jueves, 2 de marzo de 2017

LA HIJA DEL PROTAGONISTA


Buenas tardes. Aquí os dejo un pequeño relato que viene incluido en RELATOS Y MICRORRELATOS.

También quisiera recordaros que podéis continuar cada semana en este mismo blog, la primera gran aventura del detective R en. "La historia de la ciudad sin árboles" pinchando aquí.


No quería enamorarse de la hija del protagonista de su novela. No entraba en sus planes. Reconocía incluso que al principio iba destinado a ser un personaje secundario, de dos capítulos como mucho. Pero al final, poco a poco, había ido cogiendo protagonismo. Su columna vertebral como personaje se iba afianzando a medida que las páginas iban siendo escritas. Era como si ella misma le susurrase a él lo que tenía que escribir. ¿Era por ello un mal escritor? No lo sabía. No tenía respuesta para esa pregunta. Solo estaba enamorado. Aunque la hija del protagonista de su novela viviese en un apartamento cutre y viejo del centro, aunque no fuese muy guapa, aunque fuese una chica que no saliese mucho.
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Pero al escribir, sus dedos se deslizaban no solo por el teclado, sino por ella misma. Por su piel, por su sonrisa, por sus sueños. Deseoso estaba te acabar con un capitulo en el que ella no aparecía para iniciar uno en el que sí estaba. O retomar uno inacabado en el que la protagonista absoluta era ella. Incluso sintió celos cuando la chica conoció a su vecino. Un joven pintor de ojos marrones que la enamoró esa misma tarde, en las escaleras del edificio. Que se atrevió a dibujarla desnuda en la cama, después de que sus cuerpos se enredasen llenos de amor en las sabanas. Tentado estuvo de hacerle caer por las escaleras. Tenía poder para eso. “Fue un extraño accidente” diría la policía al acudir a la llamada de socorro de quien encontrase el cadáver. Pero no pudo. No podía hacerle eso a la hija del protagonista de su novela. Se daba cuenta de que la quería demasiado como para verla pasar por ese desagradable momento. La única opción era hacerla feliz con las palabras. El pintor nunca abandonaría a la chica. Ese sería el sacrificio del escritor. Hacerla feliz, pero con otro. Uno que perteneciese a su mundo. Al infinito mundo de la tinta y el papel.

martes, 28 de febrero de 2017

CAPÍTULO 24 PARTE 2 EL TERROR Y LA MUERTE



Antes de nada, gracias por visitar el blog

Segunda parte del capítulo 24 de La historia de la ciudad sin árboles. Esta semana con una pequeña sorpresa. Un pequeño vídeo que he realizado para la historia

Y justo en ese momento todo cedió. La sensación de frío desapareció, al igual que sus manos dejaron de estar cubiertas por la “cosa” oscura y viscosa. Levantó su rostro con un movimiento seco y rápido. Sus manos ya no estaban pegadas al pomo. De nuevo se encontraba frente al espejo, con el rostro mojado por el agua que todavía sujetaba entre sus manos. En completo silencio y desconcertada separó las manos y el agua cayó lentamente al lavabo, desapareciendo por el oscuro agujero del desagüe. Aquello parecía haber sido una maldita pesadilla. La puerta del cuarto de baño estaba abierta, y después de secarse con la toalla salió. Sintió un gran alivio al cruzar el pequeño y oscuro pasillo del piso y dejar atrás el cuarto de baño. ¿Había tenido efectivamente una pesadilla? ¿Una visión? Fuese lo que fuese, sin duda alguna había resultado muy real. Aunque en ese momento en sus manos no quedase ni la más mínima sensación de frío.

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Avanzó por el pequeño pasillo hasta llegar al salón. Pero apenas había empezado a borrar de su mente el desagradable momento con la puerta del cuarto de baño, cuando de nuevo su corazón dio un vuelvo. Un vuelco tan brusco, tan violento, que tuvo la sensación de que a punto estuvo de caer al suelo. Su mirada se clavó hacia el ventanal del salón, completamente abierto de par en par. Los visillos se balanceaban de manera salvaje por el aire que entraba sin control alguno en el interior del piso. Pero tanto las ventanas abiertas cómo los visillos golpeados por el viento quedaron en un segundo plano en el preciso instante en que descubrió a Marcos de pie junto al ventanal, de espaldas a ella. Vestido tan solo con el pantalón vaquero, descalzo. La luna iluminando su piel blanquecina, su cuerpo casi esquelético, y el agua de la lluvia golpeándolo en silencio.

