sábado, 6 de mayo de 2017

El verdadero sentimiento navideño

Esta semana he vuelto a ver la que creo que es la mejor película sobre la navidad que se ha podido hacer.

S.O.S. ya es navidad (National Lampoon's Christmas Vacation) de 1989 y bajo las órdenes del director Jeremiah S. Chechik.

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De nuevo podemos disfrutar de esta peculiar familia: los Griswold.


En ella podemos ver a una jovencísima Juliette Lewis al igual que al pequeño: Johnny Galecki (The Big Bang Theory) y como no echar unas risas con el cómico Chevy Chase.

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Pero ¿Por qué es para mí la mejor película que trata sobre la navidad? Sencillamente porque refleja el verdadero espíritu navideño, y que no es otro que el…dinero.

Seguramente algún@s dirán que lo mejor de la navidad es poder estar con la familia…ver a quienes están lejos el resto del año…etc etc.
Y quizá, aunque solo en parte, tengan razón.

Pero la verdadera “sangre” que nos hace movernos en estas fiestas, el verdadero espíritu navideño, es la posesión de dinero. Y eso en esta película queda fielmente reflejado.

Los Griswold organizan unas fiestas para toda la familia. Empiezan a acudir los abuelos…y demás familiares. Van surgiendo momentos cómicos y algún que otro pequeño accidente casero que se va solventando porque en el horizonte más próximo Clark Griswold (Chevy Chase) está esperando una paga especial con la que piensa construir una piscina.



Todo espíritu navideño y todo ese buen “rollito” de la casa se viene abajo cuando la paga extra desaparece porque el jefe de la empresa no la concede.

¿No hay dinero?

Sin dinero todo se pierde. La desesperación…los enfados… Todo eso que parecían risas y buenos sentimientos quedan a un lado.
Al final el guionista intenta solucionarlo otorgando a Clark unas frases sobre el verdadero sentimiento de la navidad, pero personalmente creo que los hechos están ahí.

Nos mueve el dinero. El ir creciendo social y económicamente frente a nuestros vecinos.


En fin. Es una de mis películas favoritas.     

martes, 2 de mayo de 2017

CAPÍTULO 27 PARTE II UNA PESADILLA

Nuevo capítulo de "La historia de la ciudad sin árboles".
El final de esta primera parte se acerca. Miles de gracias a quienes día a día pasan por el blog para seguir la primera gran aventura del detective R.


Cuando llegó a su casa, el coche se detuvo justo en la misma puerta. El chofer le abrió la puerta.

-Hasta mañana señor- se despidió amablemente y cerrando la puerta a continuación.

-Hasta mañana Luis- El alcalde subió los escalones de acceso a su casa a la vez que el coche se alejaba calle abajo.

https://pixabay.com/

La residencia del alcalde estaba en una de las calles en una zona residencial en la zona norte de la ciudad. Se trataba de una vivienda de dos pisos, una variante de las casas victorianas llamadas “Reina Ana”, que pertenecía al matrimonio antes de llegar a ser él alcalde. Por decisión de ambos no habían querido mudarse a la residencia que tenía en propiedad la ciudad para sus alcaldes electos. Ellos querían seguir siendo lo más “normales” que pudiesen ser, dentro de lo lógico y lo que “acarreaba” el cargo. Era una de las normas que también le había impuesto su mujer, y que él aceptó gustoso. Quería, al igual que ella, que su hija creciese en un ambiente de lo más normal. Que la pequeña no se dejase engañar por los lujos y la estrambótica vida que la política les pudiese brindar durante unos pocos años.

La luz del porche estaba encendida. Cuando entró, encontró a su esposa en el salón, sentada en un sofá y la luz de la lámpara que colgaba del techo encendida, leyendo un libro que él mismo le había regalado no hacía mucho. La chaqueta descansaba ya en el perchero del recibidor. Se dejó caer en el sofá, resoplando, apoyando la cabeza en el respaldo, junto a su esposa.



-Llegas pronto hoy- murmuró ella sin apartar la mirada del libro.

-Me he podido “escapar” un poco antes.- Mintió. Y odiaba mentir. Era una de tantas contradicciones que últimamente lo asaltaban cada dos por tres.- ¿Y Ruth?

