domingo, 10 de septiembre de 2017

LA MALDICIÓN

Regresó a la vieja mansión familiar a caballo, no en el carruaje que había ido a buscarlo, y que con gesto perdido ordenó que regresase vacío.

Después, sentado en su pequeño cuarto de trabajo, la pluma parecía trabajar a destajo. Estaba inspirado, las palabras brotaban de su mente precipitándose contra las hojas. Cayendo y colocándose en el orden preciso. Pero la angustia lo atormentaba. Sentía cómo los fantasmas de la soledad regresaban una vez más.
Imagen Ángel Beltrán

Una nube oscura de dudas invadía de nuevo su espíritu, causándole un agonizante dolor.

Estaba acostumbrado a perder, había aprendido, a base de golpes en la vida, a vivir con ello.

O eso creía.

¿Tendría derecho al amor? ¿A sentirse amado?

Todo el cuerpo le temblaba. Tanto, que la pluma se precipitó al suelo resbalando de sus temblorosos dedos. Y de repente todo a su alrededor se volvió oscuro. Amenazador. Las paredes, tapizadas con hermosos papeles de color, de pronto se tiñeron de terror, de angustia. De ellas crecieron oscuros y aterradores brazos que intentaban arrancarle el corazón de cuajo. Cayó al suelo, aterrado, llorando. Solo la fotografía de Miss Claire, aquella joven de fino pelo color oro y sonrisa viva, lo mantenía en este mundo. Intentaba aferrarse a la vida, pero las fuerzas fallaban a cada segundo que pasaba.

Tosco en sus palabras, brillante en sus textos, era la única manera de comunicarse con ella. De declararle su amor más sincero.

El amanecer no llegaba, la noche se alargaba de manera misteriosa a su alrededor.
La sonrisa de Miss Claire a un joven pretendiente multimillonario y dueño de varias empresas, azotaba de manera cruel su mente aumentando los fantasmas del miedo y la soledad. Se arrastró por el cuarto buscando aquel último poema que había escrito esa misma noche y que dedicó a la joven. En su mano, la hoja arrugada, la hoja que contenía su última declaración de amor. Temía perderla, y solo confiaba en sus escritos. Nunca en su palabra.

El sirviente partió a caballo para entregar aquella hoja guardada en un sobre dirigido a Miss Claire. Desde la terraza, podía ver como jinete y caballo se alejaban por el camino a gran velocidad.

Nunca aprendería a conquistar a su amada con su mera presencia. Hablándola. Nunca había sabido. Dios no le había otorgado ese “don”. Pero si le enviaba sus fantasmas. Aquellos seres oscuros que atormentaban su existencia y que le recordaban lo ridículo que podía parecer ante los ojos de las mujeres. Que solo llegaría al corazón de ellas por medio de sus escritos. Que él era un simple apéndice, algo horrendo que en cualquier momento se podría extirpar y arrojar al cubo de la basura. Porque lo único que valía la pena eran sus escritos.

Aquella era su maldición. De lo que no podría escapar nunca. La que al final lo mataría.  De eso estaba convencido. Porque lo que no quería era vivir solo.


En el bolsillo de su chaqueta, su mano temblorosa acariciaba la foto de Miss Claire.

2 comentarios:

  1. El amor es duro, cruel, y muy incierto. El control sobre algunos sentimientos a veces se hace difícil. Un saludo y hermosa tinta. Feliz dia!!

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    1. Gracias Keren por tus palabras. A ver si me termino de centrar este septiembre y vuelvo con la rutina diaria del blog. Un saludo.

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