martes, 21 de marzo de 2017

CAPÍTULO 25 PARTE 2 LA VENGANZA


Buenas tardes. 2ª parte del capítulo 25 de "La historia de la ciudad sin árboles".

Recordaros también que podéis descargaros la novela aquí.





Durante largos minutos saltó, corrió, voló, de un tejado a otro. La lluvia continuaba cayendo sobre su ciudad. Una ciudad de repugnantes seres humanos. La muerte de Marcos traería consecuencias. ¿Cómo se atrevía un simple humano a contradecirla? ¿Aunque fuese el mismo Marcos y con su propia muerte? Solo ella decidiría cuándo un humano en esa ciudad tenía o no que morir. Esa misma noche serían testigos los humanos lo que era capaz de hacer si las cosas no se hacían como ella deseaba.

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Los oscuros túneles del metro, entre estación y estación, eran el habitual refugio en el que algunos vagabundos solían dormir cada noche, sobre todo en el invierno. Casi todos los que allí acudían habían olvidado, a la fuerza, el significado de la palabra hogar. Y solo veían a esos fríos túneles como el único techo que los cobijaba de la lluvia, del frío. Y seguían acudiendo incluso después de los acontecimientos acaecidos días atrás. De las muertes producidas de manera violenta por alguna bestia salvaje. Muchos de sus amigos, conocidos, con los que antes habían compartido cartones y bidones encendidos, habían huido aterrados a los albergues que el ayuntamiento tenía habilitados. Pero otros habían preferido seguir con su vida como hasta ese momento. Sumergidos en sus miserias y cubiertos por una vieja y mugrienta manta, reconocían que no tenían nada que perder. Daba ya igual morir atacados por una bestia que arrollados por el metro o que en una pelea entre ellos mismos por unos cartones secos o una botella de vino malo.

De vez en cuando tenían las “molestas” visitas de los policías que patrullaban a lo largo de la noche. Estas visitas habían aumentado a raíz de los brutales asesinatos. La policía no tenía pistas, según la prensa, y eso hacía que cada noche algunas patrullas recorriesen los más oscuros rincones de la ciudad sin árboles. Esa noche, una pareja de policías se adentraron en la estación norte. Aunque el servicio al público del metro cesaba a las nueve y media de la noche, las estaciones permanecían abiertas. En cada estación al menos había dos agentes de vigilancia privada que velaban por la seguridad hasta las seis de la mañana, que era cuando empezaba a funcionar de nuevo.

Los dos policías bajaron del coche patrulla y tras anunciar por radio que se disponían a entrar en la estación norte, empezaron a bajar por las anchas escaleras. Durante el descenso, ninguno dijo nada. Se miraron un instante y continuaron bajando escaleras, recorriendo pasillos, volviendo a bajar escaleras hasta llegar al andén. No apartaban las manos de la cartuchera que les colgaba del cinturón. Al otro lado del cinturón, la radio chisporroteaba de vez en cuando algunas frases.

-Aquí abajo todo parece estar muy tranquilo.- Anunció por radio uno de ellos en un marcado tono de dejadez.

Volvió a colgarse la radio en el cinturón. Y continuaron andando, con la intención de tomar otra salida para volver al exterior. Se les hacía raro ver aquel sitio completamente vacío. Un sitio que normalmente estaba bastante concurrido de personas yendo y viniendo sin parar. Y ahora…unas tristes luces sobre las vías y otras de emergencias a lo largo de los andenes. Los bancos metálicos vacíos… los carteles publicitarios electrónicos apagados…

De repente, antes de abandonar el andén, uno de los policías se detuvo en seco. Miró fijamente un instante a su compañero, que cuando se percató de que avanzaba solo, se detuvo y se giró hacia su colega. Quien después de mirarlo, desvió la cabeza hacia las vías y el oscuro pasillo que se abría ante ellos a menos de seis o siete metros.

-¿Dónde están los vigilantes privados?-Preguntó claramente preocupado el policía volviendo de nuevo la mirada a su compañero.

-Pues…

-Están avisados de que pasaríamos- prosiguió retrocediendo sobre sus pasos y avanzando un poco por el andén.

-Ya sé que están avisados- Protestó el colega, que en esos momentos lo único que pasaba por su mente era salir de allí y regresar al coche patrulla.- Qué más…


Pero algo interrumpió el final de su frase. O más bien de su queja hacia el compañero. Un golpe seco, que retumbó en toda la estación. Ambos policías se echaron rápidamente de nuevo manos a las cartucheras, y no dudaron en sacar sus pistolas. Durante un segundo se miraron. Para después mirar hacia el oscuro túnel que tenían casi enfrente. Por donde las vías penetraban sumisas hacia una oscuridad silenciosa, mortecina, aterradora. El primer policía, con la otra mano cogió la linterna que colgaba junto a su radio y saltó decidido a las vías.