-Acostada hace casi media hora- Su esposa levantó por primera vez la mirada de las hojas del libro. El alcalde la miró, lamentándose en silencio no poder disfrutar de su hija despierta durante un par de minutos. Le quitó de las manos el libro dejándolo sobre el sofá. Miró a su esposa en silencio unos segundos. Era bastante atractiva. A las pocas galas que habían acudido juntos, había causado mucho revuelo entre las demás invitadas, incluso entre los hombres. Sin poder evitar que al día siguiente su atractiva imagen apareciese en portada de todas las revistas de prensa del corazón de la ciudad. Se trataba de una belleza natural. Como si el paso de los años se le notase menos que al resto de los seres humanos. La besó en los labios. Con delicadeza retiró el flequillo de su frente, dejando al descubierto aquellos ojos de un verde intenso.

-¿A qué viene esto Julio?- preguntó ella mostrando en su rostro una ligera sonrisa y un gesto de desconcierto, pero aceptando el beso.

-¿No puede un hombre besar a su esposa al regresar del trabajo? – Y lentamente se acercó más aún a ella hasta tumbarla lentamente en aquel sofá tapizado en Corduroy granate y comprado por el matrimonio apenas hacía un par de años en una tienda del centro. Sus labios volvieron a juntarse. En ese momento se acordó de la chica, y con la facilidad con la que hacía que ella se sometiese a sus deseos. Y deseaba que su mujer fuese igual. Que se dejase desnudar allí mismo, en el sofá. Y que lo hiciesen sobre la tapicería nueva. Porque haciendo un fugaz ejercicio de memoria, no recordaba haber hecho el amor en ninguna otra parte de la casa que no fuese la cama. Y así sucedió en ese mismo momento. La mano del alcalde se deslizó suavemente por debajo del vestido de su mujer, acariciando sus tersos muslos y subiendo. Pero en ese preciso instante ella le rogó que parase. Él obedeció a regañadientes y sus miradas se juntaron un instante.


-Dame cinco minutos por favor- murmuro ella. Le besó en los labios, se recreó un instante en los de él, en donde incluso se atrevió a morderle su labio inferior, para después incorporarse y cruzar el salón en dirección al dormitorio.



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lunes, 1 de mayo de 2017

FRIENDS VS THE BIG BANG

Hace unas semanas me he re-enganchado a la serie de mediados de los noventa: Friends.

Paralelo a ello, aunque debo de confesar que el grado de atención está disminuyendo considerablemente semana tras semana, solía ver la sit-com The Big Bang Theory.


Últimamente empezaba a encontrar al personaje de Sheldon Cooper un poco como decir…patético. Un personaje fracasado en todos los aspectos, que sus amigos lo hablan casi por pena, y una “novia” por decir algo, tan patética como él mismo.
Pero no son los personajes de esta sit-com al menos de manera individual, el motivo de esta entrada en el blog.

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No he podido, como seguramente se ha hecho, comparar ambas comedias (Friends and The Big Bang).  Ambas incluyen a una serie de personajes que creo que están en la misma franja de edad. Pero no puedo evitar ver que los personajes de Friends son mucho más creíbles. Los de la sit-com The big Bang a pesar de tener más o menos la misma edad resultan muy infantiles. Es como si fueran niños jugando a ser adultos. Es verdad que están dentro de un rol bastante complejo: se auto denominan  “frikis”. Pero lo cierto es que creo que el ser un “friki” no tiene nada que ver con el parecer idiotas o idiotas imberbes.

 Me explico:  

Vemos a Rachel Green de Friends embarazada y lo que vemos es una mujer adulta (con sus defectos…virtudes…etc) Luego vemos al personaje de Ross Geller y nos encontramos con un divorciado, padre de un niño... Y nos encontramos ante verdaderos adultos.

Pero cuando vemos al personaje de Howard Wolowitz junto a Bernadette siendo padres…ufff no sé. No terminamos de tener delante a unos adultos formando una familia, vemos a simples adolescentes. Adultos “sin hacer” como mucho.

Quiero decir, y por eso decía antes que esto no es una definición individual de los personajes como tal, que a pesar de que están en la misma franja de edad, existe un mundo entre los personajes de una serie y los de la otra. Dejando a un lado el toque “friki” que quisieron dar en las temporadas iniciales a los personajes, es verdad que ha desencadenado en una “vorágine” de infantilismo inútil. Como si estuviéramos en una sociedad invadida por la infatilización.

Y como siempre digo, esto no es nada más que una opinión personal, en este caso de dos series norteamericanas de considerable éxito internacional.  

Como siempre, te recuerdo que aquí en este mismo blog, puedes leer capítulo a capitulo mi última novela "La historia de la ciudad sin árboles". Gracias.