-Marcos- Marta gritó aterrada, llamándolo, y corriendo en su ayuda. Pero apenas a un metro y medio del joven se paralizó por el terror.

Marcos se giró hacia ella con movimientos lentos, pesados, extendiendo su brazo derecho y con la palma de la mano abierta. Con unos dedos extremadamente finos y alargados, casi esqueléticos. En un claro gesto de que se detuviese, de que no fuera en su ayuda. Sus miradas se encontraron. La de Marta completamente aterrada, sin poder pestañear. La de él, muerta. Vacía de toda vida, negra como el fondo de un pozo. Reflejando tranquilidad, incluso resignación. El agua de la lluvia continuaba colándose al interior del piso. Y el frío inundaba rápidamente todo el salón.


-Estoy muerto cariño. Lo siento.- La voz de Marcos brotó del fondo de su garganta, del fondo mismo de su alma, con extrema dificultad.




Sus agrietados y sangrantes labios apenas se movían. Su rostro blanquecino parecía más enfermizo que nunca. La piel de su rostro se había tensado, marcando de manera brutal incluso los mismos músculos, como si también los huesos de su cara lucharan por querer atravesar la mismísima piel. Apenas hacía cinco minutos que Marta lo había visto por última vez, durmiendo plácidamente como si de un niño se tratase, y ahora…ahora su rostro era idéntico al de un muerto de varias semanas. Unas lágrimas brotaron de los ojos de la joven, que no era capaz de moverse un solo centímetro, aunque su corazón gritase desesperado pidiendo ir en su ayuda. Pero sin poderse mover, y en completo silencio, vio como Marcos bajó lentamente el brazo y volvió la cabeza hacia el ventanal del salón. 

En un ágil salto se encaramó al borde, quedando de cuclillas, y acto seguido sin dudar, se lanzó al vacío. La chica no pudo ni gritar del miedo que le invadía en ese momento. Pudo oír el preciso instante en el que el cuerpo de Marcos se estrellaba contra la acera. Silencio en el interior del piso. Las lágrimas brotaron mudas de sus ojos y recorrieron sus mejillas hasta perderse en el cuello, haciendo que su visión se nublase durante unos segundos. Sintió como las fuerzas le fallaban en las piernas y terminó cayendo al suelo, llorando en silencio.

lunes, 27 de febrero de 2017

LUZ Y OSCURIDAD



Buenas tardes. Gracias por visitar mi blog. Mañana nuevo capítulo de "La historia de la ciudad sin árboles", mientras os dejo un relato breve que está incluido en RELATOS Y MICRORRELATOS, que podéis encontrar en Amazon.



Era una persona que le gustaba el frío. Sus días preferidos eran aquellos en los que la lluvia no daba tregua al ser humano. Aquellos en los que el cielo se teñía de gris desde el amanecer hasta el anochecer. Pero un día explotó. Sintió que necesitaba la luz del sol. 


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El brillo de la claridad de una mañana calurosa. Sentía como su mente se negaba a soportar un solo día más de tonos grises y oscuros. Luz, luz, luz cálida y brillante del sol.  Sin embargo su cuerpo se resistía a ese cambio, a esa exigencia que no se sabía de donde habría salido. En forma fetal, y tirado en el rincón más oscuro de su casa, aquel hombre lloraba porque su mente y su cuerpo habían entrado en un conflicto tan brutal que podría llegar a acabar con su vida. Miles de voces en su interior exigiendo luz, exigiendo oscuridad, luz, oscuridad, luz, oscuridad.

Sus manos temblorosas, su mirada borrosa por las lágrimas, su corazón amenazando con detenerse. Gritaba llamando a su amada, pero ella no estaba, nunca había estado allí junto a él. Y entonces ¿aquellas noches junto a ella? ¿Aquellos paseos otoñales por el parque? ¿Nada había existido?  Quería luz, deseaba oscuridad. Moriría. Ya llevaba varios días allí tirado, muerto. Nadie reclamaría su cuerpo. Nadie lo echaría de menos. Ni siquiera aquella joven y enamorada mujer que desde el jardín de su casa lo veía pasear cada tarde solo, por el campo, con la mirada clavada en el suelo y la mente no se sabía dónde. Rezando porque una de esas tardes se detuviese frente a su jardín.