lunes, 4 de septiembre de 2017

LA LADRONA DE TIEMPO

—Soy la ladrona de tiempo— le susurró al oído justo en el momento en que la noche agonizaba sumisa entre el sudor perdido en los pliegues de las sabanas que cubría sus cuerpos desnudos.

De fondo, el sonido del mar. El ir y venir del agua salada que acariciaba la fina arena de la playa de manera incesante, como anunciando un nuevo amanecer, y que de manera inconsciente escocía en los cuerpos y en los corazones de quienes a través de la ventana oían el monótono ruido de las olas. Había sido una noche. Una sola y única noche en la que por unas horas dejaron aparcadas sus vidas y a las personas que en ellas habitaban, para entregarse el uno al otro como nunca antes lo habían hecho con nadie.

Fotografía Ángel Beltrán

Los labios de ella rozaron la piel de su oreja cuando le susurró aquellas palabras. Y la voz se le clavó en el alma. Sabía que el amanecer era el final. Ella tendría que regresar a su vida, y él…bueno, él…no sabía muy bien qué haría. Se preguntaba si ella se acordaría de él. Si recordaría aquella noche.

Se levantó de la cama y con paso lento se asomó por la pequeña ventana que había junto a la puerta. No miraba hacia ninguna parte en concreto. No le interesaba nada más allá de aquella mujer que lo observaba en silencio, y a la que tanto deseaba. Sentía todavía el sabor de sus besos en sus labios, el tacto de sus caricias en su piel, los murmullos y gemidos de ella mientras se amaban perdidos entre la noche y la locura de saber que solo sería una vez.

Lentamente se giró para observarla en silencio, como le gustaba. Como había hecho cuando se conocieron, descubriendo que ya no estaba allí, tumbada, dejando que la sabana cubriese únicamente parte de su pierna izquierda, y dejando al descubierto el resto de un cuerpo hecho para amar. Ni siquiera estaba la cama, ni la habitación. En su lugar la fría decoración de su despacho se fue acoplando a su vista. La tosca habitación de la playa se iba convirtiendo en aquel despacho impersonal en el centro. Y la ventana por la que se podía ver la playa era ahora un ancho ventanal con vistas a un paisaje gris y triste, donde edificios altísimos muy similares unos a otros se alzaban desde el suelo queriendo tocar el cielo con sus antenas en lo más alto. Sintió que la corbata le agobiaba un poco, como si el aire se resistiera a entrar en sus pulmones.  Cruzó el despacho hasta llegar a un pequeño mueble bar, donde también había una nevera. Sacó una botella de agua y dio un larguísimo trago. El aire lo perdonó y entró en los pulmones. Dejando la botella sobre la barra de bar, se sentó en un sillón de cuero negro, junto a una mesa de centro de cristal que tenía como parte de la decoración del despacho. Quiso apoyarse en el respaldo, pero algo sobre la mesa llamó poderosamente su atención. Se inclinó hacia adelante y con la punta de los dedos tocó aquello que descansaba sobre la mesa: una pequeña porción de arena de playa, que entraba en la palma de una mano, de una mano pequeña, femenina, como si alguien lo hubiera depositado allí con sumo cuidado. Lo rozó con la punta de sus dedos. Una ligera brisa azotó su rostro, y de nuevo aquellas palabras: “Soy la ladrona de tiempo”.

Y de nuevo el olor a mar, a agua salada, a sexo de mujer. Volvió a incorporarse y al instante percibió cómo la arena de la playa se filtraba por entre los dedos de sus pies, y estos a su vez se hundían ligeramente. Volvía a estar en la playa, aquel atardecer, el momento en el que la conoció. “Soy la ladrona de tiempo” Avanzó unos pasos. Su mesa había desaparecido, en su puesto una vieja barca descolorida y agujereada recordaba en silencio momentos mejores, cuando se hacía a la mar todos los días al amanecer para no regresar hasta cuando el día agonizaba entre penumbras. Y el resto de la oficina era de nuevo aquella playa sin nombre.

Mostrando una ligera sonrisa en sus labios comprendió al instante. Nunca saldría de la playa, de aquel momento irrepetible. Un fugaz regreso a su antigua vida y de nuevo allí. Como si fuera un prisionero de lujo en un bucle del tiempo. Para recrear y disfrutar una y otra vez aquella noche con la mujer que conoció de manera accidental. Con la mujer que le enseñó que amar en tan solo una noche. Una noche para toda la eternidad. 


6 comentarios:

  1. Precioso relato donde un momento se vuelve eterno.
    Gracias por compartirlo.
    Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Carla por tus palabras y tu visita. Feliz martes!!

      Eliminar
  2. Unas letras encantadoras para un relato místico. Me encanta.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Juan Jose. Un placer que visites mi blog!

      Eliminar
  3. ¿En serio? ¿ningún comentario? Pues ya lo digo yo, ¡¡OLE TÚ!!
    No solo es amor del bueno, sino que se vuelve del revés uno al encontrarse con el final. Es, muy bueno. sublime!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Keren por tus palabras. Feliz inicio de semana!

      Eliminar