viernes, 21 de abril de 2017

No soy muy dado a publicar reseñas ni sobre libros ni sobre películas. Creo que cada cual saca de un libro o película una visión distinta a la que pueda sacar otra persona.

Todo es muy relativo.


Hace poco he vuelto a ver “La Niebla”, basada en la novela de Stephen King.
















Reconozco que la primera vez que vi esta película me dejo algo “frío”. Pero esta segunda vez he podido verla (quizá mi estado de ánimo era distinto) y me ha sorprendido gratamente. He podido descubrir al genial Stephen King en la historia, en el tratamiento de los personajes, en el terror, en el suspense…











Descubrir, como creo que solo Stephen King lo hace y bastante bien, que el verdadero mal está en la mente humana. Como ésta, a la vez, es tan moldeable, tan dócil cuando los acontecimientos sobrepasan a la persona.

Como el ser humano es capaz de seguir al más loco entre los locos, para agarrarse a su triste existencia de ignorancia, buscando siempre un culpable, un sacrificio con el que apaciguar a la bestia, y a la vez el propio miedo de uno mismo.

Llevo un par de años, quizá tres, que no leo a Stephen King, y llevaba algunas semanas intentando sacar tiempo y rescatar de la biblioteca alguno de sus libros. Y esta adaptación de una de sus novelas solo ha incrementado mis ganas de volver a sumergirme en su mundo.

Y cómo no, volver a disfrutar de una de mis actrices favoritas: Lauire Holden.














En fin, que si tenéis un par de horas libres cualquier noche, La Niebla es una buena opción. Palomitas recién sacadas del microondas…una cervecita…refresco…zumo…(cada cual lo que le guste) y disfrutar de la magia del rey del terror.

Por último quisiera recordaros que todas las semanas (martes) tenéis aquí en mi blog, un nuevo capítulo de mi novela "La historia de la ciudad sin árboles"

martes, 18 de abril de 2017

CAPÍTULO 26 PARTE II LOS VICIOS DEL ALCALDE

Entonces se quedaban solos en la habitación. Él mismo se procuraba de cerrar la puerta. En una ocasión el alcalde le había preguntado su nombre. Evidentemente se lo había dicho. Pero estaba más que segura de que si ahora le preguntaba, él ni se acordaría. Ella sabía su nombre, pero no porque se lo hubiese dicho. Sino de verlo en televisión.

Él solo quería sexo. Y era una de las primeras condiciones que expuso. A ella no le faltaría el dinero, pero aquello solo era sexo. Nada de preguntas, nada de promesas. Nada en absoluto. Y cuando cerraba la puerta, al alcalde le gustaba que la joven ya estuviese en el centro de la habitación esperándolo. Se desnudaba tranquilamente, dejando su traje oscuro con cuidado sobre un sillón de aspecto cutre tapizado en terciopelo azul que había junto a la coqueta. 
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Ella mientras, tenía que esperar de pie en medio de la habitación. Tan solo vestida con unas braguitas color vainilla, como él exigía. Y al terminar de desnudarse, se giraba hacia la chica. Ella ya sabía lo que tenía que hacer. Lentamente se arrodillaba frente al alcalde y empezaba a acariciarle su miembro, hasta que estaba preparado. Entonces se lo introducía en la boca. Él la sujetaba la cabeza, acariciándole algunas veces el pelo e incluso marcando el ritmo de la mamada. A continuación la tumbaba en la cama y entraba en ella. Le gustaba follarla por el culo. Le encantaba aquel culito tan pequeño, prieto, y adornado con un bonito y gracioso tatuaje de una fresa en la nalga derecha. Algunas veces se había encontrado en su despacho pensando en aquel culito. Y sintiendo bajo sus pantalones una gran erección. Pero entonces intentaba pensar en otras cosas. No podía, ni quería, ni necesitaba, intimar más con aquella chica. Solo follársela. Disfrutar de aquellos labios cuando le introducía su miembro en la boca y dejarse hacer, porque la chica sabía muy bien lo que se hacía. Era una verdadera experta en el terreno de las mamadas y el sexo en general.

Y la sujetaba con cuidado con sus manos por las caderas cuando la penetraba con fuerza. Oía sus gemidos, y eso a él le gustaba, le ponía más cachondo. Hacía que arremetiese con más fuerza. Ella agarraba la almohada con ambas manos y apoyaba en ella la cabeza. Y él continuaba empujando hasta que finalmente se vaciaba dentro de ella. Nunca intercambiaban palabra alguna. Ni siquiera unos minutos en la cama mientras sus cuerpos se relajaban después del acto sexual. Ella sí se quedaba tumbada en la cama, algunas veces boca arriba y otras veces boca abajo. Él se iba directo al cuarto de baño. Desde la cama, la chica oía el sonido de la ducha. Después el alcalde salía del cuarto de baño se vestía y salía de la habitación. Nunca se despedía, nunca la miraba. Aunque desease quedarse un rato más, tumbados los dos en la cama. Hablando. ¿Sobre qué? De nada en particular. Solo por estar con ella un rato. Su mente le jugaba malas pasadas, creando en ocasiones contradictorios sentimientos que estaban predestinados desde el primer momento al más absoluto fracaso.

La chica vio cerrarse la puerta de la habitación del hotel. Sabía que apenas tardarían un par de minutos en entrar para llevarla a su apartamento. Siempre de manera furtiva. Esa tarde le había sentido diferente. Cierto era que aquel hombre en ocasiones parecía grotesco. Estaba convencida de que le gustaba hacerla daño. Pero…
La puerta de la habitación se abrió. Apenas tenía quince minutos para ducharse y volverse a vestir le anunció uno de los encargados de organizar aquellos encuentros. Que de pie, en completo silencio junto a la puerta y con las manos en los bolsillos del pantalón, esperaría a la joven prostituta.