martes, 17 de enero de 2017

CAPÍTULO 21 EL PASADO DE LUCIA PARTE 4


Nuevo capítulo de "La historia de la ciudad sin árboles"

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Cuando Pierre llegó a la parte de atrás, la luz rojiza del freno iluminaba la espalda de J. Carrier. La lluvia continuaba cayendo con fuerza, y en pocos segundos sintió como su ropa estaba de nuevo completamente empapada y el frío se colaba hasta sus huesos.

Cuando el conductor notó la presencia del francés, se apartó ligeramente. Pierre se detuvo de inmediato. En medio del camino encontró lo que parecía un ser humano. O lo que anteriormente podría haber sido un ser humano. No poseía ningún tipo de vestimenta, lo que dejaba a la vista una piel blanquecina o grisácea, casi enfermiza. Los brazos, al igual que las piernas, parecían ser más largos y finos de lo que en una persona eran. 


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Pero en realidad Pierre tampoco podría jurar al cien por cien si eran más largas de lo normal aquellas extremidades, ya que tras ser arrollado por la furgoneta el cuerpo había quedado en bastante mal estado. Parte del pecho estaba aplastado seguramente por las ruedas. Un brazo se encontraba descolocado de su sitio y pasaba por debajo de la espalda medio hundido en el barro. En los muslos también había huellas de ruedas y los huesos de las rodillas de ambas piernas habían traspasado la carne, los músculos y la piel, y se mostraban desnudos bajo la lluvia. Encontrándose todo cubierto de sangre y barro. Parecía como si al atropellar a la criatura a la vez la hubiera arrastrado entre las ruedas. 

Pierre no dijo nada. Avanzó un par de pasos más, pero sin llegar a estar tan cerca de aquel ser como lo estaba el conductor. Las sensaciones que lo asaltaban en esos momentos estaban inexplicablemente entre la repulsa, el asco y la pena. Y mucho más al descubrir aterrorizado, que aquella criatura continuaba con vida. Un ligero quejido, que se mezclaba inevitablemente con el sonido de la tormenta salía del fondo de la garganta de aquel ser. Pierre no supo que hacer o decir en aquellos precisos instantes. Miraba desconcertado cómo el conductor observaba impasible y en completo silencio la agonía de aquel ser, fuese lo que fuese.

-Está sufriendo- Se quejó Pierre casi en un murmullo.

La boca retorcida y llena de sangre de aquella bestia, se abría y cerraba lentamente, como dejando escapar forzosas bocanadas de aire provenientes de sus pulmones, o intentando coger un mínimo de ese mismo aire para poder seguir viviendo. El conductor asintió en un suave movimiento con la cabeza pasados unos segundos, y bajo la atención del francés abrió la puerta trasera de la furgoneta y de una caja de cartón cubierta por un trozo viejo de manta, extrajo una ballesta. Con gran maestría la cargó. Dentro de la caja, había también varias saetas de aspecto metálico. 

La luz roja de los frenos parecía dibujar un terrorífico círculo en torno al camino y al ser malherido. Sin vacilar, retrocedió sobre sus pasos y apuntó a la cabeza. Una saeta, un segundo. El ser dejó de sufrir. En medio de la tormenta un disparo perfecto que había bufado mortalmente antes de cruzar de lado a lado el cráneo de aquel ser.

-Me llamo J. Carrier y soy básicamente un caza vampiros. Bueno, también soy…o al menos lo intento un escritor.

Hacía unos minutos que habían reanudado la marcha en la furgoneta, dejando atrás el cadáver de aquella bestia. Un cadáver que según el caza vampiros se descompondría en apenas diez minutos, como lo hacían todos los de su especie en cuanto se les daba caza. Ya tan solo quedaría de él la ropa en caso de llevarla puesta. Tenía que alzar la voz para poder ser oído ya que la tormenta arreciaba con fuerza desde hacía bastantes minutos.

Poco después giraron a la derecha, dejando el camino atrás y tomando una carretera comarcal. El traqueteo de los baches del camino desapareció y fue sustituido por la silenciosa suavidad del asfalto. Afortunadamente la calefacción del vehículo funcionaba y en el interior empezó a reinar un agradable calorcito. Se dirigieron hacia el norte. La furgoneta marchaba a buena velocidad. Las luces mostraban la lisa y oscura carretera por la que circulaban.

-A partir de ahora tendrán que vivir en esta ciudad- Del bolsillo de la chaqueta que llevaba puesta extrajo un papel cuidadosamente doblado y se lo entregó. Fue Lucia quien lo cogió y después de dudar unos segundos terminó por desdoblar aquel papel, en el que estaba escrito el nombre de una ciudad. Le mostró el papel a su marido. El matrimonio no había oído nunca hablar de esa ciudad.

-¿Tenemos que escondernos?- preguntó Lucia, que miraba hacia el liso y oscuro asfalto que se abría ante ellos.


-Precisamente todo lo contrario- confesó J. Carrier mirando fugazmente a la mujer. El francés escuchaba en silencio.- En esa ciudad es donde se esconde la jefa de la bestia que acabamos de matar.