un par de whiskys, quizá tres, cada uno. Permanecimos un par de horas más en el sofá. Intercambiamos números de móvil y como percatándose de algo en lo que yo todavía no había pensado, me dijo que no me preocupara por nada. Que aquello solo era un juego, una aventura. Nunca me pediría nada. Que ambos éramos adultos, y sabríamos gestionar con delicadeza un polvo, un buen polvo. Nunca antes había sentido los labios de una mujer en mi miembro mientras apuraba el whisky.

2

Dos días después volví a ver a Aitana. Esta vez fui yo quien la buscó. Me dijo que me esperaba en casa, después de llamarla por el móvil. Cuando entré en el piso me recibió completamente desnuda. Reconozco que durante todo el día había estado deseando aquel cuerpo. Me gustaba follar con ella. Tenía casi veinte años más que Noelia y que yo, pero eso carecía de importancia, al menos para mí y en ese momento. Algo de ella me atraía. Algo me había atraído desde el momento en que coincidimos en el buffet de la fiesta. Sin saludar ni nada me cogió de la mano y me arrastró, me dejé arrastrar podría decirse también, hasta el cuarto de baño.

-¿Entrarás a la ducha vestido?- Me preguntó con una pícara sonrisa en la cara. Y sin esperar llevó las manos a la cintura y me desabrochó el pantalón. Mientras yo me quitaba la camisa, ella me despojó del pantalón y el bóxer.

-Espera, querido.- Se giró y abrió la mampara de la ducha. Observé su culo, y sentí la erección inmediata. – Vaya- dijo al mirarme el miembro un instante mientras el grifo abierto dejaba escapar el agua al plato de la ducha.

Supongo que esperaba a que el agua estuviera a una temperatura agradable porque al poco, se acercó a mí y nos besamos. A continuación entramos en la ducha. El interior no era muy grande, y cuando junté la mampara nos quedamos muy cerca el uno del otro.  El agua nos caía a los dos casi por igual.  Su pelo mojado se aplastó, otorgando a su figura una belleza distinta, más salvaje. Nos besamos. Me acarició el miembro unos instantes, mientras nuestros labios se encontraban entre el agua templada que nos empapaba. Después, con exquisita delicadeza me obligó a arrodillarme frente a ella. Apoyando su pie derecho en mi hombro, acarició mi pelo mojado mientras su sexo reclamaba mi boca con gran insistencia, no pudiendo negarme a complacer sus deseos. Mezclado entre el sonido del agua al caer, pude oír sus gemidos cuando mi lengua y mis dedos penetraron en ella. El agua resbalaba por mi rostro y recorría mis dedos hasta llegar a su piel. Las manos de Aitana agarraban mi pelo y sus caderas se movían ligeramente, al compás de mis dedos y mi lengua.

-Fóllame el culo querido- Me dijo entre gemidos y jadeos. Y sin esperar, me incorporé a la vez que ella se daba la vuelta y apoyaba sus manos en la pared y doblada un poco su cuerpo. Le separé un poco las piernas, el agua seguía duchándonos en silencio, justo cuando mi miembro entró en ella con ansias. Unas ansias que hicieron que empujara cada vez con más fuerza. Su cuerpo se agachó un poco más, y yo casi rozaba ya la mampara con la espalda. Mis manos se aferraron a sus caderas y nuestros cuerpos entrechocaban a cada envite mío. Al final, en el último empujón sentí vaciarme. Sus gemidos y gritos habían sobrepasado al sonido de la ducha, su cabeza descansaba sobre uno de sus brazos extendidos, y ladeando la cabeza me miró sonriente pero exhausta, igual que yo. Lentamente se giró y me besó. Cerró el grifo.


3
Era una noche bastante calurosa, y no podía dormir.

-¿Te pasa algo cariño?- Preguntó Noelia desde su lado de la cama con voz de sueño. La luz del dormitorio estaba apagada, pero se podían adivinar claramente nuestras siluetas y los muebles.

-Es este maldito calor- protesté en voz baja.

Salí del dormitorio y crucé el piso en medio de la oscuridad. Mis pies parecían arrastrarse por el parqué mientras mi mente daba vueltas todavía al asunto de Aitana. Hacía más de una semana que había borrado su número de teléfono, pero en mi interior bailaba de manera insistente la idea de contarle a Noelia todo lo sucedido. Salí a la terraza, me apoyé en la barandilla y observé que en el parque que había justo enfrente, tres pisos más abajo, un grupo de jóvenes ocupaban un banco. Fumaban, bebían y hablaban. Una farola cercana les proporcionaba la luz suficiente para tales ocupaciones nocturnas.

¿Y si era sincero con Noelia y le contaba todo lo sucedido? Desde el primer momento en que la vi, podría parecer una tontería sacada de un libro o una película pero era la verdad, estaba enamorado de ella. ¿Entonces por qué la engañé? ¿Por qué hice aquello con una extraña? Aquello me estaba produciendo un verdadero dolor de cabeza, y el maldito calor no ayudaba. Quizá sería mejor dejar las cosas tal y como estaban. Aitana no llamaría, no me buscaría. Siempre había quedado claro entre los dos que aquello solo era sexo sin compromiso alguno. Follar por follar. ¿Sinceridad? Me pregunté moviendo la cabeza. La sinceridad nunca entendió de amores. Por eso estaba sola. Por eso era la amante de la soledad, porque no entendía de amores.

Noelia apareció por la corredera del salón.

-Yo tampoco puedo dormir- susurró y se acercó a mí.

Estaba preciosa a la luz de la luna. Tan solo con sus braguitas negras, su melena rozando los hombros y sus firmes pechos siempre apuntando a mí. Nos sentamos en una de las tumbonas que teníamos en la terraza. Yo primero y ella encima. Rodeé su cuerpo con mi brazo. Su sudor se mezcló con el mío. Una ligera brisa pasó por la terraza, acariciando nuestros cuerpos.

-Que gustito de aire- dijo casi en un hilo de voz Noelia.

Besé a Noelia en el hombro, perdiendo mi mirada en el oscuro cielo de nuestra ciudad. Y sentí, casi con gran alivio, que la brisa que azotó nuestros cuerpos durante un instante, nos abandonó en silencio, tal y como había venido. Exactamente igual que el recuerdo de Aitana. Aitana, la amante que nunca existió.  


7 comentarios:

  1. Suerte que nunca existiera, Ángel.
    Me encantan esas experiencias fantásticas que nunca han existido... Son las mejores.

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  2. Un breve encuentro sexual, esporádico. El sexo por el sexo. Nadie sufre ...¿o sí?. Un buen relato que deja al lector con ganas de más, de saber de la amante ocasional, de qué sería de ella, y si...¿ el protagonista se abre a su novia?

    Los amantes pasajeros, son como ave de paso. No dejan huella, se esfuman en el aire.

    El escribir erotismo es díficil, hablas alto y claro, sin menudencias. Mi enhorabuena.

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    1. Gracias Lola por tus palabras. Efectivamente escribir erotismo es muy difícil. Me siento un simple aprendiz!!
      Feliz martes!!

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  3. Mi más sincera enhorabuena Ángel. Me has hecho volar en mi mente hasta convertirme en Luis.

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